Google+ Taller de Escritura Creativa de Israel Pintor en España: Isabel Pérez
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Publicamos nuestra primera antología bajo el sello del Taller de Escritura Creativa, en ebook para todo el mundo y en papel para los amigos

"El mérito de este libro de historias no es sólo que entretiene y divierte. El mérito recae en su capacidad para contagiar al lector con la pasión por la escritura, a través de las pasiones propias del escritor que aún se niega a verse a sí mismo como tal, a pesar de que sus letras evidencian vocación. La premisa de estos textos se encuentra en el principio mismo de escribir Cada quien su cuento, donde resalta el ingenio personal de autor. La personalidad de cada uno de los narradores en esta antología es diversa y atrayente. Lo que las une es el ímpetu creador y la frescura propia del novel. No en vano es éste el primer libro publicado por el Taller de Escritura Creativa, un espacio de formación para escritores en toda regla."
Israel Pintor.

La presentación de esta obra fue realizada el jueves 19 de noviembre de 2015, a las 20 hrs. en La imprenta (c/González Cuadrado 22, Sevilla). Hubo lleno total. 


Para hacerte con la versión electrónica ve a la Google Play Store.

Si no puedes o pudiste ir a la presentación, compra un ejemplar impreso a través de PayPal, pagando con tarjeta o usando tu propia cuenta PayPal. Te será enviado por correo postal a tu domicilio (sólo para España).

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Mira, una joven bloguera nos ha hecho una reseña:


El ensamblaje de la bicicleta roja, Isabel Pérez

Pablo inclinó ligeramente su 250 cc en una de las curvas de la autovía camino a la ciudad. Iba con algo de prisa. Aún había luz, pero su reloj de pulsera marcaba las 8 y 37. El cumpleaños de Tino era el sábado y se había pasado toda su tarde libre saltando de juguetería en juguetería del pueblo buscando una bicicleta roja para un niño de nueve años. Este año le había preguntado Susana:
—¿Qué vas a querer por tu cumple?
—Una moto como la de papá.
—Aún eres muy pequeño para tener una moto.
A Susana no le gustaban las motos. Era muy práctico para ir por la ciudad los dos, decía, pero con un niño ya crecido lo mejor era empezar a ahorrar para un monovolumen o algo así. A Pablo le encantaba ese trasto, lo compró de segunda mano en la universidad y lo seguía mimando como a un hijo. Ésa era una de las razones por las que a Susana no le gustara.
—Entonces una bici, una bici roja, muy grande, con marchas y que escupa fuego.
Pablo no estaba muy seguro de poder encontrar una bici con lanzallamas incorporado, pero no le costaba nada probar a buscar en unos grandes almacenes de la capital.
Pablo fue serpenteando por los carriles entre los coches y camiones. Las 8:41. Si se daba prisa, pensó, no tendría que volver al día siguiente y podría llevar al chico a entrenar. Se coló por delante de un simpático y redondo Citroën Picasso azul. Un camión que se incorporaba no lo vio venir y lo arrolló por un costado. Frenazos. Colapso. Luces parpadeando. Metal raspando alquitrán. Cráneo fracturado dentro del casco. Muerte clínica, dijeron los trabajadores del SAMUR cuando trasladaron a Pablo al hospital más cercano.
Al ser una víctima joven y sana, tras informar a su mujer, esperar a que fuera capaz de digerir la noticia y dar las sentidas condolencias, la jefa de la unidad de trasplantes le preguntó a Susana qué pensaba hacer con el cuerpo de su marido. Le habló sin decir nombres de varios casos conmovedores y pacientes en lista de espera que podrían salvarse si donaba sus órganos.
—Entiendo que esté en una situación muy difícil y lo último que pretendemos es importunarla, pero el tiempo apremia —susurró la doctora con toda la delicadeza que pudo—. No quiero que se sienta presionada, solo que sea consciente del bien que podría hacer.
Y así, con una firma temblorosa de la mano de Susana en un formulario estándar salpicado de lágrimas aquí y allá, fue como despedazaron cariñosamente el cuerpo de Pablo. Sus trozos viables se separaron del resto y se desperdigaron entre huéspedes que, protegidos por el anonimato de la lista de donantes, nunca supieron de esta historia.

El señor Rojas era un importante hombre de negocios, uno de esos individuos con traje y corbata que nunca parecen tener tiempo para descansar, gritan mucho al teléfono, tienen comidas con la empresa hasta las cuatro de la tarde y fuman a todas horas. Tan poco descansaba, tanto gritaba, tanto comía y tanto fumaba que un día su corazón dijo que ya no podía más y sufrió un infarto cataclísmico. Después de un triple bypass en el que casi se queda en la mesa de quirófano, los médicos dijeron que no aguantaría muchos meses y que necesitaba un transplante. La señora de Rojas, al borde de un ataque histérico, movió cielo y tierra para encontrar un cadáver con un corazón apto, pero la lista corre despacio.
Alberto Rojas tuvo suerte esta vez. Casi in extremis llegó un corazón sano y fuerte, lo suficientemente grande como para llenar su pecho de toro y mover sus litros y litros de sangre. Si dejaba el tabaco y las grasas saturadas, controlaba el estrés y empezaba con el ejercicio moderado pero continuo, viviría muchos años.
Vivió bastantes. Uno de esos inviernos, cuando volvía a casa paseando por una galería comercial, su corazón de segunda mano que tanta tranquilidad le había proporcionado, empezó a aletear como un ave de caza a la que hubieran disparado en pleno vuelo. Recordó la vez que se desplomó en la oficina y estuvo a punto de morir, y se sentó en el primer banco que encontró, pálido y empapado en sudor frío. No le dolía, solo notaba las palpitaciones por debajo de las costillas. Mientras hurgaba en su bolsillo con manos temblorosas, intentando dar con el bote de nitroglicerina, miró a su alrededor en busca de ayuda, y se encontró justo en frente con el brillante escaparate de una juguetería. Su corazón pareció calmarse un poco. En plena campaña de navidad, la tienda lucía sus mejores galas, sus colores más vivos, sus luces más epileptogenéticas. Una montaña de muñecas estaba perfectamente ordenada alrededor de un chalet de plástico en miniatura. Dos dinosaurios a escala parecían haber sido fosilizados mientras luchaban a muerte. Y en el centro del ventanal más grande, encima de una tarima negra… una bicicleta. Una bicicleta roja llena de faros y palancas resplandecientes.
El corazón prestado del señor Rojas dio un vuelco, de modo que se levantó para verla mejor. Él tuvo una bicicleta de pequeño, aunque no tenía nada que ver con ésta. Era apenas una barra oxidada unida a dos ruedas, y tenía que compartirla con sus dos hermanos; pero cuando bajaba por la cuesta un día de verano, con el sol y el viento de cara…
Su corazón se había calmado, sin necesidad de pastillas. Y al señor Rojas se le ocurrió entrar en la juguetería.
Al llegar a casa le contó a su esposa lo que le había pasado, pero ella le contestó:
—Ya sabes como son los niños de hoy en día. A Felipe no le va a hacer tanta ilusión como te hizo a ti.
Y en efecto, cuando llegó el día de Reyes y Felipe desenvolvió el papel de regalo de su bici nueva, lo primero que dijo fue:
—¿Y esto por dónde se enchufa a la Wii?
De modo que aquella bicicleta roja estuvo en el cuarto de Felipe unos meses, hasta final de verano. Después de las vacaciones, la señora de Rojas decidió que ocupaba demasiado espacio y fue trasladada al sótano, donde sus ruedas se deshincharon y su manillar acumuló polvo durante muchas primaveras.
Cuando Felipe fue lo suficientemente mayor como para ir a la Universidad, los Rojas pensaron que tal vez esa casona se les había quedado muy grande para ellos solos, y decidieron mudarse a un adosado a las afueras. Después de sacar todo lo útil que podrían necesitar, encargaron a Paco, transportista de profesión, que cogiera toda la chatarra inservible (el frigorífico viejo, la tabla de ejercicios, la mesa de ping pong rota, la bicicleta vieja del crío) para que se encargara de ella.
De camino al desguace, Paco tarareaba la canción de la radio, palmeando al ritmo sobre el volante de su camión. Hacía un buen día, tenía un buen puñado de cosas por el que podría sacar un buen precio y el tráfico estaba tranquilo. Probablemente llegaría temprano a casa. Pero, cuando se acercaba a una estación de servicio, su páncreas, que desde hacía años le había funcionado como un reloj, empezó a segregar insulina furiosamente al torrente sanguíneo de Paco. Le asaltó un hambre inesperadamente atroz sólo dos horas después de haber desayunado un bocadillo de carne con tomate. Tal fue la urgencia que, a pesar del buen ritmo de kilometraje que llevaba, se vio obligado a aparcar en la gasolinera y bajarse a pedir, casi a suplicar en la cafetería, un bocadillo de calamares.
Casi al mismo tiempo, Adela Solís, secretaria regional de la Asociación de Amigos del Transplante (AAT) iba en el asiento delantero del coche conducido por su marido, agarrada a la asita sobre la ventanilla. Llevaba en el regazo y en el asiento trasero varios montones de panfletos informativos para repartir en los hospitales de la zona, aunque Adela pensaba que era necesario informar a cualquier persona interesada, y que cualquier persona estaba interesada por el mero hecho de establecer contacto visual con ella.
Estaba mirando en el GPS la dirección del siguiente centro de salud, cuando el único riñón de Adela comenzó a hiperfuncionar. Dicen que un solo riñón humano puede hacer el trabajo de cuatro riñones, de modo que Adela Solís pasó de tener un riñón aletargado a cuatro riñones bombeando a pleno rendimiento, con lo que su vejiga se distendió hasta cuadruplicar su tamaño.
—Adolfo, para, tengo que ir al baño.
—¿Otra vez? ¡Si fuiste antes de salir!
—¡Pues tengo que ir otra vez! ¡Es una emergencia!
Adolfo suspiró, pero no dijo nada más. Se desvió al área de servicio y esperó pacientemente dentro del coche a que su mujer volviera. Adela caminó dando saltitos  desde el aparcamiento hasta el baño de mujeres de la cafetería; por suerte, a esa hora apenas había cola y pudo evacuar sin mayores incidencias. Mientras se lavaba las manos, se le ocurrió dejar un par de folletos por allí encima: sólo por la pinta que tenían las bandejas grasientas de las tapas, la mitad de la clientela tenía todas las papeletas para un cáncer de colon. De modo que se acercó a la barra y soltó un panfleto aquí, otro allí. Paco, con un calamar colgando de la comisura de la boca, le echó un vistazo rápido y se dirigió a la mujer:
—Oiga. ¿Usted trabaja en esto de los transplantes?
—Soy secretaria de la AAT, sí.
—Ah. Es que yo estoy transplantado, mire —Paco se levantó un poco la camiseta para que viera la cicatriz que tenía en la espalda—. De páncreas. Pero no estoy en ninguna organización ni grupo de ayuda ni nada de eso.
—Pues es una pena. Se puede ayudar muchísimo a otras personas como usted, o como yo. A mi me transplantaron un riñón hace ya unos años, pero otros no tienen tanta suerte de encontrar un donante a tiempo. Se necesitan muchas campañas de información, mucha colaboración ciudadana.
—Ya. ¿Y ustedes que hacen?
—Pues muchas cosas. A nivel local damos charlas, vamos voluntarios a hospitales, recaudamos fondos, hacemos colectas, rifas, cosas así.
El páncreas de Paco se removió en su sitio, incómodo. Y Paco se quedó pensando.
—Oiga. Yo soy transportista, y siempre llevo y traigo un montón de cosas que la gente ya no quiere pero que a lo mejor a ustedes les puede hacer un apaño. Si quiere le echo un ojo a ver qué tengo.
Sin dejar que Adela contestara, Paco se limpió la boca con una servilleta de papel y salió al aparcamiento para abrir su camión. Entró y empezó a remover trastos. ¿Qué podría servir?, se preguntó.
—Esto —sacó una bicicleta desvencijada, y empezó a sacudirle el polvo—. Está algo vieja y habría que hincharle las ruedas, pero es buena. No tengo hijos y mis sobrinas son ya mayores, a mí no me hace falta. A lo mejor ustedes pueden rifarla o algo así.
Adela observó aquel trasto polvoriento. Tenía pinta de cara y de no haber sido usada. Tal vez pudiera buscarle alguna utilidad.
—De acuerdo, muchas gracias. ¡Adolfo! Ven a meter esto en el maletero.

Doña Angustias se despertó un día con una quemazón en las tripas que no tenía desde que se había vuelto a la costa. Cuando le operaron del hígado y le pusieron uno nuevo, de vez en cuando la bilis le subía hasta la boca y sólo una cantidad ingente de sal de frutas podía calmarla. Un verano decidió cambiar de aires y pasar las vacaciones más cerca del mar, y desde entonces no había vuelto a darle problemas. Ahora vivía en un amplio apartamento, con una pareja y su hijo de inquilinos.
Aquel día doña Angustias se levantó enfurruñada al estante de la cocina donde guardaba la sal de frutas, pero no la encontró por ningún sitio. Tal vez se le gastara la última vez y no fue a comprar. Malhumorada, se vistió con su traje de luto (había terminado el luto años antes, pero conservaba el mismo vestuario) y salió a la calle. Normalmente era el matrimonio quien salía a hacer las compras, pero estaban fuera de la ciudad unas semanas.
Caminó unas calles, quejándose entre dientes de su artritis, cuando se encontró con María, la hija de Adela.
—¡Buenos días, doña Angustias! ¡Hace mucho que no sale de casa!
—Hola, Mariquilla. Qué grande que estás ya. ¿Cómo está tu madre?
—Bien, trabajando como una loca, que no da abasto. Ahora mismo iba para su edificio, que estoy vendiendo papeletas para la asociación, por si me quiere comprar alguna.
—Claro, claro —la señora rebuscó en su monedero en busca de suelto— Toma.
Cuando recibió aquel trozo de papel amarillo y lo prensó con su mano incipientemente artrítica, el flujo de bilis que salía de su hígado pareció calmarse, como un tipo de paz espiritual. Pero cuando fue a dar un paso para continuar su camino, la vesícula biliar se contrajo en una señal de amenaza.
—María, bonita, una cosa. Si vas a ir para mi casa, ¿te importa pasarte por la tienda de Guzmán y comprarme sal de frutas y dos barras de pan? Y te compro una papeleta más. Que estas semanas estoy sola y ya no soy una jovenzuela para andar por ahí trotando.
María se rió.
—Doña Angustias, cualquiera diría que es usted una anciana, si está más ágil que yo. Pero si quiere, ahora mismo voy a hacerle los recados.
Durante diez días, María fue a hacer la compra, a darle de comer a los canarios y a regar las plantas más altas.

Cuando volvió a casa, Tino se encontró con una caja grande en su dormitorio. Le preguntó a doña Angustias, pero ella sólo le dijo:
—Me lo trajeron el otro día. ¿Qué voy a hacer yo con esto? Si no tengo hijos ni nietos, y para mí es un estorbo más.
Tino se acercó y quitó la cinta adhesiva con un cuidado casi litúrgico. Desplegó las solapas de cartón y sacó a la luz lo que había dentro. Era una bicicleta de niño, completamente nueva. Tino pasó la mano por la pintura roja, por las palancas negras de las marchas, giró los pedales, los radios de las ruedas. Eva, su mujer, se acercó por detrás.
—¿Y eso?

—Una bici, ¿no es genial? Mi padre tenía una moto del mismo rojo que éste. Me encantaba —Tino se giró hacia Eva y cogió el balbuceante bulto que tenía ella en sus brazos—. Mira, Pablito. Esto va a ser tuyo.

"Bicicleta". Fuente: peligrosaspalabras.blogspot.com 

La hermana de Una, Isabel Pérez

Anna me recogió en la esquina de la calle Almond con la avenida Queensbridge, pasadas las doce y media.
 Yo estaba sentada en el suelo de un portal frente a la cafetería de Audrey, con la mochila que solía llevar al instituto encima de las rodillas. No había nadie en la calle. En el edificio de enfrente todas las ventanas abiertas estaban a oscuras, menos la del tercer piso: se veía el resplandor de la televisión y el perfil de una cabeza unida a un cuerpo sentado en el sillón. Estuve un rato mirando cómo subía y bajaba una lata de cerveza con la mano que no sujetaba el mando a distancia.
Bajé la vista y miré el reloj. Anna llegaba tarde. Anna nunca llega tarde.
Un gato maulló y saltó a un contenedor de residuos orgánicos, al final de la calle. Los faros del Volvo gris oscuro iluminaron el asfalto lleno de baches sin arreglar. Me levanté apoyándome en el mármol y me colgué la mochila sobre un hombro. El coche paró junto a la acera, y Anna me hizo un gesto con la mano desde el asiento del conductor. Abrí la puerta y me senté en el asiento del copiloto.
—Lo siento, tenía el depósito vacío. ¿Llevas mucho tiempo esperando? —su voz apenas se oyó sobre el ruido del motor al arrancar.
—No.
Solté la mochila en el asiento trasero y me puse el cinturón de seguridad. La radio estaba encendida y el locutor hablaba y hablaba del tiempo que haría el fin de semana. Nubes y claros. Anna giró a final de la avenida, en dirección a las afueras.
—¿Has dicho algo en casa? —preguntó sin mirarme, ajustando el espejo retrovisor con sus uñas de manicura francesa.
La miré de reojo. Iba con los labios y el vestido rojos, y el pelo rubio recogido. Yo bajé la cabeza y miré mis shorts y mis zapatillas viejas.
—Nada. Mi madre acababa de tomarse sus pastillas, seguirá durmiendo hasta mañana.
—¿Ni tan siquiera una nota?
—¿Para qué?
Anna asintió en silencio. Se desvió a una carretera secundaria apenas iluminada y encendió las luces de largo alcance.
—Estamos muy orgullosos de ti —giró la cabeza un segundo y sonrió sin enseñar los dientes—. Todos nosotros.
Yo contesté con un amago de sonrisa y apoyé a frente en el cristal de la ventanilla. Los árboles acercaban sus ramas por encima del arcén, sin llegar a rozarnos, para difuminarse a la altura de los ojos. En la radio comenzaba una balada country que no había escuchado nunca.
La casa de Una estaba en una urbanización casi abandonada, apartada del resto de edificios. Bajamos una pendiente custodiada por álamos y vimos a Mike en la verja haciendo de portero. Nos reconoció y nos dejó pasar.
—Han venido todos —comenté viendo la veintena de coches aparcados en el jardín delantero.
—Más les vale.
Anna aparcó junto al Land Rover de Jill, cogió su bolso color crema y salió. Yo eché mano de mi mochila y salté al césped. Hacía calor y habían regado hacía poco. En el porche todo estaba tranquilo, pero dentro se escuchaba la música vibrar y la luz cambiar de color a través de los cristales. Anna entró sin esperar, y yo la seguí.
El rellano de Una se abre directamente a un gran salón junto a la escalinata. Nunca lo había visto tan lleno. Nunca había estado de noche. Seguí a Anna entre la gente. Reconocí muchas caras: a Brian, a Lea, a Alice, a Marc, a Dave. Ellos me miraron y me sonrieron. A otros muchos no los conocía. También me sonrieron, y asintieron con la cabeza al ritmo de los sonidos que salían de seis o siete altavoces y de las fluctuaciones de la luz.
Anna se acercó a la mesa del fondo y me dio un vaso. Bebí de un trago sin preguntar lo que era.
—¿Dónde está Una? —grité para hacerme oír por encima de la música, pero Anna ya se había marchado para perderse entre la multitud.
Me apoyé en la mesa, bajé la cabeza y cerré los ojos.
Volví a abrirlos. Marc besaba a Anna en el cuello mientras Lea la agarraba por la cintura. Jill caía por su propio peso apenas agarrada al cuello de un desconocido. Susan estaba tendida en una esquina con los ojos muy abiertos, convulsionando. Y una chica pelirroja a la que no había visto nunca se quedó mirándome cuando iba a beber de su vaso, abrió la boca en una amplia sonrisa, enseñando unos dientes con aparato.
Me levanté de la mesa, empujé a un par de personas y subí por las escaleras.
Corrí por el pasillo, y abrí la primera puerta a la derecha: era el baño principal. Dudé un momento, entré, cerré de un portazo y me apoyé en la puerta. Casi me asustó encontrarme con mi propio reflejo en el espejo. Estaba temblando.
Abrí la mochila y rebusqué hasta encontrar el bote de pastillas de mi madre. Fui a coger una y se me cayeron todas en el suelo de baldosas blancas.
—Joder.
Me puse en cuclillas a recogerlas. Las amontoné a mi alrededor. Luego las separé. Formé una línea, luego otra, luego un triángulo, le quité los vértices, lo atravesé por diagonales. El símbolo de la Hermandad, con tranquilizantes. Y me quedé en el centro.
Alguien llamó a la puerta.
—¡Ocupado!
La puerta se entreabrió. Una se asomó por el hueco y miró con curiosidad lo que estaba haciendo.
—Muy bonito. Me dijeron que no parecías encontrarte muy bien —terminó de abrir. Llevaba puesta la túnica azul de ceremonias.
—Estoy… perfectamente.
Una se puso de rodillas junto a mí y me cogió de la barbilla para levantarme la cabeza.
—Ya hemos hablado de esto. ¿Crees que estás preparada?
Una siempre mira directamente a los ojos cuando habla con sus discípulos. Dice que es la forma más fácil de explorar su alma.
—Sí —contesté.
Una sonrió y asintió con su cabeza cana.
—Te estamos esperando.
Me dio una mano para levantarme, me desvistió y me puso la túnica azul que guardaba en mi mochila. Puso una mano sobre mi hombro y bajamos al salón: todos iban ya de azul, todos estaban en silencio, todos se hacían a un lado mientras nos dirigíamos al centro de la sala. Busqué a Anna con la mirada, pero no la encontré.
—¡Hoy es un día grande para la Hermandad! —gritó Una mientras me ponía la otra mano sobre el hombro que me quedaba—. Han pasado muchos años desde su fundación. Tiempos de bonanza, de armonía con el universo y la naturaleza.
>>Pero nada es eterno. Como sabréis, se acerca la edad oscura. El fin, hermanos, está cerca, y esta noche es el comienzo. Pero no debéis temer, sino festejar. Nuestra hermana se ha ofrecido a calmar y equilibrar a las fuerzas que gobiernan nuestro mundo, y dar ejemplo con su resurgimiento y reencarnación, al igual que a todo invierno sigue una primavera.
Dicho esto, me abrió la túnica y me desnudó. Anne se acercó por nuestra izquierda, con un cofre de madera en las manos. Lo abrió y se lo ofreció a Una.
—Estamos muy orgullosos —apenas me musitó, con una sonrisa de oreja a oreja.
Una sacó una daga de plata y me la puso bajo el cuello. Estaba helada.
—¡Por la Hermandad! —gritó Una.
—¡Por la Hermandad! —respondió todo el salón.
—Por la Hermandad —susurré, y cerré los ojos.

 "Chica". Fuente: http://cuestionalo.blogspot.com.es

Marisopsas en el epigastrio, Isabel Pérez


Yo no soy, ni mucho menos, un hombre de estómago.
Hay personas que pueden aguantar estoicamente la mirada cuando el carnicero les desmiembra el conejo para el arroz, pero yo no soy de esos. Cuando nació mi hijo Carlos duré dentro del paritorio treinta y cinco segundos contados, y si por pocas no me tienen que poner la epidural a mí.
Se entiende entonces que cuando mi médico de confianza y amigo de la mili, el doctor Federico Acosta, me dijo que ese bultito que tenía en el cuello había que quitármelo, lo primero que hice como ente racional fue acojonarme y preguntar cuántas horas me quedaban de vida.
—¡No, hombre! —Fede siempre ha sido muy de mover las manos al hablar como una vieja napolitana—. Si esto te lo quitan en un rato, con anestesia local, sin dormirte ni nada. Mira, te voy a mandar recomendado a un amigo mío, a ver si te puede buscar un hueco…
 Pero por muy tranquilizador que intentara sonar, después de firmar cuatro papeles en los que a grandes rasgos se lee “No nos hacemos responsables en caso de mutilación o muerte dolorosa” uno llega a casa y hace lo que cualquier otro ente racional: buscar fotos de la operación en Google para acojonarse el doble. Y vaya si me acojoné. Por suerte yo a Fede lo quiero como a un hermano, y si me jura y perjura por su madre que voy a salir del quirófano de una pieza, yo le creo, que para eso tiene estudios.
Total, que llegué con más pena que vergüenza al hospital en horario de tarde, donde fui despojado de mi dignidad y mi ropa para enfundarme en un batín ridículamente corto y tumbarme en una mesa de operaciones fría como el infierno en enero.  Una enfermera diminuta me estaba embadurnando con Betadine a brochazos  cuando el anestesista se acercó con una aguja del tamaño de una jabalina olímpica homologada.
—Dígame que eso lo utilizan para montar las brochetas de pollo.
—No me preocupe, sólo es un pinchacito —mintió aquel sádico mientras me apuñalaba tres veces—. Ya está, yo estaré allí dentro, si empieza a molestarle algo dígalo y vendré enseguida.
…Y se fue. Con el iPad debajo del brazo. Y yo con media cara que me empezaba a ARDER, acordándome de todos sus muertos hasta la quinta generación. Menos mal que la enfermera volvió a darme una capita de antisépticos, y parecía tener ganas de charla… y una voz de ratilla que se me clavaba en el cerebro.
—¿Es la primera vez que se opera?
Ji —la mitad de la mandíbula me empezaba a responder regular. Buena señal. No habría que interrumpir al anestesista en mitad de su café, de momento.
—Oh, pues no se preocupe por nada. Es una operación sencillísima, y el doctor Gutiérrez es… bueno, ya lo verá. Un artista.
Fui a contestarle pero lo único que me salió fue un chorro de baba, así que dejé a la muchacha que siguiera a lo suyo, sacando y metiendo tubos, colocando los instrumentos de tortura que (a Dios gracias) quedaban fuera de mi campo visual.
Al rato llegó el tal Gutiérrez, y la verdad es que a primera vista se le veía un tipo muy competente. Alto, con las patillas bien recortadas, la mascarilla perfectamente centrada. Con buena planta. Claro que después de todas las cañas que me he tomado con mi amigo Fede, no iba a mandarme operar por cualquier mamarracho. El cirujano se acercó a la enfermera para ponerse los guantes, y cuando ella se dio la vuelta pegó un respingo.
—¡Macarena! ¿Cómo es que estás aquí, no te habían pasado a ginecología?
A la chica le faltaba dar saltos en el sitio.
—Sí, pero he pedido que me volvieran a mandar aquí. Y bueno, hoy no me tocaba estar de tarde, pero me enteré que usted estaba de guardia y le cambié el turno a Claudia.
—Pues una alegría que me das, el servicio no era lo mismo sin ti…
No me gusta interrumpir a dos profesionales en mitad de su trabajo, pero es que de verdad que se me fue la saliva para donde no debía y empecé a toser como un descosido.
—Bueno… Joaquín —dijo Gutiérrez mirando por encima mi ficha mientras se ajustaba los guantes—. Usted es amigo de Acosta, ¿verdad? No, no hace falta que responda ¿Le molesta esto?  —se me acercó para toquetearme el cuello, y yo negué con la cabeza—. Muy bien, terminaremos enseguida. Macarena, bisturí frí…
Pero Macarena ya tenía preparada aquella cuchilla de cercenar gargantas.
—Vaya, qué eficiencia. No es que tenga nada en contra de Claudia o de Javier, ya sabes, pero no tengo que decirte quién es mi instrumentista favorita —y no sé si fui yo, que con los focos en la cara empezaba a ver borroso, pero para mí que le había guiñado un ojo.
“Esto no está pasando”.
La enfermera saltimbanqui, feliz como una perdiz, acercó el aspirador y empezó a salir mi sangre por el tubo translúcido.
—Si se marea no mire —me dijo el cirujano sin apartar la vista de lo suyo—. Y dime, Macarena, ¿cómo te va todo? ¿Qué tal con ese… Joshua, Jonathan, como se llame?
—Johnny. No, lo dejamos la semana pasada.
—Uy, no me digas. Bisturí eléctrico.
—Pues sí —dijo la muchacha acercando algo parecido a un bolígrafo con cordel, como los que hay en los bancos para que ningún desaprensivo se lo lleve—. Estaba harta de darle una oportunidad tras otra. Es el tío más inmaduro que ha pisado la tierra.
—¿Te lo dije o no te lo dije?
En ese momento empecé a escuchar un zumbido y ver por el rabillo del ojo una columnita de humo que me salía de debajo de la mandíbula. Cerré los ojos, pero el olor a mi propia carne quemada me llegó hasta la nariz y tuve que volver a abrirlos. Si me marcaban como a una vaca, por lo menos quería supervisar el trabajo.
—Ay, ya lo sé, doctor, que me lo ha dicho mil veces. Pero es que… —empezó a decir la enfermera.
—Que me llames Julio, y no me trates de usted, que no soy tan mayor. Gasa —el zumbido paró y pude dejar de aguantar la respiración—. Te dije que ese tipo era un sinvergüenza y que tú merecías mucho más. Después de todo lo que me contaste que te hizo, no sé ni cómo no lo mandaste con su puñetera madre hace ya tiempo. Es que me lo encuentro por la calle y le parto la cara a hostias. Tijeras.
—No te pongas así, si la culpa es mía, por ser tan tonta.
—Tonta no, mujer. Errores cometemos todos, y si no mírame a mí.
—Es verdad, ¿cómo va lo del divorcio?
—Pues imagínate. La muy zorra no se ha conformado con quedarse con el apartamento y con la custodia de la niña —el cirujano empezó a dramatizar gestualmente con unas tijeras abiertas en la mano, justo encima de mi cuello expuesto—. Ahora dice que la mitad del chalet de la playa es suyo, y atrévete a decirle que no a la Margaret Tatcher y a la sanguijuela que se ha buscado de abogado.
Aunque prefería con mucho que continuaran la conversación cuando no hubiera instrumentos cortantes cerca de mi piel, opté por no moverme ni gesticular, no fuera que se le escapara un tajo donde no debiera.
—Aquí no se la conocía precisamente por sus buenas maneras. Lo cierto es que nunca me cayó muy bien. Ni yo a ella.
—Envidia insana, es lo que te tenía. A ti y a cualquiera que no le rindiera pleitesía o que no estuviera tan amargada como ella. Mosquito sin dientes —yo esperaba que la enfermera le acercara un bote lleno de bichos, pero en lugar de eso sacó unas tenacitas diminutas—. La verdad es que me está costando mucho tirar para adelante, pero creo que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida.
—Eso te iba a decir, que a pesar de todo… se te ve como más vivo, más contento, qué se yo.
—Vivo por primera vez en años, Macarena. Estoy deseando acabar todo el papeleo y pasar página de otra vez. Pinza con dientes.
—Dicho así, es que suena tan fácil… Ojalá yo pudiese tomármelo con tanta filosofía, y olvidarme de todo, y salir, y empezar de nuevo…
—¿Y por qué no lo haces? —el doctor paró un momento de hacer lo que dios quiera que estuviese haciendo con mi piel y se quedó mirando a la enfermera.
La chica, ruborizada desde el borde de la mascarilla al gorro de quirófano, se quedó congelada aspirándome la sangre con un ruido desagradabilísimo. Yo miré a la puerta por si aparecía el anestesista, para pedirle que por favor me durmiera del todo y no tuviera que tragarme el culebrón entero mientras me estaban mutilando. Pero no cayó esa breva.
—Pero… ¿el qué?
—Pues eso mismo, que ya basta de lamentarse. Si quieres salir, sal. Por ejemplo, ¿haces algo esta noche?
—N-no. Bueno, tenía que planchar la ropa y llamar a mi madre, pero no tengo por qué hacerlo hoy.
—Pues déjalo para otro día porque ya tienes plan —Gutiérrez se aclaró la voz y levantó las manos con el instrumental, como si fuera un director de orquesta, con un pedazo de piel asqueroso colgando—. Pon esto en formol para Anatomía Patológica. Y ponme una sutura del 2, vamos a cerrar ya —luego se dirigió a mí, hablando muy alto y despacio—. YA CASI HEMOS ACABADO. TODO HA IDO PERFECTAMENTE.
“No, si lo que es oír, te llevo oyendo una hora estupendamente”, pensé, pero no me atreví a intentar siquiera decirlo en voz alta. Sólo moví ligeramente la cabeza para indicar que sí, que me había enterado y todo era gozo y felicidad.
Empezó a coserme la herida, pero yo sólo podía ver la aguja por aquí y el hilo por allá. Estaba bastante hasta las narices de ese señor, pero había que reconocer que se daba su maña (aunque lo mismo era mi impresión, que no sé ni coserme un botón y todavía me parece magia lo que hace mi madre con el dobladillo de los pantalones).
—Corta —dijo el cirujano tirando del hilo.
—No, corta tú —le respondió la enfermera, muerta de risa.
—Noooo, corta tú —le contestó el otro siguiéndole el juego.
“¿Es que aquí nadie tiene ganas de irse a su casa?”
Después de un rato así, al final quedaron en cortar cada uno un extremo y aquí paz y luego gloria.
—Bueno, ya está —me dijo Gutiérrez quitándose los guantes, desde la puerta—. Ya le avisarán con los resultados de los análisis. Los puntos se los quitarán en su centro de salud de aquí a una semana, buenas tardes. Y hasta luego… Macarena.
—Hasta luego, Julio —canturreó la muchacha guardando todos los cachivaches.
Yo estuve allí tumbado hasta que vino el anestesista a rescatarme, sacudiéndose las migas de la merienda.
—¿Qué, cómo ha ido todo?
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El cazador y la presa, Isabel Pérez


Estás respirando demasiado alto, demasiado fuerte. Lo intentas controlar, pero sólo consigues ahogarte. Se te ha olvidado cómo se respira sin pensar. Inspira, y luego espira. Escuchas tu corazón intentando salirse del pecho. Desearías que se callara de una vez antes de delatarte.
Te inclinas hacia delante lentamente, a oscuras, entre los abrigos de mamá. A tu madre no le gustaría que estuvieras allí dentro, ensuciando la ropa con tus zapatillas llenas de barro… pero ella no está aquí para decirte nada. Pones el ojo que no tienes vago en la cerradura del armario y miras a través: desde ese ángulo apenas ves el cabecero de la cama de tus padres. Agudizas el oído y no oyes nada, sólo un pitido continuo en tus oídos, la sangre fluyendo por tus sienes, el tic-tac del despertador en la mesilla de noche, un pájaro lastimero cantando fuera de la ventana. La habitación suena a vacía, y tu corazón se calma un poco dentro de tus costillas.  Piensas que a lo mejor ya se ha encontrado a uno de los otros, que tal vez no venga a por ti esta vez. Que a lo mejor todo ha acabado. El vestido de lino de tu madre te hace cosquillas en la nuca. Hace tanto, tanto tiempo que no se lo ves puesto…
Oyes los pasos acercarse por el pasillo, demasiado pesados para ser sólo de un niño. La puerta cruje al abrirse. Y luego silencio. Aguantas la respiración. A través de la cerradura ves una mano que levanta la colcha y vuelve a dejarla en su sitio. Otra vez silencio. Cruzas los dedos para que no se acerque a ti.
Los pasos se alejan, y cuando dejas de oírlos sales del armario sin hacer ruido. Cierras la puerta tras de ti y reptas por debajo de la cama. Hiciste bien en no meterte  antes, pero has aprendido a moverte para sobrevivir. Sabes que las plantas que esperan a que se las coman… se las comen. Sin más. Tienes una herida en la rodilla izquierda, y duele al arrastrarte.
Cuando apenas si has metido los pies debajo escuchas más pasos y se te congela el pulso. Pero son pasos cortos, pequeños, sigilosos pero torpes, que se paran junto a la puerta.
—Guille —susurras.
Y tu hermano pequeño se agacha para mirar por debajo, con esos ojos tan grandes que le hacen parecer siempre asustado.
—Soy yo, ven —dices y levantas para que entre—. ¿Dónde está Carlos?
—En el desván —contesta Guille demasiado alto, mientras acurruca su diminuto cuerpecito a tu lado entre pelusas.
—Ssssshhhh —empiezas a chistar.
Pero oyes otra vez los pasos. Largos. Tranquilos. Pasos de alguien a quien no le preocupa que le oigan desde lejos. Guille está respirando demasiado alto, demasiado fuerte. Le tapas la boca con la mano y no se queja. Piensas que alguien mayor debería taparte la boca a ti también.
Y los pasos se acercan a ti. Y rodean tu refugio. Y forman una discontinuidad en el hilo de luz que te llega de las ventanas bajo las mantas colgando. Y se detienen frente al armario.
Oyes los goznes metálicos chirriar y una mano que trastea entre telas. Sabes que has hecho bien, que esperando quieta sólo consigues que te coman.
Guille se aprieta contra ti. Te parece que intenta controlar su respiración pero no lo consigue. Apoyas su cabeza en tu hombro, sin soltarle la boca. Es tu forma de decirle que queda poco para que todo acabe.
Los pasos se alejan del armario, y rodean tu refugio, y se dirigen a la puerta. Olvidaste otra vez cómo se respira. Inspira, y luego espira.
Una mano se cuela debajo de la cama y te agarra del brazo. Y lo sabes. Todo ha terminado.
Tu primo Quique te saca dos cabezas y se cree muy listo por haberte pillado.
¡He encontrado a Paula, salid todos! —grita.
Tú refunfuñas y vas a la cocina a poner la cara contra la puerta del frigorífico. Empiezas a contar despacio: uno, siete, doce, diecinueve, veinticuatro. Y luego más rápido: treintiseiscuarentaydoscincuentaycuatroysesenta.
Te das la vuelta y chillas para que te oiga toda la casa:
¡Preparados o no, allá voy!

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La última cerveza, Isabel Pérez


Me he cansado de escribir siempre lo mismo, con distintas palabras, para que nadie responda.
Acabo de abrir el último botellín de Heineken que quedaba en la nevera, y esta vez no voy a parar de escribir hasta que me haya bebido la última gota. El papel del bloc está rígido de mojarse y secarse una y otra vez y el bolígrafo ya está casi gastado. Probablemente esto sea lo último (y seguramente lo primero) que leas de mí.
Me llamo Richard Davis, aunque todo el mundo me llama Rick. Menos mi madre. Según ella yo iba a llamarme Thomas, como mi abuelo, pero el parto se le adelantó dos meses mientras estaba en el cine viendo Pretty Woman y ella se lo tomó como un presagio. Es la única que sigue empeñándose en llamarme por el nombre completo, muy a mi disgusto.
Seas quien seas, por favor, llámame Rick.
No sé cómo he podido llegar a esta situación. Yo me crié en Roseville, Minnesota, uno de esos lugares donde te podrías pasar la vida soñando cómo escapar y nunca hacerlo. Sólo estuve fuera cuatro años, estudiando Derecho en Minneapolis, y volví nada más terminar porque a mi padre le empezaba a fallar la vista y necesitaba gente de confianza en el bufete. La verdad es que lo tuve fácil, todo rodado: era cuestión de dejar correr el tiempo, de sentarse a esperar… no sé, a esperar lo de siempre. Ahorrar para la entrada de un Jaguar, por ejemplo. Casarme, buscar una casa con jardín no demasiado lejos de mis padres. Tener dos o tres críos a los que llevar al lago a patinar en invierno o a pescar en verano.
A Hugh lo conocía desde el instituto. Si yo tuve una vida fácil, a él se la masticaron antes de ponérsela en el plato y acabaron por dársela con un embudo. Nunca fue mal chico, sólo… problemático. Un niño de papá con mucho tiempo libre, con muy poca paciencia como para estar sentado seis horas de clase, con demasiado dinero que gastar en explosivos y soldaditos de plomo. Se graduó conmigo a duras penas aunque era dos años mayor, y estuvo saltando de universidad en universidad privada hasta que su padre lo dio por imposible y lo trajo de vuelta a casa antes de que acabara con cirrosis o sífilis. Fue lo más sensato que hizo con él en toda su vida.
Yo sabía que su familia estaba forrada, pero no me imaginaba que fuera para tanto. Éramos buenos amigos, probablemente yo era el mejor que Hugh tuvo nunca. No perdimos el contacto mientras estuvimos fuera de Roseville, y siempre estaba haciendo planes de llevarme a tal o a cual sitio, al apartamento de su primo en Los Angeles, a su casa de verano en una isla perdida en el Caribe, a recorrernos Europa de punta a punta… y yo siempre le sonreí aunque nunca me lo tomé en serio. Tenía una capacidad asombrosa de encontrar problemas donde parecía imposible que los hubiera. Yo prefería mantenerme al margen.
Y ahora Hugh está muerto. Y esta cerveza está ya media.
Nunca le habría hecho caso, ¿sabes? Nunca lo habría seguido, si no hubiese sido por Helen Nielsen. Tendría que haberlo visto venir. Mi madre me lo advirtió la primera vez que vino a casa por Acción de Gracias, pero yo no hice el menor caso. Helen… Helen estudiaba Bellas Artes en mi Universidad. Rubísima. Tóxica. Prácticamente todo lo contrario a la clase de chica con la que siempre me había imaginado que acabaría. Dejé mi colegio mayor para vivir con ella en su loft casi dos años, entre pintura acrílica y botellas de tequila vacías. Creo que todo el mundo sabía cómo iba a acabar excepto yo. Cuando volví a Roseville ella estaba en el último año de carrera, pero iba a visitarla cada fin de semana, hasta le había encontrado un local perfecto para montar su estudio cuando terminara.
Menudo gilipollas.
Ni siquiera se tomó la molestia de borrarme de su perfil de Facebook después de que su amiga Alice (casi tan víbora como ella) subiera “aquellas fotos” de la fiesta de su hermandad.
Después de todo lo que he pasado aquí, esa historia me parece una cosa de niños, y probablemente lo sea. Pero en ese momento… me hundió. Me encerré en mi cuarto en casa de mis padres, con los auriculares al máximo volumen, escuchando la discografía de los Red Hot Chili Peppers una y otra vez. No volví al trabajo, y a mi padre se le empezaron a acumular papeles y migrañas. Dejé casi de comer, a pesar de que mi madre, al borde de una crisis nerviosa, me subía religiosamente una bandeja con platos hasta arriba tres veces al día.
En ese estado me encontró Hugh cuando llamó al timbre y subió las escaleras hasta mi habitación. Y otra cosa no, pero era un tipo práctico. Me dijo: “Levántate de la cama, coge una maleta y llénala de ropa de verano. Te espero mañana a las diez en la puerta de mi casa”.
Si me hubiera pillado en cualquier otro momento, me habría reído y habríamos acabado jugando a algún videojuego de hacía años, por los viejos tiempos. Pero quería salir de allí. Olvidarme del mundo unas semanas, un par de meses, tres años, para siempre. Por eso le hice caso, por eso le estuve esperando en su porche hasta las once menos veinte de la mañana, por eso me subí en su coche y dejé que me llevara al aeropuerto. Adonde quisiera llevarme.
No era un mal chico, en absoluto. Los problemas lo buscaban a él casi tanto como él los buscaba a ellos: simplemente siempre estaba en el lugar equivocado, en el momento equivocado, de la peor manera posible. Podría echarle la culpa con toda la razón del mundo… pero realmente lo echo de menos.
Hace casi tres meses que estoy aquí solo, si no me fallan las cuentas. La nevera portátil está vacía y estoy más delgado incluso que cuando llegué. Las únicas palabras que puedo oír son las mías leyendo en voz alta estas líneas…. Desearía que Hugh estuviese aquí. Desearía que mi madre estuviese aquí, o mi padre, o mi hermano, o incluso Helen y aquellos tres jugadores de rugby. O tú. Alguien.
Y con esto, me termino el último sorbo. Es hora de ponerme serio y escribir lo importante, antes de que se acabe la tinta:
Me llamo Richard Davis. Mi amigo Hugh Larson y yo salimos el diecisiete de junio a dar un paseo en helicóptero desde su helipuerto privado en Fajardo, Puerto Rico. Hugh había tomado un par de copas y perdió el control cuando sobrevolábamos demasiado bajo un islote. Cuando desperté de la conmoción, él ya estaba muerto, aplastado por el panel de mandos. Intenté sacarlo de allí para enterrarlo como es debido pero me fue imposible separarlo del amasijo de hierros yo solo. No he querido volver allí desde entonces, sólo cogí lo que encontré de utilidad y busqué un lugar donde establecerme hasta que me encontraran. Espero que su familia pueda perdonármelo.
No sé qué isla es ésta ni tampoco he visto ningún accidente geográfico que pueda ser de utilidad para reconocerla, pero he montado mi campamento al sur, junto a una pequeña cala. Siempre dejo una hoguera encendida, debería verse bien al sobrevolarla por la noche.
Si encuentras y lees esto, por favor,  envía ayuda y sácame de aquí. Este es mi sexto y último mensaje en una botella de cerveza.

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Pat & Trick, Isabel Pérez


Es de noche en el circo y Pat está despierto.
No lo parece, porque la vigilia es un estado de conciencia, ni más ni menos. Está despierto en la oscuridad y agudiza el oído que no está apoyado en un colchón raído. Podría oír una aguja caer a cincuenta metros, pero no oye apenas nada: todo el mundo está durmiendo. Los leones famélicos respiran tranquilos en sus jaulas. El aire recorre el bucle de la trompa del elefante. Alguien se mueve en su catre y suenan los muelles oxidados. Y Trick… sus fosas nasales exhalan aire cálido a un ritmo constante. Trick duerme. Nadie más podría saberlo, porque el sueño es un estado de conciencia, y todos los demás signos son accesorios.
A Pat le tiemblan las manos, como la pasada noche, y la anterior. Tiene un plan, pero siempre lo acaba posponiendo. Un día más. Una oportunidad más de arrepentirse, de que todo mejore. Una salida. Pero a la noche, cuando se acuestan, siempre se lleva ese cojín consigo, y duda durante horas antes de caer dormido de puro agotamiento. ¿Había llegado ya la hora?
Pat mesó con su mano izquierda aquel cojín. Áspero y frío. Pensó de nuevo en lo que tenía que hacer y a punto estuvo de vomitar su escasa cena. Trick nunca lo haría, no, Trick nunca se atrevería a hacerle algo así, aunque fuera lo mejor para ambos. Y por eso estaba Pat despierto. Tendría que hacerlo él.
Empezó a doblar el codo, muy lentamente, unos pocos grados con cada respiración de Trick. Siempre hay un punto de no retorno, y antes de llegar todavía tenía tiempo de dar marcha atrás, de retrasarlo. Pero esa noche estaba muy, muy cansado.
Subió el brazo hasta colocar el cojín frente a la boca de Trick, bajo sus fosas nasales. Notaba el aire caliente salir, tan cerca del suyo propio. Aún podía arrepentirse. Aún podría tratar de olvidarlo hasta la noche siguiente. Podría esperar a la función de la tarde, tal vez… tal vez alguien decidiera sacarlos de allí, buscarles un verdadero techo bajo el que dormir, una madre como la que no habían conocido. Tal vez…
A Pat se le encogió el estómago cuando notó un salto en el pulso que latía a su lado. La respiración de Trick se hizo errática, notó contraer sus hombros… había despertado, y Pat no movió uno solo de sus músculos agarrotado. Sabía que Trick no tardaría en notar que algo pasaba: sentir la rigidez de su cuerpo, oír sus ruidosos pulmones desbocados, oler el polvo del cojín pegado a su boca.
 Pasaron los segundos, y Trick seguía despierto. Pero no se movió, no dijo nada. Entonces Pat lo entendió: Trick también estaba esperando.
Y, como un acto reflejo, apretó el cojín contra su hermano.
Trick se sobresaltó y extendió todo el cuerpo por institnto. Pat escuchó sus corazones acompasados, acelerándose al unísono. Se giró sobre si mismo, encima de Trick, y apretó con ambas manos, respirando con dificultad, rezando porque todo acabara pronto. A Trick le empezó a faltar el aire y pataleó como si de verdad hubiera un lugar en la tierra donde pudiera escapar. Profirió un gemido que quedó ahogado antes incluso de terminar de nacer. Nadie lo oyó y pronto empezaron a fallarle los miembros. Los espasmos se hicieron arrítmicos, aislados, sin fuerza, apenas una contracción de músculos… y nada más.
Pat retiró con las manos entumecidas el cojín de su boca, y escuchó. Nada. Tan solo un silencio sordo. Por primera vez desde que tenía memoria no oía la respiración de su hermano de fondo, casi imperceptible pero constante. Frente a él sólo había vacío, un vacío que aspiraba ruidosamente por debajo de su nariz y anidaba en los pulmones eclosionando como huevos de golondrina. Jamás se había sentido tan solo.
Se volvió a girar para apoyarse sobre su mitad derecha. Continuaba temblando, así que subió la manta hasta cubrirlos a los dos. Cogió la mano de Trick, conocida como la suya propia, aún caliente, aunque no tardaría en enfriarse. No tardaría en empezar a consumirse su cuerpo entero como un miembro gangrenado, envenenándolo hasta acabar con lo que quedaba de su vida. No tardaría, pero mientras tanto estaba allí solo en la oscuridad, esperando… ésa era la verdadera tortura: no oír un corazón a la derecha de su camastro.
Recordó la conversación que había tenido con su hermano hacía semanas… Trick tenía miedo entonces, y probablemente había tenido miedo esa noche. Pero a pesar de eso, nunca lo había abandonado. En cada noche a la intemperie, en cada función (nadando en las risas y los gritos de asombro), en cada latigazo sobre sus espaldas, él siempre estaba allí. Cuando despertaba, seguía allí. Si quería esconderse, lo acompañaba. Si pensaba en huir, esperaba pacientemente a que dejara de pensarlo.
No tenía lágrimas ni surtidor para bañar el cuerpo de Trick como extremaunción. El sacrificio solitario para ponerle fin a todo era el único regalo que se le ocurría, y por eso Pat siguió tumbado sin moverse durante horas, sabiendo lo que le esperaba. Tiritó de frío y luego de fiebre, acariciando la mano inerte de su hermano, esperando, esperando…
Amaneció, y casi todos se levantaron. Tardaron mucho en darse cuenta que Pat&Trick, los hermanos siameses, la joya del espectáculo, seguían acostados y sin respirar, unidos por el cráneo frente con frente en un ángulo grotesco, como el día en el que nacieron: sin ojos que estar cerrados.

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