Google+ Taller de Escritura Creativa de Israel Pintor en España: Reyes F. Lerate
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Érase una vez que se era... algo que no fue y ahora es, Reyes F. Lerate


Cenicienta olvida continuamente dónde ha metido el zapato de cristal. Su memoria, de repente, ya no es lo que era y al mirarse en el espejo, a penas es consciente de lo corto y apretado que se le ha quedado el vestido de fiesta.
Poco a poco, el paso del tiempo, le ha hecho abandonar los recuerdos de los festivales de lámparas gigantes y suelos brillantes. Su cabello se torna gris por minutos y lo soluciona colocando boca abajo el reloj, con la infantil esperanza de que el cuco vuelva a su cueva.
 Cuando la princesa olvidada se rinde ante el pesimismo, busca desesperadamente, restos de chocolate en la despensa, algo que los malditos ratones no hayan llegado a ensuciar con su envenenado egoísmo.
Oculta, bajo la ventana, escondida para que las esqueléticas figuras de sus hermanastras no puedan verla, roe con fruición hasta las últimas onzas de chocolate, volviendo sus dientes marrones y dejándole un sabor dulce que le advierte que ésa noche, dormirá de nuevo ajena, derrumbada sobre la cama como una roca inamovible.

Y cuando amanezca de nuevo, volverá a olvidar que su prisión no es más que la acomodada idea de que sigue siendo ese irracional reflejo.
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La historia de la sombra azul, Reyes F. Lerate

Fuente

Dicen que ya, desde el primer momento, corrí el peligro de morir al nacer, y disgustada por esto, decidí dormir para evitarlo.
Cuentan que mi infancia estuvo oculta, mi realidad mezclada con los recuerdos de mis juegos y que mis mundos fueron reales. Algunas voces se aventuran a afirmar que Alicia me secuestró, siendo ésa la razón de mi enamoramiento por la sonrisa de los gatos.
Escondida junto a ella, huí de las miradas ajenas y, supe quien era yo y quién quería llegar a ser.
Dicen que mi adolescencia, lágrima seca que desborda de un vaso medio vacío, llegó sin avisar. Cuentan que mis mundos me dieron la espalda o que yo le di la espalda a mis mundos, que olvidé a los gatos y con ellos, a sus sonrisas. Quise ser la excepción de todas las reglas.
Me convertí  en el ángel de las personas que necesitaban uno y en la fuerza de mi propia personalidad. Algunos susurran que volví a dormir, otros que nunca viví como entonces. Sin embargo, yo creo que viví durmiendo con la esperanza de despertar, como una mariposa envuelta en su propio capullo.
El día en el que desperté, el espejo me devolvió a Alicia y el miedo me heló la sangre. El desierto me advirtió de la ausencia de agua y yo me adentré en él, con la esperanza de que algún día llegaría al mar.
Pero el secreto del desierto no está en el lugar dónde se oculta el agua, sino en lo que aprendes hasta hallarla. Y la negativa de creencias me condujo hasta la creencia misma, llegando a pensar que me había vuelto loca con tanta redundancia.
Alicia no sólo me devolvió al País de las Maravillas, sino que también trajo de vuelta el amor por las sonrisas de los gatos, tiró el vaso de agua y dejó salir a la mariposa. De repente supe que yo era quien era. Y un día, sin haber tenido nada, lo tuve todo. 

El silencio del león nocturno, Reyes F. Lerate


Era una chiquilla de piel oscura y labios gruesos, según el maletín desgastado que llevaba agarrado, respondía al nombre de Yulienne.
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Al entrar en casa, lo primero que hizo fue mirarlo todo con una terrible curiosidad. Luego, cuando me siguió hasta la cocina y vio el lavabo, su rostro cambió de color y salieran fuegos artificiales de sus ojos. Durante horas, lo único que hizo en casa, fue abrir y cerrar el grifo mientras, con fascinación, contemplaba el agua salir y escurrirse hasta el suelo.
Aquella primera noche, papá repitió una y otra vez la misma pregunta, hasta que  finalmente, ella clavó sus ojos negros en él y dijo “morts”. Yo, aunque no sabía francés, entendí qué quería decir aquella palabra.
Sumida en el silencio que Yulienne había traído a mi hogar, me retiré de la mesa y subí a mi dormitorio, saqué la pequeñita cama auxiliar para invitados y la coloqué junto a la mía.

Aquella fue la primera de las muchas noches que pasamos juntas. Ella, con el brazo extendido fuera de la cama, con la mano muy abierta en dirección a mí.

Mi huella de carmín, Reyes F. Lerate

Creo en disfrutar de cada minuto que marca el reloj,
en unos tacones rojos en mitad de la tormenta,
y en la huella de carmín en el espejo.
Creo en una carcajada limpia a primera hora de la mañana,
en el sonido y el sabor de un beso.
Creo en sumergirme en el agua caliente de una bañera en pleno invierno,
en el cantar de un canario nada más amanecer,
 Y en el silencio.
Creo en los gatos negros, en que son para mí como conejos blancos,
que mi nombre es mi mejor descripción,
y que seguiré olvidando el paraguas.
Creo en los cielos azules y en los mares eternos,
en que me habría gustado aprender a montar en bicicleta,
y en el viento de otoño.
Creo en los coches de época,
en la sonrisa de un desconocido,
y en la eternidad de las palabras.
Creo en árboles que crecen sin limitaciones,
en sus hojas amarillas,
y en mis hojas garabateadas.
Creo en los pinceles manchados con  pintura seca,
en la voz que supera a las demás.
en el suspiro de las noches de invierno,
y en el temblor de una mano anciana.
Creo en mí y en todo lo que a mí puede creerme.
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El sonido que se olvida escuchar, Reyes F. Lerate


"Shhhh" pidió ella llevándose el dedo a los labios.
-Calla, calla un momento y escucha. Atentamente. No con los oídos, escucha con todo tu cuerpo porque para eso lo tienes, ¿no puedes oír el viento?, ¿no lo oyes?
-Pero ése sonido no es el viento, mamá.
-¿Qué piensas entonces? ¿Crees que puede ser algo más cercano?
-Sí.
-¿Algo como qué? -preguntó ella fingiendo desconocer la respuesta.
Al fin y al cabo las madres lo saben todo y por no contradecir ésto, la señora Rodriguez, no iba a ser menos.
Pero su hijo ya estaba acostumbrado a las historias que su madre contaba, a veces eran cuentos carentes de lógica en los que su hermana Talía bailaba sobre el sombrero de un sultán, otras veces sus historias trataban de hechos reales que ella modificaba a su antojo diciendo cosas como: "Y en el momento en el que Thomy pudo encender la primera bombilla, su bigote se retorció como si fuese una serpiente y se le cayó al suelo. Nunca más volvió a crecerle y tuvo que vivir sin bigote alguno por el resto de su vida. ¿De qué te ríes? ¿Es que alguna vez has visto a Thomas Alva Edison con bigote?".
Sin embargo, en algunas ocasiones ocurría que cuando él y su madre se sentaban a hablar, él sentía que su madre tenía razón e incluso pensaba que sus historias podían ser ciertas. Eso le fascinaba, ¿acaso no era superguaymegamaravilloso que su hermana Talía bailase sobre el sombrero de un sultán? Y precisamente aquello le ocurría en esa oscura noche de otoño, sentado a las orillas del río.
-Creo, mamá, que ese sonido viene desde alguna parte de nosotros mismos -dijo, dejándose llevar por la fluidez con la que las palabras salían de su boca.
Si se hubiera parado a pensar lo que había dicho, seguramente se habría sonrojado, pero nuestro amiguito no lo pensó y por eso tienen tanto valor sus palabras.
-¿Piensas que ese sonido lo provocamos nosotros? ¿Como cuando te suenan las tripas? –preguntó ella.
-A lo mejor ¿Tú qué crees?
-Yo creo que ese sonido es mucho más que un rugido de hambre. Es una emoción, como si un trueno atravesase nuestros pensamientos.
-¿Los truenos pueden hacer eso?
-Oh, claro que sí. Pueden hacer eso y mucho más, incluso hacer que llueva en tu propio cuerpo... Pero no es sólo eso, me refería al sonido que tan sólo tú y yo escuchamos… Ése que proviene de un lugar secreto que sólo tú y yo conocemos. Un sonido que a la mayoría de la gente se le ha olvidado cómo se escuchaba.
-¿Cuál, mamá?
-La imaginación.