Google+ Taller de Escritura Creativa de Israel Pintor en España

¿Qué es el estilo cuando hablamos de literatura?



Quienes creamos literatura, durante los primeros años de labor y aprendizaje del oficio mostramos interés en el estilo: sobre todo en el ajeno, esperando allí encontrar el propio. ¡Vaya chapuza! Típica se vuelve la emulación. Si alguna vez has tenido un profesor de creación literaria probablemente lo hayas escuchado decir, después de leerte: «Esto que has escrito me recuerda a…» Confieso que yo también emulé. Porque imitar no es malo. Muchas otras artes se aprenden a través de la imitación, ¿por qué no iba a servir ese método para la creación literaria? El problema se presenta cuando esperamos que escribiendo como los demás, escribiendo como aquellos a los que admiramos, conseguiremos identificar, reafirmar y configurar nuestro propio estilo. ¿Has notado que no digo hacer, inventar o crear? Y es que, aunque el estilo es susceptible de someterse a tantas pruebas como nos de la gana —para ejemplo de ello basta que leas Ejercicios de estilo de Rayomond Queneau (Cátedra, 2006)—, una verdad sobre estilo es que no necesitamos producirlo, porque está directamente relacionado con la personalidad. Y todos tenemos personalidad, aunque a veces mutamos y nos ponemos máscaras.

Hace un par de años, mientras impartía una clase de Coaching Literario, José Luis, un alumno querido me preguntó: «¿qué es el estilo cuando hablamos de literatura?» A José Luis le encanta la literatura y se toma muy enserio su trabajo como narrador, aunque por aquel tiempo reconocía la necesidad de entender mejor el concepto de estilo, probablemente porque se encontraba trabajando en su primera novela e intentaba averiguar cómo podía hacer su mejor esfuerzo. José Luis es psicólogo-terapeuta y, gracias a la conversación que tuvimos durante esa clase y las notas que atentamente tomó, es que hoy puedo discurrir aquí. El estilo propio, en cualquier ámbito, pero sobre todo en el artístico es un bien altamente valorado y muy difícil de aprehender, aunque irónicamente sea algo que todos tenemos. Casi como si nos viniera en los genes. Sin embargo, para la mayoría de mis alumnos y compañeros escritores en proceso de formación, la configuración, identificación y reafirmación de un estilo literario personal se convierte en una suerte de Santo Grial que visto desde el romanticismo bohemio se eleva alto, donde queda tan fuera del alcance, que sólo los grandes, sólo los autores consagrados con montones de lectores por todo el mundo, pueden poseerlo. ¡Qué gran mentira! Como si el éxito editorial fuera causa de estilo. ¡Cuánto daño somos capaces de infringirnos a nosotros mismos al idealizar la creación y el “ser” creador! Apretamos el silicio pensando de esa manera. ¡Absurdo! En todo caso, es el estilo literario: definido, sólido y único lo que lleva a un autor a consagrarse y tener éxito editorial, pero no al revés.

A lo largo de los años mis alumnos se han interesado en entender qué es el estilo literario y siempre que me propongo hablarles sobre ello termino hablando de personalidad, de su propia personalidad creadora. ¿Y cómo es eso? Pues bien, ¿has notado que al visitar una librería buscas los libros de ese autor al que admiras y no los libros de otros autores? No digo que evites sentir interés por las novedades, por otros autores a los que desconoces. Me refiero a que, por lo general, tu interés recae sobre los autores que ya conoces y son garantía de una lectura placentera, al menos para ti. Sabemos ya que la apreciación y valoración del estilo, en tanto estética, es puramente subjetiva.


Me pasó con las obras de Xavier Velasco, un narrador mexicano al que empecé a leer cuando era adolescente, lo descubrí con Diablo guardián, la novela con la que se hizo famoso y ganó el Premio Alfaguara de Novela en 2003. Hice clic con él, como se suele decir. ¿Por qué? El estilo de Xavier Velasco produjo una especie de atracción o seducción, me sentí identificado y satisfecho. Mientras leía pensaba: qué rico, qué divertido, me gusta o, me cae bien. Quizá conoces a Xavier Velasco y no opines lo mismo que yo, pero estoy seguro de que eso mismo te pasa a ti con los autores a los que admiras, ¿verdad? Por eso no dudas en buscar sus obras cuando vas a una librería.

Algo similar he sentido con Sade, Raymond Carver, Luis Zapata, Lorrie Moore, Andrés Neuman, J.D. Salinger, Enrique Vila-Matas y hasta el comercialísimo David Safier. Ahora no importa si los autores que me han producido esa atracción son autores valorados por la crítica y la academia, algunos lo son, otros no. Lo relevante, en lo que me gustaría que pusiéramos atención, es en el fenómeno de atracción o seducción que me produjeron, lo que me llevó a hacer clic con todos ellos. El mismo fenómeno que te lleva a ti a buscar las obras de tus autores preferidos. ¿Notaste que sólo hice referencia a los autores y apenas he mencionado una sola obra literaria? El estilo literario, que es como la miel que nos atrae como moscas hacia los libros, guarda una intensa relación con la personalidad del creador. Intentemos reconocer cuáles son las causas de esa atracción o seducción que un autor produce a través de sus obras, con el fin de que emprendas luego un proceso de autoanálisis, de cara al descubrimiento o reafirmación de tu propio estilo literario. O sea, si quieres un estilo literario propio, atento aquí.

Me basaré, sobre todo, en la experiencia acumulada a lo largo de los años como profesor del Taller de Escritura Creativa, así como en la experiencia que adquirí siendo autor de tres obras narrativas. Como profesor he tenido que leer montones de manuscritos, a través de los cuales pude acercarme al abanico amplio y diverso de las personalidades creadoras de mis alumnos. Esta visión heterogénea de estilos y personalidades me ayudó a comprender mejor cuáles son las causas que producen el efecto de seducción, así como identificar cuáles pueden ser los elementos constitutivos del estilo literario. Como narrador, por otro lado, he tenido la fortuna de practicar mucho, tanto dentro como fuera de los talleres literarios a los que asistí siendo alumno, en México y en España; además de tener la oportunidad de ir, poco a poco, reafirmando eso que llamamos estilo propio a través mis novelas y cuentos. Por supuesto, te invito a que profundices en el tema y busques a otros autores, académicos, escritores y expertos; no te quedes sólo con mi humilde apreciación.


Suéltate el pelo y asúmete como creador
Para empezar tienes que abandonar, de una vez por todas, tu cómodo pedestal de juez, para asumir el incómodo e inestable, pero apasionante y satisfactorio papel de creador. Te recomiendo la lectura de “Creatividad, proceso creativo y nivel personal de trascendencia”. Este artículo podría llevarte a comprender cuáles son los beneficios de cambiar el chip y dejarse de tonterías tipo: «No, yo no soy escritor, sólo me gusta leer y escribo a veces.» O «¿Artista yo? No, yo tengo un trabajo estable, lo mío es sólo un pasatiempo.» Si estás leyendo esto es porque la creación literaria te importa mucho, más de lo que tú crees. Cualesquiera que sean las razones, si creas literatura, eres un creador. ¡Di que sí! Olvida los prejuicios y temores. Si no asumes que tu obra literaria es un reflejo directo de tu personalidad artística, es decir, que tú mismo eres un artista, un escritor en tanto creador de textos literarios, será imposible que te enfrasques en el proceso de descubrir o reafirmar de tu propio estilo. ¡Suéltate el pelo!


Una comprensión del estilo literario
A mi parecer, el estilo literario es un conjunto de marcas en el texto que son determinadas por la personalidad del autor, cuya naturaleza tiene una morfología original convenida (reglas y herramientas técnicas), que se filtra a través de la poderosa subjetividad creadora, produciendo marcas con una morfología personal (nadie usa las reglas y herramientas del mismo modo, aunque se haya convenido una forma ideal para ayudar a la comprensión del discurso). Es decir, las marcas del texto que permiten identificar el estilo, son producto de la utilización de todas aquellas reglas y convenciones que nos permiten construir el discurso a través del lenguaje (codificación, decodificación) y, que al ser utilizadas por un individuo, adquieren facultades propias, únicas.

Cuando pregunto a mis alumnos, «¿por qué compras dos obras diferentes de un mismo autor?», la respuesta siempre es obvia: «Porque me gusta mucho ese autor». Pero, si profundizamos un poco y nos obligamos a rastrear las cualidades del discurso de ese autor, notaremos que nuestro gusto está condicionado también por nuestra propia personalidad, así como la producción del discurso de ese autor estuvo condicionada por su personalidad creativa. Un autor nos gusta, en general, porque encontramos afinidad entre los rasgos de su personalidad, que percibimos a través del texto, y nuestros propios rasgos de personalidad. Hacemos clic y nos sentimos atraídos cuando somos capaces de vernos en un espejo. ¡Qué fuerte! ¿Verdad? ¿Entonces somos una panda de vanidosos? En parte sí, pero no siempre sucumbimos al estilo literario de un autor porque nos sentimos identificados con él y, por ende, necesitemos aplaudir nuestra propia personalidad. También buscamos en las personalidades creativas de los autores algún tipo de retroalimentación, compensación o diversidad. Por ejemplo: podemos decir: «El estilo de Perenganito de Tal mola porque me hace reír, o porque me invita a reflexionar». Esto no significa que si el autor tiene esa cualidad estilística, proveniente de su personalidad creativa, nosotros también seamos personas que hacen reír a los demás o invitan a la reflexión. A veces un estilo nos atrae porque nos aporta algo que no solemos encontrar en nosotros mismos.

De cualquier modo, ¿notas cómo es imposible hablar de estilo sin hablar de personalidad? Así, pues, me voy a dar a la tarea de señalar a continuación algunos aspectos relativos al estilo literario, que habrán de estudiarse y ponerse en práctica desde la más absoluta subjetividad creadora, de modo que tarde o temprano comiences a vislumbrar las cualidades de tu propio estilo literario. Ojo, no basta con echar un vistazo a estos aspectos, si quieres reconocer tu propio estilo literario, el único camino efectivo para ello es la práctica y la autocrítica. Escribe con soltura, sin miedo de ser tú mismo. En el camino te verás tentado a reproducir otros estilos, tan ricos, atractivos y maravillosos que querrías fueran el tuyo, pero te aseguro que tu propia personalidad creativa tiene tanto brillo como esas a las que admiras, basta con que la cultives. Pierde el miedo de verte en un espejo, de ser tú mismo. Ya sé que es un topicazo, pero es así. Se dice fácil cuando es, en realidad, una tarea muy dura. No importa cómo seas, lo que importa es que no tengas miedo de ser. Al menos cuando hablamos de creación y estilo literario.


Naturaleza sintáctica
La sintaxis es uno de los aspectos formales que más influencia tiene en el estilo literario de un autor. Al ser la sintaxis el modo en que se ordenan y combinan las palabras para expresar una idea dentro del discurso, se encuentra en ella una vía para la identificación del estilo propio. ¿Cómo es normalmente el orden en que expresas tus ideas y acomodas las palabras? ¿Tiendes hacia la complejidad o hacia la simplicidad? Para encontrar un orden propio no está mal explorar tantos órdenes como seas capaz de producir. La exploración será más afectiva en la medida en que escribas desde el interior, buscándote. Recuerda que no estamos hablando aquí del modo correcto en que se utilizan las herramientas, sino del modo particular en que tú las usarás para cumplir una finalidad: la creación de la obra literaria.


Uso de los signos de puntuación
En relación con el aspecto anterior, una óptima utilización de los signos de puntuación trae siempre como resultado la claridad y el orden. Pero no siempre el uso de estos signos es sinónimo de personalidad. Todos sabemos que una coma puesta en el lugar equivocado puede ser terrible y producir una semántica loca o imprecisa, pero más allá de la utilización eficiente de los signos de puntuación para ser preciso y claro, se encuentra la finalidad de carácter estético. Pienso ahora en el efecto estético de uno de los monólogos interiores más famosos de la literatura del siglo XX. Me refiero al monólogo de Molly Bloom, en el Ulysses de James Joyce. Ese fragmento de obra produce un efecto estético inigualable, único. Se han hecho referencias a ese fragmento durante décadas. ¿Por qué? Pues, a través de él fuimos capaces de apreciar una estética narrativa singular. La de un escritor irlandés que buscaba transmitir, a través de su obra, una serie de sensaciones y emociones propias de quienes tendemos a comernos la cabeza, como hace su personaje Molly Bloom a través del monólogo. ¿Y cómo ha conseguido eso Joyce? Entre otras cosas a través del uso deliberadamente restrictivo de los signos de puntuación. Quienes conocemos el texto sabemos que evita cualquier punto o coma, aunque no prescinde de las tildes. No quiero decir con esto que para acercarte al reconocimiento de tu propio estilo debas ahora ponerte loco y escribirlo todo sin puntos, comas o tildes. O sí. Depende. Lo que quiero decir es que los signos de puntuación y la manera en que los uses, configurarán también tu propia manera de discurrir.


Vocabulario
El efecto no será el mismo si usas cien palabras distintas, o doscientas. Entre más vocabulario domines, más rico y nutrido será tu discurso. Ahora bien, esto no es garantía de originalidad, pero si pensamos que la creación no es más que mezclar o combinar recursos, entre más palabras tengas a tu disposición, más combinaciones podrás realizar, así mismo podrán ser diversas las formas en las que expreses una misma idea.

Por otra parte, ¿has notado que no se expresan igual dos personas? Y eso, en gran medida, se debe al vocabulario con que normalmente se comunican en sus respectivos contextos. Según el contexto en el que estamos inmersos, adquirimos uno u otro vocabulario. Se entiende fácil cuando pensamos en el vocabulario propio de un biólogo y lo comparamos con el vocabulario propio de un político. Tú tienes un vocabulario único, propio del contexto en el que vives y te has formado. Conviene mucho que saques partido de él. Y no confundas eso con homogeneizar las formas de expresión de tus personajes, como si fueran marionetas. No estoy refiriéndome a ello.


Ritmo fonético
Alguna vez han dicho que mi narrativa es rimada. ¿Te ha pasado? Bueno, pues juro sobre la tumba de Julio Cortázar que nunca ha sido mi intención. Unas veces el resultado es simpático, otras es un completo desastre. Y siempre creí que era algo azaroso, como no reconocía la intención de escribir así… Hasta que un día, uno de mis profesores de escritura me hizo ver que me pasaba con más frecuencia de lo que yo creía, no sólo en mis textos. Debatíamos en clase. Se freía el debate en el aula como un huevo sobre una sartén. Yo hablaba bastante, era uno de esos debates en los que uno se enfrasca y rebate con prisa sus ideas. No recuerdo el tema, pero mi profesor, atento como era con sus alumnos, notó que de vez en cuando se me colaba en la oralidad una rima. Al terminar la clase me llamó y comentó su apreciación. Me hizo ver que la naturaleza de mi sintaxis oral podía ser, a veces, rimada. Me lo tomé regular. Cuando uno ve en el espejo algo de sí mismo que no le gusta es fácil molestarse. Le di las gracias y dejé que pasara un tiempo. Desde entonces mi textos comenzaron a ser cada vez menos rimados, aunque no dejaron de tener un ritmo propio, especial, un ritmo que sólo mi personalidad creativa es capaz de construir: quizá nervioso y frenético.

Al compartir esta anécdota quiero poner de manifiesto que la fonética de las palabras, en franca relación con el orden en que construimos las frases y expresamos nuestras ideas, produce una marca de estilo personal. El ritmo de la fonética guarda también relación con el tono de la narrativa, con las emociones que nos invaden en el momento de creación y los sentimientos que buscamos representar con palabras. Conviene poner atención en la fonética de nuestra sintaxis, quizá descubramos en ella una cualidad interesante de nuestro estilo, o como sucedió conmigo: un vicio a corregir.


Ritmo narrativo o progresión (alternancia entre la acción y la reflexión)
Otro tipo de ritmo que es también marca del estilo, es aquel que delimita el tiempo que dedicamos a representar acciones, y el tiempo que dedicamos a representar reflexiones y hacer descripciones. ¿Te has leído alguna vez una de esas novelas en las que el protagonista sube unas escaleras a lo largo de veinticinco páginas? O, bien, ¿recuerdas cuál fue la última novela que leíste, cuya progresión era tan frenética y alucinante que devorabas página tras página, como si no hubiera un mañana y la cosa más importante del mundo fuera saber qué pasa en el capítulo siguiente? A mí se me vienen unas cuantas novelas a la mente… Seguro que a ti también. Sírvete de ellas como ejemplos para reconocer la diferencia entre los ritmos lentos y los rápidos, entre las obras que se recrean en la pacífica y lenta reflexión, y las que te ponen los nervios de punta porque las acciones se suceden como balas de metralleta. Después piensa: ¿mis textos qué ritmo suelen tener?

¿Alcanzas a ver cómo, hasta ahora, para reconocer un estilo literario propio, no hemos hecho más que autoanalizar nuestro trabajo y nuestra personalidad? Bueno, quizá los últimos aspectos te lleven a concentrarte sobre todo en lo técnico. Por eso te sugiero añadir a tu proceso de autoanálisis la reflexión sobre lo siguientes aspectos que, ahora sí, tienen exclusiva relación con tu personalidad creativa:


Tipo de pensamiento en el discurso literario: divergencia o convergencia
Todas, absolutamente todas las personas utilizamos dos tipos de pensamiento: el divergente y el convergente. Y también la inmensa mayoría tiende hacia uno u hacia otro, dependiendo de la propia personalidad. Quizá ya hayas oído hablar o leído sobre este asunto. Pero si no, pondré un ejemplo simple de cada uno de los tipos para que sepas a qué me refiero.

La convergencia es ese tipo de pensamiento lógico y organizado que nos lleva a crear ideas como esta: uno más uno es igual a dos. Nos ayuda a comunicarnos eficientemente con otras personas, a ser prácticos, claros, a organizar el trabajo y cumplir metas. Si tú eres una persona que hace listas, tiene una agenda y planifica los fines de semana, quizá tiendas a usar más este tipo de pensamiento.

La divergencia, por otro lado, es ese tipo de pensamiento ilógico y desordenado que nos lleva a crear ideas como esta: uno más uno es igual a dos flamencos morados con picos de oro, capaces de levitar por las noches. Creo que la diferencia es bien clarita. Este tipo de pensamiento está más relacionado con el ejercicio de la creatividad. Nos ayuda a resolver problemas, a imaginar y producir muchas ideas diferentes, aunque no siempre sean ideas prácticas o buenas. Si eres una persona que despierta y a media mañana, sin saber cómo, ha comprado un billete para viajar al Polo Norte y echarse unos selfies con los pingüinos, quizá tiendas a usar más este tipo de pensamiento.

El discurso literario que producimos es resultado, también, de esta cualidad en nuestro pensamiento. No hay mejor o peor tipo. Si tiendes más hacia la convergencia no eres mejor ni peor escritor que aquellos que tienen hacia la divergencia. Simplemente eres. Que es lo importante. Y merece la pena que reconozcas cómo eres, cuál es tu tendencia. Esto se consigue escribiendo mucho y revisando con cautela, después de haberse distanciado prudentemente de lo creado. Entre más escribas y revises, más certezas tendrás sobre el tipo de pensamiento que usas con asiduidad.

Por último: ya que hablamos de recursos para aprehender nuestro estilo propio, merece la pena que explores aquella área ajena, de manera que enriquezcas tus capacidades y puedas así ensayar. Quiero decir: si tiendes a la convergencia podría servirte mucho ensayar la divergencia, o viceversa. Este ejercicio traerá como resultado una suerte de equilibrio, además de que sumarás recursos a tu favor.


¿Qué me interesa realmente? Los temas y el “yo”
Una de las razones que te llevan a comprar dos obras de un mismo autor es que, ese autor trata una serie de temas que te interesan. ¿Verdad? Aunque puede haber excepciones maravillosas que nos dejen un buen sabor de boca, por lo general leemos literatura de autores que tratan temas afines a nosotros.

Ahora piensa lo siguiente: ¿crees que tus autores preferidos eligieron tratar esos temas sólo para que tú sintieras interés por sus obras? ¡No! Obviamente. Imagina el coñazo que sería si tuvieras que escribir una novela de doscientas cincuenta páginas, a lo largo de tres o cuatro años de tu vida, sobre fútbol, narcotráfico, economía o cualquier tema capaz de matarte de aburrimiento. Quizá a ti el fútbol, el narcotráfico o la economía te apasionan, pero basta que sustituyas esos temas por otros que, si tuvieras que tratar, preferirías arrancarte un brazo y tirárselo a alguien en la cabeza.

Por otro lado, ¿notas cómo, al excluir el fútbol, el narcotráfico y la economía se perfila en cierto grado mi propia personalidad creativa? Identifica cuáles son los temas que te apasionan, los que te interesan realmente. Evita elegir temas porque pienses que van a atraer la atención de los lectores. El interés de los lectores despierta y crece en la medida en que tú vuelques pasión sobre los temas que abordas. Si te importan a ti, terminarán por importar a los demás. Pero si no te importan a ti, si realmente no te apasionan, se notará y no conseguirás dotar los textos de la energía suficiente para mantener atrapado al lector en las páginas de tu creación. Y como hablamos de estilo, esos temas que trates se convertirán en una especie de sello de garantía. Tu firma, tu onda. Tu estilo.


El sentido del humor
No sé a ti, pero a mí me pasa que recuerdo más a los autores que me han hecho reír. Es como si el mérito dejara una huella en mi memoria, una huella difícil de borrar. El sentido del humor es algo que caracteriza mucho a las personas. Y como produce buen rollito preferimos rodearnos de las personas que tienen sentido del humor y, queriéndolo o no, hacen reír. Lo mismo pasa con los autores a los que leemos.

Frente a los otros aspectos tratados en este artículo, el sentido del humor es quizá una de las cualidades de la personalidad artística que más destacan entre aquellos que conforman el estilo literario. He comenzado diciendo que leyendo a Xavier Velasco pensaba: qué rico, qué divertido, me gusta o, me cae bien. Dos de las cuatro cosas pensadas tienen relación con su sentido del humor.

Aunque no lo es todo, cuando hablamos de estilo literario el sentido del humor ocupa un lugar destacado. Todos tenemos un sentido del humor particular. Más irónico, sarcástico, negro o tétrico. Incluso quienes parecen carecer por completo de sentido del humor tienen un modo especial de sentir lo gracioso. Se me viene a la cabeza el comediante español Eugenio Jofra Bafalluy, mejor conocido por “Eugenio”. Si eres español lo reconocerás como el tipo de los monólogos que fumaba y bebía cubatas en escena, y siempre se cubría el rostro con unas grandes gafas de sol. Si no lo conoces encontrarás rápidamente alguno de sus monólogos en YouTube. El tipo tiene tanta expresividad como una pared blanca. Su mayor cualidad era que nunca se reía (digo era porque falleció en 2001). ¿Un comediante que nunca se ríe? Pues sí. Parecía que a él sus chistes no le hacían gracia. Guardaba tanto el tipo de serio, mantenía el rictus con tanto esmero que yo aún pienso que al él en verdad no le hacía ni puta gracia lo que decía, pero como era capaz de producir ataques de risa en los demás, sacó partido de ello y terminó por convertirse en un famoso comediante. Su estilo es único. En España se cultiva mucho el stand up o, el monólogo de comedia en vivo. Creo que Eugenio consiguió un estilo único de hacer comedia que lo llevó a conseguir el éxito. Si lo comparo con otros grandes comediantes de la actualidad (Dani Rovira me fascina, aunque no sé si me gusta más él o sus monólogos, #HardChoice), Eugenio no me parece la panacea del stand up (sobre todo porque nunca estaba de pie), pero nadie podrá decir que el tipo no tenía estilo. Y tú, ¿de qué te ríes?, ¿qué te hace gracia?, ¿cómo dirías que es tu sentido del humor? Ojo, no digo que te pongas una nariz de payaso y te propongas hacer reír a tus lectores. Si te esfuerzas demasiado podrías estropearlo todo. Lo que digo es que tú también tienes un sentido propio del humor. ¿Cómo es?


Entonces, ¿qué es el estilo cuando hablamos de literatura?
Todos estos aspectos sobre el estilo literario nos dejan ver que hay una dimensión controlable, educable, y otra, que por permanecer inconsciente, no lo es. Pero se vuelve controlable y educable si nos permitimos la confrontación con el “yo” creador, produciendo que esa dimisión se haga consiente. Así se nos revela nuestra propia esencia y podemos controlarla a gusto, no con el afán de construir máscaras (para eso ya somos expertos), sino con la idea de reconocer y trabajar en los aspectos que configuran nuestra personalidad y permiten que se afiance un estilo literario propio.

Si tenemos en cuenta qué es el estilo, no tiene sentido plantearlo como un objeto de análisis en la obra literaria, aunque si se quiere se puede hacer, claro está: la filología también es fuente valiosa de conocimientos literarios. Pero si hemos asumido el papel de creador y no de juez, preferiremos plantear el estilo literario como un elemento de análisis y valoración en relación con el autor, con su producción literaria en general. Por eso cuando hablamos de estilo literario no hablamos de obras, sino de autores.


Así, podríamos decir que la subjetividad del autor queda expresada por el estilo. Por medio del estilo el artista fusiona y armoniza los diversos elementos, dándoles una unidad, al mismo tiempo que logra que los demás veamos el contenido de su discurso, como él mismo lo ve. El estilo es inseparable de la obra de arte acabada. La penetra, la invade y, sin embargo, permanece en cada momento invisible como algo que no se deja comprobar. El estilo es lo que contiene al escritor: toda la cosmogonía que conforma su universo y que únicamente le concierne a él, por estar hecha de sus propias experiencias. En otras palabras, estilo soy yo.

"No importa cómo seas, lo que importa es que no tengas miedo de ser."
Israel Pintor.

Creatividad, proceso creativo y nivel personal de trascendencia


«¡A la mierda! Qué vas a saber tú de arte. Mi cuento es lo máximo y tú sólo tienes envidia.» «Qué va, ¿yo creativo? No, a mí no se me ocurren cosas tan geniales, mi niña sí que es genial.» «García Márquez, Faulkner, Dostoyevsky, Chéjov, Cervantes o Vargas Llosa: esos sí que hacen buena literatura. Yo hago lo que puedo, pero no llegaré nunca a ese nivel.» Estas son algunas de las frases que escucho con frecuencia entre los alumnos de mi Taller de Escritura Creativa. Y es que se tienen tantos mitos y prejuicios en torno a la creación, se tiene tan idealizada la figura del artista y se mira con tanto romanticismo el trabajo artístico, que, quienes se atreven, terminan acercándose a la creación como de puntitas, temerosos de irrumpir y sin la fuerza necesaria para trascender (da igual a qué nivel). ¿Para qué creamos si no?

Empujado por las inquietudes que han manifestando mis alumnos y reconociendo en ellos las propias dudas o limitaciones que yo tuve frente a la creación, sintiendo la necesidad de acercarme fraternalmente para compartir un poquito de mi experiencia y lecturas, escribo este artículo. Me apoyaré principalmente de las ideas expuestas por Mauro Rodríguez en su Manual de creatividad (Trillas, 1985), aunque actualmente existen muchos otros autores que tratan el tema y cuya lectura recomiendo. Empecemos por lo más elemental:

¿Qué es la creatividad?
Cuando pregunto en clase: «¿todos podemos ser creativos?», se hace un silencio en el aula. ¿Por qué dudamos? ¿No son creativos también otros mamíferos, otros seres vivos? ¿Será que, a pesar de reconocernos como seres creativos, también sabemos que una inmensa mayoría prefiere no poner su creatividad en práctica, lo que nos lleva a pensar que quizá no todos somos creativos? ¿De qué depende que una persona sea creativa o no? Para aclararlo acerquémonos primero al significado del concepto creatividad. El diccionario de la Real Academia Española dice que es la facultad de crear o la capacidad de creación. Esta definición permite responder sin lugar a dudas a la pregunta con la que arranqué: sí, todos podemos ser creativos. Entonces, ¿por qué no todos lo ponemos en práctica? Así, a bote pronto se me ocurre decir que podría deberse a que las personas creativas y productivas están constantemente sometidas a la evaluación de los demás, y para sobrevivir a ello hace falta ser valiente, creer mucho en uno mismo y tener claros los fines de nuestra producción. Quizá no todas las personas están preparadas para resistir psicológica y emocionalmente la evaluación de los demás sobre su propia producción creativa, lo que podría llevarlos a decidir que es mejor reservarse. Aunque también tiene mucha culpa de ello el sistema educativo predominante, que prioriza, en favor de preservar las estructuras, la tendencia al servilismo práctico. En un sistema capitalista no todos pueden partir el queso, ¿verdad? ¿A caso los líderes mundiales, los grandes empresarios, las personas audaces que llevan hoy las riendas del mundo, no son creativas? La creatividad también es poder, y quienes conocen y sacan partido a sus capacidades, saben que no conviene que todo el mundo haga lo mismo. Poseemos el poder de crear, pero quien no se ha adiestrado para pensar y crear se expone a quedar al margen de este interesante proceso de superación y progreso. ¿Imaginas un mundo en el que todos fuéramos más creativos? Pero mi afán aquí no es hacer una feroz crítica contra el sistema, sino llevarte a comprender la creatividad desde una perspectiva menos idealizada y romántica.

La creatividad, en este sentido, debe ser comprendida como la capacidad para producir cosas nuevas y valiosas. En el caso de la escritura creativa, la palabra cosas refiere a textos. Así mismo, la creatividad, al ser una cualidad humana (ya hemos dicho que todos podemos ser creativos) es un hecho psicológico y, por tanto, debe estudiarse desde el punto de vista de los sujetos implicados. O sea, si queremos comprender nuestra naturaleza creativa y por extensión la naturaleza creativa del ser humano, habría que estudiar la creatividad desde el interior, desde el “yo”, comprendiendo que el fenómeno social de crear tiene origen en el individuo, lo que nos obliga a mirarnos en un espejo. Desde el “yo” se da el salto al “nosotros”. Se va de lo particular a lo universal. No perdamos de vista que la creatividad es una capacidad de producción, cuya naturaleza está sometida al juicio externo: ¿es nuevo o valioso lo producido? Impone un poco, ¿verdad? Lo primero que puede venirse a la mente cuando te das cuenta de esta realidad es: ¿quién es el juez?, ¿quién decide si lo que yo he creado es nuevo o valioso? ¡Menudo berengenal! Aterrizaremos en ello, pero para hacerlo con la perspectiva necesaria, demos respuesta a la siguiente pregunta:


¿Para qué es creativa la humanidad?
Todo lo que no es natural, es decir, consustancial a lo que el ser humano no ha creado, es producto de la creatividad aplicada: desde el bolígrafo con que atrapas tus emociones dentro de un poema, hasta la más elevada tecnología espacial, pasando por todas las culturas. Sin la capacidad creadora del ser humano, el mundo tal y como lo conocemos hoy no existiría. La creatividad es la sustancia misma del progreso humano. Sin la creatividad quizá estaríamos viviendo aún en la selva y comiendo raíces. Todo lo que hay en nuestro planeta puede dividirse en dos grandes reinos: la naturaleza y la cultura. Todo lo que no es natural es artificial o arte-facto, es decir, fruto de la acción transformadora del hombre.

El papel de la creatividad en la vida del ser humano ha llegado a ser sinónimo de plenitud y felicidad. Producir cosas nuevas y valiosas es fuente de gozo supremo. Al crear nos autorealizamos y vencemos la angustia de la muerte. Albert Einstein se oponía a que se rindieran honores a los sabios e investigadores, decía que ya era suficiente recompensa poder descubrir y producir algo nuevo. Aristóteles apuntó que el ser humano es acto y potencia, o sea, realidad y posibilidad. En parte somos y en parte podemos ser. Nos mantenemos abiertos a nuevos y originales desarrollos. Un bebé será en veinte años, mil cosas que de momento no son ni pueden preverse. La creación y su proceso no son sólo fuente de profunda satisfacción, los resultados, la producción misma lo es también: nuestras creaciones vienen a ser una extensión de nosotros mismos a través del tiempo y el espacio. La creatividad aumenta el valor y la consistencia de la personalidad, favorece la autoestima y consolida el interés por la vida y la supervivencia. En todas las épocas, la creatividad ha sido el motor del desarrollo individual y social. Los seres humanos no sólo somos animales programados para comer, descansar y “estar bien”, necesitamos procesos constantes de desarrollo y lucha que nos lleven a crecer y conquistar metas.

La ciencia del siglo XX, sobre todo a partir de Freud, desmitificó la creatividad al demostrar que no es la inspiración de las musas, sino el salto del inconsciente a la conciencia, lo que causa la vivencia de la iluminación. Según el psicoanálisis, el “niño” que todos llevamos dentro es el responsable de nuestra capacidad creadora. De los tres componentes psíquicos de la persona: Padre, Adulto y Niño, éste último es el principio de espontaneidad, curiosidad y aventura. Es el sentido lúdico de la vida.
El hombre, al ser un ser simbólico ha ido creando simbologías cada vez más ricas y complejas: lenguajes verbales y no verbales. Consiguió estabilidad y codificación: tal sonido se ligaba con tal objeto o acción. La laringe se afinó con los esfuerzos de expresión y comunicación. Tras miles de años fueron creados varios lenguajes simbólicos que, además de expresar y comunicar ofrecían otra ventaja importantísima para la evolución: hacer presentes las cosas ausentes. A través de los símbolos, el hombre ha podido poseer, percibir y tener juntas a la vez (mentalmente) miles de cosas, desde las más heterogéneas hasta las más remotas. La mente, contraria al instinto, vive siempre abierta a mil caminos y posibilidades. Los símbolos proveen las bases para crear: las creaciones son ante todo combinaciones. Así, la creación humana es consecuencia del lento y progresivo empeño de comunicación y trabajo en equipo. De modo que son ahora reconocibles, de manera general, tres motores poderosos de la creatividad: 1) La tendencia a la autorrealización. Sólo quien vive en un mundo simbólico puede apuntar al futuro, no quien vive encadenado al aquí y ahora, como viven los animales. 2) La consciencia del ser finito. La certeza de la muerte causa en el ser humano una especie de rebeldía contra este destino, originando el impulso a luchar por la permanencia simbólica, por sobrevivir de algún modo a la desaparición física. 3) La posibilidad de jugar. Basamos el juego en símbolos. Al jugar mentalmente con las cosas y las ideas, iniciamos nuevas realidades originales y flexibles. El que juega crea, el que no, no.

Ahora bien, ya que hemos reconocido por qué es tan importante la creatividad para los seres humanos, volvamos a la pregunta que atormenta:


¿Quién es el juez de lo nuevo y lo valioso?
Para dar respuesta a esta pregunta tan difícil habría que comenzar por reconocer que hace falta perspectiva. No puede darse una respuesta objetiva si nos quedamos en la subjetividad propia del “yo”, aunque veremos que dicha subjetividad es un principio fundamental para enfrentarse al proceso de creación.

Las personas depositamos una gran importancia a todo aquello que ha sido creado por otras personas, porque buscamos en dicha creación un determinado fin: ya sea la utilidad, la adquisición de un conocimiento, la expresión de un sentimiento o una sensibilidad estética, o bien la relación o vínculo moral y social. Nuestra cultura es producto del valor que hemos ido otorgando a las creaciones de otros. ¿Alguna vez se te ha ocurrido pensar en lo terrible que sería el mundo sin la cómoda utilidad del papel higiénico? Da risa, pero incluso el papel higiénico, que pude hoy parecernos la cosa más elemental e intrascendente, tuvo que pasar por el dictamen, evaluación y valoración de las personas del mundo, hasta conseguir su universalidad. Quiero decir con esto que todos somos jueces, así como somos creadores. Aunque no nos cortamos un pelo para ser jueces y sí que mantenemos una postura prudente y quizá distante frente a la creación. Quizá porque es más divertido ser juez y no siempre es divertido y reconfortante ser juzgado, ¿verdad? Por eso antes dije que para ser creativo hace falta ser valiente. Es fácil asumirse como juez, pero no es tan fácil asumirse como creador. Piénsalo: cuando vas al cine y te decepciona la película que entraste a ver, no dudas un solo segundo en decir: «vaya mierda, ¿y por esto he pagado?» Y quizá tengas razón, tal vez la película era mala y se merecía tu evaluación fulminante. Pero asumir esa postura es facilísimo, reconocemos automáticamente el derecho a valorar: hemos pagado por ello y dedicado un tiempo considerable de nuestras vidas al consumo del producto, podemos decir lo que nos de la gana. Pero a que no es fácil ponerse en el lugar del director de la peli. ¿Lo has intentado?

Mi intención aquí es que seas capaz de cambiar el chip. Como todos, seguramente estás acostumbrado a posicionarte en el lugar de juez. Pero hace falta valor y un poquito de guía para conseguir asumir el papel de creador. Quizá esa película mala fue la primer película de un cineasta. ¿No tenemos derecho a equivocarnos? ¿Cómo aprendemos si no es a través de la práctica y el error? Ese director, gracias a nuestras evaluaciones sobre su obra, consiguió la oportunidad de crecer, mejorar y aprender de sus errores. ¿No encontramos diferencias entre la primera y la última de las obras de nuestro músico o cantante favorito?

Según Mauro Rodríguez, en términos generales podemos distinguir tres grados o niveles para valorar un producto. Con los años y poniendo atención en mi propia realidad, así como en la de mis alumnos, yo me permito agregar a esos tres niveles, uno más, al que me gusta llamar: 


Nivel cero o el nivel del “yo” 
Imaginemos una serie de cuatro círculos concéntricos. Algo parecido al objetivo de un tiro al blanco. El círculo central, o sea, el blanco, sería el nivel cero o el nivel del “yo”. Los siguientes niveles van acercando al borde exterior siguiente. En el nivel cero, el producto es evaluado por el propio creador. En el resto de los niveles el producto es valorado por otros. Así, el nivel cero o nivel del “yo” es un nivel de trascendencia imprescindible para enfrentarse a la creación: eh aquí la importancia de la subjetividad y la perspectiva sesgada del yo. Generalmente se nos enseña a valorar lo ajeno, lo que otros producen. Ya se ha dicho, además, que resulta más fácil e incluso divertido. Pero nadie nos enseña a valorarnos a nosotros mismos, a creer en nuestra capacidad de crecimiento y trascendencia personal y social. Aunque ahora veremos que, conocer la naturaleza del resto de los niveles de valoración es también importante para el creador, en mi opinión no hay nivel más importante que el cero. Si no nos conocemos a nosotros mismos y al mismo tiempo somos capaces de otorgar valor a nuestro propio trabajo, nadie más vendrá a reconocernos y reconocer que nuestro trabajo tiene algún valor. Así de simple.


Nivel uno: es valioso para el círculo afectivo inmediato
¿Qué es lo primero que hace un niño pequeño cuando ha terminado de hacer un dibujo? Va y lo enseña: «Mira, mamá, ésta eres tú y éste es papá y aquí está la tía Lola y el perro». El impulso natural del creador, una vez producida la obra, es buscar la valoración y el reconocimiento de su trabajo. Quien no lo hace, en definitiva, es porque tiene claro que la finalidad última de su creación es diversa y no busca, consiente o inconscientemente, que otros le otorguen valor. Así mismo, niega la posibilidad de que a través de dicha obra se transmita cualquier idea o sentimiento, o la posibilidad de que esa obra aporte un granito de arena en la conformación constante de la cultura. Hablo de un tipo de creación autocomplaciente o quizá autoanalítica. Un tipo de creación muy válida que guarda poca relación con la creación artística, en la medida en que no es comunicativa y encuentra su florecimiento, sobre todo, en el área de la terapia y la autosatisfacción.

Después de haber otorgado valor a nuestro propio trabajo y creer en nosotros mismos, éste es el siguiente nivel en el que podemos adquirir valoración y reconocimiento. Lo que habría que poner en tela de juicio es: ¿qué tan objetiva puede llegar a ser la valoración que se otorga en este nivel, si las personas que lo conforman son las personas que más nos quieren? Esto no significa que nuestros amigos o familia no sean capaces de juzgar con objetividad nuestro propio trabajo, pero si lo piensas un momento, ¿qué crees que va a responder la madre de ese niño pequeño que hizo un dibujo? «¡Qué lindo! ¡Bravo! ¿Quién es el niño más hermoso y más talentoso del planeta?» ¿A caso tus propios padres no te han dicho cosas como esa alguna vez? Así mismo cualquier persona que conforma nuestro entorno inmediato, podría no ser lo suficientemente objetiva al juzgar nuestras obras, porque está condicionada por sus afectos. Si te quiero no te hiero. Y como para mí es más importante nuestro amor, prefiero conservarlo y evitar cualquier acción que te lleve a pensar que no te quiero: incluso ser honesto y objetivo. Así piensan las personas de nuestro círculo más inmediato. ¿Debemos pues, confiar en su juicio? ¿Qué tan objetivo es? ¿Basta la valoración de las personas de este nivel? Sí, claro. Podemos confiar en su juicio. Si su amor es verdadero y esas personas conocen nuestros motivos, probablemente serán honestas y nosotros sabremos agradecer sus valoraciones: sean positivas o negativas. Lo que no puede pasar desapercibido es que el grado de objetividad de dichas personas suele ser bajo, y que si tenemos un objetivo de trascendencia mayor, si queremos conseguir que nuestra obra pase a formar parte de la cultura, entonces habría que abrirse y buscar valoración y reconocimiento en un siguiente nivel, uno que puede ayudarnos a confirmar que nuestro trabajo tiene sentido. En mi opinión, es en ese nivel donde verdaderamente se haya la satisfacción, autorrealización y felicidad, consecuencias de la actividad misma de crear. Los otros, más allá de los afectos.


Nivel dos: es valioso para el medio social
Sabemos que se ha quedado atrás el nivel uno cuando las personas que ahora otorgan valor a nuestro trabajo no forman parte de nuestro círculo social inmediato. Y las fronteras de esta zona de valoración pueden extenderse hasta las que delimitan nuestra propia nación. Más allá de nuestro círculo social inmediato, el de los afectos, está lo que llamamos “sociedad”: no a todos importa lo que sentimos ni todos nos aman, pero nuestro trabajo puede resultar trascendente a todos. Lo que me lleva a dejarte caer, como un cubetas de agua fría, la siguiente pregunta: ¿escribes para que te quieran? ¡Ojo!

Si nuestra obra consigue relevancia en nuestra comunidad, provincia o país, esto quiere decir que su trascendencia, sin ser universal, es alta, es decir, que la obra alcanzó un gran valor para las personas que conforman este nivel. Mauro Rodríguez dice que todas las personas pueden conseguir relevancia o trascendencia en este nivel, pero no todas las personas consiguen la misma relevancia o trascendencia en el siguiente: allí es donde radica la diferencia entre la genialidad y el talento. Todos tenemos talento, pero sólo quien cultiva su talento es capaz de alcanzar la genialidad. “Toda persona puede aspirar a aportar contribuciones muy estimables en los niveles uno y dos, y probablemente la mayoría, con un entrenamiento serio en creatividad, logre llegar a la zona tres.”


Nivel tres: es valioso para la humanidad
¿No usamos todos con gozo y deleite el papel higiénico? ¿No usamos todos un teléfono inteligente? ¿No sacamos partido a la Internet para adquirir y producir conocimiento? ¿No leemos y aplaudimos todos al riquísimo Cervantes?

Cuando una de nuestras producciones alcanza un tipo de reconocimiento y valoración capaz de transgredir fronteras, entonces adquiere la clasificación de clásico y su relevancia es universal. Estoy casi seguro de que alguna vez en tu vida has practicado, botella de champú en mano, el discurso de agradecimiento que darías al público de un gran auditorio, luego de haber ganado un importante premio. Si lo niegas, mientes. Todas las personas buscamos, de manera consciente o inconsciente, reconocimiento y valor en los demás. Somos seres gregarios. Y si estás comenzando a asumirte como creador (lo cual me haría muy feliz, porque significa que estoy cumpliendo mi cometido), es bueno que reflexiones sobre la importancia que tiene para ti alcanzar este nivel personal de trascendencia. ¿Te impulsa y anima la adquisición de este tipo de reconocimiento? ¡Estupendo! Pero si no es así, también es genial. Quiero decir que lo único que verdaderamente importa es que tengas claro por qué y para qué haces las cosas. No hace falta aspirar a ser un clásico para dedicarse a la creación literaria. Yo diría que basta con tener la necesidad de comunicar cualquier idea o sentimiento. Quizá no es tan importante para un creador, dejarse impulsar por la adquisición del reconocimiento universal, pero si fuera el caso: ¡maravilloso! Este mundo necesita genios. Y yo creo firmemente en que todos podemos llegar a serlo. ¡A estudiar y trabajar se ha dicho! Ahora bien, si no te motiva poner el listón tan alto, basta con que pienses en las razones que te llevan a la creación: ¿por qué o para qué escribes? Y recuerda que si al responder esa pregunta no encuentras la necesidad de conectar con los demás, si sólo escribes para ti y no te importa lo que piensen o entiendan los demás, entonces quizá tu práctica en materia literaria tenga como finalidad la autocomplasencia o el autoanálisis, en cuyo caso no tendrás que preocuparte por conseguir ningún tipo de valoración o reconocimiento ajeno, más allá tu terapeuta o de tu círculo social inmediato. La gente que nos quiere siempre podrá decir: «Qué arte. Eres un crack


¿Cómo y dónde se puede ser creativo?
Podemos hacerlo todo de manera rutinaria o de manera creativa. Aunque la creatividad es una habilidad, una capacidad natural del ser humano, más allá de ser una agudeza intelectual, es una actitud ante la vida. Las actividades que construyen nuestra cultura giran en torno a los valores. Ahora bien, cualquiera podría citar docenas de valores, pero cuando se trata de la trascendencia de un producto creativo, de un artificio o artefacto que lucha para abrirse un espacio en la cultura, es adecuado reducir a cuatro los valores fundamentales y trascendentales: la verdad, la belleza, la utilidad y la bondad. La producción que gira en torno a la verdad son las ciencias, la filosofía y la religión; la que gira en torno a la belleza son las artes y la estética; las que buscan la utilidad son las disciplinas tecnológicas; y las que buscan la bondad son las relaciones humanas en su sentido más amplio, es decir: la educación, la política, el servicio social, el derecho, la ética, la organización, la beneficencia, la comunicación social, etc.

Nuestra vida podría ser demasiado breve como para conseguir cierta trascendencia en varios campos dispares y florecer en cada uno de ellos. Ubicarse en el mapa requiere de un progresivo conocimiento de uno mismo y del entorno: “yo soy yo y mis circunstancias”, dijo Ortega y Gasset. Unos pocos ven claramente su lugar en este mapa desde la infancia. A la inmensa mayoría, en cambio, nos toca descubrirlo a través de los años, del estudio y de la práctica constante de la autocrítica. A pesar de que es conveniente la concentración en un solo campo, no pierdas de vista que han existido personas como Leonardo da Vinci, cuya aportación creativa a la humanidad atraviesa casi cualquier campo de acción. ¡No te limites!


En qué consiste el proceso creativo y cuál es mi propio proceso creativo
A lo largo de la historia los seres humanos nos hemos ido interesando más y más en nuestro propio mecanismo de producción creativa. Conociéndolo hemos sido capaces de reconocer la naturaleza de nuestras capacidades y, me atrevería a decir que también hemos ido perdiendo el miedo y con él los límites que impiden nuestro propio desarrollo. Se han hecho diversos estudios en torno a la creatividad y sus procesos. Si se le preguntara a diversos artistas cómo es su proceso creativo, cada uno respondería una cosa diferente. Cada cabeza en un mundo, ¿verdad? Lo curioso es que, cuando los estudiosos se han propuesto hacer esa pregunta a los artistas, para reconocer un proceso que ayude a la simplificación y comprensión del fenómeno, se han encontrado con que los artistas coincidían en al menos seis etapas, aunque variaran muchas otras. Esto es así porque el proceso creativo, en el fondo, implica casi siempre una estructuración de la realidad, una desestructuración de la misma y una reestructuración en términos nuevos. Diversos autores señalan las siguientes seis etapas como las típicas y fundamentales del proceso creativo: 1) Cuestionamiento. 2) Acopio de datos. 3)Incubación. 4) Iluminación (epifanía). 5) Elaboración (realización). Y 6) Comunicación.

Merece la pena conocer a profundidad cada una de estas etapas del proceso, así como establecer una comparación entre ellas y las etapas de nuestro propio proceso. De modo que, al contrastarlas, seamos capaces de poner a prueba la eficiencia de nuestro modo de proceder. Sólo cuando uno conoce su propio proceso puede ser congruente consigo mismo y sus circunstancias, para poner el listón a la altura ideal, ni más arriba ni más abajo, teniendo claro por qué y para qué hacemos lo que hacemos. Uno de los objetivos de mi Curso de iniciación del Taller de Escritura Creativa es precisamente este, el que mis alumnos alcancen a conocer cómo es su propio proceso creativo. En resumen, para comprender mejor el proceso creativo desde un punto de vista global, esto es lo que debemos reflexionar sobre sus etapas: 

Cuestionamiento. Quien no se pregunta nada, tampoco tiene nada que decir. De este modo, el cuestionamiento sobre la realidad, que tiene una estructura, es desestructurada y vuelta a reestructurar por nosotros mismos, es el principio básico de toda creación. Si no se cuestiona la realidad, sino hallamos problemas en ella, ¿para qué hacer nada?, ¿para qué buscar mecanismos de transformación?

Acopio de datos. Una vez que ya tenemos la pregunta, lo que hacemos instintivamente es buscar una respuesta. Y para ello nos enfrascamos en una exploración de la realidad que, al ser desestructurada y vuelta a reestructurar, nos permite elaborar nociones personales y subjetivas de la misma, estableciendo así nuevas ideas sobre aquello que ha demandado nuestra atención en un principio, al grado de problematizar dicha realidad.

Incubación. Ya tenemos la pregunta y la respuesta. Diríase, en el mundo del arte, que ya tenemos el contenido y comenzamos ahora a buscar el continente. Queremos escribir un cuento, por ejemplo. Ya sabemos la historia que vamos a contar, pero no sabemos aún cómo contarla. La incubación es ese momento del proceso creativo en el que nuestra mente rastrea el modo, la forma más adecuada para conseguir el objetivo, hasta que ese rastreo llega a su fin con la:

Iluminación o epifanía. «¡Eureka!», dijera Arquímides. Esta etapa viene de la mano de la anterior, es su consecuencia inmediata. Representa ese momento preciso en que hemos dado solución al dilema de la forma, o dicho de otro modo, ese momento en que estamos bajo la ducha y de pronto algo hace clic en nuestra mente y salimos corriendo, empapados, para tomar nota de nuestras ideas, no vaya a ser que desaparezcan como el humo que se diluye con el viento. Ahora ya sabemos cómo. Lo que deja al descubierto que la mayoría de las etapas del proceso creativo implican el noventa por ciento del trabajo, que es de carácter mental o intelectual, esclareciendo que la parte práctica del proceso se concentra sobre todo en la:

Elaboración o realización. Cuando ya sabemos qué decir y cómo decirlo. Lo único que tenemos que hacer es crear, materializar lo intangible. Este es el cúlmen de la actividad creadora, pero no el fin del proceso creativo, pues, ¿para qué ha sido creada la obra, sino para darse a conocer y así someterse a la evaluación, en la búsqueda constante de la trascendencia y la construcción de la cultura? Una vez realizada al obra damos pie a la:

Comunicación. O, ¿pensabas dejar guardado en un cajón tanto esfuerzo? Y es ahora cuando te preparas para recibir la crítica, la valoración de otros sobre tu trabajo. ¡Tachán!

Ahora que tienes una visión más global del proceso creativo, lo que deberías hacer es ocuparte de conocer tu propio proceso. Conocerlo te dotará de herramientas eficientes para enfrentar el duro proceso de valoración que otros harán sobre tu obra. Así mismo, al reconocerlo por vez primera, serás capaz de comenzar una hermosa y estimulante etapa que durará tanto como te mantengas productivo, me refiero a que una vez reconocido y explorado tu proceso, una vez lo compares con los procesos de otros y consigas sacar partido de ello, te darás cuenta de que el camino del artista no es otra cosa que la reinvención constante, querrás explorar otros territorios y comenzarás a ponerte a prueba en la búsqueda de procesos de creación inexplorados. Lo que prueba que los seres humanos necesitamos procesos constantes de desarrollo y lucha que nos lleven a crecer y conquistar metas: somos creativos y guardamos un interés perpetuo por reinventar, innovar, crecer y trascender: personal, social y hasta espiritualmente.

En el Curso de iniciación del Taller de Escritura Creativa, encontrarás la oportunidad de acercarte al conocimiento de tu propio proceso creativo, en la búsqueda de tu propia metodología. ¿Qué? ¿Te animas a pasarte del lado del creador o te vas a quedar acomodado en tu butaca de juez?



Israel Pintor.

Convocatoria otoño-invierno 2016


Agosto, 2016


El Taller de Escritura Creativa convoca a inscripciones para el siguiente ciclo de la temporada otoño-invierno 2016. Estas son las bases:

    Podrán inscribirse todas las personas interesadas en la literatura, particularmente en la narrativa desde una perspectiva creativa y analítica. Se ofrecen plazas para ingresar a los cursos:
    1. Iniciación, nivel 1 (12 sesiones / presencial / grupal / miércoles 18 a 20 hrs.200€).
    2. Intermedio, nivel 2 (12 sesiones / presencial / grupal / jueves 18 a 20 hrs. / 200€).
    3. Avanzado, nivel 3 (12 sesiones / presencial / viernes 18 a 20 hrs. / 200€).
    4. Coaching literario (12 sesiones / presencial / individual / tú eliges horarios / 350€).
    5. Coaching literario en línea: Skype / Google Hangout (12 sesiones / en línea / individual / tú eliges horarios / 350€).
      La inscripción se hace rellenando el formulario de la sección “Inscripción” de este blog. Una vez enviado el formulario, el alumno habrá de efectuar el pago con tarjeta de débito o crédito a través de la pasarela de pago PayPal (no es necesario tener cuenta PayPal), o a través de transferencia bancaria (Santander / IBAN: ES12 0049 0606 1021 9192 3671 / Titular: Jaime Israel G. Pintor Morales). Así mismo podrá pagar en efectivo antes del inicio de las clases o a más tardar el día mismo de inicio, en cuyo caso habrá de notificar dicha preferencia al coordinador, después de realizar la inscripción, a través de cualquiera de las vías de "Contacto".

      Se ofrece un descuento de 20€ para los alumnos que se inscriban y paguen antes o a más tardar el día 12 de septiembre, a través de transferencia bancaria (Santander / IBAN: ES12 0049 0606 1021 9192 3671 / Titular: Jaime Israel G. Pintor Morales). Una vez hecha la transferencia, el alumno habrá de enviar el comprobante de pago por correo electrónico a la dirección: israelpintorm@yahoo.com o notificarlo a través de cualquier medio indicado en el apartado "Contacto" de este blog.
        La plaza será reservada, única y exclusivamente, cuando sea efectuado y comprobado el pago.
          El periodo de inscripción abarca desde la fecha de publicación de esta convocatoria y hasta el domingo 2 de octubre.

          Las clases darán inicio entre el el 3 y el 9 de octubre.

          Todas las clases presenciales en grupo se impartirán un día a la semana, en sesiones de dos horas, en Ronda de Capuchinos 4, escalera 3, local 1, 41003, (aula A3), frente al Centro Cívico San Julián, en el Casco Antiguo de Sevilla, esta locación corresponde al centro de formación artística Aires Creativos, que a partir de este año acoge al Taller de Escritura Creativa, convirtiéndose en su nueva sede oficial.




          Todas las clases presenciales e individuales (Coaching literario) se impartirán en las fechas y horas pactadas entre el alumno y el profesor, en un aula privada ubicada en c/Constantina 15, 1A, 41008, Sevilla.

          Los horarios son susceptibles de cambio en función de la conveniencia grupal y el bienestar general de los participantes, siempre que todos los integrantes del grupo lo acuerden durante la primera sesión del curso, cuya fecha y hora está fijada en esta convocatoria. Quiere decir esto que el interesado habrá de asistir a la primera clase en el horario y el día indicado en la presente convocatoria, y que dicho horario podría cambiar si por conveniencia del grupo se decidiera, ajustándose a las necesidades de todos, permitiendo la asistencia.

          El coordinador se reserva el derecho de apertura y organización de grupos.

          Parte de las clases irán enfocadas a preparar al alumno para la publicación de sus textos a través de una antología. El año pasado se publicó en papel Cada quien su cuento, nuestra primera antología de narrativa.

          Cualquier aspecto no resuelto en esta convocatoria se solucionará a través de correo electrónico: israelpintorm@yahoo.com

          Fotos del primer retiro de escritura creativa en Cazalla de la Sierra

          El pasado fin de semana se realizó nuestro primer retiro de escritura en un tranquilo cortijo de Cazalla. Allí me hice rodear de un grupo de personas interesantísimas y muy creativas. Raphaelle, Pilar, Juan, Rosa y Marta. Gente llena de pasiones y ganas de enfrentarse a la creación literaria con el alma y el corazón. Durante un fin de semana entero nos hemos dedicado principalmente a escribir, sin dejarnos mucho tiempo de lado, procurando el debate y la convivencia. Desayunamos, comimos, merendamos y cenamos juntos. Todos nuestros encuentros estuvieron aderezados de buen rollo, empatía y respeto. Descansamos, escribimos, nos renovamos por dentro y por fuera. Abrimos nuestros corazones sin remedio, empujados por esa ilusión de transmitir una idea y un sentimiento a través de la palabra. Ha sido una de las mejores experiencias que he tenido en materia de talleres de escritura. Me encanta reproducir el modelo de convivencia, retroalimentación y compenetración entre creadores que he conocido y aprendido en la Fundación Antonio Gala y el Fondo Nacional para la Cultura y las Artes de México. Esta ha sido la primera experiencia, pero no será la última. Haremos otro en invierno: en plan recogimiento, chocolate caliente y chimenea. ¿Se lo imaginan? Uff, ya estoy deseando. Mientras les comparto unas fotos y un vídeo, esperando contagiarles del entusiasmo que reflejamos todos. 

          Antes de irme, me atreveré a compartir una breve reflexión que hice uno de esos días. No sé, en una de esas les dice algo. Estaba yo tomando el fresco por la mañana, antes de que arreciara el calor del medio día. Me acaban de dar un baño y, como es habitual, mis pensamientos se revolvían dentro de mi cabeza. De pronto estallé en risas, parecía un loco. La gente que también se bañaba en la piscina me miró como preguntándose si eran ellos los que me hacían gracia. Nada más lejos. Estas líneas me vinieron después:
          "Me fascina una cosa de bañarse en verano: sabes que el agua está fresca, es medio día y hace calor. Tu cuerpo está caliente, por eso te acercas a la piscina. Tienes dos opciones: tocar el agua con un pie y comprobar la temperatura, para luego meterte poco a poco y atravesar el cambio brusco de temperatura asimilado despacio cómo el agua te cubre ciertas partes de la piel; o pegar un brinco y mojarte del tirón. Esta última opción es la que me tiene fascinado. Normalmente elijo la primera porque soy pesimista y melancólico, pero estos últimos días me he decantado por la segunda opción. Es increíble la sensación que tengo un instante antes de entrar en el agua. Aún no siento el fresco, el contraste no se ha realizado aún, pero ya estoy reaccionando a ello y grito. Me sale un grito ahogado de saber que viene el fresco: que viene la intensidad, el golpe, lo súbito. Pensarlo me hace reír de nervios. La vida tiene mucho de esto. La vida muchas veces es como tirarse a una piscina. Y podemos elegir cómo tirarnos... Y aprender algo de ello."
          Israel Pintor.
          De izquierda a derecha: Raphaelle, Pilar, Juan, Rosa y Marta.
          Marta con las manos en la masa.
          Tertulia entre Marta y Juan, poco antes de comer. Lo que hace el hambre...
          Ella es Rosa. ¿No les encanta la ilusión que refleja su rostro?
          Rosa, Juan, Raphaelle y Marta.
          Pilar. Aunque todos le decimos Pily.
          En la foto sale Rosa y el puño de Juan, pero todos escuchábamos
          con atención el cuento de Marta.
          Marta.
          Rosa escribe una novela. Apunta maneras.
          Llegó un punto en que todos queríamos intervenir. Se nos notaba el interés.
          Esta es mi foto favorita. Reflejo fiel del buen rollo.
          Un servidor y Raphaelle.
          En plan reflexivo.
          Con Marta.
          Con Rosa.
          Con Pily.
          El último baño y nos vamos.
          Pily.
          Raphaelle, inspirada.
          Un servidor, Francisco (hospedero) y Juan.
          A Juan le dio por usar una de esas App que transforman las fotos en dibujos.