Google+ Taller de Escritura Creativa de Sevilla: 2012

¿Te atreves?


Estamos a punto de publicar la convocatoria para inscribirse a los cursos de primavera 2013. Las clases empezarán a finales de enero y febrero y terminarán a finales de abril y mayo. En los próximos días encontrarás aquí toda la información pertinente.
Construir historias no es muy diferente a construir tu propia vida. Por eso el Taller de Escritura Creativa de Sevilla es un espacio en el que además de aprender a contar historias, sin querer también aprendes otras cosas valiosas para la vida. La literatura nos enseña a vivir.
El mundo no se acabó. ¿Te atreverás el año entrante a escribir esa novela o ese libro de relatos que siempre has deseado escribir?

Memorias de un Vaina, Manolo Martínez


A la misma hora que disparaban al presidente Kennedy, en Dallas, la  madre de Gumersindo daba el  último empujón para que éste naciera. Su  padre siempre pensó que ésta era una señal inequívoca. Su hijo sustituiría a un líder mundial, en el ciclo vital (esto parece El Rey León).
Gumersindo sólo tenía grande el nombre, de ahí, que toda la familia le llamase cosita linda, por amortiguar al despectivo cosita. Un cerebro que crece atendiendo a Gumersindo, o a cosita linda, estaba destinado a ser carne de traumas. De hecho, su primera visita a urgencias fue al traumatólogo. Gumer había intentado emular al abuelo de la Familia Monster, y saltó  desde la cómoda, desplegando sus piernecitas como si fuera un murciélago, pero no lo era. Posíblemente, el malogrado vuelo atendiese a que Gumer, siempre le había oído decir a su padre: Este niño llegará lejos.
Ese deseo empecinado de éxito, sería todo un calvario para el hijo del padre, al que  le gustaba exhibir, a Gumer, ante sus amigos y familiares, como una futura personalidad. Él siempre se sintió irrealizado, y por nada del mundo consentiría que su hijo, le sucediera en el trono de los hombres grises, de los irrelevantes, de los don nadie. Gumer no. Gumer era mejor y, además, estaba él para no dejarle bajar la guardia.
Mientras, Mary Quant, inventaba la escueta y demoníaca, minifalda, que traería  muchos disgustos, tras otros tantos gustos. Aquello de “haz el amor y no la guerra“, seguro que  surgió, tras ver en danza tanta pierna minifaldera.
Gumer, crecía entre los gritos de Pedro Picapiedra: ¡Viiiilmaaa, abre  la  puertaaaa¡ y la sugerente imposición de su padre: ¡Gumer tú serás el mejor¡
El primer intento fue meterle el gusanillo del toro. Por entonces se hacía millonario un pillo valiente que respondía al sobrenombre de El Cordobés.
—Mira hijo, si es muy fácil, das cuatro saltitos de rana, delante de 500 kilos negros y cornudos y, en los 20 minutos que dura la faena, ganas  el sueldo de dos años de tu padre. Venga, mira Gumer, así: ¡ehe toro, ehe...!
Pero, Gumer, no pasó de tres verónicas, con una servilleta de cuadros, en el cuarto camilla. Lloraba cada vez que papá se ponía los dedos en la frente para embestir.
Definitívamente, no sería nadie trascendental en el arte de Cossío. Claro que, dicen, que cada vez  que se cierra una puerta, se abre una ventana, y entonces, corrió el rumor de cómo, a Walt Disney, le habían congelado, poco antes de morir.
Al parecer, con esta técnica, podía uno descongelarse años después, una vez hallado el remedio para la enfermedad que te llevó a congelarte. La abuela de Gumer, siempre mantuvo que, congelar y descongelar, echaba a perder el pescado, aún así, el padre de cosita linda, vio un posible filón, si su hijo conseguía entrar, en la élite de los dibujantes  Era la llave a la congelación y descongelación, a la eternidad. Pero, entre otras trabas, el pequeño era daltónico. No era, precisamente, un aval para ser el número uno con los colores. En fin, otra puerta cerrada. Este niño le iba a provocar dolores de cabeza. No había asumido aún, el estropicio, cuando escuchó en el telediario, cómo un tal  Christian  Barnard, le había cambiado el corazón a un hombre. Sí, tal como lo oyen, y el tío seguía vivo, ¡con el corazón de otro! ¿Un trasplante? Y, que importaba el nombre de aquel prodigio, iba a ser una máquina de hacer dinero. ¿Cuánto podría cobrar por cada corazón? Sólo había un conque, ¿de dónde sacaría los corazones nuevos? Bueno, esas nimiedades, no iban a romper sus sueños de momento (La ostia, Gumer, tú serás cirujano, el mejor cirujano del  mundo, rumiaba su padre).
Primero llevaba a su hijo, todas las tardes, después de la catequesis, a la carnicería del barrio, para que cogiera destreza en el manejo de los cuchillos, destripando puercos.
Luego, pasó al segundo grado y,  cada vez que alguien moría en el pueblo (de muerte no natural) allí estaba el padre, dándole una propina al forense, para que le dejara presenciar con su hijo la autopsia. Había que familiarizar al niño con la cirugía, y que mejor forma que, observando el despiece de uno, que ya no tenía arreglo.
Tras cada disección, el pequeño Gu, se llevaba dos o tres días metido en la cama, vomitando, y llorando¡Qué bestia era papá ¡
Joder, el campo del triunfo cada vez se estrechaba más para un pusilánime como Gu.
Entonces, una canción, Benidorm, y la cara de tonto de Julio Iglesias, hicieron comprender al padre que La vida sigue igual, y que triunfar era sólo cuestión de insistir.
Ni Gu era más feo que Mick Jagger, ni parecía que fuese a ser más bajito que Raphael, ni siquiera más soso que Julio Iglesias. Había una única salvedad, el pobrecito no cantaba, graznaba. Como mucho, podría hacer los coros del  Je  t´aime moi non plus.
Cantante, tampoco. La cosa se iba poniendo negra.
Don Manuel Fraga (el demócrata popular –sic.), alertaba sobre el anarquismo, y la subversión, que imperaba entre los universitarios, por lo que impuso el estado de excepción en España tres meses. Entre tanto, Urtain, se ganaba la vida a puñetazos, y llegó a ser Campeón de Europa. ¿Gu, boxeador?, como no fuera de los pesos plumas...
En aquellos mismos tiempos, el F.C. Barcelona fichaba a un holandés que hizo soñar a Hispania con ser futbolista, Johann Cruiff. Cosita Linda, hubiera triunfado como pelotero, de no ser porque aquel tremendo porrazo desde la dichosa cómoda, no le permitía correr más de diez minutos sin resentirse, y, claro, los partidos duraban noventa minutos, sin contar los entrenamientos. En fin, que a Gu se le iban cubriendo “sus partes” de vello, y aún no había dado con su vocación, o mejor dicho, con la vocación de su padre. Él no tenía tiempo de buscar la suya.
Federico Fellini, estrenaba su nostálgica Amarcord, cuando nació Penélope Cruz. Si Fellini, hubiese intuido que, Javier Bardem se la comería, a Penélope, en Jamón, Jamón, seguro que hubiese esperado a Pe, para hacerla parte de sus recuerdos. Pero la vida no espera, como poco,  acelera, ¡y cómo¡
En  1975, media España lloraba. Algunos dijeron que era por la muerte de Franco, aunque la mayoría sabía que era por La Casa de la Pradera. Aquel año se estrenó El exorcista, Manolo Otero triunfaba en la canción, y se declaró como Año de la Mujer, como comprobarán, si no se muere, el caudillo, se hubiese suicidado.
¿Y Gumersindo Cosita Linda? Había dejado a un lado todos los sueños de su padre, y se dio cuenta, de que era un pobre hombre, huérfano de ilusiones. No tenía proyectos.
Era lo que sus amigos llamaban un vaina. Gumersindo Cosita Linda, el Vaina. Joder.
Ya era demasiado tarde para trazar planes. La vida era finita, y la suya también. ¿Cual sería su destino?  ¿Estaría en las páginas de un libro de Paulo Coelho? ¿Quizás aquella vecina solterona, que siempre le espiaba escondida tras el visillo? (¿Y el Corte Inglés, tendría su destino? Siempre que no encontraba algo, se lo topaba tras subir las escaleras eléctricas de los grandes almacenes, era algo prodigioso.)
Al final, decidió prepararse unas oposiciones, al fin y al cabo, todo el mundo lo hacía. Aprobó justo el día que cumplió los cincuenta y dos. A  los pocos años se acogió a un convenio de prejubilación, y ahí  anda, dejándose  llevar por las escaleras eléctricas del Corte Inglés, todas las mañanas y de lunes a viernes. No va a ninguna reunión de antiguos amigos, porque dice que no tiene tiempo. El cine le aburre, y la tele no digamos. Su vista ya no le permite apenas leer. El visillo de la casa de enfrente lleva varios meses sin despegarse del cristal. Dicen que siempre la quiso en silencio, y ella a él, pero, aquella ridícula cortinita, llena de encajes, y un vidrio, fueron el único escenario para sus encuentros.
—Si papá estuviera aquí ahora, seguro que me aconsejaba como morir —pensó Gumer en la soledad de una cama de hospital.

Mi nombre el Lucía, Lucía Ausero, Mara de Jota


Mi nombre es Lucía, Lucía Asuero. Del segundo apellido prescindo, al menos en estas páginas.
            No pretendo escribir una bonita historia, adornada con matices color pastel, con bellos recuerdos, ni cargada de sueños de princesa. Odio esas niñas que visten de rosa y coleccionan cromos de personajes rosas hasta lograr completar un álbum, curiosamente color rosa, para así presumir ante el resto del grupo de las otras damiselas que lloran en casa de forma desmesurada por no haber sido las primeras en el logro. Pobres aspirantes al trono y sin corona, sus primeros sueños y ya rotos.
Ya no queda en mí nada de aquella niña libre, sin ataduras, sin prejuicios, sin mochilas que es como vine al mundo. Libre, un libro abierto, una caja vacía que pudo haberse llenado de lecciones diferentes de las que realmente fueron. Mi madre no quiso saber de cajas ni libros en blanco, y mucho menos de dibujar en ellos. Según me contaba mi padre, tuvo que marcharse a trabajar lejos cuando yo tenía un año de vida. Prefería seguir pensando que se ganaba el jornal en la distancia, de forma decente, y manteniendo en su cartera alguna que otra foto de una pequeña familia desmenuzada como se hace con el pescado antes de ser presa de su propio aliño.
Escribo todo esto sencillamente porque mi terapeuta me lo ha aconsejado. Más que un consejo ha supuesto una obligación, o lo hago, o mi libertad queda en manos de quien no me siguió en paso alguno, a disposición de alguien que seguro comenzó a escribir su historia de forma muy diferente a la mía, seguro nacería en un pesebre de oro, con calefacción por doquier si los vientos se antojaban fríos o con aires frescos automáticos si el Lorenzo se encontraba en su máximo apogeo. Alguien que seguro vestía color de rosa y dejó el álbum de cromos por libros a los que pude haber quitado el polvo en alguna que otra estantería. No necesito convencer a nadie de mi verdad, sé lo que he visto o no, se lo que pasa un día cualquiera de mi vida, la relatividad  podría tener lógica en algún que otro embrollo, aquí no hay nada de eso, aquí se cuecen lentejas, nada de una mezcla de los restos con el arroz, lentejas con chorizo, como las de toda la vida. Que no me vengan con eso de que el plato sugiere cierto sabor a granos de soja, son lo que son, no hay más.
Nací en el segundo mes del 70. De los doce meses del año, no encuentro nombre más nefasto para adjudicar que el de febrero. Abril suena melodioso, Julio incluso ofrece personalidad a quien lo lleve en el DNI, enero es el primero, ya es algo, a cada uno de ellos podría añadirle algún que otro privilegio, pero ¿febrero?, ¿a quién se le ocurriría?, ¿qué ocurrió en aquel instante para llamarse febrero? En estos pequeños detalles suelo ocupar el tiempo, al menos las horas pasan con menos cargas a sus espaldas y los días se convierten en diferentes fascículos que oscilan entre preguntas con respuestas fáciles sin efectos secundarios, y otras sin respuestas posibles que perjudican seriamente la salud y es que… el farmacéutico, en este caso ha cerrado el puesto de “aclaración a sus tormentos, lea, si quiere, el prospecto”. 

Apenas recuerdo con claridad mi infancia más temprana, no obstante, sé que no nací con el pan bajo el brazo y la cigüeña se encontraba ese día algo cansada como para dar un par de vuelos más y dejarme en la siguiente esquina, donde un matrimonio mayor guardaba pijamas color… sí, el color ideal para que la búsqueda de mis estampitas fuese mi mayor preocupación.
Mi madre prefirió cambiar el guión de su cuento, y como alma libre y sin mayor reparo, se montó en su nave espacial y se perdió en Marte con un apuesto marciano, posiblemente de color verde y largos dedos, aptos para satisfacer sus más pecaminosos deseos, oponiendo resistencia en un principio sólo para parecer inaccesible y por ende, más deseada. Para ser más concreta, diré que mi madre nunca pedía el helado de un mismo sabor, la variedad de colores y sabores ejercían un atrayente poder sobre ella, convirtiéndola en juguete de la fortuna que iba y venía por momentos y antojos.
Mi padre, hermético personaje sin muchas luces en su azotea y acompañado de un ingenuo deseo optimista, mantenía el hogar en orden, las flores regadas y las camas estiradas, esperando un regreso sin posibles reproches acerca del descuido de la casa en los tiempos de ausencia de su fugitiva compañera. 

No conservo recuerdos hasta mis seis años. En mi sexto cumpleaños, mi padre me regaló un cuaderno y un lápiz, envueltos en papel de estraza hecho un cartucho.
 ­–Papá, ya tengo los del cole –me quejé ante la espera del biberón para mi muñeca de reyes. Desde diciembre aún no había probado bocado. Cada día la notaba más delgada, era un bebé, y los bebés, no comen con cuchara.
­–Luci, quiero que escribas aquí todo lo que piensas. –Ahora vuelvo a escucharlo y absorbo la tristeza de sus palabras como el jugo de una fruta recogida del suelo. Él quería, de alguna manera, que su marciana no muriera nunca en el recuerdo de nuestra historia, pero era su historia, no la mía. Mi cuento éramos él y yo, solos mi papá y yo­–. Puedes escribir todo lo que yo te hable de mamá, o mejor, puedes escribir todas las preguntas que tengas, para que cuando regrese, pueda contestarte.
­–Papá, ¡yo quiero mi biberón!  ­–y rompí a llorar desconsolada como quien espera la buena nueva y recibe la mala de antaño. Unos días más tarde mi padre me regaló el biberón, y si fuese capaz de retroceder en el tiempo, le hubiese prometido, como moneda de cambio, hacer uso de un cuaderno que usé años más tarde para apuntar la lista de la compra de los viernes.
Yo no tenía preguntas que hacerle a una desconocida, mi padre estaba allí, ¿qué más podía desear?, él podía traerme las estrellas si se me antojasen en cualquier cumpleaños, él era mi caballero andante, se enfrentaba a mis dragones y destruía las torres que me aprisionaban, ¿cuánto más podía desear?, no había cuaderno capaz de suplir el poder de mi papá.
Ernesto Asuero, capaz de hacer con sus propias manos las sillas y las mesas de mi casita de muñecas y de las casas de cualquier vecino en todos los tamaños posibles. El negocio le requería gran parte de su tiempo, pero nunca estaba lejos, teníamos un garaje bien acondicionado para que sirviese como taller de trabajo y tienda abierta al público, así yo nunca estaba sola, jugaba en la mesa de al lado mientras trabajaba y estudiaba en la mesa de la cocina mientras él descansaba.
Gracias al negocio de mi padre pude estudiar, dominaba con soltura la ortografía, me empapaba de libros y cuentos, incluso llegué a utilizar nuevos cuadernos donde fantaseaba con historias creadas por mí misma. Me matriculé en la universidad de magisterio, entregando en la ventanilla un formulario donde no quedaban huecos para mostrar la ilusión que me vestía. Un año antes de inscribirme, mi padre se entregó a un abrazo de tristeza acumulada y como alma en pena se dejó caer en una cuna a su medida para abandonar a la única compañera de viaje que jamás planeó una huída y entonces… ya nada fue como los cuentos de mis cuadernos.
Me sentí incapaz de dar un paso a la novedad, pudo ser miedo, pudo ser cobardía, pudo ser incluso pereza, lo que no pudo ser fue el ansiado primer día de curso. Decidí buscar el alimento de mis platos sacando brillo de los suelos de alguna que otra casa de coleccionista de cromos. Hasta la edad de veinte años llegaba a casa a las ocho de la noche, lo justo para disponer del tiempo que necesitaba; darme una ducha, comer y volver a hablar con la almohada, esa que tanto me entendía.

Dos años después fui presa, al igual que mi padre, de una manta de oscuridad que cayó desde lo más alto, dejándome sin velas que algo alumbraran dentro. Fui violada por uno de los dueños de una de las casas donde parecía que me sentía cómoda haciendo mi trabajo diario. No quiero detenerme en detalles, ellos ya fueron mis huéspedes durante años, haciéndome compañía en cada uno de los segundos marcados por el reloj de mi salón. Sola, sin abrigos, sin luces, sin motor y sin combustible, me entregué a la vida cómoda y no objeté a la hora de mudarme con Alfredo a su casa. Lo conocí  en la cafetería de mis tardes, donde me sentaba junto a la ventana mientras leía un periódico, un libro, o una revista. Alfredo cargaba la máquina de tabacos cada semana y parte de mi rincón escogido era invadido por su presencia treinta minutos semanales, donde calentaba su garganta con un café sólo y dos cucharadas de azúcar. Nació diez años antes que yo, diez años más a su lista de días en soledad, y yo… yo nunca me enamoré de aquel hombre, sin luz en los ojos, sin palabras en su mirada, y sin pelos en la mitad de su cabeza con sólo treinta y cinco años, por no tener… yo aún no sabía que no tenía corazón.
Mi vida junto a él era eso, una vida, un ser que respira y por efecto vive, sin más adornos, sin árbol de navidad, sin música de fondo. Una vida silenciosa, pero al menos gran parte del día sin compañía. Me casé por eso que dicen “protocolo” y supe que las “lunas de miel” no eran, desde mi punto de vista tan valiosas como para dedicarles tantas horas de previos preparativos. Me hubiese gustado echar de menos a mi madre, al menos imaginar qué hubiese hecho ella o mejor aún, haber actuado como lo hubiese hecho, montarme en su nave y perderme en alguna estrella vecina. Pero mi rol lo heredé de mi padre, así que como me correspondía, regaba las flores y mantenía la casa de buen ver. Las vecinas me aburrían, nunca he encontrado placer en reuniones donde se despedaza a la que se ausenta, por lo que me compré un pájaro, al que tenerle la jaula preparada, y un gato al que poder acariciar en el sofá. 

Dos años más tarde le regalé al mundo mi mayor tesoro, Claudia dejaba mi vientre para conocer un mundo que yo prometí fuese una continua fiesta. Todo dejó de ser negro, el recuerdo de mi padre ya no se presentaba en gritos aferrada a mi almohada, el sentimiento de abandono de mi madre ya no necesitaba vaguear buscando un zahorí que me desvelara el secreto para poder perdonar, la fatua existencia de Alfredo en la casa dejaba de suponer un martirio con piernas, Claudia me había salvado de un pasado para abrirme la puerta de una nueva era. Nunca le faltó nada, su padre, aún esperando nueve meses un varón, no tuvo reparos, como al principio suponía, en dejarse llevar por una ola loca de caricias y mimos los días siguientes al parto, y aunque su presencia en casa brillaba por su ausencia, nunca me vi obligada a luchar para que mi princesa tuviese lo que él ya disponía para ella antes de yo abrir mi boca.

Los primeros cinco años fueron años de verdad, como se les llama a las cosas que tienen valor. La rutina se antojaba deliciosa, cada día suponía un motivo para agradecer lo que un ser delicado, con rizos de oro, y dos estrellas en sus ojos, era capaz de encender dentro de mí. Todo había valido la pena, ya no importaba lo que antes me perdía, parecía que antes de nacer Claudia, todo hubiese sido un letargo, una larga siesta, un paso lento y penoso, pero un camino con flechas directas a ella.
La tarde del parque era la de los sábados, ese día había llovido, y Claudia se sentía caprichosa. La lluvia amedrentó al resto y aquello no era la jauría de diablillos de cada sábado. Intenté jugar con ella, usar los charcos para descubrir tesoros escondidos en medio del mar, montadas en los barcos verdes del color de nuestras botas de agua, pero Claudia quería su rueda, su sillín de la Reina y su conejo de la suerte con los de siempre.
Y entonces subió al escenario Mateo, Mateo… solo su nombre me sabía a gloria. Intenté llevármela lejos. Pero Mateo tenía aquello… aquello que llaman magia, aquello que dicen que solo es el poder de un imán, y envidie a mi hija, que libremente pudo poner sus cartas sobre la mesa de juego y desnudar su asombro ante él sin ningún tipo de cláusula.
Mateo no fue nadie, siéndolo todo a la vez, no hubo aventura alguna, no hubo nada que tuviese que añorar en la noche, fue un torbellino de emociones correteando en mis espacios. Las tardes llevaban su aroma, el parque chasqueaba sus dedos en forma de llamada, y mis esperas se hacían húmedas y vitales. Su voz, sus ojos, su olor…  Llegué a odiar más a mi madre. Yo hubiese escapado lejos con él si sólo lo hubiese insinuado, pero mi equipaje no serían mis ropas y mis lazos, sería la sangre de mi sangre, de la que jamás me separaría línea alguna.
Alfredo llegaba a casa a la hora de la cena, ese día un malestar en su espalda lo convenció, más bien lo obligó a volver antes de lo esperado. Claudia jugaba en el salón a ser actriz de cine y yo terminaba de recoger la ropa que quedaba tendida. Preparé una cafetera y unos analgésicos mientras una ducha caliente hacía de remedio casero.
–Papi, Mateo dice que hay gente que come saltamontes, pero viven lejos–. Alfredo olvidó su espalda y se volvió para buscar mis ojos en la cocina que ya mostraban aceptación; Claudia tardó más tiempo del que imaginaba para abrir la jaula de su espontaneidad.
–¿Quién es Mateo preciosa? –quiso preguntar a la niña que parecía más dispuesta a una respuesta inmediata y directa.
–El hombre del parque –y siguió jugando, desapareciendo del escenario, dejando subido el telón a un hombre con una historia ya creada en su cabeza.
Alfredo me buscó, yo ya había ido varias veces al baño, había dejado las toallas dobladas y los paños en la cocina, esperando su retahíla. Me haría un cuestionario de preguntas, sin dejar que mis ojos se perdiesen de los suyos, seguro esperando respuestas más en ellos que en mis palabras. Sabía que yo no iba a contarle que Mateo era el hombre del parque, mis adornos serían más simples, sin grandes títulos o seudónimos; “el hombre del parque” parecía el nombre de alguien importante, pero al menos mi serenidad se mantenía acorde a mis pasos, lo que yo sentía por Mateo jamás se manifestó, solo yo sabía, por lo que ante un juez no había pruebas que me delataran.
Cuando me encontré con los ojos de Alfredo hubiese deseado ser el paño que había dejado en aquel cajón, al menos tener un lugar donde meterme y cerrar. Ser paño de tela, ser desdoblado o sacudido, pero al menos tener un cajón que igual él no acabase encontrando. No hubo tiempo para cambiar el nombre del que ya era “El amante del parque”, no tuve tiempo ni siquiera para una mueca de duda ante lo que significaba aquella furia contenida en su mirada, no tuve tiempo para sentir dolor cuando la mano de Alfredo se convertía en fusta que castigaba  mi rostro. De repente sentí el frío helado de mi cuerpo contra el frío cálido que suponía el del suelo.
Una amalgama de conmociones en su más pura esencia cayó sobre mí; no era miedo, sentí terror, no se trataba de frío, era helado, no era indefensión, sino puro desamparo.
            Sin disponer de tiempo ni tan siquiera para contarme que aquello había sido solo producto de mi imaginación, las manos de Alfredo se posaron en mis hombros para rescatarme del suelo donde me hubiese quedado días, quizás años. Hundió su puño de acero bajo mi pecho entregándome de nuevo a la altura de sus zapatos.  Las lágrimas son caprichosas, necesitan su momento para sentirse importantes, seguras, y entonces conocer el mundo de fuera. Cuando el lugar y el tiempo se evaporan pierden conexión, no hay lágrimas, no sirven, no cumplen su función de desahogo, porque yo no necesitaba compasión, necesitaba creer que aquello era mentira.
            –¡Te lo he dado todo, sucia!, –dejaba salir con furia lo que ni siquiera era cierto –golfeando con otros usando a tu hija, ¡eres como la perra de tu madre!
            Prefería otro ataque de sus manos a las palabras que brotaban de su boca, prefería que me matase allí mismo, pero él y yo solos. Buscaba con la mirada a Claudia, incapaz de llegar a cerrar la puerta, al menos para hacerlo todo algo íntimo y personal, y allí estaba ella, con su muñeca en los brazos, inmóvil, y al igual que su madre, sin escenario apropiado para echarse a llorar. Alfredo parecía haberse trasformado en un desconocido, siempre frío y distante, pero jamás el verdugo de aquel capítulo. Daba vueltas por la cocina, como si posando las manos en su cabeza le ayudase a extraer alguna idea, y volvía a mí, como si allí estuviesen las respuestas, como si sólo contra mí la tormenta desaparecía de su fuero interno.
            –¡Alfredo la niña!, ¡por favor, la niña! –mátame después quise decirle, haz jirones con mi piel, desenreda mis trenzas, llévate mi vida, pero no dejes que ella lo vea.
            En mi intento de ir hacia ella, ya un hombre poseído pisó mi pie clavándolo en el suelo con más fuerza, atrapando mi cabellera con una mano y dejándome como única visión el sucio techo de una cocina que por instantes se hacía más pequeña. Claudia, en un amago para acercarse a mí, recibió un golpe de su padre, despejando cualquier obstáculo que se interpusiera entre su presa y él, haciéndola caer en el salón, donde ya no pude verla.
            Un grito de dolor se liberó de mi pecho, desgarrado y despiadado, con más poder que un ejército de soldados y más fuerza que mil puños de aquel desgraciado. Me separé de él en mi impulso y corrí hacia ella. No pude acercarme, una capa de hielo se instaló en el espacio que ocupaba, recorriendo mis piernas, mis caderas, mi vientre, subía hacia el pecho, hacia mis hombros, mi cabeza, haciéndose un gran bloque que nos paralizó a todos dentro de él.
            Mutilados, todos mis sentimientos mutilados, aquello era lo que llamaban infierno. Mis años, mi vida desparramada por el suelo que me sostenía, ya no importaba si el aire que respiraba era aire o gas venenoso, yo ya había muerto allí, en aquel instante. Alfredo corrió hacia ella, pero ella… ella no estaba, ella no era, ella se fue y yo aún estaba allí. Dejé de pensar, de sentir, una gran nube se instaló dentro de mí, descargando una tormenta de furia en el centro de mi ser. Paralizada, creo que respiraba, igual dejé de hacerlo, ya no había visión, las luces se apagaron, las siluetas se hicieron deformes, y el hielo de mis pies me mantenía de pie, rígida y fuerte. Una fuerza imperiosa me atrapó, sin cuestionarios previos, sin avisos, sin cortés preliminar, con acoso y derribo se hizo conmigo transformándome en marioneta con hilos en mis brazos y pies. El mandato era preciso, sin opción a réplica, claro, justiciero, imperante; la figura de hierro de la mesa del teléfono estaba en mi mano antes de que yo fuese a ella, yo no era quien daba pasos, eran ellos los que me daban la pauta, mi brazo se alzó y yo tampoco me mostraba adversaria a ningún impulso. Dejé que toda la fuerza que había en aquel salón se concentrase en mi brazo derecho, llegando incluso a verlo brillar con luz propia, como un faro en medio del mar, dando riendas sueltas a toda aquella potencia para aterrizar la figura en la cabeza de quien ya sólo merecía recibir de su propia medicina. 

Volvería a hacerlo, no necesito una compra de perdón ni que público alguno entienda mi desdicha. No tengo hambre de compasión, no mendigo indulto, no encargo sostén ni clemencia, ni censuro reprobación posible. Si quien decida juzgar mis actos cree tener en sus manos el poder de darme libertad o cautiverio, ya anuncio que cualquier rincón del mundo supone mi propia prisión.
            Cuando el sueño me rescata, piadoso y justiciero, en silencio me lleva en sus brazos a aquellos charcos, a aquel parque donde ella y yo creamos nuestros relatos, nuestras fábulas, a nuestro antojo, solas ella y yo… y entonces, me siento libre.

Éxito, E. de la Huerta


Llegan una media hora tarde al concierto, porque vienen de otra ciudad y el tren les ha dejado con muy poco margen, y antes de la actuación decidieron ir primero a cenar. Natalia —la pareja del guitarrista, Enrique— no ha ido con ellos a la cena por no pertenecer al grupo, pero los sigue allá donde van durante su gira, y se encarga de atender el punto de venta —en todos los conciertos disponen de uno— de discos y camisetas del grupo.
            Cuando Enrique conoce a Natalia, él se acaba de incorporar al grupo, al cual aporta desde entonces ideas, composiciones, e incluso influencia en el estilo. Él sabe que ella viene de un intento de conquista sin éxito de un nuevo y carismático jefe de proyectos de su empresa.
            Han llegado a ser una banda populosa: además de la voz, la guitarra, el bajo, y la batería —los integrantes básicos de cualquier grupo de rock o pop—, llevan unos teclados, un par de saxofones, una trompeta, unos timbales, y hasta un trombón de vara, todos ellos con su correspondiente intérprete. La cantante —Beatriz— se sitúa delante y en el centro del escenario, e inmediatamente a su izquierda se encuentra Enrique; a su derecha tiene la sección de viento —saxofones, trombón, y trompeta—, e inmediatamente detrás —en un segundo plano— están el bajista y los teclados; ya al fondo se encuentran la batería y los timbales.
El grupo lo han fundado el bajista y la cantante: se conocieron en una fiesta de amigos donde ella cantó al final, y él quedó impresionado por la profundidad de su voz siendo tan joven —o al menos siendo bastante más joven que él—. Sin embargo, es la guitarra y no el bajo quien está en la parte delantera del escenario. La guitarra tiene siempre más peso: su sonido se pliega a la voz y se alía con ella, y a veces tiene también protagonismo.
            El estilo de música del grupo es complejo, sincopado, lleno de contrarritmos, de aire funk —la voz de Beatriz es grave y dulce, e imita los desgarros de la de James Brown, pero sin la machacona repetición de éste, donde tal vez se esconde una carencia imaginativa, ni tampoco tiene su pelo gaseoso como las nubes oscuras de una atmósfera en torno al planeta de su cabeza—, pero a pesar de la cantidad de instrumentos, la mezcla de sonidos está bien trenzada y tupida como el amianto.
Las canciones son enérgicas, complejas, sensuales, y la voz de Beatriz —desgañitándose— enfervoriza al público. Lleva un vestido con la espalda completamente descubierta, y una falda mínima —mueve sus largas piernas con los pies fijos en el suelo, flexionando cada una de las dos rodillas alternativamente—, con muchos flecos formados por diminutas cuentas brillantes.
Han logrado grabar un disco, y por donde van, los conciertos funcionan: la gente pide el quinto bis con el mismo enardecimiento que el primero. Beatriz presenta las canciones sin ñoñería, improvisando, hablando con el público, a veces con un toque provocativo.
Enrique se siente —impulsado por el fervor del público y el efecto del vino de la cena— a mucha distancia de Natalia, una distancia mucho mayor que la veintena de metros de separación entre el elevado escenario y la diminuta caseta del punto de venta, situada más allá del público. Cree ver un futuro promisorio, plagado de posibilidades bajo el signo del éxito, en el cual Natalia figura como la bola encadenada al pie de un preso, o como esas telarañas del tamaño de un hombre en una antigua pirámide.
            Durante algunas canciones Beatriz mira a Enrique, le sonríe, y se frota suavemente plegándose a él. “Era algo más lo de la cena”, piensa Enrique, cuando no pararon de bromear entre los dos, y a él le pareció simplemente una participación de Beatriz en la manifestación de alegría generalizada del grupo. Beatriz le parece a Enrique la primera de aquellas “posibilidades” de las que ve poblado su futuro.
            Beatriz presenta una canción diciendo: “Esto va de eso que ya sabéis”, y comienza a cantar una letra llena de referencias al acto sexual. Toda la canción la ve Enrique dirigida a él, y Beatriz la finaliza dándole un abrazo. Él se lo devuelve, y mira al punto de venta: Natalia está con una expresión sorprendida, y parece querer evaporarse. Al volver la vista, por evitar mirar a Natalia, se encuentra con los ojos compungidos del hombre del bajo, que inmediatamente se desvían al suelo. Enrique piensa entonces en el delicado equilibrio y los ocultos resortes que sustentan al éxito.
 


Penduleando, Manolo Martínez


Un péndulo se mece

entre mis sentidos y mi razón.

Un ahora sí, ahora no

 Una  duda, una vacilación

Una-muno me contagió

su nostalgia de Dios.
Me hice creyente

por solo dos monedas:

mis dos hijos.
Estirarles la vida,

más allá de la vida,

bien valía mi traición.
Aún así,

danza en mi amor,

la aterradora pregunta:

¿sóis hijos míos,

o de las sombras de Platón?
La certeza

es un estado ridículo,

me recetó Voltaire,

una noche de desesperanza.
O ipso facto

florecen muchos Pablos

cayéndose del caballo,

o se matrimonian

las sotanas y el caos.
Y, aún así,  me duele reducir

a Sara Vaughan,

 y a una hora de taberna

con una cerveza bien fría,

al azul y a los viernes,

a Roma y a las risas,

a un beso rubio de cuatro años

o a un papatequiero  de once,

a un mísero sanseacabó.
Necesitamos urgente

un SMS del todopoderoso

un comunicado vaticano,

una encíclica,

cualquier cosa

que nos tergiverse.

Pero,

cómo van a  dormir para siempre

las sonatas de Bach,  

las putas de Fellini,

los cerezos del Jerte

o tu risa de navidad.
Puede que él no estuviera nunca,

y que lo del opio del pueblo

fuese una verdad más.

Puede que todo sea cera derretida,

y un pabilo que se apaga .
O quizás

 aparezca algún día,

si desescombramos los púlpitos,

si vaciamos los dogmas de cieno,
 
o si vendemos los candelabros de plata.

Escribir... una caricia sin tacto, Mara de Jota


—¿Cómo es un escritor?
—¿Y esa qué tipo de pregunta es?
—¿Como que qué tipo de pregunta? una como otra cualquiera ¿no?
—No sé, nunca me lo he preguntado, me resulta complicado, es como preguntar a qué huelen las palmiras.
—¿Las palmiras?, huelen a felicidad, es fácil. Seguro sabes, Venga, haz un intento…
Yo no sé decir exactamente cómo es un escritor. Yo sólo se como soy yo, y a veces hasta dudo. Sé que un escritor es alguien, inevitablemente especial, sumergido en la soledad para dar riendas sueltas a lo que más ama, una especie de sacrificio para cualquiera que no lo entienda, un placer íntimo para quien lo entiende todo.
¿Me explico? Para mí, el acto de escribir significa el momento mágico de armonía y conexión entre una voz interior y una escena externa. El escritor no es otra cosa que el lazo de unión, el intermediario entre ese eco y esa necesidad, el privilegiado dando fe de un delicioso encuentro.
Cuando desnudas un cuerpo al que amas, ¿dime qué sientes tú? No es cierto que sientes como te inunda una imperiosa necesidad de hacerlo lento o deprisa, de hacerlo con ternura o con sofoco, con ansias o con calma… una ambigüedad uniendo dos extremos opuestos, un punto conciliador a mitad de camino alzando bandera blanca; “ni pa ti ni pa mí”, justo en el centro, pero al fin y al cabo, el resultado es placer en su más absoluta esencia.
Escribir es desnudar el alma en cada encuentro, dejarse ver la cara sin maquillaje, echar el vuelo, contemplar el mundo desde arriba y contarlo sin guardar el secreto.
El escritor se ubica, se construye un rincón a su gusto, se entrega a él sin mesura, y cuenta verdades o mentiras. Se desgarra por dentro y llega  al fondo de cualquier otro, roza la sensibilidad de quien no conoce, despierta la crítica o la burla del vecino, abre los ojos de algún que otro ciego empeñado en no ver, abre puertas, echa cerrojos, descorre cortinas… sin conocimiento alguno. Se lanza al vacío para ser recogido o ni siquiera ser considerado, un riesgo constante presente en cada desnudo.
A veces pienso… un escritor posee en su lista más temores que esperanzas. Pierde más tiempo sumando el número de posibles resultados negativos en lugar de  restar importancia a lo que se opine de lo que escriba… Una verdadera pena a mis ojos, pero para mí una realidad que siento y sé que otros sienten.
El poseedor de un talento tan preciado como es el de poder mostrar aquello que decimos, pensamos o creemos de una manera que llega más allá que una simple palabra o una suma de palabras que forman una frase, no debería llevar en su mochila miedo alguno que le tapase la boca.
El escritor es el notario de lo que cala, de lo que llega adentro. Escribir es componer el vals de los pensamientos, mostrar el cuadro de lo nunca visto, descomponer realidades para volverlas a construir libremente y de formas  deliciosamente diferentes.
¿Qué dónde debo estar?, donde quiera estar. Se llega a donde se elija llegar, se tiene lo que se escoja tener, en cuanto se me olvide el equipaje cargado de miedos en alguna esquina y de forma intencionada, escribiré todo aquello que se me antoje y triunfaré o fracasaré como le ocurre a la lluvia, que nunca cae a gusto de todos.
Quien escribe es el pintor del cuadro que desee, el arquitecto de una ciudad entera, crea todo aquello que construye interiormente y lo hace realidad. Tener arcilla entre las manos y… valga la redundancia, manos a la obra.

Necronológicas, Isabel Pérez


1990

Aquí yace una esponja palpitante,

engendrada por fauna de vidrio pero incubada por dragones sin alas. Mientras me lamían las heridas, escupí alquitrán y lodo y tuvieron a bien llamarme “viva”. Marte y su ariete de aire comprimido embestían las ventanas, reclamando lo que les pertenecía, pero llegaban demasiado tarde: el pajarillo que canta sobre la laguna ya había consumado mi bautismo. Y desde entonces, la glándula exocrina de lava tuvo su reservorio natural bajo la tráquea, y el hacha de guerra un nido entre las mantas. Ni un pulso más alto que el anterior, ni aullidos sin luna llena: sólo era un saquito tibio de almíbar y

flema.

1993

Aquí yace una muñeca desmadejada,

mientras la diminuta alma de mi hermano se incinera bajo la luz del sol. Huimos al sacro santuario bajo la mesa camilla y los árboles hechos láminas abrieron sus anillos, espantados. Gritaban “¡Brotes tiernos, hojas henchidas! ¡Sin mácula, sin semilla!” y nos astillaban los pulgares al intentar callarlos. Planeábamos sobre una carcajada histérica para dar con un buen escondrijo, pero los mejores sitios estaban ya cogidos: debajo de la cama, un solo brazo pútrido; dentro del armario, un arlequín drogadicto; en los espejos en penumbra, la misma insignificante imagen, en intoxicación constante de azúcar y

verbo.

1996

Aquí yace la reina de plastilina,

grandilocuente como un desfile militar de mayúsculas, aguda como una chincheta oxidada atravesando una rodilla. Mi séquito y yo aporreamos la puerta de la bruja, pero para cuando quiso asomarse no quedaba nadie con quien jugar una partida de Bridge o a quien cocinar a la parrilla. Sin honor y sin lema, teníamos una bandera pero la usábamos de paracaídas (cuando nos inmolamos como kamikazes hasta que el manto de picas bajo los pinos nos hizo jirones las entrañas). El Club del Plastidecor Azul, con su jerarquía turbia, liturgia cándida, y rituales heredados de antepasados

bárbaros.

1999

Aquí yace una hija de castores

con síndrome de abstinencia del barniz sobre la madera mística. He sacado brillo a los suelos de mármol con las perneras y sonado la nariz a los ángeles de piedra, y para qué, si las trompetas estornudan el mismo vaho gris haga lo que haga. Por entrar sin llamar en las catacumbas, el sumo inquisidor me mandó copiar setenta veces siete “No santificarás en vano a tu padre falso sobre todas las cosas”. Luego se echó a dormir en una hamaca, y sus orejas de Mickey de plástico, temerariamente cerca de los candelabros, empezaron a licuarse y fluctuar amorfas sobre la capucha de

seda.

2005

Aquí yace una oruga irascible

con serios problemas de claustrofobia. A medio transfigurar, en parte anátide, en parte hipopótamo rosa chicle con aspiraciones a maestro del camuflaje. Rumiando la dominación mundial a escala doméstica y quemando a base de flashes baterías de litio (guardándolas en el penúltimo cajón, por si algún día hacen falta para un guiso). A las autoridades locales no les debió de hacer ninguna gracia, pero ya sabes lo que dicen: “Cría cuervos y aprenderán física cuántica para tontos, cocina tailandesa o latín a nivel de usuario; y entonces tal vez ya no quieran volver nunca más a

casa”.

2008

Aquí yace una pirómana aficionada.

Por donde pasa no vuelve a crecer la hierba, arrasando los campos de centeno que pisa, y que luego baila y baila sobre las cenizas, mitad Charleston mitad danza de la lluvia. Y aunque apenas llueve, los periodos de barbecho ascético siempre acaban por alumbrar a una o dos amapolas, arrebatadoramente salvajes y fieras (las rosas no se mezclan con el vulgo, las margaritas son francamente memas y las violetas unas maníacas depresivas). Ellas no se dejan atar en manojos encorsetados, o exprimir por las últimas hojas de mi diccionario. Saben lo que les conviene y nunca llaman a mi

puerta.

2012

Aquí yace el brillo seco

en los ojos de una anatomista tras su turno de noche. Enfundada en un blanco impoluto, omnipotente: una tesis doctoral de quita y pon, lavable a mano o a máquina. Al trote y al galope, detrás de la sapiencia hecha carne, llenándome los bolsillos de mensajes cifrados de los soviéticos y llevándome en el dorso de las manos el tacto y aliento ajeno (destilado de alma humana que ninguna solución de base alcohólica puede arrastrar consigo). Si alguien pregunta, no hay gota de bilis que escape de mi visión ultrasónica. Qué irónico… descubrir mis dotes histriónicas al servicio de esta

charada.

¿?

Aquí yace para luego levantarse

la mano que mece la pluma; asesina, forense, juez y enterradora (no necesariamente en ese orden, ni necesariamente de la misma persona). Madre amantísima de sus hijas, incluso si le salen neuróticas, indescifrables, grotescas o regularmente cuadriculadas: todas tendrán un vestido bonito por Navidad y cumpleaños, aun a riesgo de malcriarlas. Aun a riesgo de hacerme la mártir, renuncio a cualquier poder sobre ellas, y me abandono al suplicio sin epidural de traerlas al mundo. A sabiendas de que ninguna va a volver bajo la lluvia hasta mi tumba para mimetizarse en mi

lápida.
 
 

Homo escritorus, Joaquín Planelles


Desprecio lo binario. Lo binario es insensible, lo binario es radical. Letanías de ceros y unos, como quien reza un rosario. ¿Usa gafas? ¿Lleva sombrero? ¡Zas! Un uno.
Frente al “ser o no ser” reivindico el derecho a ser sólo un poquito. Ser a medias. Ser a ratos, en un cierto grado de aquella manera. Frente al blanco o el negro declaro y defiendo que existe la escala de grises, con sus infinitos tonos intermedios. Frente al cero y el uno, los números racionales y los números imaginarios con innumerables coordenadas posibles dentro del intervalo unidad. Pues ¿Qué es la virtud sino un punto de equilibrio entre dos vicios opuestos?
Escritor o no escritor: dicotomía, determinismo, clasificación. ¡Zas! Un uno, titulado en caligrafía.
La Clasificación Nacional de Ocupaciones reserva el epígrafe 251 a los “Escritores y artistas de la creación o de la interpretación”. Los contadores contando a los cuentistas. Y he aquí el retrato robot: en el último censo 76 mil personas fueron clasificadas dentro del epígrafe 251. De ellos, la gran mayoría cursó estudios universitarios. Trabajan menos horas remuneradas que la media y son más jóvenes.
Leo esta descripción y dudo: ¿Sólo debe ser considerado escritor quien obtiene una remuneración por ello? ¿Debe ser el mercado quien juzgue? Hoy sé que el mercado nunca fue una masa anónima y democrática. La mano que asigna glorias y ruinas no es ni inocente ni invisible, sólo permanece convenientemente oculta en un pútrido laberinto de intereses. Yo ya no compro este cuento: crecí y perdí la máscara. Sé que en el mercado hay actores con capacidad de decisión-persuasión-imposición. Editoriales, medios de comunicación. La agencia de calificación trocada ahora en agencia de clasificación. ¡Qué genio del transformismo!
Visto desde el mercado un escritor es quien obtiene la mayor parte de sus ingresos en el ejercicio y venta de la escritura. De las opciones para discriminar entre escritor y no-escritor, esta me resulta de las más detestables. Y no porque la considere la peor, sino porque siempre me ha incomodado hablar de dinero. Privilegios de niño-bien.
Y afortunadamente no se ha inventado aún la licenciatura en escritura, porque esto sí que me enerva. De todas las formas de identificación de artistas que imagino, la posesión de diplomas o títulos habilitantes me parece la peor, la más esterilizante. ¿Hay algo más aterrador y anti-artístico que la palabra “conservatorio”?
Frente a los procesos de evaluación externa, reclamo incorporar al algoritmo de búsqueda de escritores la vocación del sujeto. Es escritor quien cree serlo. Frente al mercado, que identifica como escritor a quien está ocupado-remunerado, creo que tiene derecho a considerarse escritor quien ocupa su tiempo y sus ganas en la tarea de escribir.
Es más, en lo que a mí respecta creo que en pleno siglo XXI, imbuidos como estamos en tecnologías de la información y la comunicación, podemos considerar al hombre como Homo escritorus. ¿Acaso no nos encontramos todos alguna vez como narradores de nuestra propia vida y de lo que pasa a nuestro alrededor?
En definitiva, ¿qué cualidades específicamente humanas facilitan el arte de urdir y plasmar historias? Yo creo que la principal de todas es eso que los antropólogos llaman “observación participante”. Es decir, la observación desde dentro, compartiendo con los investigados su contexto, experiencia y vida cotidiana. De ese modo, se obtiene una imagen empática y sensible de cómo son sus vidas. Evidentemente los escritores no se desplazan físicamente a las comunidades en las que viven sus personajes, pero sí se produce una traslación imaginaria a su mundo.
Así visto, los Homo escritorus son la versión intuitiva de las ciencias sociales.
 

Arthur y el desarreglo de mis sentidos, Isabel Pérez


Escribir el ensayo de esta semana estaba resultando más árido de lo habitual. “Venga, cuéntanos, ¿cómo suelen ser los escritores?”, y yo qué porras sé. A los que conozco personalmente los cuento con los dedos de las manos (y sobran dedos), cada uno de su madre y de su padre. Sacar rasgos comunes y extrapolarlos a los millones de almas que han cogido una pluma con ánimo creador es hablar por hablar, y por mucho que se me dé de muerte, no acababa de convencerme. Después de varias horas tecleando sin dirección definida, tratando de sacar ideas de donde no las había, decidí que estaba lo bastante cansada como para dejarlo para otro día. Alguien había llamado no mucho antes para intentar sacarme a rastras del enclaustramiento voluntario, así que ¿por qué no? Estaba cansada de pensar y necesitaba acciones mecánicas: vestirme, darme dos brochazos de barniz, abrir la puerta, cerrar con llave al salir.
La ciudad, de noche, en otoño, tras la lluvia, es fría y translúcida. El aire está tan limpio que expande nuestra visión panorámica, hace reverberar el repiqueteo irregular de nuestros tacones sobre los adoquines, nos arrolla al saltar de local en local. En cada estación se nos va embotando la percepción progresivamente, cayendo los sentidos como fichas de dominó. Primero, el gusto se atrofia y ni a mí, ni a mis compañeras del gremio de los  embudos con falda, nos empiezan a decir nada los matices del sabor a antiséptico. El sonido se diluye y cualquier ritmo se acompasa con el latir de la sangre en nuestros oídos; las imágenes peregrinan tan vívidas que simplemente no somos capaces de asirlas. La masa informe de seres humanos deshidratándose a nuestro alrededor se vuelve inodora, e insípida. Su conciencia entumecida también afloja la mordaza de sus instintos, pero nada nos molesta y muy poco nos importa.
Hay una franja de tiempo, entre la hora en la que deja de ser prudente pasear dando tumbos y la hora en la que sale el primer autobús, en que las calles fuera del centro neurálgico están prácticamente vacías. La lluvia ha borrado a todos los valientes, hace el frío justo para intimidar a los intrusos y para recordarnos que una retirada a tiempo es una victoria. La parada de taxis está desierta pero yo no tengo demasiada prisa: me despiden con más risas y tres manchas de carmín en cada mejilla; y mientras se alejan las tres figuras tambaleantes se va diluyendo su cháchara y el estruendo de sus botas cortas en el zumbido del silencio relativo. Me siento cerca del poste, en un sitio relativamente seco, sobre la pared (mantenerse en vertical es un riesgo sensoperceptivo que no estoy dispuesta a asumir), con la mirada perdida en el lateral semidesnudo de la catedral. No debería de tener que esperar mucho.
Un soportal está llorando sobre un charco cada cinco segundos. Si yo fuera una bacteria nadando en el agua cada gota provocaría un maremoto apocalíptico. Acerco el paraguas en miniatura completamente extendido y lo arrastro sobre el cemento inundado, sin motivación ninguna más que mantener las manos ocupadas. Empecé a escribir mi nombre con caminos de agua, mientras me preguntaba si eso contaba realmente como “escribir” (en el gran, augusto e insondable sentido de la palabra). Si fuese un paramecio, iría nadando con mis diminutas patitas y remos por los canales recién creados, como fiordos excavados por siglos de hielo y piedra, y me preguntaría de dónde habrían salido. ¡Maravíllate, primitiva criatura, del verbo y su poder creador! Me asombré por un momento de mi propia divinidad, pero al hiperextender el cuello y cerrar los ojos se me pasó enseguida. Al abrirlos no hubo cielo, sólo esa luz onírica de las farolas me pone de los nervios y que forma libélulas de chispas al entrecerrarlos. No está ayudando a mantenerme despierta, ni la luz ni mi sangre tóxica. Al respirar te llevas toda la lucidez en cada bocanada: aspiras más nitidez que oxígeno, hasta que se agota. Miré hacia abajo, y mi nombre en agua se había desbordado.  
No sé cómo tardé tanto en fijarme en la figura que estaba esperando a pocos metros a mi izquierda, a cubierto. Como un resorte me estiré la falda y me incorporé en una postura no mucho más digna, aunque aquel individuo pareció no percatarse. Haciendo un vago examen visual, parecía un chico poco más joven que yo, con el pelo rubio, desordenado. Miraba fijamente hacia delante ofreciéndome un perfil marfileño decididamente guiri,  haciendo caso omiso de mi presencia. Bueno, eso no tiene nada de extraño. Lo que verdaderamente llamaba la atención eran que iba vestido como un dandy decimonónico un tanto descuidado: traje de chaqueta oscuro, pañuelo borgoña al cuello, bastón inquieto en una mano y la otra en un bolsillo. Vamos, un personaje. O tenía tal jet lag que se había adelantado dos semanas a Hallowe’en o era otro pequeño aspirante a esteta, teatral hasta la náusea, de los que abundan cuando se pone el sol si sabes dónde buscar. Sea lo que sea, está bien conseguido. Normalmente no pasaría mucho tiempo observando a un desconocido, pero en ese momento me daba un poco igual. La siguiente farola estaba demasiado lejos, y los contornos se volvían momentáneamente definidos para luego difuminarse otra vez… no, espera, creo que soy yo y mis ojos empañados. Haciendo un esfuerzo se adivinaba bajo su ojo visible una sombra enfermiza, de  melancolía añeja; y los labios apretados disimulando… ¿eso es una media sonrisa? De diario, eso me habría devuelto un poco del decoro y habría apartado la vista, pero no era el caso, así que aguanté unas décimas de segundo mientras exalaba una bocanada de aliento blanquecino.
—“Exhalar” lleva h —habló sin girar la cabeza, sin casi mover los labios, con un ligerísimo acento difícil de ubicar por lo leve (una “e” un tanto ambigua, una “r” más gutural de lo usual), pero que distrajo a mi cerebro un momento antes de procesar lo que acababa de oír.
—... ¿Disculpa?
El desconocido se volvió hacia mí. No tendría más de 18, la mirada acuosa, seria, pero con la boca en tensión por la sonrisa contenida.
—Sé que lo sabes, pero eso no te va a servir de excusa.
Apoyé la espalda sobre la pared y me di cuenta de que tenía frío. Eso está bien, me ayuda a despejar el recorrido de las ideas. Aquel chico seguía mirándome, con toda la calma del mundo, esperando una respuesta. Aquel rostro imberbe me empezó a parecer vagamente familiar. Intenté recordar, pero la mitad de mis caminos neuronales estaban cortados por obras.
—¿Te conozco de algo? —pregunté, cuando finalmente me di por vencida.
Me regaló una franca sonrisa y se acercó con deliberada lentitud, hasta apoyarse sobre el Volkswagen negro aparcado frente a mí.
—Sí —dijo finalmente, mirando hacia abajo mientras daba golpecitos al suelo con su bastón. Luego levantó la vista—, se podría decir que tú me conoces a mí.
—Pues…lo siento, ahora mismo no le recuerdo.
¿De dónde porras había salido ese chaval? No es que yo sea muy dada a entablar conversación con desconocidos, pero aunque era un individuo curioso no dejaba de parecer… inofensivo.
Él chico ladeó un poco la cabeza, y algunos mechones rubios cayeron desordenadamente uno sobre otro en su hombro.
—No es que me extrañe, aunque de eso tampoco hace tanto tiempo. La verdad es que no hemos tratado demasiado desde entonces.
—¿Quién eres? —era demasiado tarde y estaba demasiado cansada para tanto secretismo y tanto jueguecito. Pero él se limitó a sonreír.
—Es una buena pregunta. Quién, qué o cómo soy, ¡como si todo eso formara un bloque único, fosilizado y estático, que me perteneciera por derecho propio y obedeciera a mi naturaleza, a mi voluntad y a mis actos! No, señorita. Si quiere una respuesta rápida: «Je est un autre». “Yo es otro”.
—Eso es de… —sabía que había escuchado eso antes en algún lugar.
—De monsieur Rimbaud, para servirle —hizo un ademán de reverencia mientras se quitaba un sombrero inexistente—. Y siento repetirme tanto, pero me imaginé que reconocerías antes un conjunto de palabras que un conjunto de rasgos.
Todo aquel teatro estaba resultando bastante extraño, pero todavía más divertido. Miré un momento hacia el final de la calle: ni rastro del taxi que estaba esperando. Así que, ¿por qué no seguir el juego?
—Oh, Arthur, eres tú. No te había reconocido, has crecido tanto y te ha cambiado tanto la voz, muchacho… —comenté con la voz más afectada que pude y con una sonrisa social de oreja a oreja.
—No estoy bromeando —no, no tenía cara de estar bromeando. Más bien parecía empezar a impacientarse—. Y no eres la más indicada para tratarme como a un niño. Ya sé que no me has escuchado nunca, pero sí que me has leído y eso es suficiente…de momento.
Busqué en su cara algún mínimo signo de chanza, pero no lo encontré. Sus ojos claros realmente no tenían nada de amenazante, pero se clavaban detrás de los míos. No sabía quién o qué era ese personaje, pero no iba a quedarme allí para averiguar hasta dónde llegaba el delirio de grandeza.
—Bien, pues —titubeé mientras hacía por levantarme, no sin dificultad— me temo que tendrá que quedarse en eso porque se me está haciendo tarde y tengo que…
—No, no tienes que —interrumpió con un tono neutro que no acabó de tranquilizarme, pero que me hizo congelar el movimiento de verticalización—. Y si soy yo lo que te incomoda, que lo soy, no deberías preocuparte. No puedo ni quiero hacerte daño, sólo he venido a hablar —alzó una ceja rubia casi inexistente—. Aunque pudiera, ni siquiera pensaba tocarte.
Quedó en silencio mientras yo volvía a dejar los huesos sobre la acera. Lentamente, sin movimientos bruscos. Lo más angustioso de todo es que mi cabeza empezaba a funcionar y ya había ubicado mentalmente su cara. Detrás del dèja vu se escondía una desgastada fotografía en blanco y negro, la misma mirada perdida, el mismo mohín de niño hastiado, la misma redondez infantil de las facciones.
 La sombra de su nariz sobre la mitad de su cara, con el aura casi sobrenatural de la luz artificial, los rasgos difuminados contra el perfil de la catedral… terminaron por inquietarme del todo.
—… ¿Qué… —quería parecer tranquila, manejar la situación, pero ni siquiera sabía qué quería preguntar. O si quería una respuesta.
—Ya lo he dicho antes —suspiró con impaciencia, antes de que se me ocurriera algo más—. Pero si te ayuda a tranquilizarte, digamos… digamos que no lo soy. Que soy  algo que se le parece bastante, pero que no es —debió de notar la confusión de mi cara, porque suavizó el tono— Chérie, deberías saberlo mejor que yo.
Estuve unos segundos en silencio, observando con toda la calma y diligencia que era físicamente capaz (no demasiada). O se trataba de una broma pesada y absurda, o… Tal vez fuera la sugestión, pero ahora que lo había dicho sus facciones encajaban a la perfección a mi imagen mental construida hacía ya bastante tiempo…encajaban demasiado bien, de hecho. Parecían más bien la misma imagen, una copia dentro de mi cabeza y la otra… la otra fuera.
—¿Eres una alucinación?
Sonó ridículo en medio del silencio. Sin embargo, aquel joven pareció tomarse en serio la pregunta, echó la cabeza hacia atrás un momento y soltó un suspiro casi imperceptible.
—Es una posibilidad, sí. Pero la experta en nosología de las alteraciones sensoperceptivas eres tú —apuntó con cierto retintín burlón—. Yo… digamos que tengo otro enfoque, ya sabes. «Le poète se fait voyant par un long, immense et raisonné dérèglement de tous les sens» “El poeta se hace vidente por un largo, inmenso y razonado desarreglo de todos los sentidos” —y diciendo esto, sacó de su bolsillo una copa de cristal llena de un líquido verde brillante, y me la ofreció.
—No, gracias. Ya estoy servida
Soltó una carcajada ruidosa, como si hubiera dicho algo verdaderamente gracioso.
—Si tú lo dices, tendré que creerte. Pero dudo que estemos hablando de lo mismo —siguió riendo, antes de llevarse el borde de cristal a los labios y apurar la copa entera. Luego la devolvió a su bolsillo, aunque  hubiera jurado que era físicamente imposible meterla en un espacio tan pequeño.
Pero lo que más me sorprendía era lo tranquila que estaba ahora. Tal vez al día siguiente todo resultara haber sido un sueño, no mucho más extravagante que cualquiera de los sueños estándares míos. O quizá me convulsionara la idea de haber tenido una crisis alucinatoria tan compleja. Pero en ese momento, ante las otras opciones (estar en una calle desierta charlando con un megalomaníaco descompensado, o con el espectro de alguien muerto hacía un siglo), sonaba bastante tranquilizador. Relajé un poco los hombros y me apoyé totalmente sobre la pared. Lo cierto es que empezaba a sentir esa indolencia casi anestésica que mezcla sueño con concentraciones decrecientes de etanol, y que lo que verdaderamente tenía era curiosidad insana.
—Bueno, ¿y qué haces aquí?
—Necesitabas un sustrato, ¿no? ¿Cómo era eso? Sustentar tus ideas con las ideas de otro alguien que las hubiera escrito antes. Digamos pues que yo soy la respuesta, un modelo a imitar…. Aunque también puede que esté aquí para que desempolves ese ridículo francés tuyo —me guiñó un ojo y esta vez tuve que reírme yo. Maldito crío—. Podría haber venido otro fulano lo bastante encumbrado como para servir de ejemplo, luego, pero se ve que ésta es una situación idónea para que yo entre en escena. O al menos, lo más idónea posible tratándose de ti. No me mires así —me estaba empezando a cansar de aquel tono de condescendencia—.  Te habría gustado seguir mis pasos como dios manda, no lo niegues, petite bohème de postal.
—Llegas un poco tarde, ya soy mayorcita para eso. No tengo 17 años —solté casi sin pensar, y con toda la madurez y buen juicio que me proporcionaba mi puñado de años de más.
—Yo sí los tengo —replicó secamente—. Y nunca me habrás visto usarlos como excusa.
—…cierto. Lo siento.
—No lo sientes, mentirosilla —espetó, aunque enseguida su rostro volvió a tener esa expresión paternalista que casi me ponía de los nervios—. No es un reproche. «Le poète est vraiment voleur de feu», un “ladrón de fuego”. Pero tú... tú tal vez seas algo más que poeta y puedas hacer incluso más.
—Con llegar a ser sólo eso me podría dar con un canto en los dientes.
—No te lo crees ni tú. Pero tendrás que mentir bastante mejor que eso. Imagínate, ¡ponerle color, sonido, textura a lo que nunca ha existido! ¡Darle voz a quienes aún no han nacido! O peor aún —sus ojos chisporrotearon en ironía— coger de bajo los brazos a quienes sí nacieron, dejarlos caer sobre otro mundo y darles un guión, llenarles la boca con palabras que jamás dijeron.
—… ¿Va con segundas?
—Puede —inclinó el cuerpo hasta que su nariz quedó apenas a dos cuartas de la mía, con los ojos entrecerrados mitad desafío mitad juego de niños. Parecía completamente corpóreo, pero el aire que salía de su boca estaba frío— Hacerme aparecer, y retenerme aquí… hay quien casi lo catalogaría de blasfemia.
—¿Cómo que “hacerme aparecer y retenerme aquí”? ¡Has venido tú solito!
Le aguanté la mirada durante un puñado de segundos, sin parpadear.  Al final, fue él quien se tuvo que retirar para volverse a apoyar sobre la ventanilla del coche. Eché la cabeza hacia atrás, triunfante, aunque sabía que no había sido una victoria ni mucho menos.
—No, chérie, no he “venido yo”. Estoy aquí porque tú me has convocado. Y como cualquier otra cosa que haya salido de tu cabecita, ahora soy tu responsabilidad. No puedes lavarte las manos tan fácilmente: si no puedes asumirla, ya sabes lo que tienes que hacer.
“Sí, largarme de aquí antes de que acabe loca del todo” pensé mientras buscaba con la mirada un taxi que no aparecía.
—¿Loca? No tendría por qué ser un problema —dijo lentamente, bajando el tono—. De hecho, podría ser una ventaja. Una visión privilegiada —abrí la boca para protestar pero me calló con un simple ademán de su mano blanca—. Sí, lo sé, no es algo con lo que frivolizar. Pero si hay algo que necesitas, que necesitamos, es una sensibilidad y entereza excepcionales. Tú tampoco estás por encima del sufrimiento, real o fingido, innato o precipitado… tienes que atravesarlo, y dejar que las llamas te consuman hasta la médula, pero no como un medio para renacer luego, sino por la mera transmutación a ceniza.
—Deja de leerme el pensamiento, es muy incómodo.
Su cara se iluminó, como si esperara el comentario desde hacía tiempo
—No “te leo el pensamiento”. Más bien diría que estamos en sintonía, y que me llega la elaboración que vas haciendo de tus sentidos y tu psique… siempre y cuando esté en un lenguaje que pueda entender —se quedó pensativo un momento, luego sonrió y continuó—. Tu también podrías “leer” mi mente, con la actitud adecuada. No “leerme”, qué demonios. Más bien “pensarme”. Yo realmente no pienso, ya sabes : «C'est faux dire ‘Je pense’, on devrait dire...
…’on me pense’». “Alguien me piensa”. Sí, ya lo sabía… pero no sé si me veo capaz y con derecho a hacerlo.
Una bocanada de aire dobló la esquina e hizo un vórtice de las hojas muertas en la acera que se habían secado lo suficiente como para dejarse llevar. Luego subió como una enredadera desde sus zapatos desgastados hasta su expresión hierática de Gioconda esculpida en cera viva.
Tu me penses. Literalmente.
Y justo allí, sólo un paso más allá de la frontera con lo figurado, esas cuatro palabras me atravesaron. Tal cual. Dejaron mi silueta dibujada sobre la pared a mi espalda,  interpuesta entre el relámpago y el papel fotográfico, y se escribieron mediante perforaciones de mis órganos. Saliendo de mi cuerpo y mirando hacia atrás, pude verlas: trazo a trazo, el punto final y el maremágnum de colores, texturas y formas, sonidos y olores orbitando alrededor de ellas (¿era eso de lo que él hablaba, de la consonancia de frecuencias?). Acerqué una mano para tocarlas, pero se escurrieron por la yema de mis dedos como un pez resbaladizo.
Al parpadear ya no estaban. Sólo aquel chico, saturnino y con ojeras, y yo. Sacó de su bolsillo un reloj, y extendiendo la cadena plateada, y lo consultó con calma.
—No le des más importancia de la que tiene —musitó mientras volvía a guardarlo y giraba la cabeza hacia el final de la calle. Al zumbido de un motor de combustión que se aproximaba—. Se ha hecho demasiado tarde. Espero haberte sido de ayuda para aclararte las ideas… o al menos, haberlas enredado de manera productiva. «La vieillerie poétique avait une bonne part dans mon alchimie du verbe» —fue diciendo mientras se incorporaba y se dirigía la bocacalle, dándome la espalda—. Sólo que ahora yo soy la antigualla poética. Y la alquimia del verbo, es la tuya: ya tienes los elementos, así que dale uso.
Mientras iba hablando, sus palabras me bombardeaban en la cabeza. De alguna manera su imagen íntegra se disolvía en el sonido para desplegarse detrás de mis ojos, hasta la última coma. De pronto todo encajaba.
No iba a dejar que se fuera diciendo la última palabra, así que llené el cargador y disparé mi último cartucho:
—¿Siempre entrecomillas tus propias citas?
 Paró en seco y giró la cabeza. Unos pocos grados. Sólo lo suficiente para mirarme de reojo y regalarme un cuarto de sonrisa.
—Nunca lo he hecho, pero a ti, señorita… más te vale hacerlo.
Antes de que el aura de los faros del taxi llegara a rozarme los tacones, él apoyó el bastón sobre su hombro como un soldado prusiano, recorrió sin prisa el adoquinado, dobló la esquina, y desapareció.
Me levanté como pude con las piernas entumecidas, abrí la puerta a tientas y me senté en la desgastada tapicería. Musité un “buenas noches” y mi dirección, a lo que la cabeza en el asiento delantero se limitó a asentir y ponerse en camino. Al recorrer la calle y cruzar la perpendicular, miré hacia donde aquel chico se había ido. Ni un alma en toda la avenida.
¿Y qué se supone que tengo que hacer tras una vivencia como esta?
—Disculpe —dije al final, apoyando los antebrazos sobre el respaldo delantero—, ¿tiene un bolígrafo?