Google+ Taller de Escritura Creativa de Sevilla: No sueñan los muertos, Valentin Tritschler

No sueñan los muertos, Valentin Tritschler


(tradudcido gracias a la gran ayuda de Adriana)


Ha venido la niebla a la gran ciudad. Toda vida, hombre y animal, se oculta en su cueva. Solamente un enjambre de moscas, un centenar tal vez, todavía está en la búsqueda de un refugio. Tienen que darse prisa: Las calles normalmente tan familiares amenazan con volverse laberintos bajo el vestido de la niebla. Una entre ellas, tan joven y llena de ideales, se encarga de liderar y lleva a sus hermanas resueltamente a través de los velos de niebla. Su vuelo les conduce entre farolas y contenedores de basura; sobre plazas de mercado, campos de deporte y parqueaderos; a lo largo de fachadas de centros comerciales y bloques de pisos alegres, hasta que finalmente alcanzan su destino.
El parque municipal se inclina como el resto del país bajo la presión de la niebla, tampoco aquí parece que habite ni un alma. Solamente un enjambre de moscas ha venido para encontrar una guarida. En la zona norte del parque, ahí donde limita con el muro del cementerio, entre los árboles y arbustos, ahí donde cortan el césped sólo una vez al año, ahí, finalmente, bajo una lona colgada de rama a rama a rama a rama y cubierto con varias mantas como un fardo aparece: el santuario salvador.
Algunas de las hermanas moscas se conforman con el calor que emana su cuerpo a través de las mantas, sin embargo, otras entre ellas, las pioneras más friolentas apretan a través de los labios, en la boca del hombre. Exploran el calor de su templo mojado y de esta manera los pliegues de su cavidad bucal se convierten en la Tierra Prometida para las pobrecitas criaturas, pues, que aquí se encuentra comida y bebida para una colonia de moscas por un siglo. Sólo raras veces encuentran un lugar de incubación tan espléndido como este día.
Una de ellas, ya la conocemos, tiene otras cosas en la mente. Ella sabe lo que no pueden saber sus hermanas: No sueñan los muertos; todavía es demasiado temprano para domiciliarse en este lugar. Entonces, con las paticas temblándole empieza a trepar por aquel abismo para cumplir su misión. Después de vacilar un rato, su lenguita se apropia con besos suaves de este líquido. Beso a beso salvajemente, hasta que la timidez inicial se convierte en las caricias que harán despertar al hombre bajo la lona en el parque municipal de la gran ciudad con una tos estrangulada.

...

„¿Por qué no vienes?“, me llama una voz. Alzo la vista de mi juego y vuelvo la cabeza. Es mi madre. Está allá en su vestido multicolor, sonriendo y saludándome con la mano. Detrás de ella la puerta abierta con vista al gran salón de la casa, que construyeron mis hermanos y mi padre para mi abuela. Un poco más atrás empieza la selva.
Está preparada la comida y todos me esperan. También está mi hermana, trae las ollas del fogón. Luego le ayuda a mi abuela que se sienta con una sonrisa hambrienta a la mesa. Todos están ahí. También yo tengo hambre pero no puedo ir, porque yo sé: Ya está muerta mi madre hace mucho tiempo. Se murió hace nueve años y con ella mi hermanita aún no nacida. Me había regocijado mucho por tener una hermanita, ya no quería ser siempre el más pequeño.
Ahora mi padre se para junto a mi madre, la toma por la cintura y me mira. Él nunca supo si tenía que ser estricto o indulgente con nosotros, y yo hasta hoy no sé que escogió. Un año después de la muerte de mamá, se fue con los rebeldes, aunque todos le pedimos que se quedase. Se fue, creo, porque en el fondo ya no quería vivir sin ella. Y lo logró, nunca regresó, compartió una tumba con cientos. Cuando nos enteramos de su muerte, yo tenía trece años. Mis dos hermanos y mi hermana me contaron que nuestro padre tenía otro hijo, que había sido reclutado por los paramilitares hace años, le hicieron un soldado infantil. Yo no le conocí. Quizás también por esta vana razón mi padre se afilió a los rebeldes.
Y ahora está ahí y me mira. Mi madre posa su cabeza sobre el hombro de él, me guiña y con un ademán de hambre gira la mano sobre el estómago. Siempre fue la más fuerte de los dos. Pero ahora están muertos.
Tengo hambre. Tal vez sí debería ir a cenar con ellos. Pero no quiero, no puedo. Mis hermanos y mi hermana, pero sobre todo ellos volverán a reprocharme. Dirán que tengo que ayudarles más, que debería dejar de explotar a la familia, hacer lo necesario, hacer honor a la memoria de nuestros padres, asumir que soy un adulto. ¡Ocúpate! ¡Necesitamos comer todos! Todos tienen hambre: La abuela, mi hermana, las esposas y niños de mis hermanos, todos ellos tienen hambre desde que han muerto los padres, desde que no hay dinero.
Sin embargo, mi propia hambre es demasiado grande. Quiero levantarme. Respiro profundamente, me detengo un momento y miro a mi madre con esos ojos negros tan hermosos... Pero al instante se desdibujan, se derriten con el sol y lo último que veo es como baja su mirada tristemente, se gira y entra en la casa con mi padre. Quiero gritar, exhalar pero no puedo y con cada intento se hincha más mi estómago, como el de los niños más pequeños en los pueblos. Quiero exhalar, no puedo, de repente me dan arcadas y toso, me crispo, abro los ojos, les desgarro, y todo se vuelve oscuro, oscuro. La tos me arrebata de los hierros de un sueño, me tira violentamente, como con bofetadas, está sentada sobre mí, golpeándome, y yo, yo abro los ojos entre cada golpe, intento respirar. A cada instante pierde un poco de fuerza el sueño. No sé si están abiertos o cerrados mis ojos. La tos me toma de nuevo arrastrándome afuera del sol deslumbrante del desmayo –

            La negrura de los ojos de mi madre que se disuelve lentamente en el vapor nebuloso y el sabor de vómito que anega mis sentidos...
            He escupido las moscas que estaban correteando en las comisuras de mi boca. Algunas tendrán que luchar un poco para liberar sus alitas de mi saliva, pero después podrán desaparecer en la multitud de sus hermanas. Todavía tengo náuseas, mi esófago se contrae creando una presión. Quiere vomitar todas las vísceras. Saboreo el zumo de mi estómago insistiendo en salir y grita por aire, pero necesito detenerle para que se quede a donde pertenece. Mi boca es una herida ácida, abrasada por su propio zumo. Tragar, tragar, calmar... Pero vuelve la tos y con golpeteos secos quiere expulsar mi garganta del cráneo.
            Suelo despertar algunos días de esta manera, desde hace unas semanas. Este verano conocí a un doctor, con él debería hablar. Trabajamos juntos en las plantaciones. Lamentablemente no sé a dónde fue después. En verano fue más fácil, por lo menos había trabajo en las obras y durante la cosecha en los campos. Ahora ni siquiera buscan gente en los invernaderos y cada día hace más frío. Pero esto también tiene su lado positivo, porque así no se estropean tan pronto los comestibles. Aquí, cerca del parque municipal hay un supermercado, a ver si puedo levantarme esta noche... En verano, cuando no tenía trabajo, estuve aquí en el parque muchas veces. En las noches calientes me gustaba observar a los estudiantes. Algunas veces me invitaban a una copa, pero la mayoría les espantaba. En la noche tarde, siempre volvían en sus coches a sus casas en las afueras de la ciudad. Si algún día tengo una familia compraré una casa ahí, es que son muy bonitas las casas en las afueras.
Todavía están las moscas, las puedo escuchar. No sé si se multiplican o si se acercan, su zumbido es cada vez más intenso. Los pelillos de mis orejas se erizan lentamente. Deben estar muy cerca. Zumban, zumban, zumban más alto, más penetrante y puedo oír cómo se atasca la sangre en mis orejas taponando las entradas, petrificándose para que no puedan entrar. El zumbido se vuelve universal, casi apaciguador, hay tanta calma... Mi cabeza flota en el lecho de un sonido bajo de miles de moscas. Se mece y escucha, escucha lo que sólo el zumbido sabe contar...
Otra vez estoy en mi pueblo. Con mis dos hermanos mayores y mi hermana. Nos adentramos en el bosque detrás de la casa de mi abuela. Si andamos mucho tiempo y penetramos profundamente se vuelve una jungla y allí está el sitio a dónde quieren ir mis hermanos. Quieren jugar el mismo juego de siempre, el juego que ellos ya antes han jugado. Si yo consigo no decepcionarles, me acogerán en su grupo y me mostrarán el escondite secreto al que mis hermanos siempre se van con mi hermana. Un claro producido algún día por un incendio forestal. Es siempre el mismo. Tengo que acostarme en el suelo, cerrar los ojos, no debo moverme hasta que vuelvan mis hermanos. Al principio nunca conseguía aguantarlo y empezaba a gritar hasta que venían. Me golpeaban y se reían de mi: „Mira, ahora sí estás tranquilo y no te mueves, sólo tendrías que hacerlo cuando te lo mandamos.” Con el tiempo me costó menos suprimir los toques y sonidos del bosque cuando solíamos jugar el juego. Me volvía una piedra. Y, ¿qué le importa a la piedra si las hormigas la suben meándola?, y, ¿qué le importa la piedra si vienen los mosquitos para picarla, para bajarse en sus cuevas? De esa manera yo conseguía quedarme quieto más tiempo, sin gritos, y cuanto más yo aguantaba, más tarde regresaban los hermanos. A veces me perdía tanto y de verdad lograba quedarme acostado hasta que estaban listos. En ese caso mis hermanos me daban una palmada en el hombro y decían: „Sigue así y tal vez te llevamos algún día a nuestro escondite o, ¿tu qué piensas, hermanita?” Mi hermana solía no dedir nada o, que todavía no estaba listo y, a pesar de todo, yo era una decepción. Después nos íbamos a casa. El escondite nunca me lo han enseñado. Con los años perdieron las ganas de jugar el juego, demasiadas veces yo les había decepcionado.
Da igual, olvídalo, olvida, deja pasar estas historias infantiles, ya hace mucho tiempo. Ahora estás aquí, en esta ciudad del norte, recorriste un largo camino para llegar hasta aquí, deja de descalabazarte con los recuerdos. Ya no eres la piedra que dejaron en el claro. Siéntete aquí. Siente el peso de las mantas que te entierran ––
Siento el peso de las mantas que me entierran, pero sé: Sólo ganan su peso por las moscas. Deberán ya, ser miles sobre mi. Vuelan y aterrizan, siento como se mueven, como se pelean por los mejores lugares, dándose patadas mutuamente y sus lenguas salen y entran. De vez en cuando una de ellas se atreve a sentarse en mi cara, acariciándola. Ya no soy la piedra que dejaron en el claro y que logró quedarse tan quieto, hasta que de repente ya no podía aguantarlo y tenía que gritar, que levantarse, sacudirse, arrancarse la ropa del cuerpo, mechonearse y decepcionar los hermanos mayores.
No, esta vez juegas este juego en otro lugar. Sientes ahora las moscas suprasensiblemente, casi ya anhelas su visita. Ya no es la opresión lo que te transmiten cuando corren mil veces sobre tus mantas,  tu querrías que saltaran sobre tu cara lisa, fría y expuesta a ellas. Quieres sentir sus caricias y experimentar la sensación del aire fresco cuando sus lenguas penetran en tus poros. Te crispas para espantarlas. Te crispas, no con la cara, ésta se queda tranquila, sólo el cuerpo empieza a brincar para que se levanten las moscas al aire, para que busquen una nueva tierra. Quieres invitarlas todas, todas deben venir, ya esperas sus cuerpecitos dulces en tu piel y los pelos en tus mejillas quieren unirse con los suyos, acariciándose, cosquilleándose y seduciéndose hasta el éxtasis.
Me crispo. Paulatinamente mi cuerpo comienza a trepidar más fuerte. El enjambre emprende el vuelo, puedo sentirlo, y seguro que ahora será mi cara su único refugio. ¡Ya no soy la piedra que dejaron en la selva! ¡Venid aquí, quiero llevaros en mi! Ya no puedo quedarme quieto, mi cuerpo pega sacudidas de éxtasis, oscila arriba y abajo. Él quiere quitarse de vosotras pero no os enojéis, venid aquí, en mi cara la pasareis mucho mejor: Están abiertas las puertas, boca, nariz, orejas, ojos, poros, son todos vuestros, tomadlos, ¡tomadme! Quiero sentiros dentro de mí, por favor, ¡penetradme lo más profundamente posible!
Te crispas, te crispas, te crispas. Tus hermanos te hubieran dado patadas y te hubieran escupido por esto. Verdaderamente no lo tenías fácil con ellos. También para ellos todo había cambiado con la muerte de los padres. Cuando murió la madre, tú tenías doce años, trece cuando murió el padre. Después te mandaron a la escuela unos años y cuando terminaste te dieron una maleta hecha y una monedero con todo el dinero que el gobierno les había dado para que nunca dijeran nada sobre la masacre de la tropa del padre. Te mandaron hacia el norte, sobre el mar. Durante semanas estuviste en el camino y perdiste casi todo. Hasta que finalmente llegaste a la Tierra Prometida.
Te crispas, te crispas, tu cuerpo se echa arriba y abajo. Tus deseos ya hace mucho tiempo se concentra sólo en una cosa: la penetración. Ya no te satisfacen las caricias superficiales, quieres tenerlas dentro de ti, prestarles albergue y quieres gritar de felicidad y pasión pero no puedes. Sólo te sale un estertor, se han retirado todos tus sentidos, únicamente el olfato te queda. Olfateas, olfateas muy fuerte mientras tu cuerpo se encabrita como desatado de una carga de muchos años, mientras bracea, mientras las manos aferran, empuñan convulsivamente y mientras tu pecho salta arriba y abajo...
¡Olfateo! Olfateo vuestro olor seductor, lo respiro y espiro por la nariz y me llena del todo. Es un olor de una intensidad increíble, me hace volar. Con vuestro olor también os absorbo a vosotras y con cada respiración entráis en mis pulmones, os abrís camino a la circulación sanguínea, llegáis al corazón, lo hacéis saltar y por fin me llenáis enteramente. ¡Olfateo! Más rápido y más os aspiro y pronto deberéis estar dentro de mí, todas...
Y ahora, por fin, lo sabes: Te mandaron al norte porque te amaban. No lo hicieron para deshacerse de ti, no para explotarte, no porque eras el único todavía sin propios niños. Decidieron mandarte lejos por: amor. Te dieron todo su dinero porque querían una vida en libertad para ti. No la has consiguido... Pero ahora sabes: Te disculparán. Regresa, ya te están esperando.
Regreso. Veo a mi madre, veo sus ojos negros tan hermosos y veo el „¿Vienes?” de su boca. Detrás de ella la cabaña, donde me está esperando mi familia con la cena. Detrás de ella la selva. Detrás de ella la puesta del sol y un cielo sin nubes. Han tenido que esperarme mucho tiempo. Me deslumbran suavemente los últimos rayos del sol. Me levanto. Me vuelvo. Lanzo mi mirada hacia el sol. Sus rayos pasan por las hojas del bosque y atraviesan hasta entrar en mis ojos. Tengo hambre. Parpadeo, doy un paso, otro, cierro los ojos, respiro hondo y doy otros dos pasos hacia mi madre... Y se detiene el tiempo... A través de mis párpados entra cansada la luz del sol cayendo como si atravesara una niebla. Una última vez abro los ojos. En alguna tierra lejana se derrumban dos hermosos astros negros detrás de un juego de hojas, se escucha un interruptor y explotan todos mis sentidos ---

            „¿Ahora vienes?“ Sí. Vas.

...

Un enjambre de unas moscas jóvenes despierta lentamente. Los viejos no sobrevivieron la noche, comparten una tumba a centenares. Una de las jóvenes sabe que no sueñan los muertos. Y ahora que se sepultó la noche y ha nacido el nuevo día, ha venido el momento de domiciliarse y de dedicarse al futuro y a la descendencia. Dirige orgullosamente las obras de sus hermanas en el nuevo hogar durante esta mañana.


Comentario del autor para esta edición:
He corregido y cambiado algunas cosas en mi texto de ayer, "No sueñan los muertos". Me parece bien quitar el inicio y el fin.

Así le falta al texto una dimensión:la que quería burlarse de la burguesía (la gente huyendo de la niebla, el perro tonto con sus dueños tontos al final etceter) y que quería mostrar la indeferencia de ésta y de la naturaleza a la vista del muerto. Les interesa un pedo a los habitantes de esta ciudad... Pero bueno...

De ahí que me costó un poco cortarlo. :-P Pero sí creo que ahora está más preciso y "destillado" el texto.

Una lección de alemán: poesía en alemán no solo es "Poesie". Hay otra palabra: "Dichtung" ("Gedicht" es poema) que viene de "verdichten". "Verdichten" significa condensar/comprimir.