Google+ Taller de Escritura Creativa de Israel Pintor en España: Rodolfo Garrotín
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Publicamos nuestra primera antología bajo el sello del Taller de Escritura Creativa, en ebook para todo el mundo y en papel para los amigos

"El mérito de este libro de historias no es sólo que entretiene y divierte. El mérito recae en su capacidad para contagiar al lector con la pasión por la escritura, a través de las pasiones propias del escritor que aún se niega a verse a sí mismo como tal, a pesar de que sus letras evidencian vocación. La premisa de estos textos se encuentra en el principio mismo de escribir Cada quien su cuento, donde resalta el ingenio personal de autor. La personalidad de cada uno de los narradores en esta antología es diversa y atrayente. Lo que las une es el ímpetu creador y la frescura propia del novel. No en vano es éste el primer libro publicado por el Taller de Escritura Creativa, un espacio de formación para escritores en toda regla."
Israel Pintor.

La presentación de esta obra fue realizada el jueves 19 de noviembre de 2015, a las 20 hrs. en La imprenta (c/González Cuadrado 22, Sevilla). Hubo lleno total. 


Para hacerte con la versión electrónica ve a la Google Play Store.

Si no puedes o pudiste ir a la presentación, compra un ejemplar impreso a través de PayPal, pagando con tarjeta o usando tu propia cuenta PayPal. Te será enviado por correo postal a tu domicilio (sólo para España).

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Mira, una joven bloguera nos ha hecho una reseña:


La quimera de Rosalía, Rodolfo Garrotín


El precio del trigo ha vuelto a bajar. Y el del pollo. Y el de la leche. Ya no cubro gastos. Pero voy al supermercado y está la harina por las nubes. Hay que acabar con esto. Malditos empresarios de la intermediación. ¿Y los distribuidores? Les quemaría sus hipermercados después de vaciar sus máquinas registradoras. Dejaría sólo las monedas de céntimo, que molestan mucho. O mejor, las fundiría y las vendería en una chatarrería ahora que el cobre cotiza alto gracias a los ciudadanos de Rumanía.
Hay que hacer algo. Es necesario concienciar a mis colegas, a los consumidores y a los animales. Para animar a los agricultores pediré una reunión de la asociación local y hablaré sin tapujos. Seguro que entenderán que esta situación es mala para todos. Convencidos todos, habrá que convencer a los mandamases de la patronal. ¿A los mandamases de la patronal? ¡Pero si ninguno sabe lo que es un terrón! ¡Pero si están subsidiados por el Estado! No, aquí no hay nada que rascar. Mejor será que me olvide de ello.
Será mejor convencer a los animales, a estos animales. Que no den tanta leche. Que no engorden tanto. ¿A los animales? Con los animales no hay nada que hacer; son conscientes de su destino y no tienen sentido de la dignidad. Les da igual el precio al que sean vendidos.
Empecemos mejor por explicar la solución a los ciudadanos y que ellos decidan. ¿Cómo llegar a ellos? No es posible cambiar el estado de cosas sin cambiar las conciencias. ¿Escribo un libro? ¡Bah! ¿Quién iría a leerlo? Me haré un perfil en Twitter. No, imposible. Hasta que otros usuarios me conozcan, me sigan y propaguen mis mensajes pasará demasiado tiempo.
Sí, a los ciudadanos habrá que llegar a través de la prensa. No hay otra solución, ni otra forma de aproximarles a la injusticia.¿A través de la prensa? Imposible. ¿Cómo convencerlos de que publiquen noticias que vayan en contra de sus anunciantes? ¿Cómo conseguir que medios de orientaciones ideológicas opuestas se pongan al servicio de la realidad y no den interpretaciones distintas de este hecho innegable? Bastará con que uno diga blanco para que el contrario diga negro ¿Cómo conseguir, al menos, que los periodistas entiendan lo que es un agricultor, un intermediario y un distribuidor? Eso sí que es imposible, decididamente imposible. ¡Si tienen la cabeza hueca y la mano adiestrada! No se puede contar con la prensa.
No valen los libros, ni Twitter, ni la prensa. No hay forma de llegar a los ciudadanos. Qué más da. Total, no distinguen el sabor de un tomate del de un calabacín. En realidad, no son sino una masa desinformada y endeble.
            Y, ¿entonces? Entonces mejor quedarse quieta, vender la granja, asar los pollos y congelarlos, convertir la leche en queso y meterlo en aceite, regalar las vacas a quien pueda darles de comer y hacerse dirigente. Tendré que pasar por imbécil y besar a ancianas y niños, pero viviré bien...

Carta a una dama desaparecida, Rodolfo Garrotín


1. Lugares comunes
Lugares comunes. Qué lugar tan común, o sea, qué ordinariez.
            Tu abandono es tan doloroso que casi plagio hasta el título. Y es tan problemático que no me queda más remedio que acudir al tópico para arrancarme las palabras en esto que te escribo. Sólo queda de lo nuestro la exposición en cuatro puntos.
            Qué desolación.
Te has marchado casi sin avisar. Y yo me he quedado sumido en un negro pozo del que no me queda más remedio que salir. Porque la vida sigue.
            No, no es un pozo de petróleo. Es un hoyo profundo desde cuyo suelo no se ve la luz por arriba. Si fuera un pozo de petróleo al menos sería rico o estaría en trance de serlo. Como no lo es, estoy triste y sigo siendo pobre que es el peor de los estados de la tristeza o el peor de los estados de la pobreza. La tristeza y la pobreza, si no concurren, pueden sobrellevarse. Cuando se juntan, sin embargo, introducen en el alma una sensación de aplastamiento que desasosiega como ver a un huevo frito con la yema rota y cuajada antes de llegar al plato, desapareciendo cualquier expectativa de mojar un trozo de pan y dejando sin atractivo al huevo
            Yo contigo era feliz. Cualquier excusa era buena para encontrarnos y disfrutar de un rato de reflexión. Me encantabas. Me encantas. Me encantarás. Te echo de menos y procuro pensar que, quizás, algún día la casualidad vuelva a juntarnos.
            Cuando estabas por aquí, mi buen humor era permanente. Contigo cerca yo era optimista, alegre, despreocupado, inocente y hasta valiente. Ahora estoy hecho un ajoporro.

            Gracias a ti pude hablar sin pudor de sentimientos, de pensamientos, de experiencias, de proyectos. ¡Qué placer aquellos susurros tan íntimos! Pasaba el tiempo como el Nozomi por abajo del Monte Fuji, o sea, casi volando.
            En esta orfandad he tratado de encontrar prosperidad. Tú, que siempre, salvo una vez, me sugerías optimismo, conseguiste redirigir mi modo de ver las cosas. Viniste al mundo a redimirme, ¿recuerdas?

2. Lugares extravagantes
Lugares extravagantes. Qué pretendidamente original, o sea, que porquería. Por tu culpa.
            En la imaginación tenía que serías una compañera fiel que estaría a mi lado hasta el fin de mis días, que el fin de mis días coincidiría con el fin del mundo y que el fin del mundo coincidiría con el juicio final, que se desarrollaría bajo los principios de oralidad y único acto para pasar cuanto antes al paraíso eterno.
            Una vez en el paraíso eterno ya veríamos lo que hacíamos, porque una cosa es el fin de los días y otra la eternidad. La eternidad es demasiado. Además, en el paraíso no hay que trabajar, ni preocuparse por nada, ni hacer esfuerzos. Sólo hay que estar.
            Yo estuve una vez en un lugar muy parecido al paraíso. En ese sitio el aire estaba perfumado, no hacía frío ni calor, no se escuchaban murmullos en los bares y, sobre todas las cosas, no había reptiles, ni insectos, ni periodistas. Perdona la redundancia.
            En aquél lugar el tiempo pasaba deprisa y por eso me supo a poco la estancia, aunque no estuvieras (no te conocía aun). Por eso, siguiendo con el razonamiento, podría pensar que contigo el paraíso sería mejor todavía. Pero el problema es que el paraíso eterno dura hasta el fin de los tiempos que, como podrás imaginar, no llega nunca una vez acabado el mundo porque la eternidad es para siempre. Y, como te decía, volviendo al principio, eso es demasiado.

            De todas formas, sí que confiaba estar en tu compañía hasta ese momento fatídico del ingreso en el paraíso. Y sin embargo, así, de repente, un día vas y por las buenas te marchas de mi lado.
            Lo que más rabia me da es que no pude intuirlo. Si hubiera tenido la más mínima sospecha de que todo acabaría de ese modo, habría puesto remedio a tu descarado acercamiento. Porque no olvides que fuiste tú la que se vino para mí sin que yo te hubiese reclamado. Yo estaba tan tranquilo sin ti. Me dedicaba a mis cosas, a mi trabajo, a mis aficiones, a mis pensamientos, y tú reclamaste mi atención sin venir a cuento.
            Y, como soy entusiasta, empecé a escucharte. Maldito el momento. Es cierto que me abriste la puerta a un mundo ignorado, que me procuraste satisfacciones, que descubrí sensaciones agradables. Pero ahora me veo y me pregunto qué queda de aquello.
Me engañaste como sólo engañan los semáforos en verde cuando se ven desde lejos a altas horas de la madrugada y con las espirituosas en pleno efecto. Todo el mundo cree ver un taxi libre.

3. El esfuerzo
Como te decía, estoy sumido en la abulia más absoluta. Como aún tengo recuerdos de lo que viví contigo, haré un esfuerzo por si acaso decides venir a asistirme.
            Por eso, he decidido escribirte esto. Por eso continúo albergando en lo más hondo de mis entrañas, a la altura del píloro aproximadamente, la esperanza de que me visites, me reconquistes y te quedes aquí hasta que yo te eche.

4. El resultado
A modo de despedida, déjame decirte que estos miserables folios los he escrito a mi pesar. El cuerpo me pedía otra cosa. Me pedía abandonarme definitivamente y dedicarme a la cocina. O a hacer punto de cruz. O deporte.

            La culpa, en el fondo, es mía y sólo mía. Puede que hayas decidido irte a buscar a alguien verdaderamente talentoso. Puede que no te haya cultivado como merecías y que por eso te huyeras.
            Puede que tu forma de ser, tan esquiva, tan independiente, no aguantase tanta obcecación por mi parte. Esa especie de atracción súbita y absorbente que no merecía cuidado por tu parte porque, conociéndome, intuías que sería temporal. Largamente temporal, pero con fecha de caducidad al cabo.
            Entiendo que busques a otros. Entiendo que trates de encontrar a quienes sean capaces de comprometerse, a quienes sean fiables, a quienes te sugieran por su mirada que no te abandonarán con facilidad.
            Si alguna vez te acuerdas de mí, que sepas que te echo de menos y que me encantaría volver a verte.
            P.D. Por cierto, como había algún ilustre artista que decía que le visitabas porque siempre le cogías trabajando, me he afanado largo tiempo en permanecer en mi puesto por si acaso te decidías. Obviamente no ha surtido efecto.
            P.D. Por curiosidad y aunque ya no importe, ¿dónde demonios te has metido?
            Amada Inspiración, aunque ya no me correspondas, siempre (hasta el día del juicio final) tuyo,
            Rodolfo.
http://4.bp.blogspot.com

Autorretrato incompleto, Rodolfo Garrotín


Contemplé la fuerza del astro rey por primera vez un 14 de abril de hace ya varias primaveras. Había nacido cuatro días antes, pero mis párpados superiores no quedaron despegados de los inferiores hasta esa fecha.
Pertenezco a la estirpe Garrotín, que no es una estirpe cualquiera. Procedentes del reducto norteño que inició la Reconquista, extendimos nuestra sangre por el resto del mundo. Los Garrotín somos muy fogosos. Las Garrotín, muy fecundas. Hay garrotines censados en los cinco continentes y de razas muy diversas.
Según me dijo años después mi ama de cría, al nacer era un huevo duro recién pelado, blanco impoluto y casi redondo. Sin mucha cabellera, una pelusa amarilla mal cubría mi radiante cebollita tierna.
Aprendí a mascullar pronto, incluso antes de comenzar a sostenerme sobre mis, por entonces, ramitas de perejil, nada rígidas y muy delgadas. Repetía todo cuanto escuchaba cual cacatúa o como el eco producido en una habitación vacía.
También la televisión local repite muchas cosas en esta época del año, pero no pegaba decirlo.
Al crecer, alargué mi cuerpo por encima de la media convirtiéndome en un espárrago de Tudela, blanco como la cal que se usa para cocer las aceitunas y alto como las torretas que sostienen los cables de alta tensión.
Desde siempre tuve espíritu de lombriz, explorando caminos sin que nadie lo advirtiese. Opaco como el color negro, poca gente me conoce. Soy un crocanti de chocolate tres minutos después de salir del congelador: por fuera parezco frío aunque por dentro esté derretido.
Como dijo un profesional de la charla, soy lo que pienso en cada momento. Ayer era lo que ayer pensaba. Mañana, si llega, seré lo que piense mañana.
            Este es el resumen de mi trayectoria por esta senda maravillosa de paisajes coloridos que llamamos vida.

Lo anterior requiere una explicación.
            El ejercicio propone la redacción de una autobiografía que emplee el uso de figuras retóricas. Yo, que soy un alma pragmática y nada cursi, no podría, pues, cumplir el objetivo si no fuera diciendo sandeces.
En realidad, esto se ha convertido en un auténtico calvario. Además, tengo un catarro de colosales proporciones y el uso de la química me provoca aturdimiento. Escribir aturdido una sarta de tropos para trazar mi biografía me resulta desagradable y me provoca una cólera incontrolable. Si ahora mismo me cruzase con el ideólogo de este ejercicio probablemente no volvería a respirar y yo no volvería a ver la luz.
            Por eso, prefiero hacer ahora una declaración de principios.

Nací en el Sur de España (cada vez más cerca del Norte de África que del Sur de Europa) en plena primavera, justo cuando se celebraba la pasión y muerte de Cristo. Quizás por eso siempre he aceptado los contratiempos con deportividad y probablemente sea esa la causa de mis perennes simpatías por el débil.
            Tuve una infancia feliz y placentera y una adolescencia normal si no fuera porque nunca logré entender las inquietudes de mis congéneres. Todo me parecía absurdo y casi nada me parecía motivador.
            La salida de la adolescencia produjo en mí una liberación. Supuso el tránsito de vivir en una isla desierta a hacerlo en sociedad. Claro que ello tuvo también sus complicaciones; a veces me dio la sensación de ser como Tarzán en Nueva York.
            En el fondo, no tengo más premisa en el caminar vital que el de no molestar demasiado. Por eso me gusta tan poco que me molesten a mí. Es una postura egoísta, pues convivir genera inevitables roces y renunciar a ellos es abdicar de ciertos deberes. Soy consciente de que la expresión “yo soy así”, es frecuente excusa para dar la lata. Pero es que yo soy así, aunque procuro que ello no afecte negativamente a nadie.
            Sólo se vive una vez. Vivir es una actividad estrictamente individual. Por eso, freno en seco las injerencias sobre mi modo de conducirme. Lamento profundamente que ello incomode a los demás seres que en el universo habitan, pero no me dedicaré a vivir la vida que otros desean.
            Intelectualmente soy un ave migratoria. Hoy estoy pasando el frío invierno en una estación del sur y mañana partiré con el calor en busca de una fresca charca del norte. Siempre he pensado que los pensamientos inamovibles responden a la soberbia, característica arraigadísima en las personas que carecen de inteligencia. Acepto como normal que otro pueda estar en lo cierto. También que yo pueda estar equivocado.
            El trabajo sirve, casi exclusivamente, para poder vivir con tranquilidad. Aunque la jornada se extienda demasiadas horas en el día, lo bueno comienza al salir de la oficina.
            No tengo apego a casi nada de lo material. Sin embargo, la generosidad no la mido en términos económicos sino temporales. Se ha generalizado la idea de que el tiempo es oro. Por eso, regalo mi tiempo a cualquiera que me lo pida. El día tiene tantas horas como queramos y es mucho más enriquecedor compartir el tiempo que ganar dinero.
            Esto me hace ser indolente y desorganizado, que no irresponsable, cuando de cumplir deberes se trata. Me da lo mismo. Lo importante es cumplirlos; lo accesorio el cuándo y las circunstancias.
            Me da igual casi todo; creo que hay sólo un par de cosas que tienen entidad suficiente como para ascender a la categoría de problema. Lo demás son anécdotas.
            Sé que este modo de ver las cosas provoca a veces sufrimiento. Ante ello, debo decir dos cosas: la primera, que lo siento con toda mi alma; la segunda, que no haré nada por corregirlo.
            El mundo es muy grande y lo habitan muchas personas. No busco agradar ni hacer amigos. No hace falta. Con todos los que somos, siempre habrá alguien a quien mi levedad no le importe y que sea capaz de establecer conmigo una relación de complicidad y afecto.

Historia de un héroe, Rodolfo Garrotín


—¿Qué demonios es esto?
—Si lo supiera, no te habría preguntado.

Comienzo por un silogismo: si escritor es el que escribe, escribir es una vulgaridad y ser escritor una ordinariez.
Termino diciendo que caracterizar a los escritores en general es como creer que un dromedario pintado de negro ha ganado el Grand National montado por un galgo.
Dificilísimo.
A continuación, un ejemplo de que cualquiera es (o puede ser) escritor y de que, para colmo, los escritores son inclasificables.
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“Un tipo que dice estar enamorado perdidamente no es de fiar.
            Enamorarse perdidamente es cosa de féminas. Sólo ellas tienen aptitud para sufrir de modo natural esos raros trastornos que les hacen creer estar en las nubes cuando se enamoran.
            Los hombres carecen de una visión ideal del enamoramiento, probablemente porque son los humanos que menos han evolucionado desde el mono. Es verdad que hay chicas muy monas, cierto. Pero el hombre, a diferencia de la mujer, ser superior e inigualable, sigue siendo un primate sólo que ligeramente tuneado, con la espalda más recta y menos pelo.
            El hombre no hace en este campo sino atender a sus más primarios instintos. Igual que cuando tiene hambre come, cuando tiene sed bebe, cuando camina es porque tiene que ir a algún lado y cuando tiene sueño duerme si las circunstancias lo permiten o, si no lo permiten, bosteza sin taparse la boca, el hombre se empareja cuando siente la necesidad de estar acompañado.
            La mujer es distinta. Claro que tiene instintos animales, pero están domesticados y los disimula estupendamente. No se conduce a través de ellos. La mujer es un ser inteligente, tiene sensibilidad, cualquiera de sus gestos está impregnado de ternura y aspira siempre a lo ideal sabiendo resignarse con absoluta dignidad cuando no lo consigue. La mujer se toma las adversidades con deportividad, aunque exista apariencia de sufrimiento. La mujer es sabia y, a diferencia del hombre, emplea el cerebro para algo más que para rellenar quinielas e inventar excusas inverosímiles continuamente.
            Por eso la mujer puede de verdad enamorarse perdidamente, porque el enamoramiento perdido no responde al instinto sino a la conjunción de todas esas virtudes femeninas que afloran a la vez cuando en su camino se cruza el hombre en el que ven al compañero ideal. Con la inteligencia detectan al hombre que buscan, con la ternura se muestran cercanas y transparentes para conquistarlo, con la sensibilidad aceptan de buen grado su condición de primate sólo que ligeramente tuneado, con la espalda más recta y menos pelo y con el idealismo imaginan un futuro en común en una preciosa casa con jardín y piscina climatizada, para poder disfrutarla también en invierno.
            La naturaleza es así de caprichosa. La mujer tiene la capacidad de enamorarse locamente de seres que rara vez responden a todas sus expectativas. Los hombres, por el contrario, no son capaces de hacerlo de quienes tantas expectativas podrían colmar con toda seguridad. 

Mi primer contacto con este planteamiento tuvo lugar cuando había cumplido los cinco años. A esa edad los niños viven en una realidad estereotipada pues la vida es únicamente lo que ven en el entorno en el que se encuentran.
            Los esquemas a los que responde la mente de un niño de esa edad están presididos por la lógica de lo que observan y no hay más realidad que esa. Por eso mismo, llegué tan pronto a la conclusión de que yo debía casarme. Es lo que veía alrededor. Parejas unidas en matrimonio por todos lados. Ese era el fin de la existencia.
Buscar candidatas para el bodorrio a tan temprana edad era difícil, pues en aquella época en mi clase de preescolar había sólo seis niñas. Existían, además, otros obstáculos: tenía que fijarme en la más guapa de todas, ya que sólo así conseguiría enamorarme de verdad, estaba obligado a hablar con ella, pues en aquella época era habitual no hacerlo más que con los amigos y existía cierto rechazo al sexo opuesto, el cortejo tenía que hacerlo de modo sigiloso, para evitar la posible rivalidad de otros niños más guapos que yo, y, finalmente, debía desplegar mis encantos para obtener de ella su respuesta afirmativa.
            Lo fácil vendría después cuando, una vez conquistada, tuviera que pedirle la mano a su padre, como ocurría en las películas americanas que pasaban los sábados en “Sesión de Tarde”. Ahora que, a mis veintisiete años, recién finalizó mi adolescencia, he comprendido que las costumbres aquí son distintas a las del otro lado del Pacífico.
            El aula en el que estábamos hacinados alrededor de la señorita Concha se encontraba dispuesto de modo que había seis mesas octogonales, color amarillo chillón, que formaban un semicírculo y que se articulaban en torno a la mesa de la profesora. Desde mi sitio, estaba sentado con la pared a la espalda, era fácil cumplir el propósito de elegir a la más guapa, ya que podía ver a todos mis compañeros de frente. Tres minutos de observación bastaron para tomar la decisión.
            Susana era una niña alta, guapa y delgada que llamaba la atención por su cuidada sonrisa y sus delicadas carcajadas, armoniosamente sonoras pero no estruendosas. Era todo finura. Tenía una sola coleta en la parte posterior de la cabeza y aún conservaba todos los dientes. Sus manos eran preciosas. Ella era la elegida.
            Estuve meditando sobre qué debía hacer para aproximarme a ella y llegué a la conclusión de que la forma más sencilla de entrar en contacto con Susana era la de proponerle que jugáramos juntos durante el recreo. Se sentaba en una mesa alejada de la mía y no sería posible el contacto en la clase.
            Cuando sonó el timbre y salimos en estampida con dirección al patio, reuní a mis amigos. Les dije que jugaríamos a las películas del oeste, como siempre. A fin de que fuese más divertido, debíamos invitar al juego a una de las niñas para que fuera secuestrada por los indios y, posteriormente, rescatada heroicamente por mí. Tuve que emplear un tono muy persuasivo para convencerlos.
            La pobre Susana, mientras yo cavilaba acerca de la manera en que debía ejecutar el plan para conseguir la aproximación, permanecía ajena a la operación. Por eso, cuando me acerqué a ella en el patio y le dirigí mis primeras palabras proponiéndole que jugara con mis amigos y yo a los indios y vaqueros porque nos hacía falta una mujer a la que aquellos raptaran e intentaran cortar la cabellera, con la promesa de que sería rescatada, respondió con una evasiva que me dejó perplejo.
—Es que estoy jugando al elástico.

En las entendederas de un niño de cinco años no cabía que se produjese un hecho tan sorpresivo como el de que el plan se estropeara a las primeras de cambio. Estuve desconcertado y sin poder reaccionar durante todo el recreo. Los indios me mataron cinco veces con la consiguiente desesperación de mis amigos.
            Volvimos a clase y rehice la estrategia. Pensé que debía aprovechar un momento durante la clase para acercarme a ella y decirle que contábamos con su concurso para el juego de después de comer, a fin de que no se comprometiera con sus amigas. Si me anticipaba, el éxito era seguro.
            Con la excusa de entregar unas fichas coloreadas a la señorita Concha, me coloqué en la fila que se formaba junto a su mesa justo detrás de Susana. En el camino al asiento, tras entregar la tarea, la abordé y le dije que la esperábamos para jugar después del almuerzo y que una historia del salvaje oeste no era lo mismo sin un rapto. Aceptó.
            Nunca me ha gustado comer deprisa. En realidad, nunca me ha gustado hacer nada deprisa. Sin embargo, el puré de lentejas, el filete empanado y el yogur de ese día fueron devorados con la rapidez propia del gran deportista que soy. Al bajar nuevamente al patio debía estar todo dispuesto para que comenzara el juego tan pronto como ella llegara.
            Apareció por allí con ese aire de diva que la caracterizaba, tan alta, con esa zancada elegante, la espada recta y la mirada al frente. Ya estaban divididos los grupos y el rescate se debía producir al tocar el timbre para volver a clase.
            Comenzamos a jugar y, como estaba previsto, se produjo por los malvados indios el secuestro de Susana. La llevaron al campamento de Toro Sentado y quedó uno de ellos de centinela. Mientras me dedicaba a aniquilar enemigos sin tregua alguna, con el ojo izquierdo miraba a Susana. Es lo bueno de tener estrabismo. De repente, empecé a observar como el guardián hablaba con ella más de lo preciso mientras mi futura esposa sonreía.
            En ese instante, me refugié en la trinchera para evitar que un disparo me saltara la tapa de los sesos y poder valorar adecuadamente la situación. A saber: si la rescataba en ese momento, finalizaría el juego injustificadamente y podía descubrirme ante todos; si esperaba, corría el riesgo de que ella intimara demasiado con el centinela y acabara desposándola.
            Había una tercera opción. En la misma operación de rescate, podía liberar a mi amada y arrastrar al indio custodio hasta mi guarida, donde sería ejecutado de inmediatamente. Con la excusa de evaluar el estado de la rescatada y procurarle los primeros auxilios tras el cautiverio, podría dedicarme a hablar con ella mientras mis compañeros de armas seguían en la lucha. Sería un comportamiento heroico que me aseguraría el amor de Susana.
            Resuelto a poner en práctica esta posibilidad, me acerqué por la retaguardia y, mientras que cogía a Susana con una de mis manos, con la otra, tras derribar al indio, asía una de las piernas del rival y lo arrastraba a través de los chinos del patio hasta la parte trasera del banco que me servía de resguardo.
            Susana enloqueció con mi audacia. El indio, ya convertido en el pobre Luis, sangraba con abundancia por el cogote y los codos. La señorita Concha puso inmediatamente fin a la masacre, mandó a Luis al botiquín y a mi me castigó de cara a la pared.
              Los castigos de cara a la pared eran aburridísimos sobre todo para alguien que, como yo, los aceptaba con todo el rigor. Jamás volvía la cabeza para atrás y permanecía inmóvil todo el tiempo que aquello durase. Como un niño de cinco años no tiene nada en que pensar, me desesperaba de puro tedio mientras esperaba el indulto. Éste se produjo finalmente por buen comportamiento y el castigo duró sólo media hora, tras pedir perdón públicamente por mi poco medido exceso en el uso de la fuerza.
            No obstante la consecuencia, había conseguido llamar la atención de Susana. Al encaminarme de nuevo a mi puesto en la mesa octogonal, color amarillo chillón, desde el rincón en el que penaba por el delito de arrastrar a Luis, ella me dirigió una mirada cómplice y una sonrisa. Eso quería decir que gran parte del plan, a pesar de los obstáculos, se había cumplido. Quedaría culminado al día siguiente.
            Llegué al colegio a la hora acostumbrada. Había desayunado algo menos de lo habitual porque estaba nervioso. Al entrar en la clase, haciéndome el encontradizo, topé con Susana y le propuse compartir con ella un paquete de gusanitos a la hora del recreo. Me dijo que sí.
            Las dos horas que faltaban para el descanso se me hicieron eternas. No tanto por el deseo de encontrarme con ella como por las veintisiete excusas distintas que tuve que esgrimir ante mis compañeros de mesa para no comprometerme a jugar con ellos. Había quedado con Susana pero el motivo era inconfesable.
            Cuando sonó la campana, me quedé el último. Salí al patio tratando de pasar desapercibido y oteé el horizonte. En de las esquinas había un árbol junto a una ruleta de la que los niños salían despedidos violentamente por causa de la fuerza centrífuga. Ella estaba detrás de la ruleta. La vi mirando a todos lados con impaciencia. Era por mí. Seguro. Me aproximé, le dije hola y abrí el paquete de gusanitos.
            Se lo comió ella casi entero y no hablamos nada. Mientras ella comía yo miraba al frente con una sensación de satisfacción indescribitble. Cuando acabó, nos limitamos a intercambiar miradas y sonrisas llenas de ternura y complicidad. Cuando la campana volvió a sonar, le dije que si quería casarse conmigo y me respondió afirmativamente. Le advertí que sólo podíamos saberlo nosotros y que no se le ocurriera contárselo a nadie. Como una mujer nunca concede nada sin previamente negociar una contrapartida, me dijo que sólo se lo diría a su madre.
Efectivamente, al día siguiente me dijo que se lo había contado todo a su mamá con pelos y señales. Le relató mi invitación a jugar a las películas del oeste, mi heroico rescate, mi castigo inmisericorde, mi caballeroso obsequio de un paquete de gusanitos y mi proposición matrimonial. No quise preguntarle qué opinaba su madre de esto último. Esta pregunta nunca debe hacerse. Hasta el día de hoy, nunca le he preguntado a ninguna mujer qué es lo que opina su madre de mí porque soy consciente de que la respuesta estaría dulcificada para no herir a alguien tan poco recomendable como yo. Sería una situación enojosa.
El objetivo se había cumplido pero faltaba un pequeño detalle no previsto inicialmente: me entró la curiosidad de saber si, más allá de su sonrisa, su elegancia y su encanto al comer gusanitos, podía convertirse en la mujer de mi vida y en la madre de mis hijos.
No era fácil comprobar esta cuestión pues, a fin de evitar miradas indiscretas y susurros de portera, nuestro contacto era habitualmente visual y esporádicamente verbal. Estos gestos furtivos, empero, fueron suficientes para que en ella la llama del amor se agigantara desmesuradamente. Se había enamorado perdidamente de mí.
La situación me supuso un dilema importante. Había procurado llamar su atención, cierto, pero aquello llegaba a unos niveles difícilmente soportables. Seguíamos sin hablar pero ya me sonreía demasiado. Casarse no era para tanto. Una cosa era el matrimonio y otra distinta esa permanente demanda de atención cuando ni siquiera nos conocíamos de verdad. Me preguntaba por lo que dirían mis amigos.
Por otra parte, sin embargo, era mi deber corresponderla. A fin de cuentas, la iniciativa había sido mía. Si no hubiese provocado el encuentro, ella no me estaría continuamente sonriendo. No podía dejarla en la estacada. Tenía la obligación moral de enamorarme de ella perdidamente.
Resolví la duda y a fuerza de devolverle las sonrisas que me regalaba, acabé superando el listón del amor que ella misma había fijado a pesar de no conocernos en profundidad. Yo, que hasta ese momento era diligente en las tareas, comencé a tardar más de la cuenta en rellenar las fichas, dejé de perfilar los dibujos que había que colorear y siempre me salía de las rayas que los delimitaban.
La señorita Concha estaba enfadada con mi actitud. Tanto, que citó a mis padres a una tutoría. Tuve que aguantar estoico la reprimenda por mi descenso en el rendimiento escolar, pero no confesé el motivo.
La vida me sonreía. En breve pediría la mano de Susana a su padre y nos casaríamos. Era una niña fantástica. La más fantástica de la clase. Mis amigos, con seguridad, me envidiarían. El mundo era maravilloso. Yo, feliz y dichoso.
Embriagado de felicidad, pasaban los días. Nunca pude sospechar que aquello pudiera torcerse. Sin embargo, aconteció un suceso que, a la postre, sería definitivo. Acabaría con nuestro amor y me enseñaría una lección que no he podido olvidar: para amar a una mujer hay que admirarla continuamente.
Con la señorita Concha comenzábamos a leer la cartilla y todos los días se hacía en voz alta por quien tuviese la desdicha de ser el elegido de entre todos los compañeros.
Un martes cualquiera, la señorita Concha, con esa voz de trueno que retumbaba en las paredes, ordenó a Susana comenzar con la lectura. Empezó tres veces la primera frase. Con dificultad pasó a la segunda. En la tercera tartamudeó. En la cuarta, la señorita Concha llamó a la labor a otro compañero para no dejar más tiempo en evidencia a Susana.
Yo, que había conseguido enamorarme locamente, quise que me tragara la tierra. La madre de mis hijos tenía que leer como Dios manda. Yo no podía casarme con alguien que se atrancaba leyendo desde la primera frase. Aquel maravilloso proyecto tenía que acabar.
En la primera oportunidad que tuve, con absoluta determinación pero con la mayor de las delicadezas que un niño de cinco años puede tener, le dije que lo de casarnos era imposible. A fin de no herirla, acudí al manido argumento de que tenía que ingresar de inmediato en el ejército para cumplir una misión de enorme importancia que podía costarme la vida. No era plan el dejarla viuda tan joven.
Se marchó convencida, aunque la sonrisa se había borrado de su rostro. Al día siguiente, cuando me acerqué en el recreo para comprobar como estaba me dijo:
—Se lo he contado a mi mamá. Me ha dicho que no me preocupe, porque los hombres que se enamoran perdidamente no son de fiar.”.

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Hasta aquí el ejemplo.
Notas:
1. El texto se corresponde con el segundo capítulo de la novela “El amor es marabilloso pero cada día con una distinta que si no es un royo”, escrito, a instancias de una conocida editorial, por un famoso deportista que, según parece, dejó los estudios a los trece años aunque, a pesar de ello, tiene gran éxito con las mujeres.
2. El famoso deportista contó, para realizar su labor como escritor, con un becario-asesor de escritura que revisó la ortografía y le dio fineza estilística a la obra. De hecho, varió el argumento porque el originario carecía de todo interés y el lenguaje utilizado era soez e irreproducible. El becario-asesor de escritura no pudo intervenir, no obstante, en la redacción del título porque, según cuenta el autor, “le hice una promesa a una churri de que escribiría un libro con ese nombre”. El día de la presentación del libro, el famoso deportista se besó el dedo anular de la mano izquierda justo al finalizar la rueda de prensa, en la que no habló ni una sola palabra. Ha de suponerse que sería un guiño a esa mujer.
3. El becario-asesor de escritura es muy, muy joven. Aunque ya terminó su carrera universitaria, su formación académica escolar dejó mucho que desear. Tanto, que no reparó en que lo que separa Europa de América es el Océano Atlántico y no el Pacífico.
4. El libro se ha convertido en todo un éxito editorial. Ha vendido ciento cincuenta y tres millones, cuatrocientos quince mil doce ejemplares en todo el mundo y ha sido traducido a cuarenta idiomas y veintiséis dialectos de los cinco continentes. Se ha versionado en cine y en teatro. Una conocida productora norteamericana pagó varias decenas de millones de dólares por los derechos cinematográficos.
El famoso deportista ha dejado el deporte porque con la escritura gana más y no hay que correr tanto. Según declaró un día, correr es más cansado que escribir.
Recibió un euro por cada ejemplar vendido y el importe íntegro del producto líquido procedente de la venta de los derechos cinematográficos. Además, ha sido contratado para protagonizar numerosas campañas publicitarias para la promoción de marcas de champú anti caída, leche de vaca, bolígrafos, mesas octogonales de color amarillo chillón (que se han vuelto a poner de moda), lencería femenina y perfume (esto último era previsible e inevitable).
5. El becario-asesor de escritura cobró por su trabajo trescientos cincuenta euros con dieciocho céntimos más la parte proporcional de la paga extra de junio y de las vacaciones que no pudo disfrutar, ya que el encargo se formalizó un mes de mayo y la fecha de entrega del trabajo se fijó en noviembre de ese mismo año. A dicha cantidad se aplicó la correspondiente retención practicada por la editorial a cuenta del impuesto sobre la renta. El importe neto percibido fue, por tanto, de ciento sesenta y ocho euros con veintitrés céntimos.
Como buen contratista, acabó su labor en abril del año siguiente.
5. Ni que decir tiene que el famoso deportista es, después de este libro, escritor y, además, escritor reconocido por la crítica y el público. Lo del público no necesita mayor explicación. Lo de la crítica sí. La crítica especializada consideró que la introspección psicológica a que somete a los personajes se realiza con una precisión narrativa vibrante a la par que pausada y, en cualquier caso, inédita en la novela moderna. Naturalmente, el famoso deportista no leyó las críticas. El becario-asesor de escritura sí y, animado por ellas, escribió una obra que no ha sido publicada por el desinterés de las editoriales en un autor tan aburrido y con una prosa tan pobre.
He tenido conocimiento de que, a raíz de ello y llevado por una profunda decepción, ha dejado la profesión y se dedica a la recolección y venta de cables de cobre. Se inició en la actividad cuando se enteró de la alta cotización que había alcanzado dicho metal, asociándose para ello con unos señores de ignorada procedencia pero que lucen numerosos dientes de oro. En la actualidad, el (ex) becario-asesor cuenta con veintisiete detenciones policiales y numerosos antecedentes penales. En su primera declaración policial advirtió que ya no tiene nada que perder en la vida.
6. Así las cosas, nunca me agradará que me incluyan en la misma categoría que a este u otros autores. No quiero, por tanto, que me llamen escritor, deportista, hombre de éxito con las mujeres o famoso.
7. Finalmente, declaro que no me resulta posible definir cómo son los escritores.

Como el título es libre, aquí digo que no se lea, sino es por obligación, tan horrorosa historia de desdicha y aflicción, Rodolfo Garrotín

No soy quien tú crees que soy

Soy,
aquí y
ahora, ya,
un humano
angustiadísimo
por tener que rellenar
con líneas en ¿equilátero?
folio y pico hasta conseguir la
ocupación, al menos, de una entera
y completa sin perder el argumento de
una historia coherente para que quien la
lea no exclame maldiciendo al escribiente, pobre
víctima del sistema, que aborrece a Natalie Goldberg
por loca, perversa y sádica, cuya frustración paga con este
aprendiz de todo, maestro de nada y ya nonato escritor que,
después de esto, abandona para siempre la inquietud porque,
de lo contrario, la inquietud acabará con él mucho antes de tiempo.
Es intolerable someterse de modo voluntario a esta tortura inhumana
y estoy que trino porque decidí un día lejano que mi ocio sería, ante todo,
placentero, y no doloroso ni grosero, para con quien, como yo, brioso en los
comienzos, busca que te busca mover el intelecto pero sin sufrimiento forastero,
o sea, ajeno a mi modo de entender la vida, selecto, o forzadamente impuesto por
una lunática y horripilante mujer que con sus prácticas desborda mis pacíficos relatos.
Ahora, que a la línea completa he llegado, veo las cosas distintas, son más de mi agrado,
aunque toca desde aquí seguir achicando el espacio para acabar en un soy, tan solitario
y discreto como el pobre sirviente de la posada del sevillano, que pasó desapercibido,
y despojado de su rango, hasta que el padre de la ilustre fregona, después de aclarar
el entuerto, decidió conceder su mano en la fiesta del reencuentro castellano, que
tuvo lugar en Toledo, o si acaso en su provincia, con alegría desbordada de los
que allí presenciaron el fugaz acontecimiento de un enamoramiento muy raro.
A medida que la línea mengua, más me acuerdo de Natalie, o para ser más
exactos, de Natalie y su estirpe, causantes de mi desasosiego por existir
permitirle, pues hubiera bastado un poquito de prudencia para evitar la
secuencia que generó el alumbramiento de tan ruin escritora, causa de
mis tormentos y origen de mi aflicción justamente en este momento.
Cómo será el sentimiento que la señora me provoca que no tengo
más remedio que acudir al pareado, para llegar al final cuerdo y
no tarado, pues, ya lo dijo Cervantes hablando de la poesía, no
es esa la gracia que el cielo me daría y, digo yo, no volveré a
practicar ni aunque de perros salvajes me persiga una jauría.
Sólo deseo, por tanto, llegar a la cincuenta y pico y, si yo lo
consiguiera, quedaría satisfecho, feliz, tranquilo y redimido.
Ya va quedando menos, si mal no hice el recuento, para de
una vez por todas, acabar con el sufrimiento que me da
tanto lamento y es que, por más que lo intento, no me
vale de consuelo la bondad del invento que la mala
de Natalie ha diseñado exclusivamente para jod...
Me callo, que ya termino con este ejercicio de
terror tan supino y me despido de todos para
ingresar, de momento, en la unidad de locos
del hospital más cercano, que la cama está
preparada para acoger a este orate de tan
poca resistencia ante el acoso y remate
de quien, por aburrimiento, consiente
acabar con la paz y tranquilidad de
un doliente que no sabía donde
entraba y que ahora atrapado
busca la salida para llegar
como pueda al inicio de
tan cruento recado; y
os recuerdo lectores
que así nunca fui,
que yo sólo un
mandado
soy.

Mi mundo es morado chill out, Rodolfo Garrotín

Hola cursilería
Una labor como la de describir el espacio en el que desarrollo el proceso creativo, y la génesis del proceso mismo, me exige abandonar, aunque sólo sea en el comienzo, mi recurrente estilo frívolo para penetrar en las profundidades de lo sustancial. Si no lo hiciera, no podría afirmar seriamente que mi mundo es morado chill out.


Mi mundo sí, mi mundo. Cuando escribo, abandono el globo terráqueo y me encierro en mi pequeño planeta, que mide, aproximadamente, dieciocho metros cuadrados. Este mundo, como el de verdad, tiene también animales y plantas. Y tiene estrellas, sol y luna, la Virgen y San José y el Niño que está en la cuna. Lo tiene todo.
Mi mundo tiene dos paredes de pladur, una de ladrillo enfoscada con mortero y escayola y con tres ventanas muy grandes y otra de cristal. Las paredes de pladur y la de ladrillo enfoscada con mortero y escayola y con tres ventanas muy grandes están pintadas de un morado relajante. Por eso mi mundo es morado chill out.
En mi mundo soy dichoso. En este planeta me abandono a la imaginación y sueño despierto la prosa que a través de mis dedos índices queda plasmada para siempre en la memoria de mi fiel compañero, ese que casi nunca me falla y que, cuando lo hace, deseo ver muerto. Mi relación con el ordenador es bipolar. Casi siempre lo adoro aunque a veces le odie. Por cierto, se llama Dell.
Aquí, en el lugar en el que ahora estoy, tengo todo lo que necesito para ser feliz. Tengo agua y alimentos para el cuerpo y para el alma. Tengo a mi amor lo suficientemente cerca como para percibir su aroma a flores. Pero sobre todo, tengo paz. Mi alma está quieta y nada me perturba. Por eso pueden fluir mis pensamientos libremente, como la corriente del río cuando busca el mar y yo camino indiferente allí donde me quiera llevar.
¡Ah! Me encanta mi mundo.

Adiós cursilería. Hola (otra vez) frivolidad
Bien, volvamos a la ligereza de siempre. Yo escribo en el despacho del trabajo. Escribo aquí porque me he habituado a hacerlo justo al acabar la jornada mañanera cuando el teléfono deja de sonar y la gente cesa de entrar.
Lo cierto es que me resulta un lugar cómodo para escribir porque, a esta hora, no hay nada que me moleste. Es una gozada poder estar centrado en una actividad sin nada que la interrumpa. Una de las cosas que menos me gusta de los tiempos en que vivimos es que tenemos demasiados estímulos alrededor. El correo electrónico, el teléfono, los mensajes, el twitter, el whatsapp... Es difícil que con todas estas cosas pueda uno encontrar un rato al día para pensar y escribir.
Aquí, a esta hora, dichos estímulos desaparecen y puedo pensar y transcribir lo que pienso. Me gusta escribir aquí y a esta hora. Y es curioso pero puedo permanecer sentado hasta que no tenga nada más que decir aunque ello me lleve mucho tiempo. Digo curioso porque, por lo general, me cuesta estar sentado en esta mesa más de quince minutos seguidos. Salvo para escribir.
En mi mundo, hay dos estanterías frente a mí apoyadas sobre una de las paredes de pladur. Son estanterías de metal de color gris. En la de la derecha, más alta, tengo decenas de carpetas apiladas. Cualquiera diría que están desordenadas, pero no. Sé perfectamente dónde está cada cosa. En la de la izquierda, más baja que la otra, tengo libros y, sobre su techo, un calendario del año 2007, una ortofoto de Cádiz enrollada y lo que queda de mi bonsái.
Mi bonsái era un ficus enano que llegó a mi vida un mes de enero de hace varios años. En una de sus ramitas traía colgada una etiqueta.

INSTRUCCIONES PARA UNA PERFECTA CONSERVACIÓN: SUMERGIR LA MACETA EN OTRO RECIPIENTE MAYOR CON AGUA DOS VECES A LA SEMANA DURANTE CINCO MINUTOS. PULVERIZAR AGUA SOBRE SUS HOJAS UN DÍA A LA SEMANA. PROTEGER DE LA EXPOSICIÓN DIRECTA A LOS RAYOS DEL SOL Y A LAS FUENTES DE CALOR ARTIFICIAL


INSTRUCTIONS FOR OPTIMUM STORAGE: IMMERSION THE POT IN ANOTHER CONTAINER WITH WATER TWO TIMES A WEEK FOR FIVE MINUTES. SPRAY WATER ON ITS LEAVES ONE DAY A WEEK. PROTECT FROM EXPOSURE TO DIRECT SUNLIGHT AND ARTIFICIAL HEAT SOURCES


BONSÁIS CLEMENTE

VENTOSA DE PISUERGA (PALENCIA)

Se ve que el encargado de traducir el texto de la etiqueta al inglés usó Google.
De modo inmediato, le cogí cariño al bonsái. El arbolito formaba con sus hojas una especie de capuchón frondoso de color verde. Me inspiraba tanta ternura que procuraba aplicarle los más delicados cuidados.
Acudí a una tienda cercana, regentada por unos señores que parecían ser del muy lejano oriente, y compré una fiambrera de plástico, lo suficientemente grande como para que la maceta cupiese dentro, y un pulverizador, también de plástico. Gasté en ambas cosas casi dos euros. Una minucia comparado con lo que merecía mi arbolito. Todos los lunes y jueves, de modo invariable, sumergía el bonsái durante cinco minutos, cero segundos, cero centésimas y cero milésimas de segundo para hidratarlo. Adquirí una extraordinaria destreza en el manejo del cronómetro. Todos los miércoles rigurosamente aplicaba agua pulverizada sobre sus delicadas hojas.
A falta de otro ser vivo, concretamente de un mamífero que anda sobre dos piernas, tiene pensamientos insondables y que pertenece al sexo femenino, el bonsái se llevó todos mis mimos durante largos meses. La motivación principal para acudir al trabajo era él. Deseaba con todas las fuerzas que amaneciera el lunes para ir al encuentro de mi minúsculo árbol. Aquello era amor de verdad.
Estoy seguro de que cualquier mamífero que anda sobre dos piernas, tiene pensamientos insondables y que pertenece al sexo femenino hubiera deseado ser aquél bonsái. Cuando digo cualquier quiero decir cualquier. Nunca traté a nadie como a mi amada planta. Vivía por y para ella.
Llegó el día 31 de julio de aquel año y con él la despedida antes de las vacaciones.
—No te preocupes –le dije – sólo serán treinta días. Se me harán eternos, pero el tiempo pasa muy deprisa. Te dejo dentro de la fiambrera, que está repleta de agua, y ocúpate de absorber sólo la que necesites en cada momento. No te atragantes que después lo pasas mal. Prometo que lo primero que haré a la vuelta será pulverizar agua fresca en tus hojas. Vigila, mientras tanto, a todo el que entre de mi despacho y ya me contarás. Te quiero, ficus.
Él no me respondió, pero no lo observé quejoso ni indiferente. Derramé una lágrima y él una hojita verde. Cerré la puerta tras dirigir una última mirada y me marché.
El 1 de septiembre tocó reincorporarse al trabajo y, con ello, pasar por el duro trance de comprobar que mi bonsái, mi querido ficus, había dejado de existir. La vida en ocasiones nos coloca en trances verdaderamente trágicos que deben digerirse con la mayor entereza. Sin embargo, ante la estampa del esqueleto de lo que había sido un frondoso arbolito japonés me derrumbé completamente y de un solo golpe.
No pude mantener la compostura. Lloré por él amargamente durante varios días. Me sentí culpable porque aquél árbol no hubiera seguido mis instrucciones. Y más culpable todavía por no seguir yo las de Bonsáis Clemente. En efecto, el reverso de la etiqueta decía:

¡ATENCIÓN! SI VA A AUSENTARSE DURANTE UN PERÍODO PROLONGADO DE TIEMPO, NO DEJE SUMERGIDA LA PLANTA DURANTE LA AUSENCIA. SE PUDREN LAS RAÍCES

ATTENTION! IF YOU LEAVE FOR A PROLONGED PERIOD OF TIME, DO NOT LEAVE SUBMERGED PLANT DURING THE ABSENCE. ROOTS ROT

¡Malditos sean los reversos de las etiquetas y maldita sea la letra pequeña!
En honor a su memoria, y puesto que no he encontrado cementerios de bonsáis, decidí momificarlo y dejar expuestos sus restos ante mí.

A la izquierda de las estanterías, justo en la esquina que forma una de las paredes de pladur con la de ladrillo enfoscado con mortero y escayola y con tres ventanas muy grandes, hay un perchero donde hacen guardia de permanencia cuatro corbatas y tres americanas. Están siempre dispuestas para ser usadas cuando el momento lo requiere. Las corbatas son siempre las mismas. Las americanas las cambio según la época del año en la que estemos.
La mudanza de chaquetas , por cierto, constituye un acontecimiento siempre traumático, como todas las mudanzas. He vivido ya unos cuantos cambios de casa en mi vida y siempre pienso lo mismo: es una pena no ser rico para pagar a una empresa lo que tenga a bien pedirme, a cambio de encontrar en mi nuevo hogar todo tal y como estaba en el antiguo. Las mudanzas y traslados me generan, entre otras cosas, ansiedad, insomnio, pérdida de apetito, micropsia , irascibilidad, llantos incomprensibles y, sobre todas las cosas, una profunda incomodidad. Es la peor tarea del mundo junto con la de hacer la cama.
La mudanza de chaquetas de guardia no es diferente. Si tengo que cambiar las de verano por las invierno, cuando llega el frío, es obligado que realice una dolorosa combinación. Por las mañanas, salgo de casa en mangas de camisa y voy en moto al trabajo. A la hora de volver a casa, me enfundo la chaqueta de verano y cuando llego la cuelgo en su armario. Sólo cuando las tres americanas de verano están debidamente guardadas en casa comienzo a trasladar al despacho las de invierno a razón de una diaria. Como es evidente, cojo un monumental catarro por cada paseo en moto en mangas de camisa. Debido a que cada resfriado me dura una semana, completo la mudanza en tres semanas. Cualquier año de estos no podré contarlo.
Cuando he de cambiar las de invierno por las de verano, con los primeros calores voy cómodamente en mangas de camisa al trabajo y, a la vuelta, me coloco las gruesas chaquetas de pana, paño o lana para dejarlas en casa. Como la deshidratación extrema se cura antes que el catarro severo, sólo tardo semana y media en acabar el traslado.

Entre mi mesa de trabajo y las estanterías hay una mesa redonda con cuatro sillas tapizadas en rojo. La mesa redonda tiene una gran utilidad. Originariamente su destino era el de celebrar pequeñas reuniones. Sin embargo, odio las reuniones. Las de trabajo, claro.
Las reuniones no sirven para nada. Te sientas, preguntas por la familia de los interlocutores incluso aunque para ti carezca del más mínimo interés, los interlocutores te preguntan por tu familia incluso aunque para ellos carezca del más mínimo interés, se producen largas exposiciones teóricas sobre la naturaleza de cosas rarísimas, se intercambian expresiones corteses sobre la perspicacia, inteligencia y fineza de los sucesivos oradores y se concluye con un “seguiremos hablando”. Una reunión es el mismísimo paradigma de la ineficiencia.
Con el tiempo, he aprendido a desarrollar la habilidad de evitar la celebración de reuniones. Si son con la jerarquía, en sustitución de las reuniones pido órdenes claras. Si son con los iguales, sustituimos las reuniones en la mesa redonda con cuatro sillas tapizadas en rojo por la barra de un bar. ¡Qué frivolidad!
Por eso, la mesa redonda con cuatro sillas tapizadas en rojo sirve ahora para abandonar cosas de la más variada índole y para que los ácaros vivan cómodamente. Desde que murió el bonsái, me hacen compañía y yo a ellos.
Tras del lugar en que me siento, hay un armario apoyado sobre la otra pared de pladur. En ese armario hay cientos de cosas de ignorado propietario. Lo heredé del anterior ocupante del despacho y sólo lo he abierto para guardar en él el kit del tetero que compré por amor.
Yo por amor hago muchas cosas. Me encanta enamorarme y enamorar. Genera una sensación muy agradable. Me gustaría estar en permanente estado de idilio, pero las mujeres no saben enamorarse de mí ni se dejan amar como a mí me gusta. Llega un momento en que no sé qué les ocurre pero lo cierto es que cambian y dejo de admirarlas. Y en el fin de la admiración está el fin del amor. ¡Qué doloroso es el fin del amor!
Esta repetitiva circunstancia la vivo ya con resignación. Nunca encontraré una mujer que mantenga viva la llama de mi interés. La única mujer que podría conseguirlo, como alguna que otra antes, ni siquiera quiere ser amada por mí y se alejó en cuanto intuyó mi agrado por ella.
Tendré que arrancarme el corazón.

El kit del tetero que compré por amor se compone de
1. una taza;
2. té a granel de tres clases distintas: té verde, té especiado y té antigripal. El té antigripal no sé muy bien que hierba lleva pero la amable señora que me lo vendió aseguró que daba resultados. Será casualidad, pero lo cierto es que este invierno sólo me he resfriado las tres veces reglamentarias en la anual mudanza de chaquetas;
3. bolsitas de papel para hacer la infusión; y
4. una especie de cuchara pequeña, más honda de lo habitual, para introducir el té en las bolsitas. No sé que nombre tiene y por eso le llamo “especie de cuchara pequeña más honda de lo habitual”. La amable señora que me la vendió dijo que la medida exacta para cada infusión era de dos cucharadas rasuradas de té. ¡Qué manía la de establecer reglas hasta para preparar una infusión! El té es como el amor, no tiene reglas.
Desde que se fue el frío, y por estar guardado en el armario el kit del tetero que compré por amor, raro es el día en que me acuerdo de él y me preparo infusiones.
Una pena, porque están muy ricas.

Mi mesa de trabajo tiene cinco patas, que nadie pregunte la razón, y dos partes que forman un ángulo recto. La primera, de espaldas a la pared de ladrillo enfoscado con mortero y escayola y con tres ventanas muy grandes y frente a la pared de cristal, sirve para acumular papeles, agendas que nunca uso por no resignarme a la infidelidad de mi memoria (tengo agendas desde el año 2004 para acá) y libros con leyes varias. Debe haber también, debajo de todas esas cosas, una grapadora. Como nunca me molesto en buscarla, uso siempre la del compañero que habita el despacho contiguo.
Ahora que lo pienso, la pereza es la que me obliga acudir al vecino en vez de buscar la grapadora entre tanto caos y no sé si debería declararlo públicamente. Podría menoscabar mi buen nombre. Y ahora que pienso más, puede que cualquier día me diagnostiquen el Síndrome de Diógenes. Trataré de solventarlo.
La otra parte de la mesa de trabajo está en perpendicular a la anterior y de frente a una de las paredes de pladur, esa en la que están las dos estanterías de metal y el perchero. Su función en este mundo es la de sostener el ordenador con su teclado, su pantalla y su ratón, el teléfono, el cubilete de los bolígrafos, un aro de cinta de embalar y una botella de agua de litro y medio. Procuro beber dos botellas completas diariamente, una por la mañana y otra por la tarde.
Al otro lado de esta parte de la mesa, una silla tapizada en rojo sirve para descanso de mis piernas. El médico, en una de las pocas veces en que nos hemos visto cara a cara, me recomendó tener las piernas en alto para facilitar la circulación de la sangre debido a un pequeño problema que padecí. El problema se fue pero descubrí cuan a gusto estaba así y decidí mantener tan saludable costumbre.
El proceso creativo es muy breve, señal inequívoca de que estoy equivocado: alzo mis piernas sobre la silla tapizada en rojo, me dejo caer sobre el respaldo de la silla en la que me siento y abro dos ventanas en la pantalla del ordenador. Una, la del documento Word en el que escribo. La otra, la página de la Real Academia de la Lengua, que me permite acudir al diccionario y resolver dudas ortográficas.
A continuación, acudo imaginariamente al tema propuesto, miro fijamente a la pared de pladur y me sumerjo en mi mundo morado chill out para empezar a aporrear teclas y escribir palabras a discreción...