Google+ Taller de Escritura Creativa de Israel Pintor en España: Noemí Vallecillos
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Publicamos nuestra primera antología bajo el sello del Taller de Escritura Creativa, en ebook para todo el mundo y en papel para los amigos

"El mérito de este libro de historias no es sólo que entretiene y divierte. El mérito recae en su capacidad para contagiar al lector con la pasión por la escritura, a través de las pasiones propias del escritor que aún se niega a verse a sí mismo como tal, a pesar de que sus letras evidencian vocación. La premisa de estos textos se encuentra en el principio mismo de escribir Cada quien su cuento, donde resalta el ingenio personal de autor. La personalidad de cada uno de los narradores en esta antología es diversa y atrayente. Lo que las une es el ímpetu creador y la frescura propia del novel. No en vano es éste el primer libro publicado por el Taller de Escritura Creativa, un espacio de formación para escritores en toda regla."
Israel Pintor.

La presentación de esta obra fue realizada el jueves 19 de noviembre de 2015, a las 20 hrs. en La imprenta (c/González Cuadrado 22, Sevilla). Hubo lleno total. 


Para hacerte con la versión electrónica ve a la Google Play Store.

Si no puedes o pudiste ir a la presentación, compra un ejemplar impreso a través de PayPal, pagando con tarjeta o usando tu propia cuenta PayPal. Te será enviado por correo postal a tu domicilio (sólo para España).

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Mira, una joven bloguera nos ha hecho una reseña:


Mara Cartier vuelve a las andadas: sexo, drogas y rock&roll con una pizca de amor cañero

Noemí Vallecillos e Israel Pintor

Y ya que estamos, les comparto un notición. Estoy muy contento porque al Taller de Escritura Creativa vuelve una autora que ha hecho historia junto a nosotros. Noemí Vallecillos formó parte de la primera generación que nació en septiembre del año 2010. Desde entonces ha ido consolidando una voz narrativa sin duda atractiva, singular y francamente adictiva. Vallecillos se interesa por temas como el amor, la autodestrucción, la vocación profesional, la dependencia o el sexo. Su prosa nos permite acercarnos a la representación de una Sevilla muy individual, una Sevilla decadente vista desde la perspectiva de la inigualable y seductora Mara Cartier, el personaje, alterego de la autora, protagonista de la novela que actualmente escribe con el apoyo del Coaching Literario.
Recomiendo mucho la lectura de algunos de sus relatos: "El nudo", "La bolsa" o "Carta para un crítico", todos están también incluidos en nuestra más reciente antología Cada quien su cuento.
Con suerte dentro de algunos meses Noemí nos pueda compartir la noticia de que ha terminado el primer borrador de su novela. De momento ya podemos ser testigos de su dedicación. ¿No les encanta fisgonear entre los apuntes de un escritor?, ¿conocer así, aunque sea un poco del funcionamiento de su mente y la naturaleza de su proceso creativo? Esquemas, notas y más esquemas. El trabajo del narrador, no me canso de repetirlo, es como el de un relojero suizo. Hay que hacer que todas las piezas encajen y encajen a la perfección. Ahí queda. ¡Bienvenida a casa, Noemí, otra vez!
Israel Pintor.

Apuntes de la novela que actualmente escribe Noemí Vallecillos.

El nudo, Noemí Vallecillos

Me estoy anticipando, pero es que lo conozco, y da igual que me anticipe. Total, no voy a poder cambiar nada de lo que pase ahora. Sólo puedo esperar. Puedo esperar o irme. También puedo irme, ¿verdad? Puedo irme o puedo engañarme pensando que puedo irme. Pero no puedo. ¿Y si me tomo algo para dormir? Cuando él venga estaré dormida. Por lo menos habré dormido algo. Estaré tranquila, pero no podré evitar nada. Por mucho que intente planear no podré evitarlo. Sólo puedo esperar. No puedo irme. Ya sé, voy a borrar el mensaje de mi jefe del móvil. Eso de que está muy contento con mis ventas guapa, es una provocación. Seguro que hoy me parte el móvil. Lo borro y ya está. Ya está, borrado. ¿Qué más? ¿Qué más puedo hacer? He fumado mucho. No se va a creer que me lo he fumado yo sola, va a pensar que ha estado alguien aquí. Mejor que vacíe el cenicero y meta las colillas al fondo de la basura por si se pone a rebuscar. Vale, dejo unas cuantas en el cenicero, si no va a pensar que acabo de llegar y que dónde he estado. ¿Dónde estará él? Cabrón, seguro que estás currándote a la camarera del Habanilla. Debería guardar mi portátil en su maletín, si lo ve por aquí en medio me lo parte. Mejor me tomo un myolastán para estar tranquila, así duermo unas horas hasta que venga y no me voy al trabajo sin dormir. Pero claro, si me lo tomo, mañana estaré muerta en el trabajo. Mañana estaré muerta. Vendrá a las cuatro o a las cinco de la mañana. Mínimo dos horas de bronca. Me despertará quién sabe cómo. Puede sentarse en la cama y empujarme de un manotazo para que vea que se ha rajado los brazos con una cuchilla. Yo me despertaré sobresaltada y aturdida por el myolastán, deseando que le de un mareo para que se quede dormido. Le sujetaré las manos para que no se corte y empezará la pelea. Un empujón o un bofetón primero. Puede arrancarme las bragas para ver si he estado con alguien. Podría quedarme como muerta, sin hacer nada, convertirme en el pellejo abandonado de una serpiente. Le estará pasando a otra. Pero entonces él pensará que paso de todo, que paso de él, que no me preocupo, que él está mal. Que yo ya tengo otro al que quiero follarme. Que por eso paso. Puede destrozarme el traje chaqueta para que no vaya a trabajar, o tirarme mis cosas por la ventana y sacarme a la calle en pijama, y entonces qué, ya no sé qué más inventarme en el trabajo. Estaré a las seis de la mañana en la calle en pijama, sin dinero, sin nada. Mejor será que no me quite el rímel. Voy a comerme el myolastán, necesito calmarme. También podría irme a casa de Nuria y Alberto. Me cojo las cosas del trabajo y me planto allí. Nuria me dirá que desconecte el móvil, porque cuando vuelva a casa empezará a llamar y mandar mensajes. Eres una zorra, dónde estás. Ya sabía yo quién eras tú, eres muy zorra Mara. Dónde estás, ¿eh? Te estás follando a otro. Ésa eres tú. Mierda de tía, voy a buscarte. Dime dónde estás. Mira que tiro a tu perra por la ventana. Te vas a cagar cuando te vea, zorra. Me estoy follando a otra, ven y escúchalo. Se oye en toda la calle la que estamos liando. Por aquí no vuelvas más zorra. Olvídate de tus cosas. Anda ven, ven y mira que te lo he tirado todo por la ventana. Tu ropa está en la calle. Los pantalones con los que te has follado a otros Por aquí no vuelvas puta. Dónde estás. Dime dónde estás que voy. Dame las llaves de mi casa, dónde estás, tráemelas y te vas que no quiero verte más pedazo de hija de puta. Dame mis llaves cabrona. Ya te quiero ver aquí. Y como se presente en casa de Nuria ya va a tener ella movida con Alberto por mi culpa. Porque claro, porque no se puede meter a los demás en marrones. Yo vuelvo con él y yo me la mamo, ¿no Nuria? Yo me puedo quedar en tu casa el tiempo que quiera pero no le cojo el móvil ni una puta vez más, ¿verdad? Nada de estar yendo y viniendo con una mochilita improvisada. Tengo que tomar una decisión. No puedo irme Nuria. No tengo credibilidad, ya lo sé. No puedo irme, no quiero perderlo Nuria. Nuria, no me dejes por favor. Yo no molesto, me meto en el cuarto y mañana hablo con él tranquila. Mañana se despertará depresivo y lo abrazaré. Nuria, no puedo irme, ¿no me entiendes?, tú eres mi amiga. Nuria por favor. Estoy agotada, desde que ha vuelto a meterse no duermo más de tres horas al día. No puedo más. Tello para ya. No puedo irme Tello, no puedo, quiero estar contigo. Si me voy a los dos días tendrás a otra aquí, disfrutando de tus atenciones. Porque soy muy poquita cosa para ti. Soy una cría Tello. Te quiero, quiero estar contigo. Si hoy me pegas mañana me cuidarás. Mañana y quizá dos días más. Te sentirás culpable, me demostrarás que no eres un puto psicópata. Me dirás que te vuelves a quitar, que ya no te metes, y estarás así tres días. Tres preciosos días en los que me cuidarás. Me harás mi zumito de naranja por la mañana, me llevarás y me recogerás del trabajo, follaremos dos horas seguidas, hablaremos hasta las seis de la mañana, me mandarás mensajes diciéndome que soy lo mejor que te ha pasado. Me llamarás para decirme que has ido a este sitio o al otro y sólo te has pedido una cerveza sin. Por la noche no saldrás y me harás la cenita. Prepararás carrillada con puré de manzana, beberemos mosto sin alcohol, nuestros porritos. Nuestros pies anudándose en el sofá. Te la sacarás y te la comeré. Serás un mástil inmovible en la tormenta. Me traerás del chino un euro de gominolas. Quiero estar contigo, eres mi familia Tello. No hay nada después de ti. No puedo irme cariño. Soy mejor de lo que ves. De verdad. No te voy a dejar nunca, no puedo ni mirar a otros, ni hacerme una simple paja donde no aparezcas tú. Tello me da igual lo que hagas. Yo no me voy, ¿vale? Un día estaremos bien. Tú dejarás toda esa mierda de la droga y te pondrás a currar de cocinero. Estaremos bien. Nunca he sido tan feliz como ahora. Nunca he estado tan viva. Qué sabe nadie Tello. Estaremos bien. No va a pasar nada, me quedaré dormida y vendrás, y en vez de liarla follaremos. Me da igual no dormir una noche más. Volveremos a vivir. Mañana por la mañana tendré los ojos brillantes, y ni el sueño ni el miedo tendrán importancia. No va a pasar nada porque yo no me voy a ir con nadie ni nada, de verdad. No desconfíes de mí. Te quiero amor. No va a pasar nada. Me duermo y ya está. Me dejo el rímel puesto y cuando me despiertes estaré guapa, pase lo que pase. A lo mejor no tanto como la camarera del Habanilla, pero mírame Tello, cuando me tocas amanezco, se me sonrojan las mejillas, sé ponerte cachondo. Follando me vuelvo más guapa, ya verás. Te quedarás dormido sobre mi espalda, respirando en mi nuca. Y nuestras raíces se anudarán todavía más y nada podrá quitar el nudo. Y todo merecerá la pena por ese momento. No va a pasar nada, no te anticipes. ¿Y ese portazo? Sí, ahí estás, ya subes.


La bolsa, Noemí Vallecillos

Porque mira que pasan cosas raras, bueno, en general en tós laos pasan cosas, pero hay que ser comprensibles, en un bar sí que pasan cosas. Hay que tener mucha psicología. Parece que tó los días pasa lo mismo, pero pasan cosas a veces. Yo tengo un bar en una esquina de la calle Castellar  y allí pasa de tó,  como en tós laos, pero lo de esta mañana sí que ha sido raro. Voy a echarme un cacharrito antes de echar la cancela. Me pica tó el cuerpo, siempre me pica pero como soy muy nervioso…y con esto de hoy, ya pa qué.
Fíjate Churrilla, que es que así me llaman a mí por culpa de mi hermano, nada más viniendo de mi casa, justo en la pequeña curva que hace la calle desde donde se ve el cartel del Tuerto, que es mi bar, nada más verla en la puerta, a esa hora que ella nunca está, que era antes de las siete de la mañana y no tenían puesta en las calles ni las farolas ni ná, me olí yo algo raro. Le digo qué pasa, Mara, y ella tó seria, hola, Churrilla. Pero no Churrilla con el tono ese de… calienta pollas que pone ella, sino con tono tó serio digo, como cuando ella me dice que me ve “taciturno”. La tía, más rara que un piojo verde. Cuando le pregunté la primera vez qué carajo era eso de “taciturno”, me dijo extendiendo su brazo que un tío que tuviera un pollón así. El  que estaba al lao, se echó a reír, el Caragato, que está tó el día cuchicheando con Mara y fumando porritos, el chavalito, pobre, que está pasando una mala racha… Pero vamos, que “taciturno” significa serio.  Joé qué me pica el brazo. Me voy a echar otro cacharrito de esto, hombre, que me está sentando bien.
Total, que la tía, que llevaba el chaquetón ese negro que no se sabe si va con el pijama debajo, porque ella si encarta, se viene en zapatillas desde su casa, que vive al lao. Un poco más abajo que yo, donde vivía el Tello antes que ahora, vive ella. Pues allí. Y viene y ya se acaba la paz. Sobre tó cuando viene tó los días a desayunar, que está sin un duro, y en su casa no tendrá ná. Pues mira, ya me lo pagará, yo se lo digo que no se preocupe joé que ya si eso cuando pueda, pero cuando esté bien que lleva una rachita la pobrecita mía que pa qué. Pues eso, que ella llega aquí sobre las once como muy pronto. Llega liándola, cómo se pone ella. La tía entra y dice, hoy me la voy a comer entera. Y claro, tó los borrachos con el carajillo atragantao. Y yo le pongo su buena tostá con su jamón, que le echo un montón más que a los demás, su tomatito y su aceite. Viene con su portátil y se pone con sus cosas esas del Facebook. Yo no tengo de eso. Bueno, pues después de llevarse dos horas desayunando, se levanta y se va diciendo adiós, ya no vengo más pandilla de borrachos. Saca la perra y vuelve al ná, y se pide una Coca cola. Y es que yo creo que la Mara no quiere estar mucho tiempo en su casa. Como yo con mi padre y el señor que lo cuida, que es de no sé qué iglesia y un coñazo porque está to el día preguntándote cómo estás, tó pesao. Pa eso me quedo aquí con mi cacharrito.  Va a caer otro, Churrita, venga. 
Pues hoy la Mara estaba allí sobre las siete de la mañana con unas ojeras, que vamos, que hay que ver lo que se ha demacrado la niña esta este año. Tello y ella, los dos. Se les veía venir, que iban a acabar mal. Pero lo de Tello ya es que es pasarse, pobrecito.  Total, que la Mara allí, descorro la cancela, entro. Ella estaba callá mirando para abajo,  llevaba una bolsa, me la da. Olía a tó sus muertos la bolsa. No quise mirarla pero cantaba un huevo. Tenía unos bollos de pan duro, algunos paquetes de Nobel vacíos y un montón de papel manchao de sangre. Anda, tíramela, me dice la tía.
Mal año lleva la Mara, desde que el Tello y ella ya no están, que no veas los dos. Se las tienen jurá el uno al otro. Aquí nadie se mete porque terminamos escardaos. Porque el Tello, un día se le va la cabeza y la lía, y la otra es carajote. Porque hay que ver con las hechuras que me ha venío un montón de veces al bar. La vez esa con la cara echá abajo, compungía venía. Y luego al rato venía el otro buscándola. Que el Tello es tó bueno, pero bebe mu mal, mu mal beber, y to el día rayita pacá, rayita pallá…Anda que no la han liao estos dos ni ná este año. Y luego las llanteras de la otra en el bar cada vez que pasaba algo chungo, yo descompuestito, pa ná en verdad, porque luego se les veía riéndose juntos, él con una mano escayolá o algo, de la bronca, y ella con los ojos hinchados y algún moratón. Pero ellos pasando de tó. Aunque ya ni se hablan.
Yo era amigo antes de él que de ella, pero a la Mara le tengo yo mucha cosita, yo y los del bar. Hay que estar con ella. Qué hace esa niña en su casa si no. Que también lleva una rachita, que si primero lo del Tello, que se ha quedao cogía desde entonces, que si el curro al carajo, que si la casera la va a echar. Tó los días un drama.
En el bar, algunos días le da el ramalazo y no veas, nos pone a parir a tós por la puta cara, sin venir a cuento. Pero en el bar dicen que la muchacha es que está un poco inestable. Y le dan tabaco, le dicen que coma, porque es que no come ná. Mira, yo a cada uno lo ponía en una punta. Esos dos no se pueden ni cruzar, fíjate el plan en el bar, cuando han coincidido.
Con lo que es la Mara, que nos tiene a tós firmes, y cuando estamos tó a gusto en el bar viendo el fútbol la tía va y nos lo cambia y nos esconde el mando. Aquí le tenemos mucho cariño. En verdad es tó buena, pero es lo que dice esta gente, que está mu inestable. Se tendría que ir a casa de su madre o algo, porque desde luego, está fatal. Dime tú qué hace aquí en Sevilla, sin un duro, sin familia, con tó el marrón del Tello, que si la gente dice que ella lo denunció, que si el otro más enganchao que nunca. Un plan. Aquí al Tello se le quiere mucho en el barrio, tó el mundo dice que es tó enrollao, pero cuando se le va se le va, y a la otra también. Además, tanto llorar, nosotros compungíos, tó preocupaos y la tía que volvía con él una y otra vez. Con éstos mejor no meterse que acaba uno más desbaratao que el follaero de un gato. Pero a ella se le cruzan los cables a veces y nos echa en cara por qué nadie le plantó cara al Tello, que si a una mujer cómo se le va a pegar, y nosotros le decíamos que si volvía con él que qué quería que hiciéramos, y ella que no, que qué pasaría si le pasara eso a una hija nuestra o una hermana. Yo tengo hermana, hija no. Vamos, un marrón lo de estos dos.
Resulta que al rato de irse esta mañana ella, llega el Gonzalo el del carro, que es de aquí del barrio de tó la vida. El tío tó el día en su carrito, que si el Mercaíllo del Jueves, que si el de la Cartuja,…, y así se busca la vida él. Vamos, yo de él he sacao la frase esa de ése tiene menos luces que el carro del Gonzalo. Que parece un rumano el cabrón. Pues ná, llega y me cuenta que hoy a las seis de la mañana o así, cuando él salía a buscar los chismes suyos y sus cosas, vio a un colega del Tello, al calvo que va siempre con él, con la cara desencajá.
Otro cacharrito, ya el último y cierro esto. Mañana por la mañana barro y lo hago tó. Bueno, que na, que se encontró al calvo y le dijo que había entrao en casa de Tello, que está más pallá de San Julián, y que se había encontrado al Tello en el suelo inconsciente, desnudo de cintura para abajo, y sobre un enorme charco de sangre. El calvo llamó corriendo al 061, al pobrecito casi le da algo. Y por lo visto es que se la habían  cortado. Pero no en plan bestia, por lo visto me ha dicho el Gonzalo que había sido un pequeño corte en la raya esa que nos une a los tíos el culo con los huevos, y que claro eso era como si ya no tuviera picha. Una castración pero a lo fino, aunque sangrara mucho. Que estaba tó drogao, y que no recordaba ná cuando el colega logró despertarle. Que está en el hospital con la familia. Joé con lo que siempre ha follao el Tello, que nunca la faltao ninguna. Aunque se le junten muchas por come bolsas, pero la verdad que el chaval triúnfa.
Me quedé muerto con lo que me contó el Gonzalo.

Pues ná, que Mara me dio la bolsa pestosa esa para que la tirara, yo no rechisté y la tiré en el cubo de la basura grande del cuartillo, y ella se fue sin desayunar ni ná. Mejor será que saque la basura, qué le vamos a hacer, como pa decirle que no a ella. Pues vale, saco la basura y cierro, ¿no Churilla? Ea, pues vámonos pa la Alameda a tomarnos algo.

Fuente: http://www.lagranfarsa.es

Carta para un crítico, Noemí Vallecillos

Precisamente fue en el Hércules donde leí su artículo. La revista cultural y gratuita Bombilla estaba en el revistero junto a la máquina de tabaco  como una bomba sin desactivar. Pasé las páginas distraída mientras esperaba mi desayuno y tarareaba Les Feullies Mortes de la Greco, hasta que reparé en su columna sobre mi novela.
No he tenido el dudoso placer de conocerle en persona, Don Justo. El editor no adjuntó una fotografía a su artículo de la revista. Si hubiera tenido la oportunidad de mirar su rostro, quizá, la decisión que he tomado, y que a continuación le detallaré, no se hubiera producido. Quizá en sus facciones, o en la desproporción entre ellas, hubiera encontrado algo grotesco que me hiciera infravalorarle. Quizá tuviera usted bolsas oscuras bajo los ojos, de esas que se forman de tanto asumir responsabilidades. O puede, que tuviera los labios finos y apretados de esos hombres impermeables, que si les hablas muy de cerca, o con gran sinceridad, se tensan y huyen acobardados de su permeabilidad. Esta otra posibilidad, me hubiera enternecido. ¿Y si por el contrario, el supuesto retrato hubiera mostrado uno de esos hombres de ojos separados, dispersos, y mirada viciosa? Sí, de esos que dan oportunidades laborales o económicas a las nenas si se dejan agarrar por el pelo para arrodillarlas y hacerles engullir su pequeño apéndice de viejo verde. No me hubiera asqueado, más bien, hubiera sido una explicación creíble a la dura crítica que escribió usted para mi novela. Pienso que un hombre que ejerce su dominación follando, puede también hacerlo humillando a secas. Sobre todo si no se le somete ninguna mujer de forma voluntaria. Ojalá fuera así, ojalá no llevara razón. Una putada que me haya convencido. Pero mejor me dejo de especulaciones, demasiada literatura para alguien como usted. La cuestión es que mi enemigo, mejor dicho, mi verdugo, no tiene rostro. Se parece al miedo abstracto de la ansiedad. ¿Le parece, Don Justo, todo esto demasiado histriónico y dramático? Normal, es su trabajo.
Tampoco tiene usted  la culpa de todo, aunque sí es cierto que me da un familiar placer  eso de conseguir que se sienta culpable.
Le contaré lo que pasó antes de que yo leyera su artículo. Pero por favor, recuéstese en el sillón setentero de su anticuado despacho y, con perdón, permítame que me lo imagine así. En mi situación sería despiadado negarme el capricho. Relájese y lea sin intención crítica. Si no es mucho pedir, Don Justo.
Me enamoré por primera vez con treinta y tres años, posiblemente usted no sepa todavía qué es eso. Fue un amor violento, como una tromba de agua que deja los coches rotos  y apilados al final de una cuesta, y a las vecinas y tenderos  achicando agua durante días y peleando con sus aseguradoras. Una tromba que descuartizó las calles de un pueblo del sur, poco preparado para estos fenómenos de la naturaleza. Un amor húmedo, que arrastró todo lo que no estaba bien anclado, que se llevó consigo capas y capas de pisadas dejando el cemento tan desnudo, que el suelo daba vértigo. Aquí empezó todo y acabó (casi) todo.
Cuando ese amor terminó, experimenté algo así como “la pérdida del presente”. Mi cabeza y mis sentidos nunca más fueron capaces de estar donde físicamente se encontraban. Se hallaban ocupados versionando una y otra vez la misma historia, removiendo el mismo potaje aunque ya oliera a quemado. Mi atención no vivía el ahora. Tenga usted en cuenta, Don Justo, que la carencia de presente es la ausencia de pasión. O la pasión por la muerte.
Mi falta de atención, mi tristeza y mi abandono de por aquel entonces me trajo otras desastrosas consecuencias. Perdí mi trabajo de vendedora de Gas Natural a puerta fría. Los pocos días que iba a trabajar y llamaba a la puerta de un posible cliente, mi cara desencajada a través de la mirilla debía asustarles, y no me abrían. Las puertas se habían transformado en muros. Y después de haber subido a ese puto quinto sin ascensor bajaba derrotada para volverme a casa. Tufo de buzones llenos de publicidad. Volvía con una pequeña ilusión de que el sofá, los porros y la catatonia de la telebasura me distrajeran o me acabaran adormilando. Pero luego llegaba a mi casa, y ese escozor de no estar bien en ningún lugar del mundo y en ningún momento del tiempo infinito, me hacía recurrir a los somníferos.
El sueño tampoco era un descanso. Mi cerebro dormido era como los supermercados cuando se van los clientes y se quedan los empleados limpiando y reordenando las estanterías. Mis sueños eran reestructuraciones de la memoria, estanterías que se vaciaban y se llenaban constantemente de él. Aparecía de pronto, peleábamos, ganaba él, ganaba yo, perdíamos, follábamos, nos reconciliábamos, las explicaciones eran válidas sin lógica. Pero cuando llegaba el momento en que él me daba la mano, o yo apoyaba mi cabeza en su hombro, y el tacto invalidaba  todas las posibles palabras, entonces, yo despertaba. Y amanecía la pesadilla otra vez.
Cuando abría los ojos toda mi casa me acorralaba. La humedad se comía las paredes y la ropa sucia y limpia andaba por el suelo. Sobre la mesa del salón había clínex sucios de meses, bolsas del chino, el portátil mordisqueado de impaciencia, restos de comida prefabricada, ceniceros llenos de colillas, papeles de fumar,  pequeñas piedras de hachís dispersas, vasos pegajosos, tallitos de marihuana, tabletas de orfidal vacías, libros y libretas, cáscaras de pipas,  botellas de aquarios rellenas de agua ya caliente… Sobre la mesa estaba yo, esperando que todo se fuera de una puta vez al carajo.
Sin embargo, un día, garabateando en una de mis libretas, escribí una cosa casi sin darme cuenta. Lo escribí con un pilot azul en letras mayúsculas: ESCRIBE, ENTIERRA, VIVE. Tres palabras, un compás de tres por cuatro, y de repente, el ritmo volvió a florecerme entre las teclas. ¿Recuerda usted la tragedia de Chernóbil, Don Justo? Los valientes operarios de aquél holocausto fabricaron una especie de bunker bajo tierra para los residuos radiactivos. Los sepultaron bajo cemento y tierra, y allí, se quedaron aletargados. Pocos días después muchos de esos trabajadores murieron carcomidos por el cáncer, aunque este último dato es innecesario para lo que quiero contarle. El caso, es que yo, aprendí a hacer lo mismo que los operarios muertos. Escribí para enterrar. Fabriqué un bunker de palabras para que todos los residuos dañinos se quedaran allí. Volví a ser yo, porque siempre fui así. O lo fui antes de él.
Desde chica, cuando no entendía algo, recogía, una tras otra, las palabras esparcidas  a mis pies, y las conformaba en frases. Si después de esto, seguía sin comprender, volvía a mezclar las palabras  y las ordenaba otra vez dándoles una forma distinta. Tras repetir varias veces el mismo proceso, al final, era capaz de pensar como el resto de los mortales. Por eso escribir, nunca me pareció duro o pesado. Igual que los otros niños coleccionaban estampas de la Pandilla Basura o calcomanías de los Phosquitos, yo, escribía una frase tras otra como quien respira. Y pensaba.
Quizá pueda usted creer que seguir todo este proceso cada vez que se piensa, además de una pérdida de tiempo, es muy lento para llegar a una conclusión. Pues tiene razón, la gente se preguntaba incluso si yo no sería retrasada. Era incapaz de seguir el ritmo de los demás niños de la clase. Esta especie de conciencia de inadaptación que me provocaba este desfase, casi se difuminó al terminar la EGB. Había aprendido, entre comillas, a adaptarme a lo que me rodeaba. Pero aquel desfase permaneció en mi interior para siempre. Como una pantera sin voz entre la maleza. Y aquí viene mi tesis provisional, Don Justo. A menudo, tomo conciencia de mi identidad en forma de palabras. ¿Sí? ¡Pues sí!
Pero cuando lo conocí a él, tuve que dejar de escribir. Para seguirle tuve que aligerar al máximo mi equipaje. Incluso el acto básico de pensar, se convirtió en una carga demasiado pesada.
Creo que me he distraído un poco del tema, Don Justo, no se lo vaya a anotar en su libretita, por favor. ¿Por dónde íbamos? ¡Ah, sí! Le estaba relatando que empecé a enterrar escribiendo para poder vivir.
Al principio no fue tan fácil. Tenía la cabeza atiborrada de todo los residuos radiactivos que tenía que escribir. Imágenes, escenas, gritos, besos, despedidas, llantos, piel, olores… Estaban vivos en mi cabeza, lanzando destellos cegadores. Podía oír cómo gritaban: “¡Escríbeme!” No era capaz de separar lo relevante de lo innecesario. Cada gesto tenía gran importancia, cada frase que nos habíamos dicho podría haber sido una clave del puzzle. Además, cuando me sentaba ante la pantalla de mi ordenador e intentaba traducir todo aquello en palabras, me daba cuenta de que se perdía algo vital. La historia no cristalizaba, quedaba reducida a pedruscos. Y yo, no llegaba a ninguna parte.
Pero poco a poco, aquel intermitente golpecito de teclas, con el paso de los días, y una insistencia inusual en mí, (inconstante por naturaleza), dio paso a un  rápido e ininterrumpido galope. El sonido era el de un caballo que no paraba de correr. Libre. Y yo iba montada en él, desnuda, dibujando una sonrisa luminosa con el pasar de cada página escrita.
Y la terminé. Terminé gloriosamente mi primera novela. Mi primer logro, únicamente mío. Trescientas tres páginas. Nueve meses a horcajadas sobre el caballo de mi historia. Mi primera novela. Mi bunker. Yo.
Mi casa se había vuelto limpia y luminosa. Olía a incienso de vainilla. Sonaba a Juliette Greco, Tom waits, Rubinstein. Sabía a piel salada propia. Y luego, vino lo del premio en aquel concurso local de novela corta,  y el brillo sustituyó al mate. Aquella sensación de muerte, de tufo de buzones llenos de publicidad, había desaparecido. Paseaba por la calle Feria, compraba fruta, me paraban los amigos de los que me aislé para una cerveza. Reía. Abrazaba. El chino de la tienda me regalaba caramelos. Notaba cada modulación del aire en mis brazos.

Con el dinero del premio pude ponerme al corriente de mis rentas atrasadas. Ya no temía las llamadas a la puerta por la mañana. Ni miraba a un lado u otro del portal por si venía mi casera. Me levantaba, me duchaba en mi limpio cuarto de baño, encendía la vainilla, me ponía rímel. Sonreía. Salía a la calle con las primeras brisas vírgenes. Caminaba sobre los adoquines de la Alameda hasta llegar al Café Hércules. Pedía zumo de naranja, café y tostadas. Abría el libro de turno y leía. Alguien me interrumpía para saludarme, se sentaba conmigo, pequeñas conversaciones sin retaguardias. Lo que me rodeaba también brillaba. Fue increíble, Don Justo. Todavía sonrío al recordar esa etapa tan feliz que acabó hace menos de tres semanas. Sonrío al recodarlo, a pesar de este sueño eterno que me está entrando.
Su crítica era breve y tajante: “De lágrima demasiado fácil, esta novela digna de salones de peluquería y aptas para dependientas de El Corte Inglés, convierte a Corín Tellado en Joyce, por agravio comparativo. Encantadora señorita Mara Cartier, mejor dedíquese a los post de Facebook”. Bunker destruido, peligro.

Tengo mucho sueño, Don Justo, siento acelerar así el final. Con esta cantidad de lormatazepam y orfidal no pued


Fuente: http://cuadrivio.net


El pantano del renegado (El orgullo de ver crecer la hierba), Noemí Vallecillos

Hablar de pantanos me recuerda siempre irremediablemente la niebla espesa que acompañaba a Jack “el destripador” por las calles de Londres. No sé exactamente en qué intervalo de la infancia mi padre decidió apuntarme a clases de piragüismo a mí y a Serafín, mi hermano.

Mi padre era por entonces, porque ahora ya es otra cosa, un hombre de bigote amplio que tenía un retrato a carboncillo en el salón que le había hecho su amigo Pepe el pintor. Este retrato era mágico, porque te pusieras donde te pusieras en el salón, en el sillón de pana amarillo bajo el ventanal de rejas, en la mesa redonda de comedor, oɾɐqɐ ɐɔoq  o junto al cuadro de coches y semáforos revueltos de un tal Iván, siempre te miraba, y eso es una gran putada, porque si me ponía a estudiar y me distraía, ahí estaba mirándome, y cuanto más me acercaba a la pubertad más me incomodaba su retrato. No sé muy bien cómo se consigue ese efecto, pero creo que tiene que ver con mirar fijamente a la persona que te pinta. Y mi padre siempre, todavía ahora que es otra cosa, mira fijo y profundo.

Así que un sábado por la mañana el hombre del retrato nos llevó a mí y a Serafín con nuestros bocadillos de tortilla francesa y dos latas de coca-cola calientes, a recibir nuestra primera clase de piragüismo al Pantano del Renegado, ése que me recuerda a las nebulosas calles londinenses que acompañaban a Jack “el destripador”.

 Aunque hayan ya pasado por lo menos dos décadas de aquello, aún recuerdo la placentera sensación de estar ahí, en ese preciso statu quo, dentro de la piragua, con mi remo, tendida en medio del pantano, tocando el agua, adivinando las serpientes que Serafín decía que había bajo la superficie y que si me caía de la piragua me iban a comer el culo. Mi hermano siempre inventaba historias para darme miedo, como la de que las muñecas de porcelana la fabricaban con los ojos y los pelos de niñas muertas; pero esa historia no me daba miedo, al contrario, le pedí a mi madre una de esas muñecas, pero nunca me la compró.

Recuerdo que remar no me cansaba, pero me gustaba más quedarme quieta mirando y adivinando, tocando el agua como la cabeza de mi perro Chano que ya murió de viejo, deseando que del agua salieran serpientes, medusas, nautilus, Neptuno y el tiburón de Steven Spielberg. Entonces tentaba la piragua para caerme, con el mismo miedo curioso que me atrapa cuando me asomo ya de adulta a una ventana de un décimo piso. Y ese miedo curioso, esas serpientes verdes nadando con Neptuno y el tiburón ochentero me los metía entre las piernas, pariéndolos para dentro, porque sin saberlo, aunque lo sospechara, esos partos al cabo de los años llenarían muchos folios.

A la hora de comer, vino a recogernos mi padre, yo estaba sentada en el embarcadero tocando otra vez el agua como si fuera un animal doméstico, Serafín, ya casi en plena explosión hormonal disfrutaba de las endorfinas tras la sesión de piragüismo. Mi padre se puso a charlar con el profesor tras de mí, de repente, les interrumpí para señalarles algo en el agua. No recuerdo bien qué era lo que señalé, ¡mierda, mi memoria es muy débil!, seguro que el cannabis tiene la culpa. El caso es que algo señalé, y entonces el profesor, que en vez de bigote como mi padre tenía barba y era muy canijo, le dijo en voz alta para que yo lo oyera: “Esta niña ve crecer la hierba” El hombre del retrato sonrió, y su mirada ya no era como la del retrato, tenía más que ver con el orgullo. Se agachó y me dijo: “Éste es el mejor piropo que  nunca vas a oír”

Y yo hice una cosa que todavía hoy hago: apretar los muslos, porque cuando de repente siento que tengo un parto hacia dentro, siempre aprieto los muslos.
Foto: Noemí Vallecillos.

Soy la que no soy en cuanto pase este momento, Noemí Vallecillos


Soy un ruido de repente.
Soy un kilómetro cero constante que no puede escribir contigo por la casa.
Soy dos semanas en un agujero  que empieza en el Ambigú al mediodía y termina en el Utopía  de madrugada.
Soy la concordancia  entre el insomnio y la narcolepsia.
Soy la memoria que se me escurre entre los dedos,
una manifestación de hipocondríacos,
 un ramadán  secreto de culpas.
Soy ese miedo a vivir que detiene el tiempo para mirar.
Soy la campana sin lengua y el burka con labios,
 la que no se atreve,
la imaginación cristalizada.
Soy las preguntas compulsivas,
la que se consume fumándose un cigarro,
la que sobra cuando llora
y la que ríe las sobras.
Soy el hilo perdido,
la que se disgrega en la calle
y se congrega con piel.
Soy la que duda
y dudando  se salva.
Soy la que se hace invisible si te acercas mucho.
Soy la que no soy en cuanto pase este momento.