Google+ Taller de Escritura Creativa de Israel Pintor en España: Anar Reina
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Retales de piel en epopeya sin héroe, Anar Reina

Soy
buscándome
expuesto inverosímil
en mujer que no va tentando,
ni aclara paso a paso las cómodas preguntas,
ni quiere alta voz con plus-fidelidad, ni desde ultratumbas.

Que para la paz, el enojo se marque febril, pero yo esté con voz queda y silente.
Y aun dándome risueña, se me tuerce en agravio y mueca
si no es clara tu verdad, tu mano, tu beso y tus ojos
escapan, y pliegos quedan en biombo japonés.
Y sentenciando entonces mi palabra
“Ne me quitte pas”
¡Mentira!
Es mejor que te vayas,
ya no serán las oscuras golondrinas,
no hay pereza supina que supere mi credo.
El albor ha llegado, cristal de seda límpido que me seduce,
ya llega la mañana y ahora, sí, juego con ella, no me interrumpe.
Soy sólo yo, líbera de inmediato, asustada de trayecto, pero de fácil remedio,
y que me quede el olvido en justa ambrosía y deidad,
para estar en alturas y así poder valorar,
que lo que se da, no se puede quitar.
Y lo que ya fue perdido,
con otras formas,
se recuperará.
Y en tiempo.
Razón.
Amor.
Amor, no,
ése justo, astuto,
hechizado que me habla.
Por hablar conmigo misma sin espejo,
por el ala aleve que me dio el influjo musical;
aunque el Hada Armonía no entiende de cuentos
ni sabe chino mandarín, es esquiva, no cata ritmo alguno,
es voraz, devora-caníbal, hecha de jirones mandatarios.
Me enjugo en vinos para tener palabras que me sequen la vergüenza.
Ya en Los raros, Rubén Darío, se ensalzaba en decir que los suspiros vienen,
como la fusta de Lou Andrea Salomé, y unos labios de otro que ya son míos.
Me habita la pasión del otro, el depósito filial de sentir la conmoción de una mutua pasión.
Hoy el destello serpentea la estela de muchos, de tantos, de pobres, de gente en su victimario,
perpleja, como el arco circunspecto que atávico te para y te deja ir en una única dirección,
espiral de vida agotadora, la miro helicoidalmente, y me da hélices con salsa fungí.
Su sueño no era volar, su sueño no era, se deja la com-pasión y al otro,
se sumerge el tiempo en lo divino, en lo arcano y disciplinado
en epopeya de tus ojos, tengo en mi voz el azul de tu mirada
y te tomo una foto en un retal de piel despojado,
en un lugar ponzoñoso de propio castigo.
Luego, dictaminaremos de foto ficción,
y recordarán la espuma-sol,
frenetismo a razón.
Se quedó,
Allí,
no sé decir,
cuántas mujeres
llegaban al altar de Quevedo
ni convidaban a su boca en envés,
perlas ya no son, desbocadas pues.
Si mañana sigo y puedo volver sin más,
ganancias tendré de perdidas vetustas batallas, hoy nuevas.
Llegará el nimbo y la luz remota, el salir de las aguas, PLACER,
placer que no se toca para desmenuzarlo ni para despedazarlo,
se queda sin más, es gran incrédulo del márketing,
se siente, es un átomo pretérito, no divisible
Está hecho de fe.
De lo dado,
de lo mío.

Olfato, miedo y deseño, Anar Reina

ANTES DE...
El hielo huele a nada. Nada era lo que me decía mi madre ante mis preguntas de niña enfadada. Mi infancia no tenía olor. Miento diciendo que el hielo huele a nada. Puede oler a casi cualquier cosa que se pueda imaginar. Se contagia. Huele al congelador que lo abraza, que lo blande entre carnes. Entre piezas de pan sin tiempo para el mordisco fresco del día a día. Nada que ver con ese pan que vas a comprar al bakery. Donde la armonía entre levaduras y manos que van haciéndose con harina y agua te llevan a elegir el de corteza más suntuosa. El que supones pedazo más crujiente que llevar a la boca.
Eso quiero, llevarme un pedazo a la boca, justo el pedazo que yo haya elegido. Sólo ése. Y no, no soy como el hielo. Huelo lo que siento, siento lo que huelo. Mi nariz está donde no me supe en mi infancia, por eso, quizás, puedo olerlo... casi todo. También me huelo a mí. Mi olor.
El olor más sincero es el del miedo, no se camufla. No se adorna bajo perfumes. Es; y me aleja, y me acerca a mí, al otro. Siempre lleva almizcle. Se sabe sereno. Sin embargo, enseña el colmillo como el can que también todo lo huele, y ataca para defender su miedo. Es un olor humano, inhumano, que se descompone en primas de mercado y espectros. Alcanza el jazmín, la hierbabuena empapada en limón, el sándalo y la fresa. Se torna, sacudiéndome, en la certeza pútrida y enquistada del jazmín, esa muerte apétala que no quiere morfosintaxis de la conjugación futura. Sólo sabe del lóbrego pretérito. Lo sabe allí, en aquel cuarto sin luz donde mueren cada día sobre el blanco platito, blancos dedos olorosos recogidos del jardín. En ese angosto lugar, alguna vez pedí con voz secreta y, otras, recé que pudiera ser capaz de hacer lo que tanto temo. Pero entonces no sabía que sólo yo podía tener el empuje para hacerlo. Que nadie me tomaría la mano para llevarme a lugar alguno donde encontrar lo que busco. Que las magnolias de Cernuda y los pocos sabios que en el mundo han sido de Fray Luis tienen que haber servido para algo más...

DESPUÉS DE...
Eternizaba el pálpito allí en la misma acera. Se me quedó denso en la mirada, pum-pum, pum-pum, pum-pum... Me supo a minutos de sándalo. Cerca de ti y en el centro del cuerpo un leve toque de lavanda. Y ocurrió en segundos. Lejos, a sólo menos de medio metro. Podría haberlo medido en particiones escolares, a dentelladas de olfato, mi distancia, la tuya, el perímetro, el centímetro cúbico. La remembranza a ese olor a plastilina incorruptible, a esa infancia niña de escolares, temerosa. Ahora no es tan maleable. Ahora es evanescente, como pulverizada y desconcertante en miles de partículas quietas en aire caliente, que saturan la nariz salpimentándola hasta el estornudo. Se queda abierta la carne, se esparce, se desintegra ¿Quién no conoce el dolor infinito de lo que jamás vuelve, de lo que deja el olfato estéril y el alma cogida en ramillete de lilas, vieja, olvidada...? Sentí prieto el estómago, me ahogaba el deseo anestesiado por el acíbar del formol que se queda en frascos para siempre. Hiriente en mi repugnancia. Un deseo incombustible al que no le da la luz, para que se haga quedo, para que no se contagie, para que no sepa. Para que siga diciendo el olor de todo con la pulcritud de una glándula minúscula.
Me duele el olor, el olor de haber pensado que lo que deseo jamás llegará, que se irá en cuanto se sepa deseado. Pero está, él está ahí. Está aquí, ahora. Ya. Y no quiero. No quiero sentir que es la esencia misma del perfume de mi vida. Me vacío por dentro para ignorar su verdad, su presencia. Y de nuevo, sola y confusa, me habita un perfume a narciso. Quedándoseme encenagados los efluvios a primavera tardía, frustrada. Tan falta de emoción, pero de raciocinio perfecto. Ese narciso que sólo se sabe a sí, con pedazos de espejos mirados, recompuestos sin pasión. Donde esperanza acostumbraba a dejar lágrimas con salitre alcalino, rancio. Lágrimas sin verdad. Como cuando un jeroglífico se desencripta sin la abrupta sofisticación de la leche de burra de Cleopatra. Cuando no hay verdad. Alicia no podrá seguir buscando el camino correcto. Tu deseo es sólo tuyo, es sólo mío. Mi nariz no sabe de tiempo, que no da para el tiempo. Y yo estoy aquí. Ya. Él está, pero lo hago volátil. No hay modo de asirle. Me llega la dulzura del lácteo, lo esponjoso del pan, el éxtasis de la rosa, la miscelánea de la tradición, de la novedad, el olor a clavo de la estrella fugaz. Es posible que NADA a veces siga oliendo a frío, al miedo al deseo. Al destierro yermo de mi soledad en compañía. Y que deseo tenga miedo de sí mismo.

¿Hubiera pedido Flaubert, si hubiera vivido en nuestros tiempos, un cambio de sexo para ser finalmente Madame Bovary?, Anar Reina

Preguntábase en ese momento si la laca fijadora de su bigote sería suficiente en eficiencia como para no desentonar entre tanta hombría ¡Qué petulancia! Ocupaba tiempo entre sus pensamientos la armonía en el estar, especialmente, entre todos los médicos que a su alrededor se encontraban. A fin de cuentas, aún era un gentleman, y así iba a trabajarlo hasta el último momento. Estaba preparado para comenzar a ser mujer, Emma ya vivía en él desde hacía mucho. Se habían esbozado en un solo corazón a fuerza de entrelazarse y alborozarse en confindencias. Allí, sobre aquella camilla, bajo la observación de médicos residentes que no querían perderse la ocasión, tendría lugar la conjunción de almas en un mismo cuerpo. Bisturí, anestesia lista, camilla XXL. Invaginación procurada. Esos doctores habrían de hacer una verdadera descojonización.
Emma siempre había pensado que Gustave, ese mismo que ahora estaba sobre la camilla, era el hombre más especial de la tierra. Jamás ni un indicio de la virilidad que ostentan muchos hombres, ni eludir si quiera a ese poderío del que presumen algunos, de tan dudoso origen. Un hombre increíble a sus ojos bovarianos. Tal vez su mamá, siendo aún él bebé, jamás le hubiere dicho eso de: ¡qué cojones más grandes tiene mi niño! Y es que esas frasecitas pueden dejar impronta mayúscula, más de uno hay acomplejado…..Y eso que dicen que la memoria del niño es limitada.
Gustave gustaba de la justa palabra……tout a la medida….Él mismo se fascinaba de su egocentrismo, le daba continuas patadas a la medida aúrea. Sólo de pensar en cómo sería ser mujer, físicamente una mujer, se estresaba. Temía que al mirarse las tetas, mientras caminaba, pudiera ponerse bizco, bueno después de tanta operación, bizca. Y es que quería caminar hacia la perfección.
La entrega, el sacrificio eran sus principales armas, como una gran Madame. Desde pequeño ayudaba a su madre en la hora del té, a untar los panecillos con mermelada de albaricoque. Ella siempre le hablaba entre tanto, de los miles de sufrimientos que le hacía pasar su marido, su aburridísimo marido. Vamos, el padre de Gustave. Él siempre oía con las orejas sordas la parte que correspondía a su padre. Lo cierto es que no recordaba haber cruzado más de una veintena de palabras con él. Pero su madre, su discurso almibarado, su entrega al sufrimiento y la desdicha, le hacían disfrutar con prohibitivo gozo aquellos momentos en que ella ni se percataba de su pequeño interlocutor. Un interlocutor al que se le cruzaban los hilos ya fríos y cortantes del almíbar que quedaba en suspenso. Gustave acabó comiéndose a mamá. La llamó Bovary y se convirtió al bovarismo con todo su cuerpo y alma.


18 de octubre, 2012, Anar Reina


Se me viene a la cabeza la imagen de una sabana, de un vasto páramo en la profundidad africana. Un safari –sólo a través de él puedes vivir como espectador lo que te sería ajeno de modo absoluto. Y sentir la tierra vibrante, percusiva, la que hace piruetas entre los curvos cabellos de los que allí danzan. La estructura es sencilla. Me centro en la naturalidad de su organización. Todos allí tienen un lugar, y los demás lo saben. Respetan. Cuando el león alfa ruge, todos en la manada le escuchan. Cuando la más grácil de las cebras apenas siente un leve impacto en el aire, corre, huye. Las demás confían en el instinto de su compañera, saeteando de inmediato tras su huida. Saben, sin ver, que hay un peligro. También el elefante sabe sin más que parirá una cría 20 semanas ha. En su vientre guarece la cría y la semilla axiomática que le hace ser una criatura alojada en el instinto. Y mientras tanto, los geólogos hipotetizan sobre el tiempo y sus retrasos a causa de la velocidad del giro de la Tierra ¡Qué cosas! Tantas partes en la ciencia son futilmente humanas. Como el escolapio que no dice nada rezando a la Meca. Como la sacarina que endulza exponencialmente, y da cáncer en los ratones de experimento.
Pienso en esto y se me queda engarzado al instante con lo que representa para mí la escritura. Supe encontrar mi percusión africana en ella. Mi lugar. A resultas, sentía que algo se me presentaba como sostén, como agarradera que una primera vez fue furtiva e iba con lentos tientos haciéndose fiel, precisa para recomponerme. Me hacía escuchar mi instinto como no me atrevía a escuchar en la espontaneidad de la calle. Me multiplicaba los momentos para reír y para saberme en el silencio amable de una pieza de papel.
Y desde este lugar en que me autorizaba a mí misma, aprendí, sigo aprendiendo a sentirme, a expresarme, a escuchar –aunque al principio sólo fuera el eco sordo de mi voz. A dejarme un hueco que sepa con palabras acerca del vacío. Ese vacío impronunciable, un temido forajido de la especie humana.

Han sido muchos los momentos diferenciados en mi forma de escribir y éstos hablaban. A veces más por lo que no decían que por lo que decían. Mostraban sobre esas variadas etapas por las que me iba transitando, me dejaba transitar. A mi pesar, me dejaba arrastrar, así como cuando la marea se deja seducir por el influjo de la Luna. O me mecía, me hacía inconsciente, me perdía para quererme encontrar. O cuando me declaré un destino como leimotiv.
Cuando adolescente, empleé la escritura como foco de mi exploración, también como aspersor de mi explosión. Todo era demostrar. Relativo al deseo por lo nuevo, el exhibicionismo, lo barroco, el manierismo. Me sentía como si hubiera sido nacida –así en literal traducción inglesa- en otra época. Y me oía y me sonaba bien, iba y venía sin más. Ahora recuerdo a Juan Ramón cuando hablaba quejoso de sus poemas cosidos con ropajes de sobra.
Con los años, Eco empezó a cansarse de brillar en su cueva. De no decir nada con tanto extravío. Empecé a entender que tampoco se trataba de un burdo exhibicionismo. Mas, sí, había una intención de mostrar a los demás, un deseo de compartir lo que aún no había encontrado con quien compartir. Sobre todo un deseo, inefable y puro, de encontrar en algún lugar, sea cual fuere, a aquella persona que pudiera decirme, así como Woolf sentenciara, algo bueno y honesto sobre mí. Y yo, como en la historias para niños, seguiría esparciendo palabras hiladas por mi caótico sentir. En realidad, hiladas por mi atolondrada mezcla entre el pensar y el sentir. Y encontrar el gran amor, pueril y sabio, que espera el jugo de su media naranja para vitaminarse de los pies a la cabeza.
Me sé cuando escribo. Me sé tanto que cuando no escribo generalmente es que me fui por un tiempo. Ahora lo sé de tinta oscura y densa, ya sin medias, las tintas. Pero también hubo un tiempo de magias. En que pensé que podría ser un modo secreto de mantenerme en un deseo imposible, el de poder tener tantas vidas y tantas ficciones como a capricho se me antojaran. Oler de cerca la metaficción y muy en lontananza la vida propia. ¡Qué lánguido orgullo! The sky is the limit, dice el joven inexperto que cree que sólo el querer es poder o, al revés, o retorcidamente ambas. Porque tantos tipos de voluntad hay, como lugares del cuerpo de los que puede provenir esa fuerza volitiva. Escudriñé, y a mi indecisa manera elegí. Salvé a algunos personajes. Algunas ficciones se quedaron en la piel y se transcribían a golpe de tecla. Y en realidad a quien salvé fue a mí.

Aún estoy enfrascada, en este punto temporal, entre mis papeles. Ya no hay voces en coral, pero algo me aturde. No consigo darme con claridad la respuesta de para quién escribo.
Odio la duda, pero en la fiereza de su compañía, asentí, la acepté. Me despliego comprobando que mi corazón no es tan temeroso como me hacían sentir era. Que creo en el brío de mis recuerdos, de mis palabras nuevas. Que la paja dispuesta con disolución arde en la hoguera de certeza absoluta. Y que no pasa nada si la primera ficha del dominó consigue caer a todas las demás que habían sido colocadas detrás con esa astucia. La escritura se hace, se deshace, lo que está escrito, está. Y en esa inmanencia hay un continuo cambio, a veces imperceptible, y es el que me reinventa, me hace creer, me da fuerzas para ponerme a prueba, explorando mis posibilidades.