Google+ Taller de Escritura Creativa de Israel Pintor en España: Manolo Martínez
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Publicamos nuestra primera antología bajo el sello del Taller de Escritura Creativa, en ebook para todo el mundo y en papel para los amigos

"El mérito de este libro de historias no es sólo que entretiene y divierte. El mérito recae en su capacidad para contagiar al lector con la pasión por la escritura, a través de las pasiones propias del escritor que aún se niega a verse a sí mismo como tal, a pesar de que sus letras evidencian vocación. La premisa de estos textos se encuentra en el principio mismo de escribir Cada quien su cuento, donde resalta el ingenio personal de autor. La personalidad de cada uno de los narradores en esta antología es diversa y atrayente. Lo que las une es el ímpetu creador y la frescura propia del novel. No en vano es éste el primer libro publicado por el Taller de Escritura Creativa, un espacio de formación para escritores en toda regla."
Israel Pintor.

La presentación de esta obra fue realizada el jueves 19 de noviembre de 2015, a las 20 hrs. en La imprenta (c/González Cuadrado 22, Sevilla). Hubo lleno total. 


Para hacerte con la versión electrónica ve a la Google Play Store.

Si no puedes o pudiste ir a la presentación, compra un ejemplar impreso a través de PayPal, pagando con tarjeta o usando tu propia cuenta PayPal. Te será enviado por correo postal a tu domicilio (sólo para España).

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Mira, una joven bloguera nos ha hecho una reseña:


Publicaciones de alumnos del Taller de Escritura Creativa


En el aula del Taller de Escritura Creativa se han fraguado y trabajado muchos de estos proyectos editoriales que hoy son una realidad. Conócelos y apoya a sus autores.


Cómpralo

Dodecaedro, Antonia Hierro.
Sinopsis: Hortensia Salazar, una antigua fiscal sevillana que trabaja como asesora del Presidente del Congreso de los Diputados, es pasional, decidida, desenfadada y experta en técnicas de combate.
Adicta al trabajo y a los tacones. Tiene una complicada vida sentimental a sus espaldas, pero en la actualidad solo quiere llevar una vida normal y compartirla con el hombre que ama, algo que le va a resultar muy difícil, pues no ha dejado de investigar el último caso que dejó pendiente cuando abandonó la fiscalía.
En la España del momento, con la crisis económica, la prima de riesgo, el laberinto de la deuda, las tensiones territoriales y ETA en pleno proceso de paz, Hortensia se verá envuelta en una trama de corrupción política y económica, cuyo alcance desconoce pero que amenaza con hacer saltar por los aires las estructuras del país. Será entonces cuando comprenderá el valor de su extraña y compleja familia y lo relativo que es el concepto de normalidad.

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I love the Welfare State. Los ciudadanos por encima de los mercados, Luis Ángel Herrero, Antonia Hierro y Pedro Atienza
Sinopsis: Afirma Robert Skidelsky, el biógrafo de Keynes, que la crisis actual ha revelado un gran vacío ideológico y teórico en el lugar que antes ocupaba el desafío de la izquierda. I love the Welfare State. Los ciudadanos por encima de los mercados es precisamente lo que echa de menos Skidelsky: un desafío desde la izquierda. 
El lector podrá encontrar en esta obra un sinfín de propuestas planteadas desde una percepción de la política profundamente democrática, una perspectiva de la crisis económica claramente keynesiana y una vocación permanente por la justicia social.
Los autores no escatiman en desafíos: cambiar los Tratados de la Unión Europea, modificar la Constitución Española, cambiar la política monetaria europea, acabar con la especulación financiera, pasar de una democracia representativa a un sistema basado en la democracia directa, democratizar los partidos políticos… En definitiva, un proyecto imaginativo y desafiante, de cambio político y económico para Europa y para España.
Con seguridad este libro no le dejará indiferente.

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Cada quien su cuento, Varios autores
"La personalidad de cada uno de los autores en esta antología es diversa y atrayente. Lo que las une es el ímpetu creador y la frescura propia del autor novel. El mérito de este libro de historias no es sólo que entretiene y divierte, no. Su mérito está en su capacidad para contagiar al lector con la pasión por la escritura, a través de la lectura. La premisa de estos textos se encuentra en el principio mismo de escribir Cada quien su cuento, donde resalta el ingenio personal de autor. No en vano es éste el primer libro publicado por el Taller de Escritura Creativa, un espacio de formación para escritores en toda regla." Israel Pintor.
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El atardecer sin mí (IBEROAMÉRCIA EBOOKS, 2015), Agustín López-Raya
Sinopsis: “Podría decirse que Agustín, el protagonista de esta novela de corte autobiográfico, es un hombre común. Trabaja, tiene una casa, una familia. Y como a cualquiera podría suceder, un día Agustín recibe una mala noticia: sufre una insuficiencia renal y para salvar la vida, necesita someterse a un trasplante de riñón.
El atardecer sin mí cuenta la aventura de Agustín en busca de ese riñón que le salvará la vida. Lo curioso de esa búsqueda y de las dificultades que se le interpondrán, es que tienen lugar en las profundidades de sus pensamientos y en el núcleo de su propia familia. Una familia comandada por un personaje poderoso en la obra: tía Fabiola. Esta es una novela que habla de la capacidad de un hombre para alcanzar sus objetivos y la fuerza con que los busca, que en el caso de Agustín es tan alta y egoísta que lo aplasta todo, principalmente a su familia, así este drama, sensiblerías aparte, trata sobre el valor de la familia y muestra cómo se puede ir de la autorrealización a la supervivencia, experimentando una transformación interna.
Escrita con un estilo directo y ágil, ésta novela no se lee, se bebe. Es capaz de emocionarte. Y eso, para un autor novel, es un gran mérito.” Israel Pintor, Taller de Escritura Creativa.


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Escocia misteriosa. Guía secreta (Editorial Almuzara, 2014), Manuel Jesús Palma Roldán.
Sinopsis:  Este es un libro para aquellos a los que les apasione el misterio, y para los enamorados de Escocia y de todo lo que representa. Esta bella tierra tiene mucho que ofrecer además de sus leyendas y sus historias de fantasmas. Un país con una gastronomía espectacular, con tal variedad de paisajes que gustará tanto a los que busquen hermosas playas como a los que prefieran naturaleza en estado puro. Escocia lo tiene todo. Pero es su carácter mágico y legendario lo que realmente la hace especial. Con un pasado bañado en sangre y lucha, su historia está colmada de leyendas oscuras, de personajes malvados y casi demoníacos. Las mismas calles de Edimburgo están repletas de esas almas en pena, desde el castillo hasta South Bridge. Almas que siguen vagando por los oscuros y tenebrosos callejones, con un dolor tan grande que las ha mantenido en este mundo, incluso después de pasar el umbral… Puede que estés leyendo esto y seas escéptico. Que pienses que es imposible encontrarse con un ente fantasmagórico en un castillo, o que tomes como broma la existencia de una criatura desconocida en el Lago Ness. Pero una vez allí, el misterio se vuelve parte del paisaje. Esa es la verdadera magia de Escocia, convencernos de que, más allá de todo lo que podemos ver y explicar, hay un mundo entero de fenómenos, criaturas y seres que, reales o no, están ahí. Escocia y el misterio. Combinados en este libro, es como pisar por primera vez aquella hermosa tierra. Acompaña al autor por los angostos callejones de la encantada Edimburgo, por las galerías de los misteriosos y mágicos castillos, volando en busca de las leyendas, de las criaturas imposibles, de los visitantes que llegan desde el cielo… ¿Te atreves? Si algo es seguro, es que resultará un viaje inolvidable.

El ropero de las mujeres, Manolo Martínez
Sinopsis: El autor reúne en este libro sus colaboraciones en la prensa local y algunos cuentos y poemas. Un batiburrillo donde conviven reflexiones sobre temas triviales, con la opinión sobre serios asuntos locales y de otros ámbitos, de carácter social, político y cultural; en el que dibuja con soltura, humor e ironía, perfiles de entrañables personajes de Carmona, compone melancólicas descripciones de escenarios de su ciudad natal, o hace reseñas literarias y cómicas instantáneas de la vida cotidiana.

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Rumbo a Gaia (Edimáter, 2010), Antonia María Carrascal
Sinopsis: Clara conduce enfadada por una carretera costera, hasta de una vida monótona a la que no encuentra sentido.
Cuando una ola descomunal salta el malecón y empuja su coche volcándolo, Clara observa sus pies atrapados, mientras su conciencia se sume en un mundo de tinieblas que pronto desaparecerán para mostrarle vivamente las razones de su vida, que hasta ese momento no comprendía.
¿Hacia dónde apunta la flecha que señala el lugar y el tiempo en que se entremezclan la realidad y el ensueño?
Una novela de tema original y gran ternura que abre una puerta de comprensión a la razón de cada vida y a los acontecimientos que se desenvuelven en ella, pues todos tienen una razón de ser, y sólo a través de las experiencias es posible la evolución.
A lo largo de toda la obra está presente el valor de la Vida en toda su dimensión.

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El hombre que te habita (Edílica, 2014), Antonia María Carrascal
Sinopsis: El hombre que te habita devela el grito de muchos; devela un estallido de conciencia poética de acusado civismo ambientalista que no deja, sin embargo, de ser esa voz certera que engrana en su conjunto un texto de probado lirismo.
Antonia María Carrascal transita en su libro por la vida mancillada de un mundo no salvado aún y necesitado de ese Hombre Nuevo que revisita en sus versos, ya sea mediante sonetos de sobria factura o a través de la versificación libre, despojada de oscurantismos metafóricos o hermetismos insulsos.

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Recuentos, Marisol Herrera
Sinopsis: Si metemos en una maleta cuadrada, de cuero, de las antiguas, nuestros recuerdos de infancia, nuestros amores posibles e imposibles, una pizca de mordacidad, un tanto de estupor, varios litros de ternura, un pellizco de socarronería, mucho arte y mucho amor y la ponemos en ese tren traquetean que llamamos vida, al abrir la maleta obtendremos exactamente lo mismo que al abrir este libro que Marisol Herrera Rodríguez nos ofrece, destapando las esencias de sus relatos y microrrelatos para deleite de nuestra alma.

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TEMPUS EST DOMUM IRE. Es hora de volver al hogar (Ediciones Ende, 2013), Adela Llerena
Sinopsis: “Ángela Granados Luque, de treinta y cinco años, soltera y sin pretensiones de dejar de serlo, promiscua, agnóstica recalcitrante, fumadora, bebedora empedernida y adicta al trabajo...”, comienza a tener sueños o visiones con repercusiones en su vida cotidiana.
Además del desconcierto que esto le produce, su vida y relaciones comienzan a tener un sentido diferente.
Se ha dicho de esta obra: “Es entretenida, ágil y de muy fácil lectura. La trama es atractiva y absorbente. Y se trasmiten con asombrosa simplicidad asuntos y temas de enorme enjundia consciencial.” Emilio Carrillo.


Celebramos juntos la pasión por la literatura

Tuve el placer de reunirme con algunas de las personas que han formado parte del Taller de Escritura Creativa para celebrar. Celebrar varias cosas: la llegada de la Navidad, los poco más de tres años de vida de este espacio conformado por apasionados de la literatura, pero sobre todo para celebrar los vínculos de amistad y fraternidad que se han ido estableciendo con el paso del tiempo.
Las personas que están suscritas al boletín de noticias recibieron, a principios o mediados de noviembre una invitación para comer y conversar. Recibí la respuesta de mucha gente, toda entusiasta. Desde aquí agradezco a los que enviaron felicitaciones y aprecio a través de los diversos medios de contacto y que desafortunadamente no pudieron acompañarnos. A quienes sí tuvimos la posibilidad de compartir esa maravillosa tarde del 19 de diciembre envío otro agradecimiento y un abrazo apretado y cálido (que no viene mal con el frío que atormenta ahora a Sevilla). Como lo prometí, aquí está la foto de recuerdo. Perdonar, por favor, la mala calidad de la imagen, así como la demora para publicarla. Que nos sirva a todos para conservar en la memoria una tarde espléndida de manjares italianos, historias varias y amor por la literatura.
De derecha a izquierda: Amanda Panella (escribe actualmente un drama amoroso que pinta para convertirse en novela corta); Cynthia (compañera guatemalteca que se encuentra de visita y decidió sumarse a la celebración, amiga de Raimundo Lión); Arturo Muñoz (quien casi concluye una novela titulada La casa del acantilado que narra las desventuras amorosas de una mujer "ingenua" de principios del siglo XIX); Manuel Martínez (columnista en un diario local de Carmona que escribe un libro de relatos unidos por el personaje protagonista: un tal Gumersindo que tiene mucha guasa); al fondo Margarita Ramírez (escribe un sensible relato intimista, de esos que enchinan el pellejo porque nos hacen reflexionar sobre la vida y la muerte); Agustín López Raya (un hombre-novela que ha demostrado en muy poco tiempo tener madera de narrador, madera de la buena, que escribe actualmente una historia autobiográfica que desarmará a más de un lector); Estela (una seguidora entusiasta que probablemente se nos una la temporada siguiente y quien amable se acercó a conocernos); un servidor, de quien no hace falta decir nada y finalmente Raimundo Lión (a quien mencioné antes sin decir que actualmente es alumno del curso intermedio dedicado a la práctica de los diferentes tipos de narrador, apasionado lector, atento alumno, autor atractivo que ha publicado en este blog textos francamente seductores y quien además nos agasajará próximamente, igual en este blog,  con un texto sobre su experiencia en el TEC). A todos: gracias por compartir conmigo una tarde atípica de lluvia en la Sevilla que recibe ya el año 2014.
Israel Pintor

Diciembre, 2013

Memorias de un Vaina, Manolo Martínez


A la misma hora que disparaban al presidente Kennedy, en Dallas, la  madre de Gumersindo daba el  último empujón para que éste naciera. Su  padre siempre pensó que ésta era una señal inequívoca. Su hijo sustituiría a un líder mundial, en el ciclo vital (esto parece El Rey León).
Gumersindo sólo tenía grande el nombre, de ahí, que toda la familia le llamase cosita linda, por amortiguar al despectivo cosita. Un cerebro que crece atendiendo a Gumersindo, o a cosita linda, estaba destinado a ser carne de traumas. De hecho, su primera visita a urgencias fue al traumatólogo. Gumer había intentado emular al abuelo de la Familia Monster, y saltó  desde la cómoda, desplegando sus piernecitas como si fuera un murciélago, pero no lo era. Posíblemente, el malogrado vuelo atendiese a que Gumer, siempre le había oído decir a su padre: Este niño llegará lejos.
Ese deseo empecinado de éxito, sería todo un calvario para el hijo del padre, al que  le gustaba exhibir, a Gumer, ante sus amigos y familiares, como una futura personalidad. Él siempre se sintió irrealizado, y por nada del mundo consentiría que su hijo, le sucediera en el trono de los hombres grises, de los irrelevantes, de los don nadie. Gumer no. Gumer era mejor y, además, estaba él para no dejarle bajar la guardia.
Mientras, Mary Quant, inventaba la escueta y demoníaca, minifalda, que traería  muchos disgustos, tras otros tantos gustos. Aquello de “haz el amor y no la guerra“, seguro que  surgió, tras ver en danza tanta pierna minifaldera.
Gumer, crecía entre los gritos de Pedro Picapiedra: ¡Viiiilmaaa, abre  la  puertaaaa¡ y la sugerente imposición de su padre: ¡Gumer tú serás el mejor¡
El primer intento fue meterle el gusanillo del toro. Por entonces se hacía millonario un pillo valiente que respondía al sobrenombre de El Cordobés.
—Mira hijo, si es muy fácil, das cuatro saltitos de rana, delante de 500 kilos negros y cornudos y, en los 20 minutos que dura la faena, ganas  el sueldo de dos años de tu padre. Venga, mira Gumer, así: ¡ehe toro, ehe...!
Pero, Gumer, no pasó de tres verónicas, con una servilleta de cuadros, en el cuarto camilla. Lloraba cada vez que papá se ponía los dedos en la frente para embestir.
Definitívamente, no sería nadie trascendental en el arte de Cossío. Claro que, dicen, que cada vez  que se cierra una puerta, se abre una ventana, y entonces, corrió el rumor de cómo, a Walt Disney, le habían congelado, poco antes de morir.
Al parecer, con esta técnica, podía uno descongelarse años después, una vez hallado el remedio para la enfermedad que te llevó a congelarte. La abuela de Gumer, siempre mantuvo que, congelar y descongelar, echaba a perder el pescado, aún así, el padre de cosita linda, vio un posible filón, si su hijo conseguía entrar, en la élite de los dibujantes  Era la llave a la congelación y descongelación, a la eternidad. Pero, entre otras trabas, el pequeño era daltónico. No era, precisamente, un aval para ser el número uno con los colores. En fin, otra puerta cerrada. Este niño le iba a provocar dolores de cabeza. No había asumido aún, el estropicio, cuando escuchó en el telediario, cómo un tal  Christian  Barnard, le había cambiado el corazón a un hombre. Sí, tal como lo oyen, y el tío seguía vivo, ¡con el corazón de otro! ¿Un trasplante? Y, que importaba el nombre de aquel prodigio, iba a ser una máquina de hacer dinero. ¿Cuánto podría cobrar por cada corazón? Sólo había un conque, ¿de dónde sacaría los corazones nuevos? Bueno, esas nimiedades, no iban a romper sus sueños de momento (La ostia, Gumer, tú serás cirujano, el mejor cirujano del  mundo, rumiaba su padre).
Primero llevaba a su hijo, todas las tardes, después de la catequesis, a la carnicería del barrio, para que cogiera destreza en el manejo de los cuchillos, destripando puercos.
Luego, pasó al segundo grado y,  cada vez que alguien moría en el pueblo (de muerte no natural) allí estaba el padre, dándole una propina al forense, para que le dejara presenciar con su hijo la autopsia. Había que familiarizar al niño con la cirugía, y que mejor forma que, observando el despiece de uno, que ya no tenía arreglo.
Tras cada disección, el pequeño Gu, se llevaba dos o tres días metido en la cama, vomitando, y llorando¡Qué bestia era papá ¡
Joder, el campo del triunfo cada vez se estrechaba más para un pusilánime como Gu.
Entonces, una canción, Benidorm, y la cara de tonto de Julio Iglesias, hicieron comprender al padre que La vida sigue igual, y que triunfar era sólo cuestión de insistir.
Ni Gu era más feo que Mick Jagger, ni parecía que fuese a ser más bajito que Raphael, ni siquiera más soso que Julio Iglesias. Había una única salvedad, el pobrecito no cantaba, graznaba. Como mucho, podría hacer los coros del  Je  t´aime moi non plus.
Cantante, tampoco. La cosa se iba poniendo negra.
Don Manuel Fraga (el demócrata popular –sic.), alertaba sobre el anarquismo, y la subversión, que imperaba entre los universitarios, por lo que impuso el estado de excepción en España tres meses. Entre tanto, Urtain, se ganaba la vida a puñetazos, y llegó a ser Campeón de Europa. ¿Gu, boxeador?, como no fuera de los pesos plumas...
En aquellos mismos tiempos, el F.C. Barcelona fichaba a un holandés que hizo soñar a Hispania con ser futbolista, Johann Cruiff. Cosita Linda, hubiera triunfado como pelotero, de no ser porque aquel tremendo porrazo desde la dichosa cómoda, no le permitía correr más de diez minutos sin resentirse, y, claro, los partidos duraban noventa minutos, sin contar los entrenamientos. En fin, que a Gu se le iban cubriendo “sus partes” de vello, y aún no había dado con su vocación, o mejor dicho, con la vocación de su padre. Él no tenía tiempo de buscar la suya.
Federico Fellini, estrenaba su nostálgica Amarcord, cuando nació Penélope Cruz. Si Fellini, hubiese intuido que, Javier Bardem se la comería, a Penélope, en Jamón, Jamón, seguro que hubiese esperado a Pe, para hacerla parte de sus recuerdos. Pero la vida no espera, como poco,  acelera, ¡y cómo¡
En  1975, media España lloraba. Algunos dijeron que era por la muerte de Franco, aunque la mayoría sabía que era por La Casa de la Pradera. Aquel año se estrenó El exorcista, Manolo Otero triunfaba en la canción, y se declaró como Año de la Mujer, como comprobarán, si no se muere, el caudillo, se hubiese suicidado.
¿Y Gumersindo Cosita Linda? Había dejado a un lado todos los sueños de su padre, y se dio cuenta, de que era un pobre hombre, huérfano de ilusiones. No tenía proyectos.
Era lo que sus amigos llamaban un vaina. Gumersindo Cosita Linda, el Vaina. Joder.
Ya era demasiado tarde para trazar planes. La vida era finita, y la suya también. ¿Cual sería su destino?  ¿Estaría en las páginas de un libro de Paulo Coelho? ¿Quizás aquella vecina solterona, que siempre le espiaba escondida tras el visillo? (¿Y el Corte Inglés, tendría su destino? Siempre que no encontraba algo, se lo topaba tras subir las escaleras eléctricas de los grandes almacenes, era algo prodigioso.)
Al final, decidió prepararse unas oposiciones, al fin y al cabo, todo el mundo lo hacía. Aprobó justo el día que cumplió los cincuenta y dos. A  los pocos años se acogió a un convenio de prejubilación, y ahí  anda, dejándose  llevar por las escaleras eléctricas del Corte Inglés, todas las mañanas y de lunes a viernes. No va a ninguna reunión de antiguos amigos, porque dice que no tiene tiempo. El cine le aburre, y la tele no digamos. Su vista ya no le permite apenas leer. El visillo de la casa de enfrente lleva varios meses sin despegarse del cristal. Dicen que siempre la quiso en silencio, y ella a él, pero, aquella ridícula cortinita, llena de encajes, y un vidrio, fueron el único escenario para sus encuentros.
—Si papá estuviera aquí ahora, seguro que me aconsejaba como morir —pensó Gumer en la soledad de una cama de hospital.

Penduleando, Manolo Martínez


Un péndulo se mece

entre mis sentidos y mi razón.

Un ahora sí, ahora no

 Una  duda, una vacilación

Una-muno me contagió

su nostalgia de Dios.
Me hice creyente

por solo dos monedas:

mis dos hijos.
Estirarles la vida,

más allá de la vida,

bien valía mi traición.
Aún así,

danza en mi amor,

la aterradora pregunta:

¿sóis hijos míos,

o de las sombras de Platón?
La certeza

es un estado ridículo,

me recetó Voltaire,

una noche de desesperanza.
O ipso facto

florecen muchos Pablos

cayéndose del caballo,

o se matrimonian

las sotanas y el caos.
Y, aún así,  me duele reducir

a Sara Vaughan,

 y a una hora de taberna

con una cerveza bien fría,

al azul y a los viernes,

a Roma y a las risas,

a un beso rubio de cuatro años

o a un papatequiero  de once,

a un mísero sanseacabó.
Necesitamos urgente

un SMS del todopoderoso

un comunicado vaticano,

una encíclica,

cualquier cosa

que nos tergiverse.

Pero,

cómo van a  dormir para siempre

las sonatas de Bach,  

las putas de Fellini,

los cerezos del Jerte

o tu risa de navidad.
Puede que él no estuviera nunca,

y que lo del opio del pueblo

fuese una verdad más.

Puede que todo sea cera derretida,

y un pabilo que se apaga .
O quizás

 aparezca algún día,

si desescombramos los púlpitos,

si vaciamos los dogmas de cieno,
 
o si vendemos los candelabros de plata.

El desamor, Manolo Martínez

Te empecé a querer demasiado pronto, cuando la vida era, aún, una larga noche que se alimentaba de música, miradas y utopías. Primero te metiste bajo las sábanas de mis pestañas, para luego saltar, como poseída, entre mis cejas, disfrazada de pensamiento. Casi no quise quererte, pero tú me reclamabas para ofrecerme el mundo. Todavía espero ese cielo que me juraste, hace ya, más de dos docenas de años. Y lo peor, es que seguimos viéndonos. Cada jueves, a escondidas, tú y yo. Yo te escucho y tú me invitas a todo cuanto no tengo pero deseo. Mi mano te acaricia levemente antes de despedirnos y decirnos siempre lo mismo: “... si ocurre, ésta habrá sido nuestra última cita.” Luego, como nunca sucede, nos reencontramos cada semana para mentirnos de nuevo y nadar en una hipotética felicidad. Hoy, que a punto estoy de dejar lo nuestro, hago recuento, y, aunque el saldo es favorable, pues tus mentiras fueron los sueños que me mantuvieron en pie, he decidido afrontar la verdad. Y la realidad es que, mientras yo apostaba una y otra vez por lo nuestro, tú te entregabas a otros delante de mis narices. Tu infidelidad fue una carga llevadera, mientras mantuve la esperanza de ser el próximo en tu privilegiada lista… Por todo esto, hoy juro, ante los arcanos de nuestra pasión, que te dejo para siempre. Pese a mi decisión, aún viven en mi memoria las distintas composiciones con que intenté encandilarte. Todas desiguales, seductoras, estudiadas. En ellas iban mi fecha de nacimiento, el día de nuestro primer encuentro, la edad de mis hijos, el número de mi casa... y no sé cuantas más absurdas combinaciones, todas infructuosas. Vana ilusión, marchita flor, esperanza asesinada con nocturnidad y alevosía. Otros te gozarán, yo ya renuncio. Hoy, como Ulises, me amarro al palo mayor de la certeza, para no sucumbir más a tus cantos de sirena. Y, por favor, no oses devolverme nada de cuanto te di. Quédatelo todo.
En esto del amor, o todo o nada, no quiero ser tu amigo por un despectivo reintegro. Ah, y dile a la madre que te parió, que la idea era buena, vender ilusión. Pero el desigual reparto no equilibra la balanza. No hay ecuanimidad entre los que invertimos todas nuestras quimeras y los que sólo recaudan sin más gastos que un bombo y siete bolas de plástico (seis más el complementario).
Lo intenté, pero no pudo ser. Hasta nunca, amor mío. No tiro más un euro en la primitiva.

Don Aquilino y los jíbaros, Manolo Martínez


Todas las mañanas, antes de entrar a clase, rezábamos, repitiendo, como loros fervorosos, cada frase de la plegaria del señor director.
Allí  arriba, al final de una escalinata de mármol, don Aquilino era Dios. Su voz nos llegaba con profunda claridad hasta los últimos de la fila. No es que Dios (don Aquilino) tuviese una voz portentosa, más bien la tenía aflautada, pero la asociación de padres (los pelotas de don Aquilino), le habían regalado un megáfono. Prodigioso invento, salvo que alguna que otra vez, justo cuando el director iba terminando el mantra cristiano con él: … mas líbranos del mal …, aquel artefacto soltaba un pitido infernal que nos impedía entender el final de la oración. De inmediato desaparecía el chiflido y escuchábamos con claridad: ... esta mierda…. será de las pilas …, frase que, nosotros, repetíamos fervorósamente: ...esta mierda… será de las pilas … amén, como punto final de la oración, entre risitas contenidas. A primera hora, siempre teníamos lenguaje, y a última, Educación Física. Entre ambas, un infierno. Tantos teólogos intentando explicar  tratados ininteligibles sobre la eternidad y yo la había descubierto en tan corto espacio de tiempo. La eternidad era, con toda seguridad, el intervalo de horas que transcurrían desde la clase de Lenguaje hasta la clase de Educación Física. A punto estuve de comunicarle mi descubrimiento a don Aquilino, pero ¡qué cojones¡ con lo que me había costado dilucidar aquel dogma, y se lo iba yo a ofrecer gratis... já. Si alguna vez tuviese necesidad de un gran favor por su parte, intercambiaríamos mercedes.
Don Aquilino, era el típico profesor que me preguntaba, sólo, cuando yo no me sabía la respuesta. Me tenía estudiado y siempre me cazaba. Y eso que yo (al menos en materia religiosa) intentaba comprender las enseñanzas de don Aquilino sobre los misterios cristianos. Lo hacía, llevándome los milagros a mi terreno. Así, el tan apasionante milagro de Lázaro, era facilísimo de entender. Se producía este milagro al sonar el timbre que indicaba el final de la última clase. El timbre me murmullaba al oído: Levántate y anda...y vete ya a tu casa, Juanito.

Y así todo ¿La Resurrección? Chupado. Cada vez  que mi compañero de comedor me intercambiaba por debajo de la mesa mi plato de macarrones con tomate por su postre de chocolate, yo resucitaba. La verdad, tampoco es tan difícil entender la religión y a los curas si pones un poco de interés, coño. Bueno, sin coño, si no es imposible. Además, las madres ayudaban bastante en la pedagogía religiosa.
La mía, me implantó el hábito de rezar de forma sutil, con sugerencias como:
Reza para que esta mancha salga de la alfombra, y otras parecidas. Lo que sí era un auténtico misterio para mí, era comprender como sobrevivió mi generación a tantas horas de ayuno. Los días que comulgábamos (que eran los tres ó cuatro días por semana que teníamos misa) debíamos permanecer sin probar bocado desde que nos levantábamos hasta que nos ofrecían el cuerpo de Cristo en forma de una oblea (ahora entiendo porque mamá acabó aficionándose a las misas, eran un plan de dietas rápido y barato). Luego los días de baño había que guardar otras dos horas de ayuno antes del remojo.Y como colofón, el comedor, lugar al que le tuve verdadero pánico por aquellos olores indefinibles, y donde mis ayunos eran más frecuentes que mis comidas. Una tarde, don Aquilino, nos anunció la visita de unos misioneros procedentes de lejanos países, que nos darían charlas sobre sus experiencias en la evangelización de otros mundos. Además, para hacer más comprensible y ameno su mensaje, habían traído consigo una exposición sobre las costumbres de los pueblos indígenas. Estupendo, al menos romperíamos la rutina diaria. Algo interesante habría en esa exposición. Y lo había. Al día siguiente lo descubriría.
Al entrar en la sala de exposiciones, pensé que aquello iba a ser un latazo.
Ví cabezas de muñecas, feísimas por cierto, metidas en unas urnas de cristal. Pero, cuando el misionero empezó a explicar que aquellas cabezas eran humanas y no muñecos como pensábamos, todo cambió. Nos explicó que los jíbaros eran unos indios del altiplano ecuatoriano que reducían las cabezas de sus enemigos al tamaño de una naranja. No he vuelto, a día de hoy, a comerme una naranja. Al parecer, estas cabezas reducidas, les libraba de los espíritus malignos.¡Cómo para no librarlos! De los malignos y de los benignos.

Pero lo peor vino cuando nos deleitó con la receta para achicar los cráneos. Había que pelar la cabeza (supuse que primero había que haber matado al dueño, mas que nada, para no oír las quejas). Pues bien, tras condimentarlas con  secretas pócimas, la introducían en una olla. La ahuecaban sacándole todo (Dios mío, llegados a este punto, tuve una horrible náusea y un temblor recorrió mi cuerpo desde los dedos de los pies hasta mis  pestañas). Luego, nos explicó con detalle (había que ser morboso), como le cosían el cuello y le introducían arena caliente por la boca. Aquel día pusieron en el comedor macarrones con tomate. Pueden ustedes imaginarse la cantidad de macarrones que comí. Al parecer, esa arena, era la causante de la reducción. Durante años, cada vez que íbamos a la playa, mantenía la boca cerrada y los dientes bien apretados, no fuera a ser que alguien se hubiese olvidado algunos granos de aquellas pócimas por allí y  me encogiese la cabeza en un plis-plas. Por último la cubrían con tierra y piedras. Al cabo de un tiempo la desenterraban, et voila ... ya teníamos la carita reducida. Nunca más salió el miedo de mi. No sé por qué regla de tres, saqué la conclusión de que aquello le ocurría a los que no se portaban bien, y en un trimestre, pasé a ser el número uno de la clase, pero de largo. Me convertí en el empollón, pelota, no sucumbí a lo de chivato por poco. No olvidaré el día que sorprendí a mi madre metiendo y sacando algo de una olla hirviendo. Parecía sujetarlo por unos flecos que parecían pelos. Yo tuve el presentimiento, de que aquello era la cabeza de mi padre, que mi madre estaba hirviendo,  como parte del proceso para achicarla como los jíbaros y luego exponerla encima del televisor, junto al toro de fieltro (como a mi padre siempre le gustaron mucho los toros). Mi madre discutía mucho con mi padre, y aquella hipótesis no me pareció descabellada. Bueno, descabellada sí que era.
Eran casi las 10 de la noche y papá, que solía ser puntual, no había llegado a casa. Yo siempre pasaba mucho miedo hasta que volvía papá. Mi padre tenía que sobrevivir a un seiscientos sin cinturón de seguridad, sin airbag, y con más ocupantes de los permitidos por la Dirección General de Franco (perdón de Tráfico) Claro, que los niños de entonces también nos arriesgábamos de lo lindo, montándonos en aquellas BH sin casco, o chupando agua sin embotellar de cualquier grifo, o columpiándonos en una simple cuerda que colgábamos de cualquier árbol, qué horror, cada vez que lo pienso se me eriza el vello, hoy que le esterilizamos el chupete a nuestros hijos si le rozamos la mano.
Lo mismo que ocurre con la educación maternal. Estamos a años luz de nuestras madres, por ejemplo, cuando nos enseñaban lenguaje encriptado.
No me... no me..., que te... que te...
O aquellas  diarias clases de odontología: Si me vuelves a contestar así, te estampo los dientes contra la pared.
¿Y de las clases de ginecología avanzada?, cuando decían:
Tenía que haber cerrado las piernas cuando naciste.
Impagable. No hay color con la nueva metodología.  Pero claro, así nos va, que  podemos poner en el futuro una granja de  gilipollas  y no de hombres hechos y derechos. ¿Como nosotros?
Bueno volviendo a lo mío, como papá no llegaba, mamá insistía en que nos acostáramos ya. Seguro que era para finalizar el endiablado procedimiento y dejar la cabeza de mi progenitor del tamaño de una naranja. No pude más y se lo conté a mi hermana. La muy ... se echó a reír a carcajadas. Hasta lloró de la risa. ¿Tanto rencor le guardaba a papá por dejarla sin salir el fin de semana? No hay nada más cruel que un niño, pensé. Y me acosté. No conseguía dormirme. Estuve escuchando ruidos de cacerolas y artilugios metálicos mucho rato .El proceso (pensé), justo cuando tenía pensado descubrir a mi madre en plena faena, alguien encendió la luz de mi habitación y me dio un beso. ¡Era mi padre¡ Mamá no había podido con él. La verdad es que la cabeza de papá no era cualquier cosa, y reducir aquel tremendo cráneo no era tarea baladí. El domingo a mediodía mi madre nos explicaba (mientras comíamos) lo costoso que le había sido preparar aquel pulpo a la gallega, introduciéndolo y sacándolo mil veces de una olla tan pequeña para aquel pedazo de animal. Mi padre y yo, de tácito acuerdo, la escuchábamos como si la estuviésemos creyendo. Fue un secreto  entre él y yo, del que,  aún hoy,  no hemos hablado. Los problemas de la pareja son para la pareja, por muy padres de uno que sean.
Eso sí, lo que nunca permití, es que mi madre tuviera una olla lo suficientemente grande  como para que cupiese la cabeza de papá.

Cuando por fin se fueron los misioneros, don Aquilino siguió con su metodología, sacada de un antiguo manual de la cristiandad (supongo que del medievo): La primera virtud que se ha de practicar al levantarse es la diligencia, saltando presurósamente de la cama en cuanto llegue la hora, nos aconsejaba a golpe de megáfono. Yo, que  no tenía un vocabulario extenso, interpreté que la diligencia era ese carro de cuatro ruedas tirado por caballos que utilizaban en las películas del oeste. Así que yo me imaginaba que la cama, era la diligencia  que yo tenía que abandonar saltando, literalmente, para no despeñarme por algún desfiladero hacía el que corrían 4 caballos desbocados. Yo era Johnn Wayne  jibarizado,  con mis patitas arqueadas y mi mirada, tierna, y dura a la vez. Aún hoy, cuando dan las siete de la mañana, asusto a mi mujer cuando abandono la cama como disparado por un potente resorte, y es que el jodido de don Aquilino, cuando enseñaba algo, era para toda la vida, no como hoy.
Otra definición  de nuestro libro de cabecera me tuvo en vela muchas noches. Era la definición de demonio, que decía así: el demonio tiene miedo de la gente alegre que le dio cuerpo a mis sospechas, don Aquilino era el demonio con sotana. Tan sólo le vi sonreír  una vez. Era una sonrisa  a la que habría que haberle hecho la prueba del carbono 14 , para detectar  en que año comenzaron los músculos de la boca a desplazarse , hasta conseguir aquel esbozo de sutil alegría. Luego, un verano, de repente, se acabó el colegio. Después de muchos años compartiendo, amenazas, y algunas risas, un puñado de indecisos aterrizamos en el bachillerato.
Más libros pero menos control. Más chicas y menos miedos. Libertad a sorbitos... la adolescencia irrumpió como un trueno, iluminándolo todo. Y yo me convertí en pura fantasía. Creí que nunca pasaría. Y que si pasaba, vendría una segunda juventud y una tercera. Y no fue así. Tras la adolescencia, me asustó la vida. Llegó sin avisar, ese ente intangible, con el que me amenazaba siempre mi padre: Ya te enterarás…
Y vaya si me enteré, si me estoy enterando. La he conocido en una de sus menos apetitosas formas, como doña rutina, cuando los días son una interminable sucesión de minutos preñados de segundos. También la he catado como quitadogmas, arrebatándome las verdades que me cubrían como capas de cebollas. Ni los más listos eran los más ricos, ni los más buenos los más felices, ni los malos iban al infierno..., joder, habían estado engañándome durante 14 años.
En fin, a estas alturas de mi vida, puedo asegurarles que mi infancia, como la de muchos niños de mi generación fue inolvidable, por mucho que se empeñe el terapeuta en borrarla del sistema límbico. Yo, como otros, intenté exorcizarla  con mucho yoga, ejercicio físico, una alimentación a base de mucha soja (para el tránsito intestinal) y  omega 3, y la escritura (para el tránsito cerebral). La escritura  le regaló  una tabla de salvación a mi autoestima. Y empecé a convivir conmigo mismo, pero no podía pagar ni la omega 3, ni la soja. No había talento no sé si por mi parte o por parte de quienes me leían, o por quienes ni siquiera me leían, que eran los más.
El caso es que yo no podía llevar comida a mi nido, y  me entregué a ese horror de trabajar 8 horas diarias, de lunes a viernes, en la cárcel de una oficina, sentado y estoico, como un Bartleby cualquiera. Yo, como el personaje de Boris Vian  de La Espuma de los días, trabajaba sólo y exclusívamente para poder regalarle flores a mi amada (aparte de pagarme la soja y el omega).
Para mi necesitaba bien poco. Pero a mi amada y a mis polluelos no podía faltarles de nada. Y trabajé. Y dejé de escribir.  Pero antes de hacerlo, decidí apurar mis dos últimos cartuchos y presenté mis dos últimas novelas, a un concurso de reconocido prestigio. Las bases dejaban bien claro, que sólo se permitía una obra por autor.
Yo, que tenía claro que no volvería a escribir, hice trampas y presenté las dos. Una la inscribí con los datos de mi mejor amigo, que por cierto, me aconsejó no presentar esa novela por que le resultaba pésima. Pero gané. Me llevé el primer premio .Tan bien dotado económicamente, como para escribir con desahogo los próximos veinte años. Sólo había un pequeño problema la novela que ganó fue la que presenté con la firma de mi amigo: MEMORIAS DE UN VAINA. El título lo decía todo. Gané sin ganar. La foto de mi camarada inundó todos los periódicos especializados de la prensa nacional. Mi socio se paseo por todos los platos de televisión. Y le propusieron un contrato de por vida, con una importantísima editorial. Estaba condenado a escribirle a mi amigote  el resto de mi vida. Nadie supo nunca la verdad, sólo mi aliado y yo. Ahora bien, pude vivir de lo que amé toda mi vida, de escribir.

                                                                                                          A don Aquilino,
                                                                             por sus hostias y sus ostias,
que casi logró hacer de mi un ser infeliz,
 y,  por ello, escritor.