Soy
buscándome
expuesto inverosímil
en mujer que no va tentando,
ni aclara paso a paso las cómodas preguntas,
ni quiere alta voz con plus-fidelidad, ni desde ultratumbas.
Que para la paz, el enojo se marque febril, pero yo esté con voz queda y silente.
Y aun dándome risueña, se me tuerce en agravio y mueca
si no es clara tu verdad, tu mano, tu beso y tus ojos
escapan, y pliegos quedan en biombo japonés.
Y sentenciando entonces mi palabra
“Ne me quitte pas”
¡Mentira!
Es mejor que te vayas,
ya no serán las oscuras golondrinas,
no hay pereza supina que supere mi credo.
El albor ha llegado, cristal de seda límpido que me seduce,
ya llega la mañana y ahora, sí, juego con ella, no me interrumpe.
Soy sólo yo, líbera de inmediato, asustada de trayecto, pero de fácil remedio,
y que me quede el olvido en justa ambrosía y deidad,
para estar en alturas y así poder valorar,
que lo que se da, no se puede quitar.
Y lo que ya fue perdido,
con otras formas,
se recuperará.
Y en tiempo.
Razón.
Amor.
Amor, no,
ése justo, astuto,
hechizado que me habla.
Por hablar conmigo misma sin espejo,
por el ala aleve que me dio el influjo musical;
aunque el Hada Armonía no entiende de cuentos
ni sabe chino mandarín, es esquiva, no cata ritmo alguno,
es voraz, devora-caníbal, hecha de jirones mandatarios.
Me enjugo en vinos para tener palabras que me sequen la vergüenza.
Ya en Los raros, Rubén Darío, se ensalzaba en decir que los suspiros vienen,
como la fusta de Lou Andrea Salomé, y unos labios de otro que ya son míos.
Me habita la pasión del otro, el depósito filial de sentir la conmoción de una mutua pasión.
Hoy el destello serpentea la estela de muchos, de tantos, de pobres, de gente en su victimario,
perpleja, como el arco circunspecto que atávico te para y te deja ir en una única dirección,
espiral de vida agotadora, la miro helicoidalmente, y me da hélices con salsa fungí.
Su sueño no era volar, su sueño no era, se deja la com-pasión y al otro,
se sumerge el tiempo en lo divino, en lo arcano y disciplinado
en epopeya de tus ojos, tengo en mi voz el azul de tu mirada
y te tomo una foto en un retal de piel despojado,
en un lugar ponzoñoso de propio castigo.
Luego, dictaminaremos de foto ficción,
y recordarán la espuma-sol,
frenetismo a razón.
Se quedó,
Allí,
no sé decir,
cuántas mujeres
llegaban al altar de Quevedo
ni convidaban a su boca en envés,
perlas ya no son, desbocadas pues.
Si mañana sigo y puedo volver sin más,
ganancias tendré de perdidas vetustas batallas, hoy nuevas.
Llegará el nimbo y la luz remota, el salir de las aguas, PLACER,
placer que no se toca para desmenuzarlo ni para despedazarlo,
se queda sin más, es gran incrédulo del márketing,
se siente, es un átomo pretérito, no divisible
Está hecho de fe.
De lo dado,
de lo mío.
Olfato, miedo y deseño, Anar Reina
ANTES DE...
El hielo huele a nada. Nada era lo que me decía mi madre ante mis preguntas de niña enfadada. Mi infancia no tenía olor. Miento diciendo que el hielo huele a nada. Puede oler a casi cualquier cosa que se pueda imaginar. Se contagia. Huele al congelador que lo abraza, que lo blande entre carnes. Entre piezas de pan sin tiempo para el mordisco fresco del día a día. Nada que ver con ese pan que vas a comprar al bakery. Donde la armonía entre levaduras y manos que van haciéndose con harina y agua te llevan a elegir el de corteza más suntuosa. El que supones pedazo más crujiente que llevar a la boca.
Eso quiero, llevarme un pedazo a la boca, justo el pedazo que yo haya elegido. Sólo ése. Y no, no soy como el hielo. Huelo lo que siento, siento lo que huelo. Mi nariz está donde no me supe en mi infancia, por eso, quizás, puedo olerlo... casi todo. También me huelo a mí. Mi olor.
El olor más sincero es el del miedo, no se camufla. No se adorna bajo perfumes. Es; y me aleja, y me acerca a mí, al otro. Siempre lleva almizcle. Se sabe sereno. Sin embargo, enseña el colmillo como el can que también todo lo huele, y ataca para defender su miedo. Es un olor humano, inhumano, que se descompone en primas de mercado y espectros. Alcanza el jazmín, la hierbabuena empapada en limón, el sándalo y la fresa. Se torna, sacudiéndome, en la certeza pútrida y enquistada del jazmín, esa muerte apétala que no quiere morfosintaxis de la conjugación futura. Sólo sabe del lóbrego pretérito. Lo sabe allí, en aquel cuarto sin luz donde mueren cada día sobre el blanco platito, blancos dedos olorosos recogidos del jardín. En ese angosto lugar, alguna vez pedí con voz secreta y, otras, recé que pudiera ser capaz de hacer lo que tanto temo. Pero entonces no sabía que sólo yo podía tener el empuje para hacerlo. Que nadie me tomaría la mano para llevarme a lugar alguno donde encontrar lo que busco. Que las magnolias de Cernuda y los pocos sabios que en el mundo han sido de Fray Luis tienen que haber servido para algo más...
DESPUÉS DE...
Eternizaba el pálpito allí en la misma acera. Se me quedó denso en la mirada, pum-pum, pum-pum, pum-pum... Me supo a minutos de sándalo. Cerca de ti y en el centro del cuerpo un leve toque de lavanda. Y ocurrió en segundos. Lejos, a sólo menos de medio metro. Podría haberlo medido en particiones escolares, a dentelladas de olfato, mi distancia, la tuya, el perímetro, el centímetro cúbico. La remembranza a ese olor a plastilina incorruptible, a esa infancia niña de escolares, temerosa. Ahora no es tan maleable. Ahora es evanescente, como pulverizada y desconcertante en miles de partículas quietas en aire caliente, que saturan la nariz salpimentándola hasta el estornudo. Se queda abierta la carne, se esparce, se desintegra ¿Quién no conoce el dolor infinito de lo que jamás vuelve, de lo que deja el olfato estéril y el alma cogida en ramillete de lilas, vieja, olvidada...? Sentí prieto el estómago, me ahogaba el deseo anestesiado por el acíbar del formol que se queda en frascos para siempre. Hiriente en mi repugnancia. Un deseo incombustible al que no le da la luz, para que se haga quedo, para que no se contagie, para que no sepa. Para que siga diciendo el olor de todo con la pulcritud de una glándula minúscula.
Me duele el olor, el olor de haber pensado que lo que deseo jamás llegará, que se irá en cuanto se sepa deseado. Pero está, él está ahí. Está aquí, ahora. Ya. Y no quiero. No quiero sentir que es la esencia misma del perfume de mi vida. Me vacío por dentro para ignorar su verdad, su presencia. Y de nuevo, sola y confusa, me habita un perfume a narciso. Quedándoseme encenagados los efluvios a primavera tardía, frustrada. Tan falta de emoción, pero de raciocinio perfecto. Ese narciso que sólo se sabe a sí, con pedazos de espejos mirados, recompuestos sin pasión. Donde esperanza acostumbraba a dejar lágrimas con salitre alcalino, rancio. Lágrimas sin verdad. Como cuando un jeroglífico se desencripta sin la abrupta sofisticación de la leche de burra de Cleopatra. Cuando no hay verdad. Alicia no podrá seguir buscando el camino correcto. Tu deseo es sólo tuyo, es sólo mío. Mi nariz no sabe de tiempo, que no da para el tiempo. Y yo estoy aquí. Ya. Él está, pero lo hago volátil. No hay modo de asirle. Me llega la dulzura del lácteo, lo esponjoso del pan, el éxtasis de la rosa, la miscelánea de la tradición, de la novedad, el olor a clavo de la estrella fugaz. Es posible que NADA a veces siga oliendo a frío, al miedo al deseo. Al destierro yermo de mi soledad en compañía. Y que deseo tenga miedo de sí mismo.
El hielo huele a nada. Nada era lo que me decía mi madre ante mis preguntas de niña enfadada. Mi infancia no tenía olor. Miento diciendo que el hielo huele a nada. Puede oler a casi cualquier cosa que se pueda imaginar. Se contagia. Huele al congelador que lo abraza, que lo blande entre carnes. Entre piezas de pan sin tiempo para el mordisco fresco del día a día. Nada que ver con ese pan que vas a comprar al bakery. Donde la armonía entre levaduras y manos que van haciéndose con harina y agua te llevan a elegir el de corteza más suntuosa. El que supones pedazo más crujiente que llevar a la boca.
Eso quiero, llevarme un pedazo a la boca, justo el pedazo que yo haya elegido. Sólo ése. Y no, no soy como el hielo. Huelo lo que siento, siento lo que huelo. Mi nariz está donde no me supe en mi infancia, por eso, quizás, puedo olerlo... casi todo. También me huelo a mí. Mi olor.
El olor más sincero es el del miedo, no se camufla. No se adorna bajo perfumes. Es; y me aleja, y me acerca a mí, al otro. Siempre lleva almizcle. Se sabe sereno. Sin embargo, enseña el colmillo como el can que también todo lo huele, y ataca para defender su miedo. Es un olor humano, inhumano, que se descompone en primas de mercado y espectros. Alcanza el jazmín, la hierbabuena empapada en limón, el sándalo y la fresa. Se torna, sacudiéndome, en la certeza pútrida y enquistada del jazmín, esa muerte apétala que no quiere morfosintaxis de la conjugación futura. Sólo sabe del lóbrego pretérito. Lo sabe allí, en aquel cuarto sin luz donde mueren cada día sobre el blanco platito, blancos dedos olorosos recogidos del jardín. En ese angosto lugar, alguna vez pedí con voz secreta y, otras, recé que pudiera ser capaz de hacer lo que tanto temo. Pero entonces no sabía que sólo yo podía tener el empuje para hacerlo. Que nadie me tomaría la mano para llevarme a lugar alguno donde encontrar lo que busco. Que las magnolias de Cernuda y los pocos sabios que en el mundo han sido de Fray Luis tienen que haber servido para algo más...
DESPUÉS DE...
Eternizaba el pálpito allí en la misma acera. Se me quedó denso en la mirada, pum-pum, pum-pum, pum-pum... Me supo a minutos de sándalo. Cerca de ti y en el centro del cuerpo un leve toque de lavanda. Y ocurrió en segundos. Lejos, a sólo menos de medio metro. Podría haberlo medido en particiones escolares, a dentelladas de olfato, mi distancia, la tuya, el perímetro, el centímetro cúbico. La remembranza a ese olor a plastilina incorruptible, a esa infancia niña de escolares, temerosa. Ahora no es tan maleable. Ahora es evanescente, como pulverizada y desconcertante en miles de partículas quietas en aire caliente, que saturan la nariz salpimentándola hasta el estornudo. Se queda abierta la carne, se esparce, se desintegra ¿Quién no conoce el dolor infinito de lo que jamás vuelve, de lo que deja el olfato estéril y el alma cogida en ramillete de lilas, vieja, olvidada...? Sentí prieto el estómago, me ahogaba el deseo anestesiado por el acíbar del formol que se queda en frascos para siempre. Hiriente en mi repugnancia. Un deseo incombustible al que no le da la luz, para que se haga quedo, para que no se contagie, para que no sepa. Para que siga diciendo el olor de todo con la pulcritud de una glándula minúscula.
Me duele el olor, el olor de haber pensado que lo que deseo jamás llegará, que se irá en cuanto se sepa deseado. Pero está, él está ahí. Está aquí, ahora. Ya. Y no quiero. No quiero sentir que es la esencia misma del perfume de mi vida. Me vacío por dentro para ignorar su verdad, su presencia. Y de nuevo, sola y confusa, me habita un perfume a narciso. Quedándoseme encenagados los efluvios a primavera tardía, frustrada. Tan falta de emoción, pero de raciocinio perfecto. Ese narciso que sólo se sabe a sí, con pedazos de espejos mirados, recompuestos sin pasión. Donde esperanza acostumbraba a dejar lágrimas con salitre alcalino, rancio. Lágrimas sin verdad. Como cuando un jeroglífico se desencripta sin la abrupta sofisticación de la leche de burra de Cleopatra. Cuando no hay verdad. Alicia no podrá seguir buscando el camino correcto. Tu deseo es sólo tuyo, es sólo mío. Mi nariz no sabe de tiempo, que no da para el tiempo. Y yo estoy aquí. Ya. Él está, pero lo hago volátil. No hay modo de asirle. Me llega la dulzura del lácteo, lo esponjoso del pan, el éxtasis de la rosa, la miscelánea de la tradición, de la novedad, el olor a clavo de la estrella fugaz. Es posible que NADA a veces siga oliendo a frío, al miedo al deseo. Al destierro yermo de mi soledad en compañía. Y que deseo tenga miedo de sí mismo.
¿Hubiera pedido Flaubert, si hubiera vivido en nuestros tiempos, un cambio de sexo para ser finalmente Madame Bovary?, Anar Reina
Preguntábase en ese momento si la laca fijadora de su bigote sería suficiente en eficiencia como para no desentonar entre tanta hombría ¡Qué petulancia! Ocupaba tiempo entre sus pensamientos la armonía en el estar, especialmente, entre todos los médicos que a su alrededor se encontraban. A fin de cuentas, aún era un gentleman, y así iba a trabajarlo hasta el último momento. Estaba preparado para comenzar a ser mujer, Emma ya vivía en él desde hacía mucho. Se habían esbozado en un solo corazón a fuerza de entrelazarse y alborozarse en confindencias. Allí, sobre aquella camilla, bajo la observación de médicos residentes que no querían perderse la ocasión, tendría lugar la conjunción de almas en un mismo cuerpo. Bisturí, anestesia lista, camilla XXL. Invaginación procurada. Esos doctores habrían de hacer una verdadera descojonización.
Emma siempre había pensado que Gustave, ese mismo que ahora estaba sobre la camilla, era el hombre más especial de la tierra. Jamás ni un indicio de la virilidad que ostentan muchos hombres, ni eludir si quiera a ese poderío del que presumen algunos, de tan dudoso origen. Un hombre increíble a sus ojos bovarianos. Tal vez su mamá, siendo aún él bebé, jamás le hubiere dicho eso de: ¡qué cojones más grandes tiene mi niño! Y es que esas frasecitas pueden dejar impronta mayúscula, más de uno hay acomplejado…..Y eso que dicen que la memoria del niño es limitada.
Gustave gustaba de la justa palabra……tout a la medida….Él mismo se fascinaba de su egocentrismo, le daba continuas patadas a la medida aúrea. Sólo de pensar en cómo sería ser mujer, físicamente una mujer, se estresaba. Temía que al mirarse las tetas, mientras caminaba, pudiera ponerse bizco, bueno después de tanta operación, bizca. Y es que quería caminar hacia la perfección.
La entrega, el sacrificio eran sus principales armas, como una gran Madame. Desde pequeño ayudaba a su madre en la hora del té, a untar los panecillos con mermelada de albaricoque. Ella siempre le hablaba entre tanto, de los miles de sufrimientos que le hacía pasar su marido, su aburridísimo marido. Vamos, el padre de Gustave. Él siempre oía con las orejas sordas la parte que correspondía a su padre. Lo cierto es que no recordaba haber cruzado más de una veintena de palabras con él. Pero su madre, su discurso almibarado, su entrega al sufrimiento y la desdicha, le hacían disfrutar con prohibitivo gozo aquellos momentos en que ella ni se percataba de su pequeño interlocutor. Un interlocutor al que se le cruzaban los hilos ya fríos y cortantes del almíbar que quedaba en suspenso. Gustave acabó comiéndose a mamá. La llamó Bovary y se convirtió al bovarismo con todo su cuerpo y alma.
Emma siempre había pensado que Gustave, ese mismo que ahora estaba sobre la camilla, era el hombre más especial de la tierra. Jamás ni un indicio de la virilidad que ostentan muchos hombres, ni eludir si quiera a ese poderío del que presumen algunos, de tan dudoso origen. Un hombre increíble a sus ojos bovarianos. Tal vez su mamá, siendo aún él bebé, jamás le hubiere dicho eso de: ¡qué cojones más grandes tiene mi niño! Y es que esas frasecitas pueden dejar impronta mayúscula, más de uno hay acomplejado…..Y eso que dicen que la memoria del niño es limitada.
Gustave gustaba de la justa palabra……tout a la medida….Él mismo se fascinaba de su egocentrismo, le daba continuas patadas a la medida aúrea. Sólo de pensar en cómo sería ser mujer, físicamente una mujer, se estresaba. Temía que al mirarse las tetas, mientras caminaba, pudiera ponerse bizco, bueno después de tanta operación, bizca. Y es que quería caminar hacia la perfección.
La entrega, el sacrificio eran sus principales armas, como una gran Madame. Desde pequeño ayudaba a su madre en la hora del té, a untar los panecillos con mermelada de albaricoque. Ella siempre le hablaba entre tanto, de los miles de sufrimientos que le hacía pasar su marido, su aburridísimo marido. Vamos, el padre de Gustave. Él siempre oía con las orejas sordas la parte que correspondía a su padre. Lo cierto es que no recordaba haber cruzado más de una veintena de palabras con él. Pero su madre, su discurso almibarado, su entrega al sufrimiento y la desdicha, le hacían disfrutar con prohibitivo gozo aquellos momentos en que ella ni se percataba de su pequeño interlocutor. Un interlocutor al que se le cruzaban los hilos ya fríos y cortantes del almíbar que quedaba en suspenso. Gustave acabó comiéndose a mamá. La llamó Bovary y se convirtió al bovarismo con todo su cuerpo y alma.
Vecindad, E. de la Huerta
Un día, volviendo del trabajo y de la compra, ves a tu vecina Emilia (según tus cálculos, andará por los sesenta y cinco años). Te planteas esquivarla, no porque sea antipática, sino porque las conversaciones con ella son demasiado largas, y tú estás deseando llegar a casa y soltar las bolsas del supermercado. Pero es demasiado tarde para escapar: aunque está mirando para otro lado, posiblemente ya te ha visto, y si retrocedes y cambias de trayectoria, se podría dar cuenta de tu maniobra de evasión, y tú no quieres indisponerla contigo, porque su puerta está muy cerca de la tuya; porque es de las pocas personas para ti conocidas entre los vecinos de tu recién estrenado piso; y, por si fuera poco, porque tiene mucha información y peso en la vecindad.
Por tanto vas a su encuentro, la saludas, y le preguntas cómo está, porque cuando la conociste la había atropellado un coche hacía poco y le había roto un tobillo, y estaba haciendo esfuerzos para recuperar un andar normal. Desgraciadamente, a esa pregunta te responde: “Mal”, y te relata la triste historia de sus visitas a los médicos y de unos clavos en el tobillo, y de su creencia —a pesar de su fuerza de voluntad: en este instante está pedaleando en una bicicleta estática en el parque junto a tu casa— en la casi seguridad de no poder recobrar el funcionamiento normal del tobillo. No puedes interrumpir una conversación así sin parecer un cerdo insensible, y por ello vas cambiando de mano la bolsa de la compra cuando se te va cansando el brazo soportador de la carga.
De repente, Emilia saluda con la mano a alguien a tu espalda. Te vuelves, y es su hija, Silvia, recién montada en su coche para ir en busca, a su vez, de su hija Teresa, la nieta de Emilia. Tú apenas has intercambiado dos “Hola”, y algún “Buenos días” con Silvia. Ambas, hija y nieta, viven con tu vecina Emilia —su casa como las muñecas rusas, con mujeres albergando a otras sucesivamente más jóvenes—, porque Silvia está separada del marido. En cuanto su hija se ha alejado a los mandos de su vehículo, Emilia se ríe y te confiesa haber deseado un enamoramiento tuyo hacia Silvia, porque eres alguien en apariencia “respetuoso”. También le expresó este deseo a la propia Silvia, pero ésta al parecer respondió: “No es mi tipo”.
Aunque Silvia es muy diferente de su madre, y seguramente se considera en las antípodas de ella, piensas en el posible efecto de esas palabras de la madre en la hija —y tal vez también en ti mismo—. Por eso, a partir de esa conversación con Emilia, espías el corredor por la mirilla de tu puerta cuando escuchas salir a alguien de su casa. Una de esas veces, abres tu puerta un poco después de haber salido Silvia con su hija, camino del colegio de ésta. Al oírte salir, Silvia —de perfil hacia ti— no te mira, pero por sus gestos la notas atenta a tu presencia y tus movimientos, aunque sigue andando con su hija sin decir nada.
Por la tarde, también por la mirilla, ves salir a Silvia con un cubo de ropa, y tú te apresuras y coges también algo de ropa sucia, la mojas en el grifo —no hay tiempo para hacer una colada en la lavadora—, y subes a la azotea con otro cubo de ropa —sucia, pero mojada.
Llegas a la azotea donde Silvia está tendiendo ya la ropa. Pero delante está Teresa, y la saludas primero y le preguntas por el colegio, respondiéndote, con la sencillez de los niños: “Bien”. “Los profesores están muy contentos con ella”, aclara Silvia. “Es una niña buena y lista, eso se ve enseguida”, dices tú. Te acercas a Silvia —ha tendido bragas y sostenes, y te imaginas su contenido—, y le dices: “Buena parte del mérito te corresponde a ti, porque la estás criando sola”. “Bueno, me ayuda mi madre”, te responde. “De todas formas, no debe de ser fácil”, añades. A su vez ella te pregunta si nunca te has casado, y le respondes: “Me lo pensé un par de veces, pero nunca estuve muy convencido”. “Sí, yo tampoco estaba muy convencida” —afirma Silvia— “y ya ves cómo he acabado”.
Termináis de tender la ropa, y ella necesita ir al supermercado, y a ti —mientes— te ocurre lo mismo. Os veis allí pasado un rato, y ella lleva un carro grande, y tú uno de esos pequeños: van casi a ras de suelo, y se tira de ellos por medio de una gran asa. Ella te pregunta si siempre compras tan poco, si siempre usas un carro tan pequeño. “Ah, ¿esto?”, dices, “no es un carro, es mi perro: le estoy dando un paseo”, y Silvia ríe, porque eso parecen esos carros, con sus dueños paseándolos por el supermercado. Tras tu compra exigua —cuatro cosas para el desayuno y tus cenas frugales, porque siempre almuerzas fuera de casa—, la acompañas a ella en la suya, y la vais comentando, una compra consistente en grandes provisiones de todo: de alimentos para cocinar de verdad, de productos de limpieza y de higiene —también compresas, y esto no lo comentáis—, y algún producto no habitual, como perfume. Ella escoge uno, y te lo da a oler. “Huele estupendamente”, declaras. “Para mí es el de siempre”, dice, y se aparta el pelo cuyo color rubio emite destellos furiosos, y te da a oler su cuello. Tú te acercas, y cuando estás muy próximo a ella, abres la boca y le tocas con los dientes el cuello, como si fueras a darle un mordisco. Silvia se aparta riéndose.
Cuando termináis de comprar, la invitas a tomar algo, y os vais a una cafetería próxima al supermercado. Allí sentados, le preguntas cuál es su ocupación. “Me dedico a poner esos avisos de multa —muchas veces no llegan a hacerse efectivos— en los coches estacionados sin haber pagado el ticket del parquímetro”. “¡Ah, conque eras tú!”, exclamas, y ella ríe. Le preguntas si ese color de su pelo tan impactante es su color natural, y no: “El real es también rubio, pero más oscuro”, te informa Silvia. “Déjatelo con su color natural”, le pides. “Lo haré”, accede Silvia. Entonces tocas su pelo, y ella ni se retira ni se ríe como cuando te hiciste el vampiro. Llevas la mano desde su pelo hasta la mejilla, acariciándola, y aprovechas ese movimiento para acercar su cara a la tuya y besarla en la boca.
Vuelves tarde: así Emilia estará muy dormida, y no se despertará al oíros entrar a Silvia y a ti en tu casa. Entonces tocas, bajo el vestido azul cobalto, a través de las bragas y el sostén, el contenido de los mismos —por fortuna, no se encuentra entre ese contenido una compresa.
Por la mañana piensas en cómo de complicada se pondría tu situación si la cosa saliera mal con Silvia por tu causa, viviendo como vives puerta con puerta con ella —o al menos con su madre.
Y si marchara bien, se te ocurre otro peligro: el de su marido viéndoos cuando venga a la vecindad a visitar a Teresa. Podría volver a engatusar a Silvia —al fin y al cabo es el padre de su hija—, y regresar con ella. La manera más segura de volver a desear a una antigua mujer es verla con otro hombre.
Por tanto vas a su encuentro, la saludas, y le preguntas cómo está, porque cuando la conociste la había atropellado un coche hacía poco y le había roto un tobillo, y estaba haciendo esfuerzos para recuperar un andar normal. Desgraciadamente, a esa pregunta te responde: “Mal”, y te relata la triste historia de sus visitas a los médicos y de unos clavos en el tobillo, y de su creencia —a pesar de su fuerza de voluntad: en este instante está pedaleando en una bicicleta estática en el parque junto a tu casa— en la casi seguridad de no poder recobrar el funcionamiento normal del tobillo. No puedes interrumpir una conversación así sin parecer un cerdo insensible, y por ello vas cambiando de mano la bolsa de la compra cuando se te va cansando el brazo soportador de la carga.
De repente, Emilia saluda con la mano a alguien a tu espalda. Te vuelves, y es su hija, Silvia, recién montada en su coche para ir en busca, a su vez, de su hija Teresa, la nieta de Emilia. Tú apenas has intercambiado dos “Hola”, y algún “Buenos días” con Silvia. Ambas, hija y nieta, viven con tu vecina Emilia —su casa como las muñecas rusas, con mujeres albergando a otras sucesivamente más jóvenes—, porque Silvia está separada del marido. En cuanto su hija se ha alejado a los mandos de su vehículo, Emilia se ríe y te confiesa haber deseado un enamoramiento tuyo hacia Silvia, porque eres alguien en apariencia “respetuoso”. También le expresó este deseo a la propia Silvia, pero ésta al parecer respondió: “No es mi tipo”.
Aunque Silvia es muy diferente de su madre, y seguramente se considera en las antípodas de ella, piensas en el posible efecto de esas palabras de la madre en la hija —y tal vez también en ti mismo—. Por eso, a partir de esa conversación con Emilia, espías el corredor por la mirilla de tu puerta cuando escuchas salir a alguien de su casa. Una de esas veces, abres tu puerta un poco después de haber salido Silvia con su hija, camino del colegio de ésta. Al oírte salir, Silvia —de perfil hacia ti— no te mira, pero por sus gestos la notas atenta a tu presencia y tus movimientos, aunque sigue andando con su hija sin decir nada.
Por la tarde, también por la mirilla, ves salir a Silvia con un cubo de ropa, y tú te apresuras y coges también algo de ropa sucia, la mojas en el grifo —no hay tiempo para hacer una colada en la lavadora—, y subes a la azotea con otro cubo de ropa —sucia, pero mojada.
Llegas a la azotea donde Silvia está tendiendo ya la ropa. Pero delante está Teresa, y la saludas primero y le preguntas por el colegio, respondiéndote, con la sencillez de los niños: “Bien”. “Los profesores están muy contentos con ella”, aclara Silvia. “Es una niña buena y lista, eso se ve enseguida”, dices tú. Te acercas a Silvia —ha tendido bragas y sostenes, y te imaginas su contenido—, y le dices: “Buena parte del mérito te corresponde a ti, porque la estás criando sola”. “Bueno, me ayuda mi madre”, te responde. “De todas formas, no debe de ser fácil”, añades. A su vez ella te pregunta si nunca te has casado, y le respondes: “Me lo pensé un par de veces, pero nunca estuve muy convencido”. “Sí, yo tampoco estaba muy convencida” —afirma Silvia— “y ya ves cómo he acabado”.
Termináis de tender la ropa, y ella necesita ir al supermercado, y a ti —mientes— te ocurre lo mismo. Os veis allí pasado un rato, y ella lleva un carro grande, y tú uno de esos pequeños: van casi a ras de suelo, y se tira de ellos por medio de una gran asa. Ella te pregunta si siempre compras tan poco, si siempre usas un carro tan pequeño. “Ah, ¿esto?”, dices, “no es un carro, es mi perro: le estoy dando un paseo”, y Silvia ríe, porque eso parecen esos carros, con sus dueños paseándolos por el supermercado. Tras tu compra exigua —cuatro cosas para el desayuno y tus cenas frugales, porque siempre almuerzas fuera de casa—, la acompañas a ella en la suya, y la vais comentando, una compra consistente en grandes provisiones de todo: de alimentos para cocinar de verdad, de productos de limpieza y de higiene —también compresas, y esto no lo comentáis—, y algún producto no habitual, como perfume. Ella escoge uno, y te lo da a oler. “Huele estupendamente”, declaras. “Para mí es el de siempre”, dice, y se aparta el pelo cuyo color rubio emite destellos furiosos, y te da a oler su cuello. Tú te acercas, y cuando estás muy próximo a ella, abres la boca y le tocas con los dientes el cuello, como si fueras a darle un mordisco. Silvia se aparta riéndose.
Cuando termináis de comprar, la invitas a tomar algo, y os vais a una cafetería próxima al supermercado. Allí sentados, le preguntas cuál es su ocupación. “Me dedico a poner esos avisos de multa —muchas veces no llegan a hacerse efectivos— en los coches estacionados sin haber pagado el ticket del parquímetro”. “¡Ah, conque eras tú!”, exclamas, y ella ríe. Le preguntas si ese color de su pelo tan impactante es su color natural, y no: “El real es también rubio, pero más oscuro”, te informa Silvia. “Déjatelo con su color natural”, le pides. “Lo haré”, accede Silvia. Entonces tocas su pelo, y ella ni se retira ni se ríe como cuando te hiciste el vampiro. Llevas la mano desde su pelo hasta la mejilla, acariciándola, y aprovechas ese movimiento para acercar su cara a la tuya y besarla en la boca.
Vuelves tarde: así Emilia estará muy dormida, y no se despertará al oíros entrar a Silvia y a ti en tu casa. Entonces tocas, bajo el vestido azul cobalto, a través de las bragas y el sostén, el contenido de los mismos —por fortuna, no se encuentra entre ese contenido una compresa.
Por la mañana piensas en cómo de complicada se pondría tu situación si la cosa saliera mal con Silvia por tu causa, viviendo como vives puerta con puerta con ella —o al menos con su madre.
Y si marchara bien, se te ocurre otro peligro: el de su marido viéndoos cuando venga a la vecindad a visitar a Teresa. Podría volver a engatusar a Silvia —al fin y al cabo es el padre de su hija—, y regresar con ella. La manera más segura de volver a desear a una antigua mujer es verla con otro hombre.
Fuente: www.rocksonico.com/
El desamor, Manolo Martínez
Te empecé a querer demasiado pronto, cuando la vida era, aún, una larga noche que se alimentaba de música, miradas y utopías. Primero te metiste bajo las sábanas de mis pestañas, para luego saltar, como poseída, entre mis cejas, disfrazada de pensamiento. Casi no quise quererte, pero tú me reclamabas para ofrecerme el mundo. Todavía espero ese cielo que me juraste, hace ya, más de dos docenas de años. Y lo peor, es que seguimos viéndonos. Cada jueves, a escondidas, tú y yo. Yo te escucho y tú me invitas a todo cuanto no tengo pero deseo. Mi mano te acaricia levemente antes de despedirnos y decirnos siempre lo mismo: “... si ocurre, ésta habrá sido nuestra última cita.” Luego, como nunca sucede, nos reencontramos cada semana para mentirnos de nuevo y nadar en una hipotética felicidad. Hoy, que a punto estoy de dejar lo nuestro, hago recuento, y, aunque el saldo es favorable, pues tus mentiras fueron los sueños que me mantuvieron en pie, he decidido afrontar la verdad. Y la realidad es que, mientras yo apostaba una y otra vez por lo nuestro, tú te entregabas a otros delante de mis narices. Tu infidelidad fue una carga llevadera, mientras mantuve la esperanza de ser el próximo en tu privilegiada lista… Por todo esto, hoy juro, ante los arcanos de nuestra pasión, que te dejo para siempre. Pese a mi decisión, aún viven en mi memoria las distintas composiciones con que intenté encandilarte. Todas desiguales, seductoras, estudiadas. En ellas iban mi fecha de nacimiento, el día de nuestro primer encuentro, la edad de mis hijos, el número de mi casa... y no sé cuantas más absurdas combinaciones, todas infructuosas. Vana ilusión, marchita flor, esperanza asesinada con nocturnidad y alevosía. Otros te gozarán, yo ya renuncio. Hoy, como Ulises, me amarro al palo mayor de la certeza, para no sucumbir más a tus cantos de sirena. Y, por favor, no oses devolverme nada de cuanto te di. Quédatelo todo.
En esto del amor, o todo o nada, no quiero ser tu amigo por un despectivo reintegro. Ah, y dile a la madre que te parió, que la idea era buena, vender ilusión. Pero el desigual reparto no equilibra la balanza. No hay ecuanimidad entre los que invertimos todas nuestras quimeras y los que sólo recaudan sin más gastos que un bombo y siete bolas de plástico (seis más el complementario).
Lo intenté, pero no pudo ser. Hasta nunca, amor mío. No tiro más un euro en la primitiva.
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