Google+ Taller de Escritura Creativa de Israel Pintor en España: Raimundo Lion
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Publicamos nuestra primera antología bajo el sello del Taller de Escritura Creativa, en ebook para todo el mundo y en papel para los amigos

"El mérito de este libro de historias no es sólo que entretiene y divierte. El mérito recae en su capacidad para contagiar al lector con la pasión por la escritura, a través de las pasiones propias del escritor que aún se niega a verse a sí mismo como tal, a pesar de que sus letras evidencian vocación. La premisa de estos textos se encuentra en el principio mismo de escribir Cada quien su cuento, donde resalta el ingenio personal de autor. La personalidad de cada uno de los narradores en esta antología es diversa y atrayente. Lo que las une es el ímpetu creador y la frescura propia del novel. No en vano es éste el primer libro publicado por el Taller de Escritura Creativa, un espacio de formación para escritores en toda regla."
Israel Pintor.

La presentación de esta obra fue realizada el jueves 19 de noviembre de 2015, a las 20 hrs. en La imprenta (c/González Cuadrado 22, Sevilla). Hubo lleno total. 


Para hacerte con la versión electrónica ve a la Google Play Store.

Si no puedes o pudiste ir a la presentación, compra un ejemplar impreso a través de PayPal, pagando con tarjeta o usando tu propia cuenta PayPal. Te será enviado por correo postal a tu domicilio (sólo para España).

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Mira, una joven bloguera nos ha hecho una reseña:


El Sol en Callao, una novela de Raimundo Lion sobre el amor en el ocasode la adolescencia

Esta vez paso por el blog del TEC, después de un tiempo en que lo he tenido un poquito descuidado, para compartir un acontecimiento que merece la pena contar. Hace unos meses me reuní en un bar de Sevilla con Raimundo Lion, alumno recurrente de este taller, con la finalidad de que me pasara una copia de la novela en que ha estado trabajando desde hace algunos años. Quería que le diera mi opinión sobre el texto con miras a una corrección. 
Conozco a Raimundo desde hace ya por lo menos año y medio y desde entonces he sabido que se trata de un hombre talentoso; pude comprobar esa intuición muy pronto, los textos que llevaba a las clases del taller eran siempre buenos y divertidos, salvando esos detallitos en los que metemos la pata de vez en cuando todos los que nos dedicamos a la narrativa y en general a la literatura, los textos de Lion llamaron mi atención al principio de conocerlo porque estaban bien escritos y lucían un gran sentido del humor, de esos finos y no demasiado extravagantes. 
Pues bien, hace unos meses me dejó El Sol en Callao, la novela que escribió con dedicación y entrega. Me la bebí en unos cuantos días. Poco más de 250 páginas que se me han ido tan pronto como empecé a leer. 
La historia de Lion va de un chaval, Marcelo, lector empedernido y podría decirse que sufridor por naturaleza o afición. Marcelo es una de esas personas que, como yo, se come mucho la cabeza. Está enamorado de Mar, una chica del insti que lo tiene loco. 
Marcelo y Mar salen con sus amigos de viaje de fin de curso. La novela es el estira y afloja entre estos dos personajes durante la semana que dura el viaje. 
Aunque Marcelo es el prota, en esta novela destaca mucho Mar porque tiene una filosofía de la vida y del amor que entra en conflicto con la visión que Marcelo tiene ante los mismos temas. Mar y Marcelo, en esta novela, configuran al alter ego del autor. Cosa curiosa. 
Destaco del ejercicio narrativo de Lion la profundidad psicológica con que ha construido y representado a los personajes. Así como su prosa fluida, bien nutrida de vocabulario, algo que no se pelea con el lenguaje coloquial que usan los personajes: al fin adolescentes. 
Pues eso, que esta novela tiene futuro y estoy seguro de que verá la luz con mucho éxito. Se los cuento para que no le pierdan la pista a este autor sevillano que, con todo orgullo lo digo, ha compartido conmigo tertulias gloriosas dentro del Taller de Escritura Creativa. 
Ahora los dejo porque en breve me voy a Ciudad de México, donde pasaré el verano por varios motivos: entre los cuales destaca que terminaré la novela que actualmente estoy escribiendo y que daré clases de escritura creativa, por primera vez, ante un grupo de compatriotas. 
Aprovecho para enviar un saludo a todos los seguidores de este blog desde el aeropuerto de Barajas en Madrid, donde me encuentro ahora mismo escribiendo este post en espera de que llegue la hora de partir. Les deseo a todos un verano estupendo. No dejen de pasarse por nuestra página en Facebook para compartir sus recomendaciones de lectura.
Vuelvo a Sevilla para empezar la temporada otoño-invierno. Nos vemos entonces. ¡Abur!
Israel Pintor

Celebramos juntos la pasión por la literatura

Tuve el placer de reunirme con algunas de las personas que han formado parte del Taller de Escritura Creativa para celebrar. Celebrar varias cosas: la llegada de la Navidad, los poco más de tres años de vida de este espacio conformado por apasionados de la literatura, pero sobre todo para celebrar los vínculos de amistad y fraternidad que se han ido estableciendo con el paso del tiempo.
Las personas que están suscritas al boletín de noticias recibieron, a principios o mediados de noviembre una invitación para comer y conversar. Recibí la respuesta de mucha gente, toda entusiasta. Desde aquí agradezco a los que enviaron felicitaciones y aprecio a través de los diversos medios de contacto y que desafortunadamente no pudieron acompañarnos. A quienes sí tuvimos la posibilidad de compartir esa maravillosa tarde del 19 de diciembre envío otro agradecimiento y un abrazo apretado y cálido (que no viene mal con el frío que atormenta ahora a Sevilla). Como lo prometí, aquí está la foto de recuerdo. Perdonar, por favor, la mala calidad de la imagen, así como la demora para publicarla. Que nos sirva a todos para conservar en la memoria una tarde espléndida de manjares italianos, historias varias y amor por la literatura.
De derecha a izquierda: Amanda Panella (escribe actualmente un drama amoroso que pinta para convertirse en novela corta); Cynthia (compañera guatemalteca que se encuentra de visita y decidió sumarse a la celebración, amiga de Raimundo Lión); Arturo Muñoz (quien casi concluye una novela titulada La casa del acantilado que narra las desventuras amorosas de una mujer "ingenua" de principios del siglo XIX); Manuel Martínez (columnista en un diario local de Carmona que escribe un libro de relatos unidos por el personaje protagonista: un tal Gumersindo que tiene mucha guasa); al fondo Margarita Ramírez (escribe un sensible relato intimista, de esos que enchinan el pellejo porque nos hacen reflexionar sobre la vida y la muerte); Agustín López Raya (un hombre-novela que ha demostrado en muy poco tiempo tener madera de narrador, madera de la buena, que escribe actualmente una historia autobiográfica que desarmará a más de un lector); Estela (una seguidora entusiasta que probablemente se nos una la temporada siguiente y quien amable se acercó a conocernos); un servidor, de quien no hace falta decir nada y finalmente Raimundo Lión (a quien mencioné antes sin decir que actualmente es alumno del curso intermedio dedicado a la práctica de los diferentes tipos de narrador, apasionado lector, atento alumno, autor atractivo que ha publicado en este blog textos francamente seductores y quien además nos agasajará próximamente, igual en este blog,  con un texto sobre su experiencia en el TEC). A todos: gracias por compartir conmigo una tarde atípica de lluvia en la Sevilla que recibe ya el año 2014.
Israel Pintor

Diciembre, 2013

A veces me bailo en la mañana, Raimundo Lion

Para Nélida Chubascos
 A veces me bailo en la mañana. Muy temprano.

Creo que no lo has entendido... Que no, que no. Que no es que baile para mí... ¡Quiero decir que me bailo!... O sea como cuando me duermo, o como cuando me sonrojo, porque entra sueño, porque me da vergüenza... pues eso, que me bailo, porque me entra baile, porque me da baile, sin que yo me lo haya buscado. Simplemente me ocurre... eso... que se me hace baile el cuerpo.
            Como sólo ha ocurrido tres veces en toda mi vida tengo claro que se trata de un prodigio. La última, esta mañana. Ahora son las nueve y media, y acabo de parar de bailar. Escribo esto jadeando.
            Empieza sin darme cuenta, a la hora en que algunos vecinos están saliendo a trabajar. Ocurre que me pongo a bailar, con una alegría que adoro, por cómo me hace moverme, muy bien, casi sin equivocarme. La noche la he pasado despierto. Leyendo, estudiando, comiendo, velando el pasillo y los cuartos, la vela de las bombillas, y el silencio con anemia del motor de la nevera. Amanezco despeinado como si hubiera dormido, pero no, han sido los libros, y un racimo de larvas de delirio, pegados en mi cabeza, que me han aplastado el pelo. He pasado la noche moviéndome por el salón, vestido como si fuera a hacer fotocopias. Sin que haya cambiado nada decido que ya es de día. Hago café. No lo tomo. Andorreo aún más por la casa convencido de que hago algo. Mi preciosa mañana está vacía. Pero mi cuerpo se está hinchando de ilusión. Mi cuerpo va por libre, como si supiera algo que yo no, o, ahora que lo pienso mejor... sin enterarse de nada. Mis pasos se hacen rítmicos, y al pasar junto a la mesa doy un espléndido giro sobre mi pie izquierdo, y ya me quedo allí a bailar por el salón. No pongo la radio, y las sillas no me estorban. Bailo muy vital, y mi ritmo y movimientos se van haciendo más ambiciosos, hasta ser ejemplares. Yo mismo voy poniendo con mi boca sonidos muy bien adaptados a lo que mi cuerpo quiere bailar. Me entra el baile primero como un susurro, sin coscarme. Después ya me doy cuenta. Sigo bailando. Y me digo:
            ―¡Coño, qué bien!
            Y ya bailo a vida o muerte, con todas las consecuencias.
            Adoro saber que los niños, muy cerquita de mí, al otro lado de los muros, se empiezan a ir al colegio. Los oigo en sus casas, abrir y cerrar las puertas, bajar las escaleras cabreados, pero eso no me desconcentra y sigo bailando muy bien. Es mi salón a las ocho de esa mañana un lugar en el Mundo que me pone a bailar.
            Me gustaría bailar siempre así, tan bien, con tanta coherencia, tan al pie del ritmo, con tanta alegría en serio. En ese momento es cuando empieza a entrar el Sol por la gran ventana de mi salón. Me apuesto lo que quieras a que si me vieras en ese momento querrías bailar conmigo, como estoy bailando yo. Ni siquiera te miraría, y tú te pondrías a bailar.
            Cuando se me ocurre poner música ya estoy cansado y no quiero seguir. Y busco con eficacia algo que hacer con mi mañana.
http://2.bp.blogspot.com

Lucero, Raimundo Lion


Hola Mario,
¡Qué alegría lo que me cuentas! Me he emocionado tanto que te contesto justo después de leer tu email. Da un beso a María José. Ya tengo ganas de que nazca mi nuevo sobrino.
            Todo por aquí va bien, y ahora aún mejor después de la noticia. Estoy deseando que Adela llegue a casa para contárselo.
            Estaba escribiendo cuando me ha llegado tu correo, como puedes imaginar. Me gusta más trabajar por la mañana, pero últimamente también escribo algunas horas por la tarde. No es que tenga más ganas de trabajar que antes, es que estoy deseando terminar este libro y decirle adiós por fin. Estoy cansado de escribir siempre lo mismo. Pero Ballester no lo entiende. Dice que es lo mío, que se me da genial y se vende todo enseguida. Es quizá lo único de lo que puedo quejarme, pero es que realmente estoy harto. ¿Por qué no me dejará escribir ya otras cosas? Fíjate en el Paulito Auster. Está arrasando con historias blancas, llenas de gente corriente y buena de esa a la que no le da vergüenza estar contenta; que quiere ser feliz y lo consigue. ¡Joder, eso es justo lo que me apetece escribir! ¡Ese es el tipo de historias que me pide el cuerpo! Te juro que yo podría escribir un Brooklyn Follies español. Pero no me dejan. Tengo que seguir con lo de siempre... ya sabes, gente cabreada o súper-puteada, nihilistas que terminan jodiéndose a ellos mismos porque son demasiado buenos para joder a los malos... ¿qué te voy a contar? Tú ya has leído alguno de mis libros... No es que reniegue de ellos. ¿Cómo voy a renegar? Son mis libros; los he escrito yo. Pero no quiero pasarme toda la vida escribiendo lo mismo. Y eso que para mí es fácil. Después de cuatro libros ese tipo de historias las escribo ya con la punta del pito si quiero. Me salen fácil, pero es que yo ya no soy así. Y empiezo a pensar, además, que no me conviene, que me sienta mal incluso, porque yo ya no soy un tío encabronado como antes. ¿Te acuerdas? Antes, cuando joven, yo estaba completamente encabronado. Por eso Lucero con parche me salió de puta madre. Pero ahora estoy bien, Mario. Me van bien las cosas. Fíjate en lo que te digo: creo que soy feliz. Y así no tengo ganas de escribir los libros de siempre. Y claro, la única forma de que me salgan bien es metiéndome a la fuerza en el papel de encabronado, esforzándome en sentirme igual que antes. Y eso durante cinco o seis horas al día. Mira que cosa más ridícula. Toda la vida queriendo ser feliz, como todos, digo yo, y ahora que lo soy resulta que mi trabajo consiste precisamente en convencerme de que el mundo va de puta pena y yo soy tan desgraciado como antes.
            El otro día se lo dije a Ballester, que cómo era posible que mis lectores no se cansaran de lo mismo. ¿Pues sabes qué me dijo? Que no era posible, que era segurísimo que mis lectores sí se cansaban, pero que el tenderete nuestro ―así llama ella a nuestro contrato― funciona precisamente porque mis lectores no son siempre los mismos, sino que se van regenerando. “Tus libros no van a ser clásicos, Paquito ―la tía, para que veas, me hace ir de hampón con montblanc por las teles, y luego ella me llama Paquito―. No te enfades, Paquito, pero no te imagines al lado de Montaigne o de Steinbeck. Eres listo... no te enfadas ¿no? Tus libros no van a ser clásicos porque son como la manteca con chicharrones, que te gusta mucho cuando la pruebas pero ya estás lleno antes de terminarte la tostada. Te leen sólo universitarios y demás adultitos pedantones que se apuntan al royo existencialista y underground de tus personajes. Entérate. Y cuando cumplen cerca de cuarenta ya no quieren más de eso, la mayoría. Pero no pasa nada, porque detrás vienen siempre más que cogen las plazas que se van quedando libres. Y por eso todos los años vendes lo mismo. Ya quisieran muchos. ¿O crees que firmé contigo sólo porque eres guapo... si ni siquiera has intentado meterme mano ni una vez, tío soso?” Encima tiene gracia, la tía. O sea, ya ves, que el único aquí que no avanza soy yo. Tengo que quedarme siempre haciendo el mismo papel. Pero un día me va a costar un disgusto. Adela no es tonta. Ella entiende que es sólo trabajo, pero, por mucho que lo entienda, puedes imaginar que le jode que yo tenga que aparecer cada dos por tres en un sarao acompañado de alguna amiguita nueva, ya sabes, para mantener el tipo en los carteles. Antes me encantaba, porque además eran ligues de verdad. Pero ahora no me apetece nada... estoy enamorado de Adela. Lo que quiero es ir con ella a todas partes. Ballester dice que haga lo que quiera, pero que en el momento en que la peña empiece a verme como un tío familiar, contento, enamorado, y vamos, sin ganas de cagarme en todo, pues que voy a vender una mierda. Así que nada de afeitarme, aunque esté ya hasta los cojones de la media barba. Y nada de hablar bien de nadie que esté vivo. “Si no tienes nada malo que decir de un pez gordo vivo en las entrevistas mejor ni lo menciones. Si tienes ganas de hablar bien de alguien elige a uno que esté muerto”, me dice la tipa. Y, por supuesto, nada de tener hijos, que los puedo tener si quiero, pero que calcula unos tres mil libros menos vendidos al año por cada hijo que tenga. Fíjate, con la alegría tan grande que acabas de darme. Y Adela se muere de ganas de tener uno, y ella es mayor que María José, y yo también mayor que tú, así que con más razón.
            Lo último fue el mes pasado. No te lo vas a creer. Tenía la entrevista en televisión. La que me hizo Villagrán. Me encanta cómo trabaja ese tipo. Me trató genial. Una entrevista que no sé cómo pagarle. Con el tiempo que hacía que nadie me llamaba de televisión para una entrevista como dios manda, de esas sin prisa, que te preguntan con sentido, cosas de tus libros, no de tus ligues ni de las provocaciones que alguna vez he actuado en otros programas, y te dejan hablar de verdad, sin clavarte las espuelas si te pones un poco lento. Pues Ballester me llamó unas horas antes de la entrevista. Que qué me parecía si me tomaba unas copas antes de entrar en el plató, y que pidiera que me pusieran una más cuando estuviera allí y me asegurara de que se viera que la estaba bebiendo. “No digo que parezcas borracho, pero... ya sabes... todo eso de beber para olvidar y demás. Te dará un puntito de amargura... en sintonía con tus libros. A tus lectores les encanta, y esas cosas hacen que la gente vaya al día siguiente a preguntar por ti en las librerías”, me dice. No se lo tengo en cuenta. Sé bien que cuando ella gana dos duros yo gano muchos más. Pero es que no me apetece nada. Me hace gracia cuando veo que no me conoce ni un poquito, después de nueve años. Ni siquiera antes me gustaba beber. Vale, que lo hacía porque quería, pero ya entonces era una pose, Mario; te lo digo por si no lo sabes.
            Estoy pensando en casarme. A Adela le da igual lo de la boda, pero es que yo quiero que ella quiera casarse conmigo. Borraría todos mis libros de todos los catálogos, de las hemerotecas, de Amazon, como si nunca hubieran existido, Mario, si hiciera falta para que ella me siga queriendo. Y estoy pensando en tener hijos, y en comprarme un piso, o una casa, sí, ¡qué pasa? Y en dar las gracias a no sé quién por este contento tan tonto que siento hasta durmiendo. Te lo juro, no me conozco, Mario. Y la buena de Ballester me pide que salga pedo en la tele, y que me haga una vez más el atormentado, y que dé a entender que le besaría las pelotas a Jean Genet pero que me cago en los muertos de Rajoy. Ya ves tú, Rajoy, el pobre. Como si yo pensara alguna vez en Rajoy. ¿Sabes, de verdad, en qué pienso yo todo el tiempo, Mario? En pasar los minutos del día cerquita de Adela. Me parecen pocos siempre. En irme con ella a la cama en cuanto terminamos de recoger la mesa. Y en poder veros más. En el sobrino maravilloso que me vais a traer. Y en qué lucero relucía el día que nací yo ―¿te acuerdas, que lo cantaba mamá?―, que en esta vida mía da por fin el sol a todas horas.

Besos y abrazos enormes para Pablo, para María José y para ti, Mario... que os quiero tanto, de tu hermano
Paco
http://4.bp.blogspot.com

Mis ocho, Raimundo Lion


―¿Por qué escribes? 
           
            Escribir, literatura, implica una decisión y un esfuerzo sostenidos durante mucho tiempo. Muchos días. Muchos meses. Como mínimo. Es poco probable que algo que se hace durante tanto tiempo vaya a tener un solo porqué. Porque está el por qué pensamos un día en ponernos a escribir.   Y está también el por qué insistimos en seguir escribiendo aún cuando llegamos a casa agotados y además hace ya días que escribir no nos da ninguna alegría. Y el por qué seguimos haciéndolo cuando ha pasado tanto tiempo desde que escribimos por primera vez que nuestra vida pide ya de nosotros algo completamente distinto de lo que entonces nos pedía. Y aún hay otros más. Cada uno de estos porqués puede tener una respuesta diferente.


POR OBLIGACIÓN

Las primeras veces que he escrito un texto literario lo he hecho por obligación, porque me lo mandaron en el colegio o en el instituto. Quizá parezca un motivo poco elevado, pero a mí me parece tan bueno como cualquier otro. No creo que escribirlo por obligación haga necesariamente peor un texto literario. Algunas de los textos que he escrito y que me han parecido mejores los escribí porque tenía que hacerlo. La obligación es una fuerza tan determinante como las pasiones incontenibles que se supone que mueven a las mejores obras. Si yo fuera escritor, no me haría dejar de serlo tener que escribir en parte por obligación. Por obligación escribió Dostoievski Crimen y castigo, le salió bien. Por obligación contó sus cuentos, una noche y otra, Sheherezade, y también le valió la pena.
            Por cierto, este ensayito lo estoy escribiendo por obligación.


POR DINERO

Nunca he ganado un duro con lo que he escrito. En tercero de bachillerato gané el concurso de cuentos de la Semana Blanca del instituto. No fui a recogerlo, pero no a lo Marlon Brando, es que no sabía que daban premio. Si lo llego a saber, claro que voy. En realidad no aparecí por el instituto en toda esa semana. A la siguiente el jefe de estudios me buscó en clase y me lo dio. Un vale por cinco mil pesetas para gastarlo en la papelería Juan XXIII. No se le ocurrió al jefe de estudios que yo, a esa edad, ya tomaba cerveza. El vale me lo dejé en el bolsillo del pantalón y se lo comió la lavadora.
            Sé que no me voy a morir sin presentar una novela a un premio literario. No a uno de los gordos, sino a uno de esos de los pueblos, que puedes ganar tres o cuatro mil euros. Para cancelar de una vez la deuda de la tarjeta de crédito, que lleva más tiempo conmigo que mis empastes. Me da vergüenza cuando me doy cuenta de que no me da vergüenza querer ganar el concurso más por el dinero que por otra cosa. Tengo muchas fantasías en las que termino un libro, lo presento a un concurso, lo gano y trinco un cheque. Pero nunca tengo una fantasía en la que soy escritor. Será porque lo que yo quería realmente ser ya lo soy.


POR PLACER SENSUAL

Desde pequeño he sentido placer manipulando las palabras. No hablo aquí de un deleite espiritual, sino de un placer sensorial, físico. Imaginarlas, oírlas, verlas, escribirlas, decirlas, juntarlas, me da gusto. Algo así como cuando nos revolcamos en la arena de la playa. A veces miramos de cerca nuestro dedos llenos de arena, buscando ser capaces de distinguir cada grano, y nos damos cuenta de que cada uno tiene un color y un brillo diferentes. Otras veces disfrutamos removiéndola y estrujándola y enterrándonos en ella. Las palabras, como objetos plásticos, al margen de su significado, son tan bellas. Cada una es única, y está llena de detalles, de curvas y relieves, algunos marcados, otros armónicos, como rostros humanos.

            Este placer sensual que me dan las palabras debe bastante, creo, al hecho de que en mi cerebro las letras encienden directamente sensaciones visuales y táctiles y cinestésicas que, hasta donde sé, nada tienen que ver a priori con ellas. Esto no me ocurre en mis conversaciones cotidianas, pero sí cuando toco y manipulo el lenguaje de un modo más consciente, más premeditado; cuando leo en silencio o cuando escribo. En mi cabeza la a ha sido siempre un gris claro, la e un naranja tierra, la i un rojo clavel, la o un blanco roto, y la u un rosa pálido. No es que me parezca que esas letras tengan ese color, es que al oír o al ver la letra aparece su color en mi imaginación. Esto es así para mí desde siempre. Nunca ha cambiado esta correspondencia entre vocales y colores. Me pasa también con los números. El cero es blanco, el uno es azul marino, el dos gris claro casi blanco, el tres tiene el color de la e, el cuatro es rosa casi blanco, el cinco es rojo chillón, el seis es amarillo, el siete marrón, el ocho morado, y el nueve granate muy tostado. Sinestesia, aprendí en la Facultad que se llama este fenómeno, y que le ocurre a otra mucha gente, y que para cada persona la correspondencia entre letras y sensaciones de diferentes modalidades sensoriales es única. Con las consonantes no me pasa lo mismo. Las consonantes no traen colores a mi imaginación. Algunas de ellas sí puedo asociarlas fácilmente a sensaciones táctiles o cinestésicas, o a atributos humanos. La ese, por ejemplo, es una caída libre y suave en el aire; la erre tiene majestad; la eme es un beso o una caricia; la j tiene algo de lo que no te puedes fiar.


POR TORPEZA

Léase también por soledad, por fracaso, por salud, o sea para sanar. Todo es lo mismo.

            Si yo hubiera sido un niño niño; si yo no me hubiera criado con un alacrán vivo, cada noche, debajo de la almohada; si yo hubiera sido un adolescente capaz reír y hacer amigos; un joven más apuntalado, con emociones duralex, sin duda alguna me hubiera dedicado a vivir. Muchísimas horas las he pasado escribiendo porque no he sabido pasarlas riendo, charlando, bailando, con la gente que la vida ha puesto a mi lado, amando a las mujeres que me han enamorado. Escribir es marca de fracaso. Los escritores no me engañan. A muchos les quiero, pero a muy pocos admiro, y a los que  sí no lo hago porque sean escritores. Sé de qué va el asunto. Los que escribimos formamos el club más antiguo y extenso de torpes del mundo.
            Tantas veces me he sentado a escribir para llenar horas de soledad. Para darles sentido. Para no estar demasiado tiempo solo. Porque la literatura, toda creación artística, es conversar, una conversación íntima. Pero una muy peculiar: la que se tiene con un otro que ahora no está. Entonces, el artista lanza su mensaje hacia el futuro, hacia el otro íntimo que no está en ese lugar y momento. En el futuro estará.
            Hoy ya no me siento tan torpe, pero me ha quedado el vicio de escribir.


POR DIVERSIÓN

Cuando escribo, a veces oigo mi risa, solo en casa. Por las perrerías que hago a los personajes.


PARA SER LIBRE

Hay muchas formas de libertad, pues hay muchas formas de esclavitud, pero esto es un tema para otro ensayo. Lo que importa decir aquí es que existe la esclavitud del lenguaje, cuando el lenguaje está plagado de asociaciones de palabras, de ideas, que nadie cuestiona, nadie desmonta. Son los tópicos, las frases hechas, las ideas consabidas, las elipsis oscuras, los discursos trillados... He olvidado si fue leyendo Las ninfas o Los helechos arborescentes, o una de sus columnas, cuando, en mi adolescencia, le leí a Umbral ―uno de los escritores a los que más quiero―, las palabras “un hombre cruel y bueno”. Lo que no he olvidado es la llamarada que en un instante, al leer esas  cinco palabras, calcinó mi mente de antes y dejó el terreno libre para una nueva mirada. Tengo ese momento por uno de los puntos de inflexión en mi vida, a partir del cual me he sentido una persona más libre. “... cruel y bueno”. ¿Cómo podía una persona ser cruel y buena?, fue lo primero que pensé. Y detrás, la iluminación. Descubrí de repente cómo me pesaban las cadenas del lenguaje. ¡Claro que una persona puede ser cruel y buena! Desde niños damos creemos que eso no es posible porque estas palabras nunca aparecen juntas en el lenguaje que nos hablan. Si alguien es cruel el malo. Si alguien el bueno es amable... ¡Pues no! La realidad está hecha con infinitas teselas, todas irregulares. Decir del lenguaje que puede hacernos esclavos puede parecer petulancia, pero literalmente ocurre así. Nunca fui libre para ver a las personas que son crueles y buenas hasta que leí a alguien que escribió juntas esas palabras. Hasta entonces mi mirada estuvo ciega para todos los hombres y mujeres buenos y crueles que hay en el mundo. Si veía que eran buenos, no podía ver su crueldad. Si veía que eran crueles, no podía ver su bondad.
            Desde entonces, escribir se ha convertido también en un quehacer libertador. Como hace un artificiero que va buscando minas enterradas para desactivarlas, escribir es también estar atentos a todos los prejuicios que hay ocultos en el lenguaje, en forma de frases hechas, de adjetivos que  siempre van ayuntados, y dinamitarlos, y usar las palabras que quedan por fin sueltas de un modo nuevamente vivo. Así me hago más libre, retiro de mis sienes las anteojeras, para ver lo que antes no veía.


PARA TRASCENDER

Por coraje, rebeldía, ambición, por amor, podrían haber sido también los nombres de esta razón.

            Lo que admiro es la acción. La que produce una obra que muta el mundo a mejor. Eso es lo que convierte una vida en ejemplar, en admirable. Es lo mejor que podemos dejar a los demás. Ésta es la opción real de existir más allá de nuestra vida: merecer que los que siguen quieran tenernos en su memoria, y por momentos en su conciencia, porque sientan que eso es bueno para ellos. Por esto elijo ser un soldado sobre todo lo demás. Ser hijo de la posmodernidad no me ha atontado tanto  como para negar que existen el Bien y el Mal, que lo que viene mañana se cuece hoy, que importa lo que elegimos, lo que hacemos. Suelen contraponerse acción y reflexión, y escribir se asocia más a la segunda, pero escribir, si se hace para influir, para mejorar el presente, es también actuar. Escribir es una de mis maneras de luchar. Ser capaz de escribir un texto útil, bello, que los que van a venir quieran guardar en paño, es también mi motivo para escribir. Tiento esa opción para trascender. Mortal y Rosa, Pedro Páramo, El Sur, Taxi Driver, El violinista en el tejado, La hija de Ryan, Platero y yo, Historia de un soldado, El túnel, Dersu Uzala, Lolita... hacen por sí solas buenas las vidas de sus autores. Si yo creara un libro así, saludaría manso a Muerte cuando llegara.


PARA APRENDER

Ésta es la más importante.

            No me refiero al conocimiento que se adquiere cuando uno se documenta para escribir un texto literario ―aunque este aprendizaje ya sería por sí mismo un buen motivo para escribir―.  Escribiendo he descubierto que se puede aprender sin leer, sin escuchar, sin mirar, sin necesidad de absorber nuevos datos, sino pensando, reflexionando, flexionando la conciencia hacia uno mismo, hacia la propia experiencia, hacia los datos que ya había en uno mismo, y organizándolos, o reorganizándolos. Lo que he aprendido así ha resultado ser el conocimiento más denso y determinante, y lo he aprendido escribiendo. Conocimiento que resulta extremadamente práctico, como la diferencia entre lo que ocurre y cómo se percibe, entre la realidad y el deseo, entre los millones de mundos internos que se cruzan sin tocarse a diario. Estas distinciones puede parecernos obvias, pero en nuestra vida cotidiana constantemente las confundimos, y de esta confusión, que es el precio que pagamos por el lenguaje, procede la mayor parte del sufrimiento humano. Aprender la habilidad de desenmarañar este lío, a tener claro a la cabeza de quién pertenece cada pensamiento, es un conocimiento práctico crucial para no vivir sufriendo demasiado. Con ninguna otra actividad como con la escritura narrativa he aprendido mejor esta habilidad. Curiosamente, a pesar de mi profesión, ha sido con el aprendizaje del abecé de la escritura narrativa cuando mejor he comprendido las distinciones que antes he mencionado. Muchos de los conceptos psicológicos que antes conocía y sabía definir bien, no he llegado a comprenderlos mejor hasta que no me he impuesto la disciplina, no ya de observar la realidad, sino de contarla. Observar la realidad permite aprender de ésta. Pero contarla da más. Chutes de conocimiento, es lo que me pasa escribiendo. De conocimiento vivo y útil para la vida, conocimiento de primera calidad, sin adulterar, puro, criado directamente con la propia experiencia. Estos chutes de conocimiento, estas revelaciones, me hacen disfrutar como pocas cosas más. Y sólo me ocurren cuando tengo conversaciones íntimas. Por eso me hice psicoterapeuta, por eso leo y por eso escribo.

www.puntofinal.cl

El auxiliar, Raimundo Lion



MANUAL INTERNO DEL CUERPO DE AUXILIARES DE TRATAMIENTOS ESPECIALES

(BORRADOR REPROBADO. EN CORRECCIÓN)
Prólogo (Nota del revisor: Un manual de auxiliares de tratamientos especiales no requiere prólogo. Y menos un prólogo como éste. Con el capítulo introductorio tiene presentación de sobra. No discuto que este agente sea el que más sabe de esto, pero por el prólogo diría es imbécil. Los capítulos técnicos son buenos. Con las correcciones señaladas valdrán. No anotamos correcciones en el prólogo porque éste simplemente ha de ser eliminado. Entero.)

            La piel, la piel humana, es el lienzo en que nosotros, los auxiliares de tratamientos especiales, creamos nuestra obra. Usted no lo es aún, lo sé, pero le trataré ya como si lo fuera, pues si ha llegado hasta aquí, si tiene este manual entre sus manos, es porque algo en usted le ha delatado como candidato idóneo para esta labor heroica. Además, muy pocos de los agentes elegidos para ingresar en el CATE han sido descartados hasta ahora. Y en realidad nadie les descartó. Ellos se descartaron a sí mismos. De vez en cuando algún candidato nos decepciona, y termina mostrándonos que nos equivocamos al pensar que habría sido capaz de compartir nuestra tarea ardua y desagradecida. La labor misma para la que se les entrena es el mejor filtro para seleccionar a los dignos de pertenecer a nuestro Cuerpo. Sólo los agentes suficientemente fuertes, generosos y leales se quedan. Estoy seguro de que ese será su caso.

            La piel humana, como le decía, es el lienzo en que un auxiliar de tratamientos especiales crea su obra. También los huesos, por supuesto, cuando es necesario, y las articulaciones, y las vísceras también. Pero sobre todo la piel, compañero auxiliar, va a ser el papel idóneo para la caligrafía especial que nosotros hemos de usar para transcribir las preguntas que el oficial irá dictando. Para que el usuario las comprenda en toda su profundidad y las conteste.

            Todos aquellos que se dedican a nuestra labor en todo el mundo -porque ha de saber usted desde ya que en todos los ejércitos y policías del mundo hay un equivalente a nuestro CATE, y si no lo hay, en cuanto las cosas se ponen difíciles, se crea- se reparten en dos grandes escuelas, que yo he sido el primero en bautizar como la escuela expresionista y la escuela impresionista, respectivamente. Los seguidores de la escuela expresionista trabajan como si tuvieran prisa. En menos de media hora sus usuarios son un pingajo sanguinolento. El oficial de turno hace sus preguntas. ¿Que el usuario no las contesta? Pues el auxiliar coge su instrumental y manos a la obra. Para cuando el usuario ofrece la primera información con sustancia ya tiene alguna juntura dislocada o le falta algún miembro, o más de un litro de sangre. Sin duda alguna el método de esta escuela funciona, no voy a negarlo; no quiero ser cicatero en el reconocimiento de las virtudes de los auxiliares de otras naciones. Pero yo me confieso partidario de la escuela impresionista, más sutil, más refinada, preciosista incluso a veces, pues deja descansar su eficacia no en el uso de las herramientas, sino en la impresión -de ahí el nombre- que puede causar en el usuario el simple hecho de mostrárselas.
            Justo en esto, en la manera de mostrar el instrumental de tratamiento al usuario, es donde este servidor, si me permite esta pequeña vanidad, ha realizado su contribución personal a esta escuela. Pues es el método habitual mostrar los instrumentos al usuario poniéndolos a su vista para que su imaginación comience a hervir. Muy pocos años llevaba yo ejerciendo como auxiliar cuando decidí introducir esta innovación. El principal motivo fue que no me gustaba trabajar cara a cara con el usuario. Va por rachas, pero hay temporadas en que las jornadas son agotadoras, porque hay tantos usuarios que las sesiones de tratamiento se siguen unas a otras sin interrupción. No puede evitar uno terminar bostezando, o sudado, y claro, eso le quita solemnidad al acto. Uno pierde en prestancia, que es muy importante ante el usuario. Por otro lado, tampoco me ha gustado nunca trabajar con la cara tapada: eso le degrada aún más a uno. Así que un día se me ocurrió mandar hacer una caperuza. Una caperuza de piel, pesada, opaca, y cegada, por supuesto, para ponerla a los usuarios, de manera que no vieran nada durante todo el tratamiento. La idea resultó un acierto brillante, pues además de servir para el fin que pretendía, mejoró muchísimo la eficacia del proceso. Los usuarios tocaban el fondo de su horror mucho antes, y eso hacía los tratamientos más cortos. ¿Que cómo conseguía entonces poner a funcionar la imaginación del usuario si no podían ver los instrumentos? Muy fácil, ellos no podían verlos, pero sí podían tocarlos. Cada vez que elegía uno se lo ponía en las manos. Para que lo palparan, para que lo estudiaran, hasta que descubrieran qué era. A veces lo sabían al instante; otras no llegaban a entenderlo por mucho que lo palparan; pero siempre, tocándolo, adivinaban los matices abominables del dolor que aquello podría causarles... ¿Qué le parece...? Los oficiales a los que tocaba trabajar conmigo, cuando observaban por primera vez mi método, ¡una novedad novísima para ellos!, quedaban maravillados. Ellos no me lo decían, naturalmente; un oficial nunca confiesa su admiración a otro hombre de menor rango. Pero yo lo notaba en sus miradas, en sus gestos[1].

            Esta escuela impresionista es heredera de la tradición antiquísima del Santo Oficio, de la que tanto hemos bebido en el CATE. Piensan los ignorantes que aquellos monjes dominicos no tenían mejor quehacer que pasar horas y horas gastando los hierros en las carnes de herejes. Ellos comprendieron antes que nadie que podían beneficiarse de un atributo sorprendente que posee la piel y los tejidos humanos todos: la capacidad de presentir con bastante precisión los matices del dolor, su agudeza o difusión, su intensidad, su insoportabilidad, el destrozo en el cuerpo que ese dolor anuncia, el desgarro de las fibras de la carne, la sequedad de los impactos de las hojas aceradas en el hueso. Quizás a primera vista esta cualidad de los tejidos del cuerpo no parezca sorprendente, pero le aseguro que lo es, porque podría decirse que es un arte adivinatoria, pues consiste en presentir, en sentir antes de tiempo, el tipo y la fuerza de un dolor que nunca antes se ha sentido. Basta con saber el instrumento y en qué zona va a aplicarse: el cuerpo lo sentirá como si ya estuviera ocurriendo. ¿Que qué ventaja suponía esto para los Santos Tribunales? ¿Pues cuál va a ser! ¡Es obvio! Que en la mayor parte de los casos no era siquiera necesario encarcelar a los sospechosos. Bastaba con regalarles una visita turística a donde guardaban los hierros para que sus invitados llegaran a sentir su piel toda lacerada, y confesaran en un segundo que eran el mismo Belcebú. ¡No me negará que cuando los sospechosos sobran esto es una enorme ventaja! Es sorprendente esta clarividencia de la piel que, sin haber sido nunca ultrajada, sabe perfectamente presentir la cualidad del dolor, atroz y singular, que causa cada uno de las diferentes técnicas motivadoras...
            Mire por dónde ya hemos llegado a uno de los temas técnicos por excelencia: las técnicas motivadoras... Las técnicas motivadoras constituyen una da las principales tipologías que debe conocer al dedillo el auxiliar profesional. Parece cosa simple pero no lo es, pues están los cortes, que pueden ser tajantes o de sierra; las quemaduras, directas de la llama o con los hierros al rojo; las electrocuciones; los golpes punzantes o los romos, que dan lugar a los tronzamientos o a las machacaduras, según se mida o no la fuerza; los ahogamientos, en agua fría o las cocciones; las mutilaciones o mochamientos... y así podríamos estar un buen rato, pues sólo he citado ahora las técnicas más socorridas, que las hay mucho más refinadas y secretas. Aún recuerdo el gemido, agudísimo, pavoroso, de un usuario, hace años, cuando le puse en la mano un rollo de cinta de embalaje. Él era de esos que son inteligentes y tardan un segundo en leer la mente del auxiliar, en presentir lo que les viene encima.
            Después está, por supuesto, la otra gran variable técnica: las particiones anatómicas del cuerpo humano, atendiendo a su distinto grado de sensibilidad al dolor. Pues no es lo mismo, por ejemplo, tronchar una articulación que el hueso mismo por la mitad, del mismo modo que no es igual aplicar los hierros al rojo en el lomo del usuario que en su partes húmedas. Comprenderá usted que siendo los dos dolores atroces, no son equivalentes en su atrocidad.
            En resumen: que todo dolor -y todo placer también, pero aquí vamos a lo que vamos- es capaz de presentirlo la piel tan pronto como conoce el cuerpo extraño que va a entrar en ella, y por dónde. Esto es lo que convierte a la piel en la mejor aliada de un auxiliar de la escuela impresionista.    
           
            Haga usted mismo la prueba. Cierre los ojos, para hacerse un poco a la idea de que es usted el usuario y tiene la caperuza puesta. El auxiliar que a usted le asiste le ordena que abra las manos  y que ofrezca las palmas abiertas hacia arriba. Usted, que está atado a la silla, obedece. Alguien, el auxiliar, ¿quién si no?, le pone un objeto extraño en una de ellas. Lo primero que va a intentar hacer usted, ¿qué cree que va a ser? Identificarlo, claro... Es duro y frío. Es metálico. Lo que usted está agarrando parece una especie de cilindro muy delgado y pulido. Algo así como un tubito fino, como de medio centímetro de diámetro. Con los dedos de las dos manos usted recorre toda su extensión. Con una separación de unos veinte centímetros, el tubito se dobla en dos ángulos rectos, como si formara una “U”. Con los dedos de cada mano usted explora los extremos de esa “U”, y se encuentra en cada punta con unas... como figuritas que parecen también de metal. Usted las estudia, palpándolas, con atención. Se adaptan bien a las yemas, parecen pequeñas llaves de grifos... no, son demasiado pequeñas... palometas, parecen dos palometas que deben de estar atornilladas a los extremos de la “U”. Solo junto a una de ellas usted toca madera. Es un mango de madera. Pero lo más inquietante está entre las dos palometas, uniéndolas, como cerrando la apertura de la “U”. Usted lo toca con las yemas de sus dedos, y no parece peligroso, pero al frotar las yemas contra eso ¡las aparta enseguida asustado! No es una cuchilla, pero usted siente que ha estado cerca de cortarse. Vuelve a palparlo, con muchísimo más cuidado. Es como un hilo grueso y duro... y serrado. Un hilo de metal con dientes minúsculos y afilados, como los de un pez. No me extrañaría que entonces, de repente, y sin saber por qué, cruzaran ahora por su mente recuerdos fugaces de sus años en el colegio, cuando era usted un niño. Y esos recuerdos le irían llevando al aula de Educación Plástica, hasta aparecer en su mente la imagen y el nombre de una segueta. La calidez de estos recuerdos durará menos de medio segundo en su cabeza. Rápidamente aparecerá el miedo como una mano fría que le hurga, sin cuidado, en las entrañas, y se le agarra al espinazo y cruelmente lo zamarrea. Porque usted, que es inteligente, comprenderá al instante que ahora no está en el colegio, y que esa segueta que tiene en las manos no está ahí para hacer una Torre Eiffel de marquetería. La mano fría que le agarra por dentro le dará una nueva sacudida, tan fuerte que sentirá  que la carne se despega de sus huesos. El auxiliar que le esté asistiendo, si es bueno, como usted ha de llegar a serlo, sabrá ver punto por punto todo esto que estará pasando dentro de su cabeza. Notará que en este momento ya le tiene poseído el miedo. Lo sabrá por sus lloriqueos, por el sudor que le estará chorreando por debajo de la caperuza, y por sus súplicas lastimosas. ¿Cree usted que no lloraría? Quizás ha visto alguna de esas películas en las que hay hombres fuertes que se enfrentan enteros al suplicio. Eso está en el imaginario colectivo. Créame, querido agente: eso nunca ocurre en la realidad. Se dice que la muerte iguala a ricos y pobres, a nobles y plebeyos. Pues yo le digo que más que la muerte iguala a los hombres el martirio. Que no hay nadie que no llore y no suplique ante el horror gratuito del dolor por el dolor. Y entonces su auxiliar, si ha aprendido todo lo que yo he de enseñarle a usted, sabrá que aún no ha llegado el momento de ponerse a serrar. Que aún el usuario, que en este caso es usted, será capaz de agrandar sin ayuda, por sí mismo, su horror. ¿Cómo? Inevitablemente, tantos segundos de silencio como a usted le dejen, cegado por la caperuza, con la segueta en las manos, encorreado a la silla, será para usted inevitable dedicarlos a intentar adivinar qué parte de su cuerpo elegirá el auxiliar. Y justo aquí, querido amigo, es donde entra en escena esa virtud de la piel que nos es de tanto provecho en nuestro trabajo. Tan pronto como a usted se le antoje en qué zona de su cuerpo le aplicarán la segueta, usted será capaz de sentir justo ese dolor, como si ya antes lo hubiera vivido... ¡Dígame usted un lugar! ¿Dónde se le ocurre a usted que su auxiliar querría serrarle? ... Por ser usted quien es, pondré un ejemplo con poca saña. Pongamos que en medio de su horror usted intuye que el auxiliar querrá serrarle un meñique. Tan pronto como se le ocurra, empezará a sentir cómo el hilo escalofriante de la segueta, como una mariposa de las tinieblas, se posa en la raíz de su meñique. Su auxiliar no le va a preguntar el de qué mano le importa menos. (Se lo digo yo que no se lo va a preguntar.) Cogerá el que tenga más cerca, y aplicará la segueta en el sitio. El fino hierro apretará su carne hoscamente contra la dureza del hueso. El horror de verdad comienza. Ningún grito por fuerte que sea le salva del dolor atroz de los dientes de la segueta entrando, desde el primer envite, en el hueso de su falange. La piel de ese sitio es tan delgada, y la carne tan poca, que con el primer movimiento ya le estarán serrando el hueso. Sabe usted que será un dolor agudo, seco, intermitente, localizado y sin consuelo. Y que usted sentirá que no es capaz de soportarlo. Y rogará por que acabe, aunque ello le traiga la prueba de que tiene un dedo menos... ¿Qué me dice, agente? ¿Ha presentido o no cómo sería, más o menos, el dolor que sentiría si le aplicaran este tratamiento?

            Para que todo vaya bien es muy importante la inteligencia y la sensibilidad. Que un usuario no tenga inteligencia ni sensibilidad es lo peor que puede pasarnos. Y sobre todo, es lo peor que puede pasarle a él. Éstos son los casos en que el usuario va a perder más sangre. Es más, este tipo de usuarios casi nunca regresa a casa. Los ves venir. Ni siquiera cuando les pones la caperuza parecen darse cuenta del tratamiento que les espera. Estos son los usuarios que te amargan el día. Porque el buen técnico de tratamientos especiales, el de tipo impresionista quiero decir, sabe que su éxito se mide por cuántos de sus usuarios se van de nuevo a casa sin pasar por el hospital, sin pasar por la enfermería, sin una sola gota de sangre en la camisa incluso. Puede ser que se marchen con la ropa interior manchada, pero eso no podemos reprochárnoslo, porque no está bajo nuestro control.

            Saber todo esto tiene su precio: la dedicación, el estudio sobre el terreno -no hay mucho escrito sobre esta materia-. Pero adherirse a la escuela impresionista tiene también ventajas incuestionables. La más obvia ya la he referido: el ahorro de energía, de tiempo y de celdas. Mas también tiene otras, y las más importante es ésta: Cada usuario que usted no mutile, cada usuario que usted no mate, es un usuario que volverá a su casa, al seno de nuestra sociedad, pero ya para siempre poseído por el miedo, subyugado por el horror, y nuestra Nación podrá estar segura de que si era un traidor nunca más volverá a serlo, y si no lo era, nunca caerá en la tentación. Será sin duda un peón para nuestra causa al que el terror no dejará nunca sublevarse contra ella. Así, el gabinete en que usted trabaje será como una planta depuradora de la sociedad, en la que entren los ciudadanos con la mancha de la sospecha y salgan de nuevo limpios a nutrir nuestra Nación.

            A lo largo de su vida, estimado colega, escuchará muchas veces, en televisión, en películas, en conversaciones de gente que hablará junto a usted sin saber quién usted es, que las personas como nosotros son monstruos, lo peor de lo peor, la escoria de este mundo. Bien. Pues atienda usted: ¡Nunca se achante cuando escuche esto! ¡Nunca dude que usted es necesario! No le estoy pidiendo que no flaquee. Si durante algún tiempo tiene dudas, dude. Si siente culpa, siéntala. Si siente a veces vergüenza, sopórtela. Pero nunca deje de cumplir su misión, porque sin alguien único como usted, capaz de realizarla, la Nación estará perdida. No reniegue nunca -dentro de su propia conciencia quiero decir, por supuesto- de lo que usted hace, de lo que usted es. Las personas como nosotros somos cruciales para que se realice el curso de la Historia. Por la grandeza de lo que hacemos, el nombre que se nos ha reservado, “auxiliares”, nos queda pequeño; pero nosotros no somos hombres que busquen medallas. Somos hombres completos, que sabemos, sin necesidad de reconocimiento, que nuestra labor es esencial. Sepa y recuerde que las personas como nosotros no es que sean necesarias, es que son indispensables. El oficial entrevistador con el que usted colabora ¡no es nada sin usted!, ¡no conseguiría nada sin usted! El Ejército ¡no es nada sin usted! ¡La Nación misma que lucha contra sus enemigos no es nada sin usted! ... ¿Le parece a usted que exagero? ... Sí, ¿verdad? ... Dígame, estimado colega: ¿de qué cree usted que dependen la seguridad y el progreso de la Nación? ... De las decisiones que toma. ¿Y en qué cree que se fundamentan las decisiones acertadas? ... En información, por supuesto, en información útil, información sustanciosa. ¿Y de dónde cree que sale esa información? ¿Del Instituto Nacional de Estadística? ¿De las eminencias del Consejo de Estado? ¿De los asesores ministeriales? ¿De los analistas políticos que consiguen credenciales para asistir y olisquear en los congresos de los partidos o en las cumbres internacionales? En tiempos de paz quizás baste eso. Pero en tiempo de guerra, que es realmente el tiempo que cuenta para la Historia, el tiempo en que se juega el sino de la Nación, la información realmente relevante es la información que se arranca al enemigo. Y crea usted que arrancar esa información no es fácil, es una tarea titánica, porque el enemigo está en todas partes. Porque está el enemigo de fuera, pero está también el enemigo de dentro, que está a su lado, en la calle, en el metro, en el cine, en el trabajo mismo, y sabe todo sobre usted, todo de nuestra Nación. Y es por eso, que en realidad no hay tiempo de paz, que siempre estamos en guerra. No lo olvide: siempre estamos en guerra, y sólo gracias a servidores como usted y como yo, y gracias a lo que sabemos sobre la piel, sobre la piel de los otros, ganaremos esa guerra.

                        Sargento H. F.
Responsable de Formación del CATE
   


LECCIÓN I.
EL PAPEL DEL AUXILIAR DE TRATAMIENTOS ESPECIALES EN EL ORGANIGRAMA GENERAL DEL SERVICIO DE INTELIGENCIA

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[1] En este taller yo no le obligaré a que se sume a esta variante impresionista de la caperuza, porque no quiero parecerle pretencioso. Pero sepa usted que, si le parece buena la idea -y hasta ahora a todos los nuevos auxiliares se lo ha parecido- le daré todas las facilidades para que aprenda a ponerla en práctica. Y además se le regalará la caperuza. Una exactamente igual a la original.