Google+ Taller de Escritura Creativa de Israel Pintor en España: Arroyito Ferdinand
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Publicamos nuestra primera antología bajo el sello del Taller de Escritura Creativa, en ebook para todo el mundo y en papel para los amigos

"El mérito de este libro de historias no es sólo que entretiene y divierte. El mérito recae en su capacidad para contagiar al lector con la pasión por la escritura, a través de las pasiones propias del escritor que aún se niega a verse a sí mismo como tal, a pesar de que sus letras evidencian vocación. La premisa de estos textos se encuentra en el principio mismo de escribir Cada quien su cuento, donde resalta el ingenio personal de autor. La personalidad de cada uno de los narradores en esta antología es diversa y atrayente. Lo que las une es el ímpetu creador y la frescura propia del novel. No en vano es éste el primer libro publicado por el Taller de Escritura Creativa, un espacio de formación para escritores en toda regla."
Israel Pintor.

La presentación de esta obra fue realizada el jueves 19 de noviembre de 2015, a las 20 hrs. en La imprenta (c/González Cuadrado 22, Sevilla). Hubo lleno total. 


Para hacerte con la versión electrónica ve a la Google Play Store.

Si no puedes o pudiste ir a la presentación, compra un ejemplar impreso a través de PayPal, pagando con tarjeta o usando tu propia cuenta PayPal. Te será enviado por correo postal a tu domicilio (sólo para España).

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Mira, una joven bloguera nos ha hecho una reseña:


Lo que yo decía, Arroyito Ferdinand


Era un Boulle, había nacido en París y tenía doscientos ochenta y siete años. Su espléndida caja de carey y bronce dorado no hacía justicia a su cansado corazón de ejes, ruedecillas y escapes. Pero era precisamente esa cansada maquinaria interna la que recientemente le había dotado de una poderosa facultad: Desde hacía tres días podía ver el futuro.
Todos los demás alrededor, una treintena de piezas expuestas en el Salón Luis XV del museo, hacía precisamente tres días que habían dejado de mirarlo con buenos ojos. Quería decirles que no era culpa suya, pero de él sólo salían, impuntualmente, las mismas campanadas de siempre. Suponía que este derecho a despreciarlo se veía justificado por la venerable condición de todos ellos, pero en el fondo no lo consideraba justo.
Ninguno, incluido él mismo, hacía mucho más que yacer allí, bajo los últimos rayos del sol de la mañana colados por los ventanales, dejando pasar el tiempo lánguidamente. Bien podían sumar entre todos cinco milenios de edad, marcados segundo a segundo, hecho que precisamente los hacía únicos.
Pero, claro, la impuntualidad no está bien vista en El Palacio del Tiempo, ni tan siquiera si tus manecillas adelantan, mostrando por anticipado lo que va a ocurrir. Este fenómeno se había acumulado imperceptiblemente a lo largo de semanas, desde la última visita del relojero restaurador; pero sólo tres días antes se había vuelto flagrante y manifiesto: cinco minutos por adelantado.
El futuro se le vino encima una vez más, sin poder evitarlo; un futuro con forma de doce, redondo y rotundo como un sol sobre la cabeza, un futuro de mediodía. El minutero calado se encontró con la horaria en lo más alto, y un chasquido vaticinó toda la secuencia posterior: una palanca que se libera, una cuerda que se desenrolla, un molinillo que regula y un mecanismo de martillos que golpea sin perdón a las varillas musicales.
“¿Lo veis? ¿Lo veis? Este es el futuro”. Eso es lo que quería decir, pero sólo se escuchó su melodía de carrillón en la desierta sala, solitaria como un domingo. “¿No lo veis? Dentro de cinco minutos serán las doce. ¿No lo veis?” Y en su desesperación dijo a golpes lo que iba a venir. Lo dijo una vez con doce campadas, lo dijo doce veces con una campanada, lo dijo despacito, con espacio entre las notas recurrentes, con contundencia.
Una vez extinguida la reverberación del último dong contempló la reacción de los demás. Nada. Una vez más, nada. El Cartel con esfera de bronce, el Brackett de ébano, el reloj farol con numeración china, todos, prefirieron desdeñar la revelación que acababa de hacerles, manteniendo la hora presente. Decidieron ignorarla chasqueando entre dientes su tic tac. Mantuvieron su pose regia, aprendida durante siglos, y persistieron en su desdén. Pero lo habían oído, no podían fingirlo. Tanto era así que fueron acumulando la tensión en el aire, evitando conscientemente el anuncio que habían presenciado. Durante cinco minutos lo gestaron, lo acumularon y lo escondieron entre sus tripas de áncoras y rubíes. Y entonces todos respondieron a la vez, desatando una cacofonía de sonerías y campanas, un batiburrillo de notas que cumplieron lo que estaba escrito, escupiendo un maremágnum  de dings y dongs. Llenaron el salón del museo con anuncios de lo que él ya había sabido con anterioridad y había sido incapaz de comunicar.
“¿Lo veis? ¿Lo veis? Lo que yo decía”.
Esa era la reivindicación que bullía dentro de él, clamando por salir, pero una vez más no fue capaz de expresarlo por sí mismo.
Tuvo que esperar otros tres minutos, momento en el que entró el relojero restaurador. El hombre, tras dos semanas de ausencia, se acercó a él con la clara intención de librarlo de su facultad, de un don que a esas alturas ya sólo era un tormento. El reloj digital en su muñeca, atrasado tres minutos, como todo lo moderno, vino a rescatarlo y apoyó su anticuada profecía.
Bip bip, dijo.
artfinding.com


Piedras rodantes, Arroyito Ferdinand

Mirar a través de las lágrimas
empujar al cometa fuera de su órbita
crear pensamientos en círculos y aprender en privado
Tal es la picadura que como sal persevera,
cegando a las viejas matemáticas,
rugiendo una repetición de espejos contra la hoja en blanco.
En una carrera contra las respuestas doy patadas frenético
Castigo con mi silencio a los rayos que danzan sin pruebas
La claridad recelosa señala a las estrellas como culpables
Una risa de fotones atraviesa como polen
un océano de distancia
y se escuda bajo de mi sombrero de paja
Los ojos inteligentes de la imaginación hacen que el misterio
del rey hueco encoja: un pájaro estático que me hace sudar,
bajo la corona de espinas, sobre mi calva.
En las manos corre el agua y en el centro de la arena
semillas hermafroditas se embalsaman,
se hunden como plomo en una tumba de ojos y uñas
Y en el culo de la tierra, el tiempo, lento, no se compadece de mí.
Llamado por voces lejanas me transporto,
con un ánimo de basura, contra la gravedad,
Salto al vacío y mis pies rígidos se hielan,
muestran la belleza de la escarcha transparente,
de las escamas de la culpa,
de la retórica binaria
de la fruta amarga.
Entre muebles antiguos los espejismos se dan por supuestos
y el aburrimiento llega a hacer bailar
al rinoceronte alrededor del hipopótamo,
al error alrededor de la soledad
al Rey alrededor de la inmensidad.
Las músicas de los violines
son onomatopeyas que, como agujas,
hacen retumbar los huesos
en un espacio
en que el insomnio no aleja al tiempo.
© Arroyito Ferdinand.

El día que llegó el progreso, Arroyito Ferdinand

La tribu de los Killo-Killo se enteró que había ganado la lotería un día claro y soleado, tres lunas después de que hubiera empezado la era de la zarigüeya. En concreto, Toiad’obao, su jefe, trabó conocimiento media hora después del desayuno, durante el momento en que más libre se sentía, apostado en la copa de un papayo, sentado en cuclillas y oteando los confines de la jungla.
- ¡Chufla, una gran noticia! ¡Chufla!
Toiad’obao miró hacia todas partes hasta lograr discernir de dónde procedía el reclamo.
- ¡Chufla! ¡Baja! ¡Ha ocurrido al importante!
A los pies del papayo estaba Pinch’auvas, un indígena patizambo, estrábico y con cara de repelente-niño-vicente que Toiad’obao había escogido democráticamente -mediante una selección a dedo- como ayudante, por sus extraordinarias dotes para hacerle la pelota y chivarle todos chismes del poblado.
- ¿Qué pasa, Pinch’auvas? ¿No ves que estoy en mi momento de liberación, oteando el horizonte?- le reprendió Tioad’obao con una voz de pito que hacía pensar que el taparrabos le apretaba, y cuya verdadera explicación se hallaba en los escasos doce años que el jefe de la tribu había cumplido hacía una luna y media.
Pich’auvas sorteó una montaña de estiércol que había justo debajo del papayo y se colocó de espaldas al viento para que se le escuchara mejor.
- ¡Nos ha tocado la lotería, Chufla! –gritó haciendo bocina con las manos. “Chufla” era, en el dialecto Killo-Killo, la forma reverencial de dirigirse al cabecilla de la tribu y, aunque se consideraba un vocablo un poco pedante, era el preferido de Pinch’auvas. El resto del clan usaba el término más coloquial de “Pring’aó”.
Toiad’obao detuvo a regañadientes la actividad de contemplación extasiada que venía desarrollando y bajó. Le fastidiaba sobremanera que lo interrumpieran mientras experimentaba esa gran sensación de libertad, procedente no de la visión del manto vegetal que cubría aquel valle remoto de la amazonia, ni de la meditación sobre el destino que los dioses le tenían preparado, sino al peso que se quitaba de encima, media hora después del desayuno, cuando hacía de vientre. De ahí el montón de estiércol en la base del papayo.
- ¿Qué nos ha tocado qué? –preguntó el regente una vez completó el descenso.
- ¡La lotería, Chufla! ¡Veinte mil millones de euros!
Toiad’obao pareció meditar, aunque en realidad estaba reajustando sus intestinos de forma ruidosa. Al final preguntó:
- ¿Qué significa “lotería”, “euros” y, sobretodo, qué significa “veinte mil millones”?
La pregunta venía al caso porque la tribu de los Killo-Killo sólo sabía contar hasta ocho. De hecho, Toiad’obao había sido escogido como jefe porque era el único que había llegado a contar hasta diecisiete sin trabarse la lengua ni detenerse para refrescarse la garganta.
Pinch’uvas quedó en silencio, con un ojo mirando hacia Montevideo y otro hacia el Titicaca, como era habitual en él.
- ¿Y bien? –instó el jefe.
- Es que no lo sé, Chufla. Yo únicamente repito todo lo que oigo en el arroyo, mientras las mujeres charlan y lavan la ropa.
- ¿Y quién está difundiendo ese rumor sin sentido?
- El joven In Surr’ectó, Chufla.
Ya estamos otra vez, pensó Toiad’obao. Ese muchacho no ha hecho más que agitar a las masas desde que ha regresado. Por Moctezuma que le voy a proporcionar un castigo que le van a entrar ganas de atravesarse las mejillas de lado a lado con una aguja del tamaño de una canoa.
El líder se encaminó hacia el poblado, intentando sortear raíces y arbustos espinosos, seguido de cerca por su subalterno. Parecía que su encolerizada determinación le hacía tropezar, distraído, con todas las ramas y enredaderas, pero se trataba de una conducta extendida entre todos los de su pueblo. Los Killo-Killo no estaban al borde de la extinción debido a la ambición del hombre blanco, sino a su extrema torpeza a la hora de bregar con la jungla. Lo que era un milagro es que la evolución no se los hubiese llevado ya por delante.
Tras una veintena de resbalones y una docena de cardenales arribaron al poblado, un espléndido conjunto de chozas cubiertas por hojas de palmeras y diseminadas a la buena de Dios, con tal suerte que quedaban vagamente encaradas hacia un espacio central, amplio y despejado, donde los ancianos y los niños pasaban la mayor parte del día, jugando unos y haciendo la fotosíntesis los otros.
Toiad’obao se plantó en el centro y soltó un estruendoso alarido para demostrar su supremacía jerárquica. Sonó como una mezcla de cacareo de gallina y un ataque de tos con mocos.
Dos ancianos que estaba sentados a una decena de metros, entre un mazo de bambúes, murmuraron por lo bajo.
- ¿Qué le pasa a este? –dijo uno.
- Creo que lo han vuelto a interrumpir mientras cagaba –susurró el otro.
Como Toiad’obao no halló el efecto impresionante que buscaba optó por preguntar muy educadamente:
- ¿Sabéis dónde puedo encontrar a In Surr’ectó?
El joven aludido salió en ese momento de una de las chozas, rascándose la entrepierna y bostezando, ocasión que aprovechó el líder para agarrarlo por las solapas de la levita. La prenda era uno de los objetos que el chaval había traído consigo al regreso de un extenso viaje, una beca de estudios que lo había mantenido lejos del poblado hasta hacía muy poco.
- ¿Passsa contigo? –preguntó sorprendido.
- Déjate  de expresiones foráneas y muéstrame un poco de respeto –exigió Toiad’obao.- “Passsa contigo, Chufla”, en todo caso. Ya estás diciéndome qué historias son esas que estás haciendo circular.
In Surr’ectó miró con ira hacia Pinch’auvas y musitó: “¡Acusica!”. Acto seguido, viendo que no le quedaba más opción, confesó:
- Pues nada, Pring’aó. Que ayer por la noche descubrí que nos habían tocado veinte mil millones de euros en la lotería. Cuando terminamos de desempacar el envío que lanzó ayer la avioneta de la ONG, la que nos envía alimentos desde el aire, me puse a revisar las hojas de periódico antiguos con las que envuelven las papayas en sus cajas.
El jefe de la tribu miró a su ayudante, sin soltar las solapas de la levita de In Surr’ectó.
- ¿Aún nos siguen enviando papayas esos imbéciles? –preguntó.- ¿Es que aún no se han enterado que en la selva tenemos papayas para aburrir?
El pelota de Pinch’auvas se encogió de hombros.
- Da igual –resolvió el monarca.- ¿Y qué encontraste en eso que llamas “periódicos”?
- El número ganador de la lotería –contestó In Surre’ctó- de hace dos lunas y siete amaneceres. Justo la fecha en la se jugaba el billete que compré antes de regresar. ¿Me podrías soltar la levita, Pring’aó? Si se me arruga no encontraré una lavandería con planchado rápido a menos de regrese a la civilización.
- No soltaré nada hasta que no me expliques todo este galimatías.
- ¡Sueltalo, oh, Pring’aó, te lo suplico!
El que había pronunciado esas palabras era Tateal’loro, el sabio de la tribu; un hombre mayor, con barba tupida y unas ojeras que le llegaban la barbilla.
- Estoy seguro –continuó- de que mi alumno predilecto sabrá explicarse si le hacemos las preguntas adecuadas.
El sabio Tateal’loro tenía en gran estima a In Surrrec’tó desde que, de pequeño, había recitado de memoria el nombre de cada una de las deidades animistas que habitaban  en la jungla. Teniendo en cuenta que existía una por cada clase de lluvia, viento, sonido y color, se podía considerar una gran proeza. Si se le sumaban las que existían para cada arbusto, flor y árbol la proeza se transformaba en una labor absurda hasta extremos ridículos. Gracias a esas habilidades, In Surrec’tó había conseguido una beca Erasmus para estudiar en una ciudad bárbara. Gracias a eso y a que el sabio había mentido como un bellaco en la solicitud.
A pesar de que el líder Toiad’obao podía contar sin pestañear hasta diecisiete nunca había recibido un trato tan especial por parte del maestro sabio, lo cual había alimentado un odio secreto hacia el anciano profesor.
- ¡Calla,viejo! –espetó con desprecio.- ¡Este no conseguiría explicarse aunque le amenazara con practicarle una ablación en el pito!
- Eres, oh, gran Pring’aó, un jefe un poco canijo y con voz afeminada –objetó Tateal’loro-, pero estoy seguro de que tu sabiduría sabrá guiarte en este asunto.
Toiad’obao  se derretía ante cualquier halago, así que, a pesar del rencor que le guardaba al maestro, soltó las solapas de la levita. Para entonces la trifulca había atraído a los ancianos, a los niños, a las mujeres que habían regresado de lavar en el arroyo y a una manada de titís pigmeo, que observaban muy atentos desde unos árboles cercanos.
In Surrec-tó, animado por la expectación que había creado, comenzó explicarse.
- La lotería es un juego de los hombres blancos que consiste en repartir unos pequeños papelillos como este –dijo enseñando el billete supuestamente premiado- entre las gentes de sus poblados. Cada papelillo tiene unos símbolos que no se repiten en ningún otro. Luego realizan un ritual en el que unas bolas salen de unas jaulas redondas, empujadas por Mhag’orrico, el dios de la fortuna. Cada bola tiene un símbolo y se van colocando unas al lado de las otras, gracias a la intercesión de unas mozas que están cañón, con unas minifaldas minúsculas y una sonrisa de anuncio de dentífrico. Aquel que tiene los mismos símbolos en su billete de lotería gana un premio. De veinte mil millones de euros, en este caso.
Todo el poblado guardó silencio. Las preguntas que bullían en sus cabezas no tardaron en desatarse en voz alta, todas a la vez. “¿Qué es el dentífrico?” preguntó un anciano desdentado. “¿Qué es una minifalda?” preguntaron varias mujeres con las tetas colgonas. “¿Qué es una bola?” preguntó el tonto del pueblo, que siempre hay uno.
Toiad’obao volvió a soltar un alarido monárquico que hizo callar a la multitud, más preocupada por la salud de su líder –que parecía que sufría de atragantamiento y reclamara ayuda- que por otra cosa.
- Ha quedado claro –dijo cuando el grupo de indígenas se calmó.- Ahora explica qué es “veinte mil millones de euros”.
- Los euros – comentó In Surrec’tó, didáctico- son unos redondeles muy duros y brillantes que el hombre blanco usa para cambiarlos por cosas.
“¿Qué es un redondel?” volvió a preguntar el tonto del pueblo, pero alguien le dio una colleja y se calló.
- ¿Qué cosas? –requirió Toiad’obao.
- Cualquier cosa. Deportivas Adidas, monovolúmenes de doscientos caballos, botellas de Dom Perignón y fines de semanas en Ibiza.
- Nada de lo que dices tienes sentido ¿Te inventas esos sonidos conforme hablas o qué?
- Yo tampoco sé lo que significan, entiéndelo. Estaba de Erasmus, y entre botellón y botellón sólo tuve tiempo de aprender algunas cosas. La demás las memorizaba sin entender un pijo. Pero de lo que estoy seguro es que, la gente que más euros tenía, mejor vivía.
- ¿”Mejor”? ¿Cómo “mejor”?
- Pues tú sabes. No tenían que ir a recoger papayas de los árboles, ni a lavar la ropa al arroyo, ni nada de eso. Mandaban a otros para que lo hicieran, y estos, a cambio, recibían un montón de euros.
La idea hizo presa en todos los Killo-Killo presentes. Se entregaron a un grito de júbilo común, motivado por la perspectiva de no tener que dar ni un palo al agua el resto de sus días gracias al premio. Toiad’obao tuvo que recurrir a toda la fuerza de sus cuerdas vocales para hacerlos callar.
- Pero aún no me has dicho qué es “veinte mil millones” –recordó al joven.
- Ah. Es un número.
El silencio volvió a posarse sobre la jungla. Un tití pigmeo, de los que había en los árboles, aprovechó para soltar una ventosidad ruidosa. Los demás soltaron chillidos cortos, riéndole la gracia.
- ¿Un número mayor que ocho? –preguntó el sabio Tateal’loro, muy interesado por el concepto.
- Me imagino –contestó In Surrec’tó.
- ¿Más grande que diecisiete? –preguntó Toiad’obao, haciendo referencia al mayor número que conocía.
- Supongo.
- ¡Imposible! –gritó Pinch’uvas, el chivato pelota, que hasta entonces había guardado un discreto silencio.- ¡No hay ningún número más alto que el diecisis… dicesep…!
- Diecisiete –ayudó Toiad’obao.
- Eso ¡Nuestro amado líder fue tocado por los dioses y le revelaron el número más alto, aquella noche en la que empezó la era de la Zarigueya! ¡Y no tiene nada que ver con la infusión de setas que bebió en la fiesta, como dicen las malas lenguas!
La referencia a la infusión de setas prendió una idea en la mente de Toiad’obao.
- Consultaré al Oráculo –anunció de pronto.
- ¿Al oráculo? –preguntó el sabio Tateal’loro- ¡Pero si ese viejo tiene la cabeza perdida!
Todos sabían que Tateal’loro sentía envidia por el Oráculo, ya que, aunque era tan viejo como él, todavía era capaz de izar el mástil y pasarse por la piedra a la mitad de las indígenas de tetas colgonas, así que a nadie le extrañó que el líder Toiad’obao lo mandara a hacer puñetas y se encaminara hacia el chamizo donde habitaba el Oráculo. Estaba determinado a tomar una decisión justa y equilibrada respecto a toda la locura del billete de lotería.
Los dos ancianos entre los bambúes, los únicos que no se habían movido de su sitio hasta el momento, volvieron a mirarse.
- ¿Y ahora qué pasa? –preguntó uno.
- Creo que el jefe va a buscar más infusión de setas –respondió el otro.
Toiad’obao entró en la choza del oráculo sin pedir permiso, para eso era el jefe.
- Buenos días, Oráculo.
- ¡Hombre! ¡Qué alegría verte! –respondió el otro.- ¿Vienes a por otro brebaje de setas?
- Olvida eso, anciano. Necesito que te pongas en contacto con los dioses y me reveles el destino que tienen preparados para todos nosotros.
- Vaya, pues qué aburrido.
El Oráculo era un viejo esmirriado y huesudo, revestido por una gruesa capa de pellejo arrugado. Llevaba puesta una chupa de cuero con flecos que In Surre’ctó le había traído, por encargo, de su viaje, y un pañuelo atado a la frente con la leyenda “Gun’s and Roses” bordada en él.
- Pero antes nos podíamos tomar un brebaje de setas ¿no te parece? –preguntó.
- Oráculo, tenemos un gran problema. Nos han tocado veinte mil millones de euros en la lotería y no estoy seguro, primero, de qué es lo que rábanos significa eso, y segundo, qué debemos hacer con el billete premiado. Necesito la iluminación de los dioses para tomar una decisión justa para el clan.
- Ya. Quieres que monte el número del “ritual de iluminación” ¿No es así?
- Así es –contestó Toiad’obao.
El anciano no se hizo esperar. Prendió fuego con dos piedras de yesca en un camping gas que había sobre un taburete, colocó encima un recipiente sagrado que se parecía mucho a una sartén de teflón y vertió los óleos místicos en él. Luego rebuscó en un baúl de cáñamo, haciendo mucho ruido mientras revolvía su contenido. Terminó liberando, de entre la masa de chirimbolos, dos piezas oblongas que a Toiad’obao le parecieron amuletos ancestrales y que, al final, resultaron ser dos huevos de codorniz. El Oráculo entonó un canto ritual que se parecía mucho, por la letra, a Sweet Child of Mine, y cascó los huevos en el borde de  la sartén. Aplicó el Batidor Sagrado con bastante brío y alegría mientras emulaba el punteo de Slash.
- ¿Esto es el ritual de iluminación? –preguntó Toiad’obao sin poder contener su curiosidad.
- Es mi desayuno –respondió casualmente el Oráculo. Y se puso a cortar una papaya con un cuchillo japonés.
- ¿Y con esto voy a conseguir tener una revelación?
- Claro. En cuanto le añada la sustancia mágica -y volcó unos polvos blancos sobre el huevo y los pedazos de fruta.
- ¿Es polvo de estrella errante?
- Es azúcar glasé. Ni te imaginas la bajada de tensión que me provoca la resaca de brebaje de setas – dijo. Apagó el fuego y se puso a comer directamente de la sartén.
Toiad’obao lo observaba atentamente, confiado de las habilidades del anciano. Una vez terminó con la tortilla de papaya hurgó con los dedos entre los restos de huevo que había en el fondo.
- Los Dioses dicen… Los Dioses… Los Dioses dicen…- balbució, concentrado en los restos.- ¡Dicen que le entregues el billete de lotería al Oráculo!
Ambos, Toiad’obao y el anciano, se contemplaron muy serios durante unos momentos.
- No ha colado ¿no? – preguntó el Oráculo al fin.
- No –dijo el jefe de la tribu.- Anda, mira mejor.
El Oráculo, resignado, volvió a contemplar los desperdicios del desayuno.
- Veo… Veo… un mensaje.
- ¿De los Dioses?
- No, de un platirrino de cola parda… ¡Pues claro que de los Dioses!
- ¿Y qué dice?
- Dice… “A los ciento treinta días caduca”.
Toiad’obao meditó un instante.
- ¿Y eso qué significa? –preguntó.
- Ni idea. Para mí que los Dioses también estuvieron de fiesta anoche.
En ese momento se abrió la puerta de la choza y asomó la cabeza de Tatel’loro, el sabio de la tribu. Cuando vio al Oráculo, y para demostrar el desprecio que sentía por él, dijo:
- ¡Viejo verde!
- ¡Pichafloja! –respondió el otro.
- ¿Qué deseas, Tateal’loro? –intervino Toiad’obao.
- Tengo que explicarte una cosa muy importante, oh, gran Pring’aó. ¿Tienes un momento?
Como el líder se dio cuenta de que no iba sacar nada más en claro del Oráculo, decidió acompañar al sabio al exterior. Fuera, encontró que todo el clan reposaba al sol, charlando de sus cosas. Incluso los recolectores de papayas, que habían regresado en el intervalo, estaban sentados sobre la tierra, bebiendo licor de papaya y comentando una jugada que el pichichi de la tribu había realizado durante el partido del domingo.
- ¿Qué es eso tan importante? –requirió el jefe al sabio.
- He estado meditando sobre los veinte mil millones de euros y sobre las posibilidades que nos ofrece la civilización exterior.
- No te entiendo.
- Verás, Chufla. No te había comentado nada, pero desde que In Surre’ctó regresó de su beca de estudios hemos mantenido extensas charlas sobre la sociedad y la civilización del hombre blanco. Ahora, bajo la luz de los últimos acontecimientos, veo que todo esto es una señal del los Dioses.
- ¿A qué te refieres?
- ¡Al progreso, oh, Chufla! Según me ha contado In Surre’ctó, los hombre blancos no sólo usan los euros para comprar cosas, también lo usan para invertir.
- Tus palabras siguen siendo oscuras.
- ¡Sí, verás! ¡Los hombres blancos invierten en empresas para su desarrollo! ¡Crean lugares de estudios donde los niños aprenden las leyes que gobiernan la naturaleza! ¡Eso niños, cuando crecen, inventan herramientas para fabricar máquinas que producen muchos productos: magia para encender luces por la noche, caballos automáticos que transportan a la gente sin descanso, comedores de lujo donde se degustan carnes exportadas de Texas, especias exóticas procedentes del opio y las amapolas, canoas gigantescas con camarotes individuales, pistas de tenis y piscinas climatizadas… !
- ¡Detente, anciano, que te emocionas! –interrumpió Toiad’obao.- No entiendo la mitad de lo que dices. Sin embargo comienzo a comprender las ventajas… ¿Y todo eso se consigue gracias a los euros?
- ¡Claro! Sólo habría que crear un depósito de euros, que dirigiría un indígena economista que fuera judío. Cada uno en la tribu podría pedir prestado una cantidad de euros para crear su propio negocio: una franquicia de comida rápida, una cadena de lavanderías, un bufete de abogados, una constructora corrupta… Cada uno lo que prefiera. Y todo con una única condición: devolver los euros prestados… más un interés.
- Deja los detalles y explícame cómo conseguirían devolver el préstamo. ¿Con qué euros, si se lo gastan en crear un negocio?
- Con los euros que cobrarían por vender sus productos. Es fácil si se fabrican televisores y se ponen anuncios a todas horas.
Toiad’obao reflexionó unos instantes. No entendía bien todas la explicaciones, pero no parecía mala idea. Podría tener una cabaña majestuosa, propia de un regente de su talla. Pediría un préstamo y podría atravesarse los labios, la lengua y las orejas con todo tipo de de abalorios, joyas y anillas brillantes. Voy a quedar precioso, pensó relamiéndose.
Claro que él no montaría ningún negocio, para eso era el jefe. Se limitaría a cobrarle una parte de su riqueza a cada uno de sus súbditos, y el que se negara sería arrojado por su guardia imperial al estanque de los cocodrilos. Pero sobre todo, dejaría de comer papayas a todas horas. No pensaba volver a probarlas en su vida.
- ¡Chufla! ¡Gran chufla! –gritó el chivato de Pinch’auvas, corriendo hacia el líder.- ¡In Surrec’tó ha hecho un descubrimiento y no te lo quiere contar!
El estudiante de la levita corría detrás de él intentando darle alcance. Cuando ambos llegaron a la altura de Toiad’obao detuvieron la carrera y se limitaron a intentar agarrarse y esquivarse el uno al otro.
Toiadob’ao no tuvo más remedio que soltar otro alarido monárquico para que pararan.
- ¿No podías dejar de dar esos gritos, Pring’aó? –preguntó Tateal’loro, tirándose de la oreja.
- Tranquilo. Dentro de poco  me compraré un megáfono del tamaño de un baobab –tranquilizó al anciano. Después, mirando a In Surre’ctó, ordenó:
- Dime ¿Cuál es ese descubrimiento que has hecho?
El joven de la levita miró iracundo a Pinch’auvas e insultó en un susurro: “acusica”.
- No es nada, Pring’aó –explicó acto seguido.- Es sólo que he descifrado los símbolos que aparecen en el dorso del billete de lotería. Se ve que algo aprendí en las clases de lengua, a pesar de la cantidad de veces que falté para asistir a las barriladas.
- ¿Y qué contiene el mensaje del billete?
- Nada importante. Pone: “caduca a los ciento treinta días”.
Toiad’obao creyó haber oído eso antes.
- ¿Y qué significa?
- No estoy seguro –respondió el estudiante.- Sé que “días” es igual que “amaneceres”. Y “ciento treinta” podría ser otro número…
Tateal’loro se rascó la cabeza inquieto.
- ¿No hará referencia al tiempo del que se dispone para cobrar el premio? –preguntó.
- No lo creo –respondió seguro el jefe de la tribu.- De todas formas ya he tomado una decisión: In Surre’ctó partirá ahora mismo, rumbo a la civilización, para traer al poblado los veinte mil millones de euros.
- ¿Yo? ¿Porqué yo?
- Porque yo lo digo, y como soy el jefe ya estáis todos callados. Se tarda dos lunas y siete amaneceres en llegar al poblado blanco más cercano, y llevas aquí, desde que volviste, ocho amaneceres. El camino de regreso te tomó otras dos lunas y siete amaneceres.
- ¿Y todo ese tiempo no será más de “ciento treinta días”?- preguntó Tateal’loro con aire preocupado.
- Imposible. Hasta ahora sólo he empleado los números “dos”, “siete” y “ocho”, y todos son menores que catorce. Si “ciento treinta”, al igual que “veinte mil millones”, existen, deben ser mayores. Así que no hay problema.
Todos los Killo Killo presentes reflexionaron sobre la estupidez lógica de su jefe, y usando de cabeza la misma porquería de aritmética, llegaron a la misma conclusión que él.
- Así que nada –concluyó Toiad’obao.- ¡Venga! ¡A la civilización, a cobrar el premio!
In Surrec’tó se alejó resignado para hacer las maletas. Pinch’auva se escaqueó en otra dirección con sus piernas patizambas, antes de que le endilgaran alguna tarea, dejando solos al jefe y al sabio.
- ¿Seguro que podremos cobrar el premio, gran Chufla? –volvió a preguntar Tateal’loro.
- Seguro, viejo –resolvió el jefe, llevándose súbitamente la mano al estómago y haciendo una mueca de dolor.
- Y, si por casualidad, no fuera así –añadió-, ya he pensado que nosotros mismos podríamos fabricar nuestros propios euros.
- ¡Qué gran idea, Chufla! –exclamó el sabio.- ¿Y podría ser yo el director del depósito de euros? No soy judío, pero mis antepasados tenían todos unas narices enormes.
- Únicamente si me haces préstamos a bajo interés.
- ¡Dalo por hecho, oh, gran Prig’aó!
- Vale, Y ahora piérdete –ordenó el líder de la tribu agarrándose otra vez el estómago.- Esta mañana me han interrumpido mientras me encontraba en mi momento de libertad, en lo alto del papayo, y ahora me está pasando factura.
Toiad’obao se lanzó hacia la jungla, acelerando por momentos. Pasó junto a los dos ancianos que había sentado entre los bambúes, sosteniéndose el culo con sus regias manos.
- ¿A dónde va este, ahora? –preguntó uno de los ancianos.
El otro meneó la cabeza.
- Va a cagarla –respondió.

Justicia terrena, Arroyito Ferdinand

“Y tan ricamente”. Así acababa el relato.
Se me había revelado en un sueño y, aunque no sabía bien qué es lo que venía a significar, bien podía captar cierta enseñanza vital en él. O quizás todo eran imaginaciones mías. Al fin y al cabo, y por aquel entonces, aún estaba sumergido en una de las etapas más tristes y dolorosas de mi vida, y nada se conseguía mostrar claro en mi cabeza. Aún tendrían que pasar varios meses antes de que la niebla se levantara.
Es lamentable de qué manera se aferra uno a lo poco que quiere y conoce, a pesar de que el aire, la luz y la lluvia fina después del atardecer -cuando se enfría la atmósfera-, te repiten una y otra vez que todo ha terminado, que estás viviendo con un muerto que eres tú mismo y que más te valdría agarrarte a la poca carne que aún queda vida y salieras por patas. Cuando esos consejos todavía no han cobrado sentido te dedicas exclusivamente a concentrarte en respirar, poniendo cuidado en no olvidar cómo se hace, en tomar el máximo posible de comidas a sus horas y en aceptar la mayoría de hombros amigos, aunque no tengas ganas de ver ni a su puta madre. Estas cosas son las que necesitas imponerte con la escasa voluntad que reúnes, pero luego están las que, aunque nunca has entrenado a conciencia, ni son fruto de una disciplina auto impuesta, se instalan en tu vida con la misma naturalidad con la que conviven dos hermanos siameses: el alcohol a cualquier hora, los paquetes de cigarrillos sin número ni nombre, las conversaciones (monólogos despechados) con los amigos y las noches de insomnio. Por lo visto, mezclar aquellas primeras con estas últimas, procedentes desde algún punto desconocido del exterior, es lo que te hace regresar, poco a poco, muy lentamente, con una cuajo exhasperante, a la cordura a la vida diaria.
Pero, un mes después de comenzar el calvario, aún era pronto para poner orden, y fué entonces cuando se me reveló aquel relato en un sueño furtivo. Recordaba los detalles con nitidez, así que no me resultó difícil transcribirlos en forma de historia. Lograr algún efectismo al final para transmitir la moraleja escondida costó un poco más, pero conseguí algún resultado resistiéndome a abandonar la sensación que aún permanecía conmigo después de despertar. Supongo que el proceso interno de medrar la historia, hilar la trama y redactarla sin perder de vista mis sensaciones asociadas, en medio de aquel mar de fuego, fue posible gracias a la indolente caraja que provocaban las noches de insomnio. A veces el dolor trae su propia anestésia. Luego vino la lectura precisa de uno de mis amigos, reclutado, entre mis llantos y mis lamentaciones, como mercenario de la corrección. Tras su estricto examen, anotación y corrección, decidió darlo por pasable, algo muy alentador para el desgraciado desenamorado que era yo en ese momento.
Otro amigo, por casualidad, y después de recomendarme por enésima vez el olvido completo como terapia superatoria de mis males, se lanzó a hablarme del concurso literario que su universidad convocaba entre los alumnos del centro, con un premio de veinticinco mil pesetas. Quizás hizo el comentario para desviar mi recurrente amargura, o quizá para escapar por un rato de mi plañidero acoso, pero el caso es que me proporcionó el suficiente descanso en mi masa gris como para sumar dos más dos.
Y así quedó convenido. Presentamos el relato, escrito por mí, corregido por mi amigo censor y presentado a concurso interno con el nombre del universitario.
No deposité grandes esperanzas ni le dediqué dos pensamientos más al asunto: seguía muy ocupado quejándome al cielo por el terrible castigo que me había impuesto. Continué convencido de que la diosa del destino era una hija de puta con tendencias sádicas, y aún habría de pasar algún tiempo antes de descubrir que la hija de puta no era otra, en realidad, que la mismísima mujer que me había abandonado. Proseguí con mi dieta de cerveza y cigarrillos de madrugada y medité sobre el significado de la vida, de la muerte, del destino y de la madre que me parió. Y un buen día mi amigo el universitario recibió una llamada solicitando su presencia en una ceremonia de entrega de premios, y entonces se encendió la primera luz. No fue una luz muy grande pero, a mí, en aquel momento hasta una foco de veinte mil vatios me venía corto para orientarme, razón exculpatoria para la tenue luz del premio, no por tenue (que no lo era) sino por tener poco que ver (pensaba yo) con el anhelado antídoto para el dolor.
Los meses pasaron y dolor se apagó por su cuenta. La cordura, o la apariencia de ella, regresó para ayudar a afianzar las lecciones aprendidas. En los años siguientes el mundo siguió girando al mismo estúpido ritmo pero al menos dejó de parecerme una desfachatez que siguiera hacíendolo sin consultarme. Y mis amigos fueron y vinieron, igual que aquella mujer que primero vino, y después, sin más, se fué.
Queda el orgullo de haber vivido la unión pasajera de tres tíos en una empresa de dudosa gloria, convocados por la desgracia de uno de ellos, e inspirados por la justicia terrena, ejemplificada magníficamente a la hora del reparto del premio: tres partes de ochomil pesetas.
Sobraron mil pesetas para brindar los tres con cerveza. Y tan ricamente.