Google+ Taller de Escritura Creativa de Sevilla: ¡Tila Alpina, por favor!, Marianela Castilla

¡Tila Alpina, por favor!, Marianela Castilla


-¡Tila Alpina, por favor!, grito con el mismo tono de quien advierte que va a perpetrar un atraco.
-¿te encuentras bien?

La farmacéutica me pregunta con preocupación por mi estado. Mi cara carecía de coherencia.

Las cejas se subieron a la frente en un arco del que no se bajaron más. Los ojos, abiertos, sin saber qué expresión reflejar; la boca apretada en un recorrido que no se había decidido aún si por esbozar una sonrisa o dibujar la perplejidad, los cachetes rojos y descolocados...es como si hubiera salido de casa con una cara a retazos, puesta parta salir apresuradamente a la calle, sin conexión entre las emociones que pretendía comunicar cada parte. 

-Tengo 20 millones de euros desde hace unos minutos. Póngame bien de tila alpina, no me importa el precio.

Mis manos juegan con el móvil. Las risas se me escapan en un ruido sonoro y cortante, a un ritmo compulsivo que no puedo controlar. Las lágrimas escapan arrastrándose ligeras por mis mejillas. Mis dedos desbloquean y bloquean constantemente el teclado del teléfono. Marco, y cuelgo, marco y cuelgo, marco y cuelgo, bloqueo, desbloqueo, marco y cuelgo...Busco, sin saber qué número, en la agenda de contactos. No sé a quién tengo que llamar. Por mi cabeza desfilan imágenes, rostros, voces a un ritmo de vértigo. No sé qué estoy pensando. No sé si vivo un momento real.

Con la mano que me queda libre, doy golpecitos en el mostrador de la farmacia, me propino pellizcos en la barbilla y me tiro, nerviosamente, del pelo hacia arriba. La farmacéutica cambia su gesto inicial de preocupación y lo sustituye por otro de miedo. No sabe si darme tila alpina o salir a la calle a pedir ayuda. Los movimientos de su cuerpo son lentos, los de sus ojos rápidos, van de mi a la calle, a sus manos, a las estanterías...me conoce desde hace mucho. Es la farmacia de mi barrio y siempre hemos charlado amablemente cada vez que he entrado allí.

Con varios paquetes de tila en la mano avanza lentamente y me los deja en el mostrador. Me mira, primero recelosa, luego piadosa y, por fin, insiste:

-¿Pero qué te ha pasado? ¿Necesitas que te ayude, que llame a alguien de tu familia?

Respiro hondo y comienzo a contarle cómo ha transcurrido mi tarde hace un rato:

Suena mi móvil. Siempre lo mismo. Lo dejo en el bolso cuando llego a casa y no me acuerdo de sacarlo y ponerlo cerca de donde estoy. Suena otra vez. No lo cojo, por insistente que sea quien quiera que llame. Si yo llamo a una alguien a su móvil y no lo coge, no insisto. Vuelvo a intentarlo cuando pasa un rato. Lo primero que pienso es que no puede atenderme en ese momento o que no lo escucha porque va caminando por la calle por ejemplo y, claro, esa situación no varía en uno, dos o tres segundos. Yo esperaría. 

Vuelve a sonar, ahora sí que no lo cojo, será mi hermana que a pesada tiene pocos competidores y es capaz de agotarme la batería a golpe de llamadas y rellamadas. Como algo le obsesione estoy perdida. Me llama ella obsesiva a mi, ¡a mi por plantearme todas las cosas desde la lógica!. Tengo lo mío, cierto, pero como ella ni por asomo.

Que no salgo corriendo a contestar, si no puedo, no puedo, digo yo que todo puede esperar, un rato, no se va a hundir el mundo. Como sea ella la de las cinco llamadas que van ya, se entera, no se puede ser tan intensa. Hay que reeducarse un poco.
Acabo y miro el móvil ahora, a ver qué tripa se le habrá roto a la niña –me digo en un suspiro--

Desde luego... llevo un tiempecito en el que no me llevo grandes alegrías. A veces me llaman insolidaria y cosas por el estilo cuando hago en voz alta estas reflexiones: “como eres, mira a tu alrededor, mira lo bien que te van las cosas...que si patatín, que si patatán...” pero a mi cuando me llaman al móvil  no es para llevarme la alegría del siglo la verdad, últimamente ni grandes alegrías ni alegrías chiquititas, tono plano. Bueno, alguna que otra, no voy a ser tan derrotista. Pero cuando se trata de llamadas de la familia, es como para subir el ánimo: mi madre: “anda que me llamas, vamos como no sea yo la que coja el teléfono” --¡ella!, que tiene un móvil olvidado en un rincón de la casa y dice que no suena porque nunca lo escucha--; mi padre “no comes nada, sé que no comes nada cuando no estás aquí, sabe Dios qué habrás comido hoy”; mi hermana “mira, que me tienes que acompañar porque sola no puedo yo con todo...”, mi hermano –cuando yo lo llamo, porque él no lo hace nunca “qué, ah, vale, pesada, pues nada, como siempre, adiós”.; mi prima, con la que convivo, “dónde estás, a ver si puedes traerme un paquete de tabaco, que ahora no puedo salir y sólo me quedan tres”.

A mi me gustaría, no sé, que me pasara algo de eso bueno, bueno, que te deje como sin respiración al enterarte. No sé..algo grande. Redondo, perfecto, es cierto que las cosas empiezan a ir mejor en mi vida y que, principalmente, todas las personas que me quieren y quiero, tienen salud....lo principal es eso, como dice mi madre, y estos pensamientos míos, no quisiera yo que estropearan esa armonía ni que me hagan ser tachada de frívola o algo parecido...es que una a veces se siente necesitada de un subidón. Y todos los días no se puede estar con el vino y la musiquita movidita, no hay cuerpo que aguante eso. Ya lo sé. Pero las sensaciones que me gustan las quisiera tener a cada momento y estoy hasta las narices de escuchar, “pero es que hay que vivirlo todo con tranquilidad, con serenidad, y tener un poco de todo, si no, no sabríamos apreciar lo bueno”... ¡si hombre!,  yo lo bueno lo quiero siempre, que sé muy bien cómo apreciarlo...

Salgo del baño. Por fin completo. Hala, una cosa menos. Cojo el móvil del bolso. Miro las llamadas perdidas. Cinco llamadas de un número que no conozco, al menos no lo tengo identificado...no sé como a veces me olvido de apuntar los números en la agenda del móvil....Si hay tanta insistencia, lo mismo se trata de un asunto importante. Ay!, qué podrá ser. Devuelvo la llamada y salgo de dudas --pienso.

Escucho tres tonos, al otro lado, una voz de mujer me atiende:

        ”González y Puig”, ¿dígame?
        Hola, tengo varias llamadas en mi móvil desde este número, ¿con quién hablo?
        Esto es un despacho de abogados. ¿Cuál es su nombre?
Me identifico con nombres y apellidos. La mujer que tiene un timbre de voz perfecto pero muy plano y previsible, de esos que se exigen para trabajar en un despacho de abogados, una notaría, o una clínica dental de última generación, me reconoce rápidamente.

        Ah! Claro, le hemos llamado porque no ha venido usted a firmar.
        ¿A firmar?, ¿qué? Por mi mente desfilan a modo de repaso las conversaciones de las últimas semanas con gente del trabajo, del taller del coche, del seguro que suscribí recientemente, de los de la póliza sanitaria...no recuerdo nada en lo que me pidieran que me acercara a ningún sitio a firmar.
        Le avisaron ayer para que viniera hoy a firmar el acuerdo del traspaso de los fondos de la herencia de Doña Rosa Ansón Gomara. Estábamos esperándola esta tarde. El abogado que lleva la gestión de los asuntos de su su antigua vecina estaba citado con usted a las cinco, nos ha extrañado que no acudiera y queríamos saber si había algún problema. ¿Va todo bien?

Hago un esfuerzo y me concentro en la voz de la mujer. La registro y la paso por todas las que guarda mi memoria, infalible para las voces, porque –pienso-- alguien que me conoce me está gastando una broma. Decido seguirla.

        Ya , claro la herencia de Doña Rosa. Mi antigua vecina sí. Bueno es que lo he olvidado, con el trabajo, las ocupaciones diarias...en fin, comprenda usted. No me da tiempo a nada. Tendré que empezar a apuntar las cosas porque se me olvidan por completo.

Se escucha una risa entrecortada, como obligada a parar. Como un gesto espontáneo que se frena cuando quien lo hace repara en que no está bien. Propio de quien no se permite relajarse jamás.

-...Claro, pero me extraña que esta cita tuviera que apuntarla en ningún sitio –responde la voz de mujer con ironía--, se lo digo porque si a mi me dijeran que me regalan 20 millones de euros con sólo echar una firma, yo no lo olvidaría nunca.
-¿Quien eres?, insisto con ansiedad, sin dejar de esforzarme en identificar la voz. No puedo. No la conozco. Es una voz nueva para mi, estoy segura. Empiezo a considerar la seriedad de la llamada....
-¿No es una broma?
-¿Como?, pregunta con ironía la mujer al otro lado del teléfono. ¿No la llamaron ayer??
-No.
Por favor, venga al despacho, aún le esperamos.

Me indica la dirección. Me explica que, tras la muerte de mi antigua vecina, la lectura de sus testamento ha revelado que han de entregarme 20 millones de euros. La atendí una de las veces que estuvo enferma. Así lo explicaba.

            ...-Pero ¡yo no tuve una relación de especial cariño con ella!, intentaba explicar a la mujer atropelladamente. ¡Esto es un error!.
            -Mire, no puedo darle más datos por teléfono, por favor, pásese por el despacho.

Mi cuerpo se mueve de manera autónoma e incontrolada. Tiembla y se desplaza sobre pasos que no se dirigen a ningún sitio. Uno hacia adelante, otro hacia detrás. Me siento, Me levanto. Jadeo...Todos los compartimentos de mi mente se abren a un tiempo y se mezclan en un torrente todas las ideas, todas las imágenes, todos los pensamientos, todas las sensaciones, todas las necesidades...me ahogo. Me mareo. Decido salir a la calle. Veo la farmacia, entro.  No sé qué pedir. Recuerdo, de pronto, el nombre de esa infusión de la que me ha hablado hace poco mi compañera de trabajo. 

-¡Tila Alpina, por favor!, grito con el mismo tono de quien advierte que va a perpetrar un atraco (...)

Al salir de la farmacia, me siento en el primer banco de la plaza que está al lado de la casa en la que vivo. Está lleno de madres que vigilan el juego de sus hijos pequeños.
Tengo 20 millones de euros. Pienso. Las horas pasan, las madres se marchan, el bullicio infantil deja paso al sonido de una tranquila tarde de otoño, como otras. El frío me cala y me devuelve la conciencia. Encogerme, es el único movimiento que le permito a mi cuerpo en horas...pues...ahora... yo....no sé qué voy a hacer.