Google+ Taller de Escritura Creativa de Sevilla: Homo escritorus, Joaquín Planelles

Homo escritorus, Joaquín Planelles


Desprecio lo binario. Lo binario es insensible, lo binario es radical. Letanías de ceros y unos, como quien reza un rosario. ¿Usa gafas? ¿Lleva sombrero? ¡Zas! Un uno.
Frente al “ser o no ser” reivindico el derecho a ser sólo un poquito. Ser a medias. Ser a ratos, en un cierto grado de aquella manera. Frente al blanco o el negro declaro y defiendo que existe la escala de grises, con sus infinitos tonos intermedios. Frente al cero y el uno, los números racionales y los números imaginarios con innumerables coordenadas posibles dentro del intervalo unidad. Pues ¿Qué es la virtud sino un punto de equilibrio entre dos vicios opuestos?
Escritor o no escritor: dicotomía, determinismo, clasificación. ¡Zas! Un uno, titulado en caligrafía.
La Clasificación Nacional de Ocupaciones reserva el epígrafe 251 a los “Escritores y artistas de la creación o de la interpretación”. Los contadores contando a los cuentistas. Y he aquí el retrato robot: en el último censo 76 mil personas fueron clasificadas dentro del epígrafe 251. De ellos, la gran mayoría cursó estudios universitarios. Trabajan menos horas remuneradas que la media y son más jóvenes.
Leo esta descripción y dudo: ¿Sólo debe ser considerado escritor quien obtiene una remuneración por ello? ¿Debe ser el mercado quien juzgue? Hoy sé que el mercado nunca fue una masa anónima y democrática. La mano que asigna glorias y ruinas no es ni inocente ni invisible, sólo permanece convenientemente oculta en un pútrido laberinto de intereses. Yo ya no compro este cuento: crecí y perdí la máscara. Sé que en el mercado hay actores con capacidad de decisión-persuasión-imposición. Editoriales, medios de comunicación. La agencia de calificación trocada ahora en agencia de clasificación. ¡Qué genio del transformismo!
Visto desde el mercado un escritor es quien obtiene la mayor parte de sus ingresos en el ejercicio y venta de la escritura. De las opciones para discriminar entre escritor y no-escritor, esta me resulta de las más detestables. Y no porque la considere la peor, sino porque siempre me ha incomodado hablar de dinero. Privilegios de niño-bien.
Y afortunadamente no se ha inventado aún la licenciatura en escritura, porque esto sí que me enerva. De todas las formas de identificación de artistas que imagino, la posesión de diplomas o títulos habilitantes me parece la peor, la más esterilizante. ¿Hay algo más aterrador y anti-artístico que la palabra “conservatorio”?
Frente a los procesos de evaluación externa, reclamo incorporar al algoritmo de búsqueda de escritores la vocación del sujeto. Es escritor quien cree serlo. Frente al mercado, que identifica como escritor a quien está ocupado-remunerado, creo que tiene derecho a considerarse escritor quien ocupa su tiempo y sus ganas en la tarea de escribir.
Es más, en lo que a mí respecta creo que en pleno siglo XXI, imbuidos como estamos en tecnologías de la información y la comunicación, podemos considerar al hombre como Homo escritorus. ¿Acaso no nos encontramos todos alguna vez como narradores de nuestra propia vida y de lo que pasa a nuestro alrededor?
En definitiva, ¿qué cualidades específicamente humanas facilitan el arte de urdir y plasmar historias? Yo creo que la principal de todas es eso que los antropólogos llaman “observación participante”. Es decir, la observación desde dentro, compartiendo con los investigados su contexto, experiencia y vida cotidiana. De ese modo, se obtiene una imagen empática y sensible de cómo son sus vidas. Evidentemente los escritores no se desplazan físicamente a las comunidades en las que viven sus personajes, pero sí se produce una traslación imaginaria a su mundo.
Así visto, los Homo escritorus son la versión intuitiva de las ciencias sociales.