Google+ Taller de Escritura Creativa de Sevilla: Papá, quiero ser escritor, Cecilia Parra

Papá, quiero ser escritor, Cecilia Parra


Aquí estoy, como narradora de una historia que ocurrió no hace mucho, y que cambió mi forma de pensar sobre mis propias capacidades.
Siempre quise dedicarme a la escritura, pero sabía que de aquello no se podía vivir, así que estudié una carrera facilita y me puse a trabajar. Me destinaron a dar clases de lengua en un colegio de pueblo de algo menos de mil habitantes, quienes consagraban sus trabajos casi en exclusividad a la minería y la agricultura. Había pocos niños, aún menos adolescentes y éstos, al cumplir la edad de entrar en el instituto, huían despavoridos hacia la gran ciudad. Y allí se quedaban, por lo que cada vez el pueblo crecía menos en población. Me gustaba mi trabajo, pero comprendía que debía pensar en ganarme la vida de otra forma, ya que llegaría el momento en que no quedarían niños para abrir la escuela. No sabía en qué. Alejaba de mis pensamientos la posibilidad de ponerme a escribir...
Andaba yo en aquella época pensando qué solución daría a mi situación futura, pero inmediata, cuando me colocaron como jefa de estudios, lo que significaba que debía hablar con los padres de los chiquillos semana si y otra no... (Vamos, que me endosaron el marrón, por llegar la última). Una de las tardes que tenía cita con los padres, aparecieron en la sala un hombre y una mujer, acompañados de Manolito, alumno de primero de la ESO. El hombre era minero -lo supuse al verle sus manos, llenas de hollín, por más que hubiera pretendido limpiárselas-. Agarraba del antebrazo a manolito y entraba en la habitación con caras de pocos amigos, casi arrastrando a su hijo. La madre entraba tras ellos, con resignación. Miré con cara de interrogación al padre, a la madre y, por último a Manolito, preguntándome qué circunstancias traían a esa familia en aquel estado.
­­­­­-Me gustaría a mí saber qué tipo de cosas le enseñan a mi hijo en este colegio -decía con tono amenazador el padre.
-Buenas tardes, profesora -musitaba la madre.
Manolito ni hablaba. La cara gacha y colorada (no sé si de vergüenza o porque el padre le había abofeteado. O ambas cosas).
-Buenas tardes. Díganme: ¿Qué ocurre? ¿Qué ha pasado? -pregunté, intentando no liberar más tensión de la que se adivinaba allí.
-¿Que qué ocurre? Al niño este, que se le ha ocurrido ahora ser escritor. Qué vergüenza he pasado en el bar, delante de mis compañeros, cuando uno le ha preguntado qué quería ser de mayor y el niño va y responde que escritor… -Se volvió a Manolito- Que yo no trabajo catorce horas debajo de tierra para que el niño diga que se va a dedicar a escribir. ¡A escribir! ¿Pero tú eres tonto? -Increpaba a su hijo mientras le daba un capón en la cabeza.
-Bueno, vamos a relajarnos. Si tiene aptitudes, yo no veo mal en ello. Es una profesión como otra cualquiera -Intentaba aplacarle yo.
- Una profesión como otra cualquiera sería ser electricista, albañil ¡Yo qué sé! Y si le gustan las letras... ¡pues que se meta a abogado! Que sea un hombre de provecho es lo que quiero. No un artistilla de esos que están sentados en la cantina y roban servilletas para escribir un verso. ¡Esos se mueren de hambre! Un hippie, mi hijo un hippie...
- Bueno, si el niño tiene talento para la escritura podría irle muy bien. Podrían llegarle a publicar sus libros y que estos se vendieran como churros. Ganaría dinero. Si no para enriquecerse, al menos para mantenerse por sí mismo. ¿Por qué no piensa en ello? - Intentaba convencerlo con argumentos que hicieran mella en su cerebro, pero no parecía conseguirlo.
- El talento, señorita, debe ser innato. Y este niño tardó cinco años en decir su primera palabra. Seamos serios -me reñía el padre.
- Pero eso no tiene nada que ver. Se han dado casos de personas que en la infancia tenían problemas de aprendizaje o algún otro defecto y de mayores no sólo lo superaban, sino que se convertían en grandes maestros utilizando lo que de pequeños les costaba. Por ejemplo, personas que de adultas fueron oradores fantásticos, cuando en su infancia fueron tartamudas…
El padre no parecía escucharme. Seguía con su exposición descorazonadora:
- Además, si cuando le mandáis tareas para casa, le cuesta una tarde entera sentarse a escribir una redacción... El otro día, sin ir más lejos, le mandaron escribir sobre qué hizo el domingo anterior y allí estaba, sentado en la mesa, pensando. Pero si lo único que hizo el domingo fue ayudar a la abuela a dar de comer a los pollos por la mañana, comer cuando llegó a casa, dormir la siesta, jugar con el perro, cenar y dormir de nuevo para ir al colegio al día siguiente. ¡Mira cuánto se tarda en escribir eso!
- Sí, si lo que se pretende es hacer un resumen… -murmuraba yo. Pero el padre continuaba.
- Pues una tarde entera allí, pensando no sé en qué, con la cabeza apoyada en la mano y mirando al infinito. No tiene facilidad para escribir -sentenció el padre.
Miré a la madre buscando otro punto de vista. Un punto de apoyo para su hijo, que permanecía con la cabeza agachada, avergonzado por la situación. Ella comprendió y, silenciosamente sacó unos cuantos folios escritos de su bolso, con letra de niño. Se lo acercó a Manolito y le dijo “Toma, dáselo a la profesora. Enséñale la redacción que hiciste”. Manolito cogió los papeles y, casi sin levantar la cabeza del suelo me los ofreció. El padre bufaba, impaciente, y balbuceaba improperios, fastidiado.
Leí con cautela aquella redacción, y me llamó la atención porque no hablaba de darle de comer a los pollos, sino que había hecho un viaje fantástico a lomos de un ave mitológico. Narraba con lujo de detalles la aventura que había tenido una mañana de domingo. ¡Qué descripciones tan magníficas para un niño de corta edad! ¡Qué imaginación oculta! Me evocó recuerdos de infancia, de juegos imaginarios con seres de otro planeta. De aquellas tardes en que cogía la máquina de escribir de mi padre y elaboraba cuentos, uno tras otro. Me encantó.
Me acerqué a manolito y le dije: “Si esto es lo que te gusta, sigue escribiendo. Tienes talento y, con esfuerzo y dedicación, llegarás lejos”. Guiñé un ojo a su madre -su cómplice-. Me acerqué al padre, apartándolo del resto, y le dije: “No podemos obligar a ningún niño a ser lo que no quiere ser. Debemos dejar que busque y encuentre su camino. Y, si decide dedicarse a escribir, apoyarle y darle las herramientas necesarias. Hay multitud de ocupaciones donde desarrollar esas cualidades, no tiene por qué ser necesariamente escritor de novelas. Podría trabajar como guionista en televisión, como periodista, traductor... No lo coarte. Apóyele, y no se arrepentirá”.

No sé si convencí al padre, que salió de allí sin soltar palabra, precedido de Manolito y su madre, que me miraban agradecidos. Pero sí me di cuenta que si realmente quieres dedicarte a algo como la escritura, no sólo es necesario el talento innato (que puede ayudar), sino que hay que esforzarse. Caerse y levantarse, una y otra vez. Sentarse a escribir. Obligarse a escribir, aunque nos asalten las dudas y los miedos. Comprendí que había estado huyendo de la escritura, convencida en los tópicos “no tengo nada que decir”, “no tengo tiempo”, “ya no escribo tan bien como antes”, “mi imaginación se limita en pensar qué hacer de comer hoy”, “Ya estoy de vuelta de todo, apenas nada me impresiona”, y un largo etcétera.
No sabía cómo había estado tanto tiempo poniéndome cortapisas para no hacer algo que me gustaba, que me apasionaba. Me había comportado conmigo misma, como el padre de Manolito. Y, al intentar razonar con éste, en realidad razonaba conmigo misma.

Hace unos días me compré una libreta. Estaba en blanco, pero decidida a llenarla de ideas –buenas y malas, largas y cortas- pero ideas, al fin y al cabo. Esas que había estado reprimiendo hace tanto. Y no sé cuál será el final de esta historia, pero sí sé que ese es un buen comienzo.