Google+ Taller de Escritura Creativa de Israel Pintor en España: Borradores
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Kaspar sabe historias, Valentin Tritschler


I

Kaspar sabe historias, ni uno de los niños aquí las entiende. Los adultos, de todos modos, no le visitan nunca, suelen esperar en algún sitio cercano y de vez en cuando levantan la vista – anteojos oscurecidos tras una revista multicolor – o interrumpen sus charlas por un instante para echar un vistazo a los niños como si desconfiaran de Kaspar.
            Y los niños no entienden las historias, ésas de los príncipes tan jóvenes y las doncellas tan bellas, de los lugares lejanos llenos de camellos parlantes, de los oasis que susurran y las estrellas tristes que alguien colocó algún día en la cortina de la noche para que su luz les alumbre el camino a los amanentes....
Todos los vientos de este mundo alguna vez pasan por aquel lugar donde está el buen Kaspar, y traen consigo todas las historias que jamás se ha contado. Él las conoce todas, los del sur, del norte, del este o del oeste, si soplan unos vientos sobre Kaspar y su pueblo, siempre dejan un cuento o dos y también él revela uno con placer, mandándolo al viaje.
            ¿Por qué no escuchan los niños?, se pregúnta Kaspar, ¿por qué no entienden? Había un tiempo maravilloso cuando incluso los adultos y ancianos me escuchaban atentamente como cautivados, contentos, así como si hubieran sido ellos los héroes y las heroínas de mis historias... Y de verdad, era así. Pero hoy Kaspar ya no sabe que decir sobre estos niños que se sientan a su lado, y aún menos se le ocurre algo sobre los padres. Y con cada grano que le tráen los vientos a Kaspar crece la comprensión de que les deberá pasar igual a todos los otros en el mundo que son como él.
Mientars soplan los vientos el mar le lame los pies a Kaspar, tritura las rocas, mola las piedras y cosquillea los granos; trabaja y juega, y a vezes, con un poco de suerte arroya una perla.


II

Los niños ya no entienden las historias, no escuchan cuando están sentados ahí con palita y excavadora en los manos perdidos, sin saber qué hacer con ellos. Donde antes, en la espalda gigantesca de Kaspar crecían mundos fabulosos, donde sus cuentos parecían hacerse realidad por medio día o a lo mejor un poco más, hasta que se los coma el viento, no les ocurre otra idea a los niños que a cavar unos agujeros horriblemente profundos o amontar unas colinas toscas y tan altos que se marea Kaspar. Y estas gargantas y serranías ya no desaparecen después de un rato como antes, llevados por el viento y el mar, no, a Kaspar le parece una eternidad que perseveran. Resistan hasta que vengan otros niños, perros, aplanadoras para finalmente derribarlo todo. El dolor de Kaspar. Heridas que se rompen otra y otra vez, llenas de la propia sangre coagulada...
            Por todo esto se pone inifinitamente triste Kaspar. Ya no son tan coloreados y alegres sus cuentos como antes, ya siempre gana el mal al final y desanimadamente murmulla para si mismo cuando le visitan los niños; da igual, de todas maneras no vienen por él o su farfulla estúpida.
            Quizás debería intentar escapar de aquí, se piensa Kaspar un día. Pero naturalmente sabe que sería imposible, no importa cuánto se esforzara. Además no tendría sentido porque en todos los otros lugares le esperaría lo mismo como aquí en este sitio al lado del mar donde hay muchísimos niños, sobre todo en verano, y donde en el fondo le gusta tanto estar a Kaspar.
            Aquí es allí es allá. No se puede huir Kaspar, su tarea es contar historias y él conoce el mundo de los cuentos y los cuentos del mundo, debe quedarse entonces, debe. Quiere luchar por la atención y el amor de los niños, igual cúanto dolor le causarán, él se quiere quedar. Pero, ¿qué hacer? Kaspar se controla: Investiga. A partir de ahora solo pide las historias más recientes y exitosas que se cuentan en el resto del mundo y así se forma una idea de la situación actual. ¿Qué es popular en las filas de los jóvenes?, ¿Cuáles temas les mueven?, y ¿cómo funcionan tensión y entretenimiento hoy en día?
            Tal vez tengo que dejar atrás mi estilo de contar, se dice Kaspar, pues, es verdad que se ha cambiado mucho en el mundo recientemente. Está claro que ya no apasiono a nadie con mis chismes seniles y románticos, ¿no?



III

Kaspar realmente es un buen cuentista, por eso después de un tiempo no le cuesta mucho transmitir estos Styles’n’Stories tan ajenos. Así que después de poco tiempo ya aparecen más y más niños para escucharle. Aunque al principio le pique un poco su concienca, el número creciente de oyentes se le hace imposible parar a Kaspar quien ahora está como achispado y orgulloso como nunca. Cada día vienen de visita más niños, ahora que cuenta de cosas explotandos, de los tíos que las volan y de las armas que utilizan los tíos para volarlas. Son numerosos los visitantes y más frequentemente que nunca se sientan al lado de Kaspar quien tan satisfecho de sí mismo se extasia ante las cosas que hace explotar, ya no sabe adónde con todos los escombros. Bajo la impresión de su teatro tampoco se da cuenta de que los niños solo le están escuchando con los ojos, impresionados, bañados en su virtuosidad, sin preocuparse qué hacer con los propios manos – ¡Hombre! Antes eran mejores las cosas, Kaspar. ¿No te enteras que ya no hacen nada? Nada de palacio de sueños, tortuga monstrua, bosque encantado y –
            ¡Basta! – Kaspar está rehabilitado, Kaspar sabe historias que gustan y a él le importa un pedo qué contar porque resplandecen los ojitos cuando los chiquillos están con él. Cada vez inventa más historias cuando le acarician las olas, nunca en la vida le hubiera occurido un plot cojonudo como éste y también lo que le trae el viento toma formas tan inesperadas...
Pues, ahora se le coge el gusto a contar de chicas con ropa ligera, chicas con las caras de strawberrydonots y con las tetas como sombretetes de fiesta de cumpleaños y con los culos como... – ¡DA IGUAL!, no importa  con sólo que sean culos y pechugasgordogigantes, bocas que se comen pollas, pollas que se buscan rendijas asustadas, perras chillandas y cojones cachondos, todo en color, en 3D a lo mejor y ojos de niños que podrían babosear si solo lo podrían, Kaspar, Kaspar, ¡por fin! ¡Por fin estás en el business otra vez! ¡Hombre,  qué tío eres! Cágate en tus príncipes jóvenes con su doncellas de cabra, los babosos camellos y los oasis de palique, naturalmente salvo que el príncipe sea

Obsequiado con una
PORRA DE POLLA DE CAMELLO
(fast-motion)

venido a barnizar los oasis lascivos de todas, todas, todas
TODAS las doncellas en el palacio,
¡hasta romperseles las caderas!


IV

Si, si, respira, querido Kaspar, lo lograste. Los niños otra vez vuelven a vivir tus historias, solo de manera un poco retrasada: No cuando están contigo, tus granos en las orejas, sino en su camino a casa, en el patio de la escuela, ahí se acuerdan de lo que tengan que hacer, si, de repente hace ¡bing! y otra vez crean mundos, hechos consumados como lo hacían antes, con manos y pies. Solo un poquitín diferentemente.
            Y los adultos, ¡también ellos vuelven a pasar su tiempo contigo! ¡Reunes familias enteras!, te escuchan otra vez, mientras que tu narras como loco. Se podría decir que te la pasas perfectamente, o ¿qué te parece a ti, Kasparcito?
            Bueno, no será tan malo, se piensa Kaspar... Y durante la noche el viento le rasca suavemente la espalda, granito a cambio de granito, y el mar le acaricia los pies...

V

Kaspar sabe historias, ninguno de los niños realmente los entiende pero son de suspense, eso si.
Bueno, claro, de vez en cuando Kaspar ansia de repente el tiempo aquel cuando él todavía contaba sus historietas abobadas y cuando todos los niños y adultos se sentaban a su lado para crear con unos mundos fascinantes con las historias en las orejas y los manos.
Pero casi no se recuerda de todo eso. ¿Como era entonces?, en estos tiempos tan pasados, cuando todo era mejor, como se suele decir. Más que estos tiempos nebulosos y irrecuperables desea reanimar solo una cosa: El dolor que, no hace mucho, se le hacía sufrir, cuando nadie entendía lo de que estaba hablando, pero cuando esta falta de comprensión todavía dejaba su testimonio furioso en su espalda: heridas de cráteres desgarrados y cadenas de colinas atormentandas.
Hoy se ha volvido adicto el pobre Kaspar. No anhela nada tanto como este poquito de dolor. ¡Qué sean tanques, bombas, navajas estos malditos críos de mierda!, pero ellos solo le miran tontamente cuando vienen para escucharle contar y no hasta se han largado estalla algo en sus cráneos...

Kaspar sabe historias y él siempre ha sido un reflejo de sus historias, ya no hoy. Nadie le da el dolor del cual narra, el que necesita tanto. Sin embargo. Sobrevivirá un poco más, para siempre; su obligación es contar historias.

Papá, quiero ser escritor, Cecilia Parra


Aquí estoy, como narradora de una historia que ocurrió no hace mucho, y que cambió mi forma de pensar sobre mis propias capacidades.
Siempre quise dedicarme a la escritura, pero sabía que de aquello no se podía vivir, así que estudié una carrera facilita y me puse a trabajar. Me destinaron a dar clases de lengua en un colegio de pueblo de algo menos de mil habitantes, quienes consagraban sus trabajos casi en exclusividad a la minería y la agricultura. Había pocos niños, aún menos adolescentes y éstos, al cumplir la edad de entrar en el instituto, huían despavoridos hacia la gran ciudad. Y allí se quedaban, por lo que cada vez el pueblo crecía menos en población. Me gustaba mi trabajo, pero comprendía que debía pensar en ganarme la vida de otra forma, ya que llegaría el momento en que no quedarían niños para abrir la escuela. No sabía en qué. Alejaba de mis pensamientos la posibilidad de ponerme a escribir...
Andaba yo en aquella época pensando qué solución daría a mi situación futura, pero inmediata, cuando me colocaron como jefa de estudios, lo que significaba que debía hablar con los padres de los chiquillos semana si y otra no... (Vamos, que me endosaron el marrón, por llegar la última). Una de las tardes que tenía cita con los padres, aparecieron en la sala un hombre y una mujer, acompañados de Manolito, alumno de primero de la ESO. El hombre era minero -lo supuse al verle sus manos, llenas de hollín, por más que hubiera pretendido limpiárselas-. Agarraba del antebrazo a manolito y entraba en la habitación con caras de pocos amigos, casi arrastrando a su hijo. La madre entraba tras ellos, con resignación. Miré con cara de interrogación al padre, a la madre y, por último a Manolito, preguntándome qué circunstancias traían a esa familia en aquel estado.
­­­­­-Me gustaría a mí saber qué tipo de cosas le enseñan a mi hijo en este colegio -decía con tono amenazador el padre.
-Buenas tardes, profesora -musitaba la madre.
Manolito ni hablaba. La cara gacha y colorada (no sé si de vergüenza o porque el padre le había abofeteado. O ambas cosas).
-Buenas tardes. Díganme: ¿Qué ocurre? ¿Qué ha pasado? -pregunté, intentando no liberar más tensión de la que se adivinaba allí.
-¿Que qué ocurre? Al niño este, que se le ha ocurrido ahora ser escritor. Qué vergüenza he pasado en el bar, delante de mis compañeros, cuando uno le ha preguntado qué quería ser de mayor y el niño va y responde que escritor… -Se volvió a Manolito- Que yo no trabajo catorce horas debajo de tierra para que el niño diga que se va a dedicar a escribir. ¡A escribir! ¿Pero tú eres tonto? -Increpaba a su hijo mientras le daba un capón en la cabeza.
-Bueno, vamos a relajarnos. Si tiene aptitudes, yo no veo mal en ello. Es una profesión como otra cualquiera -Intentaba aplacarle yo.
- Una profesión como otra cualquiera sería ser electricista, albañil ¡Yo qué sé! Y si le gustan las letras... ¡pues que se meta a abogado! Que sea un hombre de provecho es lo que quiero. No un artistilla de esos que están sentados en la cantina y roban servilletas para escribir un verso. ¡Esos se mueren de hambre! Un hippie, mi hijo un hippie...
- Bueno, si el niño tiene talento para la escritura podría irle muy bien. Podrían llegarle a publicar sus libros y que estos se vendieran como churros. Ganaría dinero. Si no para enriquecerse, al menos para mantenerse por sí mismo. ¿Por qué no piensa en ello? - Intentaba convencerlo con argumentos que hicieran mella en su cerebro, pero no parecía conseguirlo.
- El talento, señorita, debe ser innato. Y este niño tardó cinco años en decir su primera palabra. Seamos serios -me reñía el padre.
- Pero eso no tiene nada que ver. Se han dado casos de personas que en la infancia tenían problemas de aprendizaje o algún otro defecto y de mayores no sólo lo superaban, sino que se convertían en grandes maestros utilizando lo que de pequeños les costaba. Por ejemplo, personas que de adultas fueron oradores fantásticos, cuando en su infancia fueron tartamudas…
El padre no parecía escucharme. Seguía con su exposición descorazonadora:
- Además, si cuando le mandáis tareas para casa, le cuesta una tarde entera sentarse a escribir una redacción... El otro día, sin ir más lejos, le mandaron escribir sobre qué hizo el domingo anterior y allí estaba, sentado en la mesa, pensando. Pero si lo único que hizo el domingo fue ayudar a la abuela a dar de comer a los pollos por la mañana, comer cuando llegó a casa, dormir la siesta, jugar con el perro, cenar y dormir de nuevo para ir al colegio al día siguiente. ¡Mira cuánto se tarda en escribir eso!
- Sí, si lo que se pretende es hacer un resumen… -murmuraba yo. Pero el padre continuaba.
- Pues una tarde entera allí, pensando no sé en qué, con la cabeza apoyada en la mano y mirando al infinito. No tiene facilidad para escribir -sentenció el padre.
Miré a la madre buscando otro punto de vista. Un punto de apoyo para su hijo, que permanecía con la cabeza agachada, avergonzado por la situación. Ella comprendió y, silenciosamente sacó unos cuantos folios escritos de su bolso, con letra de niño. Se lo acercó a Manolito y le dijo “Toma, dáselo a la profesora. Enséñale la redacción que hiciste”. Manolito cogió los papeles y, casi sin levantar la cabeza del suelo me los ofreció. El padre bufaba, impaciente, y balbuceaba improperios, fastidiado.
Leí con cautela aquella redacción, y me llamó la atención porque no hablaba de darle de comer a los pollos, sino que había hecho un viaje fantástico a lomos de un ave mitológico. Narraba con lujo de detalles la aventura que había tenido una mañana de domingo. ¡Qué descripciones tan magníficas para un niño de corta edad! ¡Qué imaginación oculta! Me evocó recuerdos de infancia, de juegos imaginarios con seres de otro planeta. De aquellas tardes en que cogía la máquina de escribir de mi padre y elaboraba cuentos, uno tras otro. Me encantó.
Me acerqué a manolito y le dije: “Si esto es lo que te gusta, sigue escribiendo. Tienes talento y, con esfuerzo y dedicación, llegarás lejos”. Guiñé un ojo a su madre -su cómplice-. Me acerqué al padre, apartándolo del resto, y le dije: “No podemos obligar a ningún niño a ser lo que no quiere ser. Debemos dejar que busque y encuentre su camino. Y, si decide dedicarse a escribir, apoyarle y darle las herramientas necesarias. Hay multitud de ocupaciones donde desarrollar esas cualidades, no tiene por qué ser necesariamente escritor de novelas. Podría trabajar como guionista en televisión, como periodista, traductor... No lo coarte. Apóyele, y no se arrepentirá”.

No sé si convencí al padre, que salió de allí sin soltar palabra, precedido de Manolito y su madre, que me miraban agradecidos. Pero sí me di cuenta que si realmente quieres dedicarte a algo como la escritura, no sólo es necesario el talento innato (que puede ayudar), sino que hay que esforzarse. Caerse y levantarse, una y otra vez. Sentarse a escribir. Obligarse a escribir, aunque nos asalten las dudas y los miedos. Comprendí que había estado huyendo de la escritura, convencida en los tópicos “no tengo nada que decir”, “no tengo tiempo”, “ya no escribo tan bien como antes”, “mi imaginación se limita en pensar qué hacer de comer hoy”, “Ya estoy de vuelta de todo, apenas nada me impresiona”, y un largo etcétera.
No sabía cómo había estado tanto tiempo poniéndome cortapisas para no hacer algo que me gustaba, que me apasionaba. Me había comportado conmigo misma, como el padre de Manolito. Y, al intentar razonar con éste, en realidad razonaba conmigo misma.

Hace unos días me compré una libreta. Estaba en blanco, pero decidida a llenarla de ideas –buenas y malas, largas y cortas- pero ideas, al fin y al cabo. Esas que había estado reprimiendo hace tanto. Y no sé cuál será el final de esta historia, pero sí sé que ese es un buen comienzo.

Agua en la nariz, Marianela Castilla


-¿Cómo te llamas chaval? ...¡joven, tu nombre!, tenemos que hacer un informe de lo ocurrido, date por suertudo, no todo el mundo sale tan bien parado de un accidente así.

-Me llamo...soy, Jean Carlo Leal.

-Edad y Dirección, preguntó, con tranquilidad, el jefe de la unidad de socorristas de guardia.

-¿Hace falta?, inquirió ansioso Chicho, descolocado, como quien es sorprendido por una pregunta indiscreta.

-Son los trámites chaval. Necesitamos los datos para llevar un control de atendidos y también por tu propia seguridad. Si necesitas atención hospitalaria posterior, se evita perder el tiempo con explicaciones previas, este informe funciona a modo de historial clínico.

-Claro...pues...vivo, bueno es que me voy a mudar en breve, les doy la dirección nueva...

Chicho comenzó a dar lentamente los datos requeridos ante la mirada atónita de su amiga, que le había acompañado toda la tarde.

Chicho se atribuyó una identidad tan falsa como su nueva dirección o su intención de cambiar de vivienda. Se llamaba Julio Francisco, Chicho para familia y amigos. Vivía con sus padres en un sitio distinto del indicado, estaba aturdido y asustado por el accidente en el mar con la tabla de surf, pero sobre todo, su mayor preocupación era, por encima de comprobar si estaba bien, o de valorar el hecho de haber salido ileso del accidente y sentirse agradecido y feliz, evitar que su madre se enterara de lo ocurrido.

Chicho escogía la libertad. Siempre. Y eso implicaba desatender las indicaciones de su madre, que había decidido que la mejor manera de que Chicho mantuviera su integridad era quitándole de la cabeza esas ideas de correr, jugar al fútbol, nadar y, mucho menos hacer surf. Imaginaba quizá, cuando no lo tenía cerca, que Chicho pasaba las tardes tranquilo, de charlas y risas con sus amigos.

No era así. Hacía todo lo contraindicado, lo contrario a lo aconsejado por la guardiana de su salud, capaz de no dormir toda una noche, sólo por escuchar si la respiración de su hijo, aquejado de asma, era la correcta. Preparaba todo tipo de ungüentos y cataplasmas que escuchaba o le recomendaban para mejorar la afección del niño. En sus cuidados y la observación de su progresión se le iban los desvelos.

Pero a Chicho todo esto le aparcaba la vida. No se le ocurría contrariarla. Comprendía sus preocupaciones, pero si su madre no se enteraba de lo que él hacía ...¿qué daño podía hacerle?, pensaba.

Y Chico era travieso. Sus ojos y su cara eran incapaces de disimular su alegría sólo con imaginarse corriendo, jugando, nadando, haciendo surf.

Chicho vivía. Y se divertía sin que su salud acusara demasiado las tardes en las que se bebía la vida haciendo lo que le gustaba. Las prohibiciones de su madre, quizá le aportaban mayor aprovechamiento al disfrute.

Un buen día decidió probar todo aquello contraindicado para el asma. Hasta hoy. Dice que se ha reeducado el cuerpo y que de ese modo, ahora nada puede dañarle.

En Perú, en una población de la costa, tenía demasiado fácil bajar a la playa y hacer surf. El olor del mar, su sonido, el contacto con la piel, el juego con las olas, la sensación del impulso y la velocidad, sólo la fuerza de la naturaleza y él, una danza, a veces, una lucha otras.

No en una guerra contra los elementos, sino en un encuentro, plácido, fugaz, fuerte y distinto cada vez, Chicho gastaba horas de juventud.

Si no tenía tabla, practicaba surf directamente con el cuerpo, y sentía cada golpe de naturaleza más vivo aún.

Se aventuraba y quien lo hace no advierte los peligros y no se pone a salvo de ellos. Un día de esos en los que el mar no se acuerda de los amigos, de los incondicionales, Chicho fue revolcado por las olas, que se ensañaron. La naturaleza muestra muchas caras y todas son verdad.  La naturaleza ignora el disimulo y no se para a comprobar quién está a salvo antes de actuar. Actuó y Chicho salió del agua remolcado por su amiga, sin acordarse de cómo, sin saber qué.

Tuvo un despertar incómodo, traumático, Después de toser y expulsar todo el agua que pudo de sus pulmones, Chicho sentía incómodamente agua en su nariz.

Quiso comprender y no pudo,  quiso incorporarse y le costó, quiso pensar y pensó, confusamente, que quizá estaba naciendo de nuevo...¿con agua en la nariz?, reunió fuerzas y las echó por la nariz, sacando el poco mar que retenía...se habían quedado ahí trozos de olas para hacerle recordar que cuando el mar tiene cara de pocos amigos hay que dejar las confidencias para otro día.

El agua salió toda de la nariz de Chicho con el primer soplido contundente. Pero a Chicho se le quedó el agua ahí para siempre.

Luego inventó un nombre para que su madre no se enterara. Bien estaba lo del accidente. Ya aprendería la lección, bien el corte de haber sido un accidentado desvalido ante los ojos de su amiga...bien estaba sentir un nuevo nacimiento...pero que su madre se enterara le sumía en una culpa insuperable. Que ella pensara que él todo este tiempo no había considerado en serio sus indicaciones podía causarle dolor..¡eso no!

Se fue de allí, prometiéndose hacer las cosas mejor la próxima vez, deseando no ver más aquellas caras que le salvaron, por la vergüenza del trance, y aparentó toda la normalidad que le cabía al llegar a casa.

Pero no desechó jamás la libertad. Y corría, surfeaba, montaba en bici y seguía reeducando a su cuerpo a base de terapias de choque. Algunas volvieron a asustarle la confianza en su comportamiento travieso.

Pasaron años y ya en otro país, en una ciudad en la que el mar le pillaba lejos, decidió que seguiría encontrándose con el agua. Esta vez dulce.  No es un alumno disciplinado en natación, y no sigue las indicaciones del instructor, porque si Chicho mueve la cabeza como él dice siente cómo entra y se mueve el agua en la nariz y entonces se ve desde lejos en aquella playa en la que un día olvidó respirar. Pero el agua en la nariz, Chicho, sentir el agua en la nariz, es también sentirse vivo, le dicen.

Nada, pero a su manera. Nada porque Chicho elige la libertad. Pero primero respira, respira mucho, respira como si estuviera aprendiendo a hacerlo, respira más que otras veces, por si una gota de agua en la nariz decidiera quedarse un rato más, como los trozos salados de mar de la otra vez. Y Chicho ya no quiere inventarse ningún otro nombre para que su madre siga pensando, desde Perú, que Chicho es un chico tranquilo.

Mi lugar, Marianela Castilla


Una habitación cuadrada. El espacio vacío se calcula peor que lleno y, a juzgar por todo lo que alberga mi cuarto, no está nada mal de tamaño.

Vivo ahí apretada, he vuelto hace casi un año y ya me gusta, se me ha vuelto a hacer cómodo este espacio vital del que disfruto. Mi reino, ahora que me encuentro a gusto en él. Lo prefiero al salón, donde pierdo intimidad y concentración.

Mi cuarto está lleno de recuerdos de mi vida primera aquí y completado con los que se dejó mi hermana tras su paso por él y lo que ha traído mi prima porque no le cabe en el suyo. Así que, entre las cosas que guarda, hay aún pocas cosas nuevas que sean mías. Las que hay están tan apretadas como las demás, se han tenido que adaptar: es lo que hay le dicen los demás objetos. No nos pensamos ir de aquí.

Bueno así lo asumí yo al llegar, pero ahora quiero mejorar este espacio. Quiero sentirlo más mío. Ponerlo a mi gusto y comodidad, porque ahora he dejado de invernar y estoy empezando a pensar que debo vivir.

Pero la labor se resiste. Nadie quiere llevarse sus objetos. Éstos parecen haber adquirido aquí un sitio propio por derecho. Si decido mover una carpeta con apuntes viejos que de poco sirven a su dueña, mi hermana, y, por tanto menos a mi, se me vuelve una labor, si no imposible, bastante ardua y casi eterna en el tiempo. A saber: entre la decisión de quitar torres de papeles de las estanterías y la comisión del hecho, median entre tres y cinco meses.

Además hay manuales sobre una materia que no interesó a mi hermana, más allá del año en que estuvo estudiando peluquería y estética, por causas que el resto de la familia desconoce. Por volumen, vistosidad, y lugar de privilegio en la biblioteca, parecen definir con claridad que, como poco, quien habita esta casa o quien duerme en este dormitorio, tiene una gran afición por peinados, imagen, técnicas de maquillaje y tonos de tinte. Nada más lejos de la realidad, hay elementos que confunden, apariencias que engañan y un escaso interés por rectificar este hecho.

Tan férrea es la voluntad de su dueña en no hacerse cargo de estas cosas –como si quisiera olvidar su pasado diría yo-- que los objetos parecen haberse imbuido de la misma, se resisten a ser quitados de las estanterías, mesas y bajos de cama y cuando me pongo firme y lo hago, me encuentro, como dibujado, bien marcado, el lugar que ocupaban cada una de esas cosas en la superficie sobre las que estaban. A veces, ni la más dura sesión de limpieza con productos específicos ha logrado borrar del todo alguna que otra huella de la permanencia, durante una década, de una carpeta en una estantería.

Sigo apretadísima. Para desalojar hacen falta una cantidad de horas que me da vértigo de calcular y un esfuerzo considerable, que me fatiga de sólo imaginarlo. A veces pienso que la que se resiste soy yo. No sé, quizá por esos miedos al cambio, a romper inercias, estas cosas que funcionan a nivel inconsciente.

Pero quizá nunca le he dado tanta importancia al espacio vital. Ahora, como paso algo más de tiempo en él, empieza a preocuparme...y lo tengo que arreglar. De todos modos me encuentro a gusto aquí. Me gusta como huele, porque ya no se fuma aquí dentro, y se mezcla el olor del suavizante de la ropa que apilo sobre la cama antes de guardarla, con el de mi crema de coco.

La estantería es de madera oscura, fuerte, irrompible. Pero su tono me transmite emociones lúgubres a veces...menos mal que el cuarto es alegre y las colchas de las dos camas, de un verde manzana vivo, hacen lo suyo, como el blanco de las paredes y el tono miel de la madera del armario empotrado y la ventana con tapaluces. Sí, en general yo diría que es un cuarto alegre.

En el armario hay ropa que se manifiesta ocho meses después de haberla buscado por todo su interior, y haber abandonado la búsqueda a pesar de mi absoluto convencimiento de que estaba dentro. Para qué quiero yo ahora la camiseta gris de rayas de maga corta que busqué como una loca para ponérmela un día de marzo de esos en los que descubrirse los brazos bajo el sol resulta tan placentero. Pues viene a aparecérseme ahora la camiseta.

Esta convivencia de ropa de invierno y verano, así como un pequeño zapatero metido en el armario me genera también más gastos. Tuve que ir a comprar unas zapatillas de invierno nuevas porque las mías, no aparecían...hasta que compré las nuevas, claro. Eso ocurre por una teoría que inventó un tal Murphy y siempre se cumple.

Escribo por igual en la cama y sobre el escritorio. Últimamente lo hago más en la cama. Es más tarde cuando me pongo a escribir y el regalo de mi cumpleaños fue una especie de mesita portátil, pequeña, ideada para colocar el ordenador o un cuaderno mientras una está tranquilamente recostada en la cama o el sofá. Para mi es un buen invento, además de que está decorada con una tela que tiene dibujos de perritos de diferentes razas. Muy tiernos, eso me ablanda un poco, me invita a ponerme cómoda, digamos que es ya un artilugio de esos a los que tanto cariño se le cogen por sencillos, hogareños y confortables. Le estoy dando uso. A esta mesita portátil, le acompañaba, también como regalo, una mantita azul mar intenso, de un tacto muy suave, que uso a la par que la mesita decorada con perros.

Si voy a la cama con la mesa, voy con la manta y si me muevo al sofá, la manta viene también. Como ambas cosas me las regalaron juntas, yo, de momento, las uso juntas. La manta es otra de esas cosas a las que se le coge un aprecio especial, sin las que la vida en el hogar no sería lo mismo.

Escribir en la cama es un placer, aunque el sueño aparece antes, claro, con todos los elementos facilitando el sueño...hay que ser muy tozuda para resistirse.

Cuando escribo sobre el escritorio, tengo menos distracciones, pero más prolongadas. Hay un espejo enfrente, sobre la pared, con el que me encuentro sólo con levantar un poco la mirada y alzar el cuello. Ahí me quedo un rato colcándome el flequillo una y otra vez hacia un lado y hacia otro, tiempo perdido del todo, porque nunca consigo tener claro hacia dónde me resulta más favorecedor. Cuando llego a esta conclusión, me he perdido del hilo de la historia o ejercicio que escribía.

A veces, sentada frente al escritorio, lo que me distrae es mirar hacia la derecha. A unos centímetros está la estantería, atestada. Me llaman la atención esquinas de fotos, papelitos y tarjetas que sobresalen desde el fondo de las pilas de libros, entre sus huecos...desde el lugar en el que se colocaron con el convencimiento de que allí serían encontradas nada más apareciera la necesidad de rescatarlas...

¡Ja!¡Años! han podido pasar ahí en un lugar impensable de la estantería, bajo libros, encima de ellos, entre ellos!, hasta que yo las he descubierto...algunas esquinas de esas tarjetas son postales antiguas de distribución gratuita que yo cogía de cafeterías y bares sin saber ahora por qué, quiero decir, sin encontrar ahora el significado de porqué las recogí y decidí guardarlas, o quizá no fui yo quien las cogió...al tirar de otras esquinas aparecían fotos antiguas, que recuerdan una etapa bonita de mi vida, pero que, por las pintas, tanto mía como de la la compañía retratada, hubiera sido mejor no sacar más a la luz. Otras descubrían post-it antiguos con notas que dicen: “te ha llamado tu madre. Que dice que no le has dicho si te gustó la carne que te hizo. Y que te compres el hierro”.

Iba a hacer ahora un inventario de todas las cosas que hay en mi cuarto, pero temo que la lista se asemeje tanto a la de un bazar que eso amenace el concepto de confort que tengo ahora de mi lugar preferido en este momento, se vuelva feo y hostil y eso me obligue a irme a dormir al sofá.