Google+ Taller de Escritura Creativa de Israel Pintor en España: Francisco Argüelles
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Francisco Argüelles gana su primer concurso de cuento

Hola, tallerícola:

Hoy es un día de celebración porque mi ex alumno Francisco Argüelles ha ganado su primer concurso de cuento en Ciudad de México. Estas noticias me dan subidón y son dignas de compartir. Así que te he preparado una entrevista con él, con la idea de ofrecerte una prueba de que tu dedicación te llevará a obtener recompensas reales si decides ponerte a escribir.
¡Disfrútala! Ah, y si te dan ganas de empezar tu propio camino encontrarás aquí mismo el enlace para reservar una primera sesión gratis en el Taller de Escritura Creativa.

Saludos,
Israel Pintor.



El donante, por Francisco Argüelles

Teresa y Aníbal aguardaron los resultados de los estudios clínicos. Aníbal estaba adusto y con un vaivén en las piernas. Teresa lo observó con esperanza y le apretó la mano tiernamente.
—Les tengo excelentes noticias, Teresa. Tú y Aníbal son compatibles para hacerte el trasplante renal. Claro, si Aníbal está de acuerdo —dijo el médico
Teresa y el doctor fijaron la mirada sobre Aníbal. Él se quedó callado.
—Deben decidir pronto. Toma en cuenta, Aníbal, que el problema de Teresa es grave y la lista de pacientes es larga, si es que deciden esperar por el riñón de otro donante. Es vital que se le haga el trasplante.
—Programe la operación, doctor —contestó Aníbal.
—Muy bien, entonces en un mes será. 
—¿Y es peligroso el trasplante para ambos, doctor? —preguntó Aníbal.
—Tiene sus riesgos, como todo proceso quirúrgico, pero puedo decirte que el porcentaje de éxito es más del noventa por ciento.
Aníbal asintió sin parpadear mientras apretaba la mandíbula.
Fue después de que el médico confirmó el trasplante que Aníbal tomó en serio el asunto. Había deseado no ser el candidato para donar el riñón a Teresa. Pensó que se libraría de la responsabilidad y podría seguir con ella al menos hasta que encontrara otro donador y le hicieran la operación. Pero el destino dictó lo opuesto. Se sintió asfixiado y sin opciones. Teresa no tenía amistades en la capital. Provenía de un pueblo donde vivía junto a su madre, que también estaba enferma.  

En su trabajo, ninguno de los compañeros a los que Teresa confió su problema, tuvo el atrevimiento de ofrecerse como donante o ayudarle a buscar uno. Las amigas de su pueblo estaban casadas y tenían hijos. Nunca correrían el riesgo de una operación de trasplante en nombre de la amistad.

—¿Estás loco, Aníbal? Por favor deja a esa mujer. ¿Por qué no le pide a algún familiar que le done el riñón? ¿Verdad que no quieren? No son tontos como tú.
—No puedo dejar así a Teresa, mamá.
—No te jodas la vida. Tú no sabes si vas a estar con ella siempre. Puedes conocer a otras mujeres de tu edad. Se está aprovechando de ti porque eres más joven. ¡Te puedes morir!
Entonces Aníbal consideró hablar con Teresa. Quiso explicarle que no estaba preparado, que su familia se oponía. Pero no podía demorarse, era una cuestión de meses, de vida o muerte. Le pesó imaginarse la escena: Teresa agacharía la cara con las lágrimas a punto de estallar  pero finalmente se mostraría comprensiva. Él luciría monstruoso.
Ella es noble, me quiere. ¿Y yo? –pensó.
La conoció en el comedor de la universidad. Él era un profesor y ella era una de las secretarias del departamento de ingeniería. Teresa le coqueteó con una sonrisa y un ligero levantamiento de nalgas. Lo encandiló con su escote pronunciado, piel morena y sus piernas gruesas, que le parecieron dulces y duras como caramelo macizo.
Maldijo que Teresa enfermara, que se marchitara, que le hubiera tocado a él esta etapa de la su vida. Su plan era perfecto: disfrutarla unos meses, cogérsela hasta hartarse y después decir adiós para comenzar con la siguiente. Teresa era una mujer madura, no se imaginaba con ella para siempre. Aníbal ya estaba en la última etapa de su plan porque había conocido a Melissa cunado Teresa fue diagnosticada. No se asumía tan canalla como para dejar a Teresa en ese momento crítico.
Pinche suerte perra, pensó. Ni modo, tengo que ayudarla. Puedo vivir con un riñón y además el médico ya me confirmó que nada me va a pasar. Melissa no tiene por qué saberlo, intentó convencerse.

La pareja llegó al hospital a internarse un día antes de la operación. La sala de espera estaba saturada de enfermos. Aníbal percibió un olor penetrante a medicinas que le incomodó. Sintió nauseas cuando vio a un hombre descalzo en el suelo que tenía en las piernas unas llagas y ámpulas rojas a punto de explotar. Después se pasmó al ver en un pasillo a una persona con un pequeño agujero en el estómago que mostraba algo blanduzco y grisáceo Es el intestino, así voy a andar yo: con un hoyo en la panza, pensó.
Se registraron en la recepción. Una enfermera les preguntó sus datos y después les pidió que la acompañaran al segundo piso. Ahí el médico les explicó que para llevarse a cabo el trasplante, debían firmar la hoja del consentimiento. Cuando Aníbal firmó, el papel se le quedó pegado en la mano debido al sudor. Teresa, al darse cuenta lo abrazo por la espalda y recargó la cabeza sobre su hombro.
—No tienes que hacerlo si no estás seguro. No te preocupes, entiendo que no es una decisión fácil.
—No digas tonterías. Claro que quiero y sabes que lo hago porque te amo, tonta. —Aníbal esquivó la mirada de Teresa.
La enfermera señaló sus habitaciones, separadas tan solo unos metros en el mismo pasillo. Se despidieron y besaron varias veces. Aníbal la abrazó fuertemente. Después se dirigió a su habitación cargando con esfuerzo una maleta llena con mudas de ropa. Se acordó de lo que su madre le había aconsejado. Antes de cerrar la puerta, Aníbal envió un beso a Teresa, que lo observaba desde la puerta del otro cuarto.
Para Aníbal era evidente que Teresa estaba intranquila pero confiaba en que todo saldría bien. No le había dicho nada a su madre para no preocuparla. Nunca se enteraría por lo que estaba pasando gracias a Aníbal. ¿Se estará pensando que luego nos vamos a casar y todo?, se preguntó Anibal mientras se despojaba de sus ropas. Me consentirá, seré su rey. Después de esto no podremos estar más unidos. Si al final va a ser que la quiero de verdad, que esto es la prueba defintivia. No cualquiera dona un riñón. ¿Eso voy a decirle? ¿Esto estoy diciéndole? ¿Y mi plan?
            Aníbal se recostó en la cama. Enseguida se incorporó. Estaba inquieto. Sintió vértigo hasta en las pantorrillas. Se asomó a la ventana, pensativo. ¿Y si salto por la ventana? No esta tan alto… ¿Y si hablo con Teresa? ¿Y si le digo que no quiero joderme la vida, que se busque a otro, que ni modo, que así es esto? ¡Tonterías! Estúpido. Tú vas a demostrar que Aníbal Pérez tiene honor y que es un hombre ante todas las adversidades. Y ahora será un hombre sin riñón. ¡Sin riñón! ¡Chingao!
Aníbal trató de tranquilizarse. Un enfermero vino al cuarto para darle indicaciones y una bata. Debía descansar y relajarse. Se acostó y puso a ver la televisión. Movió las piernas de manera inconsciente. Empezó la duermevela. Se le vinieron imágenes de Teresa: riendo, seductora, enferma, muerta. Pidió al enfermero que le diera una pastilla que lo ayudara a dormir. Soñó que estaba en un cuarto obscuro y que Teresa y el médico estaban comiéndose su riñón sobre una mesa alumbrada. Lo invitaban al festín. Se despertó horrorizado. Era madrugada. Se levantó y corrió hacia la puerta de la habitación.
Podría largarse a otra ciudad y comenzar una vida nueva. Se imaginó que en la universidad dirían que era poco hombre. ¿Y Melissa? Si moría jamás se la cogería. ¿Y la madre de Teresa? Le debastaría la muerte de su hija. ¿Y su propia madre? ¿Y su familia? Si la operación sale mal, o lo sacan en ataúd del hospital o queda discapacitado y dependiente para siempre y por siempre, amén, pensó.
—¡Pucha! ¿Qué hago? —exclamó mientras se jaló el cabello y se golpeó con un puño en la cabeza.

Teresa fue sacada en camilla. Dos enfermeros se detuvieron enfrente de la habitación de Aníbal para recogerlo. Estaba sentado en la cama, tenía los ojos hinchados. Le pidieron que se acostara en la camilla. Aníbal accedió desconfiado. En el trayecto al quirófano, sintió un miedo terrible, ese que pellizca estómago y piernas. Su orina caliente le mojó los muslos. Levantó la cabeza para ver la mancha que marcaba la bata. Uno de los enfermeros lo observó con extrañeza. Aníbal le devolvió una mirada saturada de angustia.
—Más vamos a tardar en entrar que en salir, no se preocupe, señor —dijo el enfermero.

Salida, leyó en un letrero rojo colgado al fondo del pasillo.

Francisco Argüelles es autor de otros cuentos publicados en este blog. Estos cuentos fueron escritos
durante el curso de un ciclo de Coaching Literario. Francisco vive en Texas, USA, donde estudia el doctorado.

No salga nadie, por Francisco Argüelles

Francisco Argüelles no sale en esta foto, pero estos dos camaradas podrían haberlo inspirado a escribir
"No salga nadie", uno de los cuentos que escribió durante su paso por el Coaching Literario.
Es madrugada. Ernesto se levanta de la silla del pórtico donde está sentado y se mete a la casa mientras Oliverio se prepara otra cuba y lo espera sentado en el pórtico. Ernesto se detiene detrás de la puerta, en el interior de la casa saca su celular y revisa las fotos: Oliverio y la novia de Ernesto cogen. Se le hace un nudo en la garganta. No le ha dicho nada a Oliverio. Va al baño. De pronto, escucha el frenazo de un auto. Se tambalea al orinar. Se asoma por la ventanilla y ve a cuatro tipos armados que invaden el jardín.
—Ahora sí, hijos de su puta madre, vamos a ver si muy machos—dice uno. Ernesto reconoce la voz de durón Durón.  Se apresura a abrocharse el pantalón y corre hacia la sala oscura.
Δ
—Hey, gallo,  tráeme a esa vieja pa’ca —dijo Ernesto al mozo y señaló hacia otra mesa junto a la rockola, donde una mujer reposaba, sentada sobre las piernas de un hombre.
—Es Perla, señor. Está ocupada —Ernesto sacó un billete de mil pesos y lo ofreció al mesero.
—Pues hazla que se desocupe —El mesero se acercó al oído de Ernesto y murmuró:
—No me atrevo, señor. Está con el Durón. Y si me deja darle un consejo, no se meta con él, dicen que es peligroso.
—Elige a otra vieja, Ernesto, yo te la pago —intervino Oliverio, que estaba sentado junto a él, mientras agitaba su ron en las rocas.
Ernesto clavó la vista en los pechos de Perla y luego la vio a los ojos. Ella, abrazada del cuello de Durón, le correspondió con una mirada lasciva. Ernesto, pensativo y serio, le dio un trago a su cuba y buscó la mirada de Oliverio, que le respondía la mirada como quien intenta apaciguar una cabra.
—Me vale madres si es Rambo, quiero esa vieja para mí solo.
Oliverio se puso alerta. Ernesto se acercó a Perla, le susurró algo al oído y la tomó del brazo. Sorprendido por el atrevimiento, Durón le tiró un manotazo a Ernesto. Este le respondió arrojándole un vaso de cerveza en la cara. Durón se irguió e intentó golpear a Ernesto, pero falló porque tenía cubierta la cara de cerveza. Sintió entonces un golpe. Oliverio le había pateado, luego, lo machacó a puñetazos hasta que los meseros lo impidieron.
—A Ernesto no lo tocas, cabrón —dijo Oliverio a Durón.
Durón se quedó callado y miró detenidamente a Ernesto mientras se limpiaba la sangre de la boca, le sonrió y le guñó un ojo. Enrnesto se puso colorado y los ojos se le incendiaron como puntas de cerillo.
—Ya vámonos. Te metes en problemas y siempre tengo que dar la cara por ti— dijo Oliverio.
Δ
Ernesto mira a través de un hueco de la cortina que cubre una ventana de la sala oscura. Se aprieta y jala los labios. Suda. Escucha el grito valiente de Oliverio: «No salga nadie». Los cuatro tipos rodean a Oliverio que, bragado, se lanza contra Durón,  pero un balazo en la pierna lo hace perder el equilibrio. Ernesto oye unos pasos desesperados que provienen del segundo piso de la casa. Con la boca abierta y grandes ojos, mira por unos segundos a la esposa de Oliverio, que se apresura hacia la puerta. Ernesto la alcanza, le dice que no puede salir y la desmaya de un golpe en la quijada. Ernesto regresa a mirar por la ventana. Uno de los tipos se impulsa para dar un cadenazo a los muslos de Oliverio, que yace boca abajo, mientras otro lo patea en las costillas. Un tercero le levanta la cara para que Durón le parta los dientes con una manopla. A Ernesto se le salen unas lágrimas. Parece quebrarse. Oliverio expulsa sangre por la boca. Los ojos están a punto de salírsele debido a la descarga de madrazos que recibe en la espalda.
Por un momento, Ernesto piensa pedir a Durón y a los otros que se detengan. No lo hace. Se cubre los ojos. Se va de nuevo al baño. Siente que se ha arrancado un pedazo del alma, pero también que ese pedazo es pequeño en comparación con el que Oliverio le arrancó. Ernesto saca su celular y observa a detalle las fotografías.
Afuera ya casi no hay ruidos. Los tipos dejan de golpear a Oliverio cuando éste ya casi no responde. Olvierio ya es solo un organismo que se va apagando.  
—¡Vámonos! —ordena Durón.


Un silencio sepulcral invade el jardín. Ernesto se vuelve a asomar a la ventanilla y ve el cuerpo inmóvil, sangriento y desecho de Oliverio. Entonces se golpea la cabeza fuertemente contra la pared hasta que logra llorar a chorros. Apurado salta de un brinco a la esposa de Oliverio, que yace como obstáculo en el suelo, abre la puerta de la casa y sale gritando que unos desconocidos han matado a su hermano, mientras recibe en su celular nuevas fotografías. En ellas Durón se coge a la novia de Ernesto. Las fotos se acompañan de un breve mensaje: “Me cobré por adelantado, quedamos a mano, pinche Caín.”

Si te gustó este cuento de Francisco Argüelles puedes leer otros que escribió
durante el ciclo de Coaching Literario que realizó, da clic aquí.

El consuelo, Francisco Argüelles

Salieron de consulta con el médico. Pablo ayudó a Inés a subir al auto porque el peso de su vientre complicaba su movilidad. Inés tenía ocho meses de embarazo. Habían esperado siete años desde que tuvieron a su único hijo. Iban conversando de regreso a casa.
—Angelito está muy contento porque va a tener un hermanito  —dijo Inés a Pablo.
—Esperemos que no se ponga celoso cuando nazca el bebé —contestó Pablo.
—Oye, no te vayas por la colonia Iturbide, ya ves que han pasado cosas muy feas por ahí.
—No, mujer. Me voy a ir por Lázaro Cárdenas, aunque el tráfico va a estar pesado.
—No importa.
Y se fueron platicando. Hablaron como otras veces del nombre del bebé, que ya sabían que era varón; de escuelas donde el niño podría hacer el kínder y la primaria; se preguntaron si debían construir otro cuarto o decirle a Angelito que compartiera el suyo con su hermano. Del dinero y de los gastos también hablaron. Pero en ese tema la conversación se convirtió en una discusión áspera porque a Pablo no le estaba yendo bien e Inés no trabajaba. Después de unos minutos en silencio, Pablo acarició una mano de Inés y le pidió que no se preocupara por eso de momento. Él prefería concentrarse en lo guapa que ella se veía ahora que el bebé estaba por nacer. Pasó de acariciarle la mano a levantarle el vestido para apretar suavemente uno de sus muslos.
Llegaron a su casa. Inés se adelantó y subió las escaleras para ir directo al baño. Pablo escuchó el ruido de la televisión que provenía de la recámara de Angelito y se fue directo a su propia habitación para disponer la cama. Cuando Inés se reunió con él preguntó por Angelito y Pablo le dijo que el niño estaba en su recámara viendo la tele. Se acostaron. Eran las seis de la tarde, ya oscurecía. Después de un rato de sexo y de caricias, ambos cerraron los ojos. A los pocos minutos Inés empezó a roncar suavemente y Pablo la miró con ternura. Volvió la vista hacia el techo como queriendo poner su mente en blanco. Los ojos se le empezaban a cerrar cuando escuchó un motor violento y unos rechinidos de llanta que lo alarmaron. Se levantó. Plegó lentamente el borde de la cortina para poder asomar un ojo por la ventana. Lo que vio le dilató la pupila: cuatro hombres armados con cuernos de chivo, veinteañeros, irrumpieron en la casa de enfrente, que era de su compadre Ayala. El chofer del convoy esperaba en una camioneta con vidrios polarizados.
—¿Qué ocurre, Pablo? —preguntó Inés somnolienta.
—Shhh, no hables fuerte, Inés. Hay un comando armado en la casa de mi compadre Ayala.
—¡Jesús! —exclamo Inés mientras trataba de sentarse en la cama.
Pablo observó al chofer de la banda: usaba lentes obscuros y estaba encaramado en su asiento fumando un cigarro. Pablo aguardó intentando buscar –o más bien encontrar– a otros vecinos que también fueran testigos de lo sucedido, o a alguien que enfrentara al comando.
Vio a su compadre salir delante de uno de los bandidos que le apuntaba por la espalda con el cuerno de chivo. Con los brazos arriba, el compadre Ayala lloraba y suplicaba. El verdugo le respondió con un golpe en la cabeza que lo hizo tambalearse.
—Hijo de la chingada —murmuró Pablo.
Durante unos segundos a Pablo se le vinieron a la mente recuerdos de cuando siendo niño iba al parque  a jugar con su compadre. También se acordó de cuando llevaron serenatas a sus primeras novias. Sintió un sudor frío en la cabeza: se acordó de su pequeño hijo. Inés intentó mirar a través de la ventana, pero Pablo se lo impidió, alejándola del cristal:
—Ve a ver al niño, que no vaya a salir —ordenó Pablo.
—¡El niño! —exclamó Inés agarrándose el cabello.
El compadre Ayala fue trepado a la cajuela de la camioneta. Después vio salir de la casa al segundo delincuente que tiraba del brazo a la esposa de su compadre, quien lloraba con desconsuelo. El delincuente ayudó a la señora a subir a la cajuela donde ya se encontraba su compadre.
—No está, no está —gritó Inés desde el cuarto de Angelito.
— ¡Pero si escuché que estaba viendo la tele!
Pablo se horrorizó cuando vio a los otros dos delincuentes salir de la casa de su compadre con dos niños. Uno era su hijo Ángel y el otro el hijo de su compadre. Los pequeños caminaron hacia la cajuela con las manos en la nuca y el rostro serio, sin entender lo que pasaba. Angelito miró pavorido hacia la recamara de sus papás. Pablo sintió que la angustia lo carcomía. También sintió mucho miedo. No supo qué hacer. Dudó si decirle a Inés que el niño estaba siendo secuestrado junto con los Ayala. Ella en ese momento entró al cuarto. Pablo se alejó de la ventana y se dirigió a su esposa.
—Pablo, el niño no está —dijo Inés, agitada.
—Inés…
— ¿Qué ocurre?
Pablo la miró con ojos vidriosos y se quedó callado. Deseó profundamente regresar en el tiempo para entonces poder entrar al cuarto de su hijo al llegar a casa esa tarde, asegurarse de que estaba y permanecería allí.
            —Es que… el niño estaba en la casa de mi compadre y los hombres se lo están llevando también —contestó Pablo afligido.
Inés estalló en llanto. Sintió el peso del mundo encima. Él trató de contenerse pero no pudo. Empezó a sollozar. Pablo bajó la cabeza y su vista se encontró con el voluminoso vientre de Inés. La abrazó.   
            —¡Sal y tráelo! —exigió Inés y evitó el abrazo de Pablo.
Pablo tenía la boca seca. El sabor de la angustia le entumía la garganta. También tenía mucho miedo, un miedo que no podía confesar a Inés.
—Esta gente no entiende, me van a matar.
—Diles que nosotros no tenemos nada que ver con los asuntos de los Ayala.
Pablo guardó silencio. Entonces Inés salió de la habitación. Él quiso asirla pero la desesperación de ella se transformó en una fuerza mayor. Inés corrió hacia las escaleras y Pablo fue tras ella. Inés gritó el nombre de su hijo. Antes de que ella pudiera abrir la puerta, Pablo estiró el brazo para taparle la boca y la jaló hacia atrás. Perdieron el equilibrio. Pablo siguió tapando la boca de Inés con fuerza. Tenía la palma de la mano y los nudillos mojados de lágrimas. A lo lejos se escuchó que la camioneta del comando arrancaba y se marchaba.
—¿Por qué no saliste, Pablo?
—Vamos a recuperarlo.
Inés abofeteó a su marido. Y ahí se quedaron tumbados detrás de la puerta. Llorando. Pablo se aborreció cuando un pensamiento vergonzoso le brotó de pronto como un  consuelo: al fin y al cabo ya viene otro hijo en camino. 

Actualmente Francisco Argüelles cursa un ciclo de Coaching Literario en línea, vive en Texas, USA.
Se forma como narrador,
 empieza a cultivar el cuento. Este cuento tuvo la cualidad de dejar pensativos
a sus amigos y familiares. ¿Qué efecto tuvo en ti? Comparte tus comentarios en esta entrada.

El encuentro, Francisco Argüelles

A la memoria de Carmen Fayad Serna

Salí de la casa de Roberto, uno de mis mejores amigos de la infancia. Él me había invitado a comer y a conocer a su familia, pero solo estuve un rato con ellos porque me sentí incómodo entre tanta felicidad. Al llegar a la esquina de la cuadra pude ver el sitio en donde estuvo la casa de mi abuela. Esta casa tenía un largo balcón con unas mecedoras oxidadas donde mi abuela y mi madre se sentaban a platicar todas las tardes. Mi madre le contaba a mi abuela los últimos chismes del pueblo mientras acariciaba a su perro dorado. Ella escuchaba atenta y de cuando en cuando soltaba una carcajada suave. Estos recuerdos me aceleraron el corazón y me mantuvieron abstraído. No quería estar en la ciudad donde la vida me pasaba factura con puros fracasos: mi matrimonio y mi familia se habían ido al carajo, la última mujer que tuve me dejó por un muchacho veinte años más joven y un venezolano me había ganado el puesto de gerente en mi empresa. Tenía diez días de vacaciones. Se me ocurrió que podía visitar a mi hermano en Mazatlán, pero me acordé que tendría la casa llena con la familia de su suegra. Y con mis hermanas, ni de broma: teníamos años sin una buena relación. Un impulso desconocido me llevó a tomar un camión hacia Huejutla y aquí estoy, frente al edificio donde había estado la casa de mi abuela.
Pensé en visitar el panteón en donde están enterrados mis abuelos y mis padres, pero la idea me entristeció, así que decidí moverme para otro lado. Me fui al centro. Caminé por la calle de las papelerías antiguas y me encontré  a Pepe el gordo, con quien había tenido una riña callejera en la secundaria. Nos saludamos sin rencores. Me presentó a su esposa y a su kínder de cinco chamacos. Después de unos minutos de charla me despedí y me fui al puesto de periódicos. Lo atendía un adolescente moreno con el rostro carcomido por el acné, que veía embobado un pequeño televisor y mascaba chicle con la boca abierta. Eché un vistazo rápido a los periódicos. Exhalé aburrido. Me di media vuelta y volteé hacia la catedral de piedra. Me quedé helado al reconocer a la anciana que estaba en el portón interrumpiendo el paso de las personas. Me miraba fijamente. Me froté los ojos, no sabía si era una alucinación o no. Me llamó a su encuentro.  Crucé la calle y me paré frente a ella.
—¿Abuela?
—Sí, Antonio, soy yo –me dijo con una sonrisa tierna.
—Pero… ¿Cómo es posible que estés aquí?, ¿he muerto?
—Estamos en planos diferentes –me acarició la cara.
La examiné. Lucía un pelo cano y corto: hermosa. Toqué su piel arrugada, sus labios bien pintados de rojo. Iba elegante: blusa rosa, saco negro y en el pecho un dije de la virgen María. Usaba una falda negra de largo hasta las rodillas y unos zapatos de tacón, bajitos. Nos abrazamos. Olía a crema de rosas y lanolina. Le di un beso. Era ella.
Levantó sus brazos y de sus manos salió una luz blanca intensa. El paisaje se distorsionó,  luego giró durante un  rato  hasta que se detuvo y acabó siendo como cuando yo era un niño: boquiabierto, vi sobre las bancas de piedra de la catedral a las campesinas cargando canastas de enchiladas, mas allá, al centro de la plaza, las muchachas de las aguas frescas y los dulceros vendiendo trompadas, pepitorias y gelatinas de atole de guayaba; tordos graznando en bandadas y yendo rítmicamente de un árbol al otro. Y escuché de fondo la música de huapango de don Nicandro proveniente de un puesto de casetes piratas.
—¿Te gusta, Antonio?
—Sí, abue, mucho.
—Llévame a la iglesia, quiero rezar.
Nos colocamos en la primera banca. Mi abuela se arrodilló y miró fijamente al enorme cristo del altar. Se puso a orar, quedito.
—Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre…. —entre sus murmullos escuché—: Por el alma de Antonio Ponce te pido, señor, Dios te salve María llena eres de gracia… Señor, perdona a mi nieto y permítele disfrutar de tu gloria, Cristo: apiádate de él.
Empezó a llorar. Se me partió el alma. Me puse inquieto. Me avergoncé pero no me arrepentí de nada. Ella se puso de pie y se enjugó las lágrimas. Me abrazó. Me sentí contento como no había estado en mucho tiempo.
—¿Qué haces aquí, abue? ¿A qué viniste?
Mi abuela se quedó callada.
—Tengo que irme, Antonio.
—No te vayas, abuela. Te necesito.
Mi abuela comenzó a flotar. Un viento la alejó de mí. Pedí a gritos que no se fuera, tan fuerte que me faltaba el aire.
Me despierto y siento decepcionado. Haber estado con mi abuela fue maravilloso. Checo mi reloj. Son casi las nueve de la mañana. Escucho a una de las mucamas del hotel aspirando el pasillo. Mientras me baño vuelvo a preguntarme qué diablos hago en este pueblo otra vez.  Salgo a pasear para despejarme, como queriendo encontrar en las calles la respuesta a mis preguntas. En el mercado me encuentro a Roberto, a quien no veo desde hace veinte años. ¿Será posible? Me pregunto. Me invita a comer a las tres de la tarde para conocer a su familia. No me cree cuando le cuento que la noche anterior he soñado con él, precisamente con que me había invitado a comer a su casa. Soy puntual pero solo estoy un rato porque me asusto al comprobar que todo es exactamente igual que en el sueño: también mi hastío. Preso de la curiosidad, voy directo al centro, pasando por la esquina desde donde puedo observar el sitio donde estuvo la casa de mi abuela. Camino por la calle de las papelerías antiguas y ¡su puta madre!, aparece Pepe el gordo, su esposa y sus cinco hijos. Como ya sé que no hay rencores, acelero el paso hacia el puesto de periódicos sin esperar a que Pepe termine de hablar. Le digo que me disculpe la prisa, que me da gusto verlo. En el puesto masca chicle el adolescente carcomido por el acné, ignoro los diarios y desde allí busco a mi abuela entre la gente que se apelotona en la catedral.
En el portón metálico hay una anciana que viste exactamente como en el sueño. De golpe entiendo mi viaje a Huejutla: el encuentro con mi abuela es una nueva oportunidad. Mi abuela quiere que dios me perdone y que yo me arrepienta para vivir feliz. Corro y le grito para alcanzarla porque se mete a la iglesia sin mí, pero antes de que pueda cruzar la calle y ver su rostro siento un gran peso que se estampa en mis costillas y…
Actualmente Francisco Argüelles cursa un ciclo de Coaching Literario en línea, vive en Texas, USA,
donde hace un doctorado en ingeniería. Se forma como narrador, siente una gran atracción por el cuento,
género que empieza a cultivar con enjundia. Prueba de ello este interesante cuento, inspirado en
"La rueda" de Ampáro Dávila. Si te gustó déjanos saber lo que opinas en los comentarios de esta entrada.