Google+ Taller de Escritura Creativa de Sevilla: Necronológicas, Isabel Pérez

Necronológicas, Isabel Pérez


1990

Aquí yace una esponja palpitante,

engendrada por fauna de vidrio pero incubada por dragones sin alas. Mientras me lamían las heridas, escupí alquitrán y lodo y tuvieron a bien llamarme “viva”. Marte y su ariete de aire comprimido embestían las ventanas, reclamando lo que les pertenecía, pero llegaban demasiado tarde: el pajarillo que canta sobre la laguna ya había consumado mi bautismo. Y desde entonces, la glándula exocrina de lava tuvo su reservorio natural bajo la tráquea, y el hacha de guerra un nido entre las mantas. Ni un pulso más alto que el anterior, ni aullidos sin luna llena: sólo era un saquito tibio de almíbar y

flema.

1993

Aquí yace una muñeca desmadejada,

mientras la diminuta alma de mi hermano se incinera bajo la luz del sol. Huimos al sacro santuario bajo la mesa camilla y los árboles hechos láminas abrieron sus anillos, espantados. Gritaban “¡Brotes tiernos, hojas henchidas! ¡Sin mácula, sin semilla!” y nos astillaban los pulgares al intentar callarlos. Planeábamos sobre una carcajada histérica para dar con un buen escondrijo, pero los mejores sitios estaban ya cogidos: debajo de la cama, un solo brazo pútrido; dentro del armario, un arlequín drogadicto; en los espejos en penumbra, la misma insignificante imagen, en intoxicación constante de azúcar y

verbo.

1996

Aquí yace la reina de plastilina,

grandilocuente como un desfile militar de mayúsculas, aguda como una chincheta oxidada atravesando una rodilla. Mi séquito y yo aporreamos la puerta de la bruja, pero para cuando quiso asomarse no quedaba nadie con quien jugar una partida de Bridge o a quien cocinar a la parrilla. Sin honor y sin lema, teníamos una bandera pero la usábamos de paracaídas (cuando nos inmolamos como kamikazes hasta que el manto de picas bajo los pinos nos hizo jirones las entrañas). El Club del Plastidecor Azul, con su jerarquía turbia, liturgia cándida, y rituales heredados de antepasados

bárbaros.

1999

Aquí yace una hija de castores

con síndrome de abstinencia del barniz sobre la madera mística. He sacado brillo a los suelos de mármol con las perneras y sonado la nariz a los ángeles de piedra, y para qué, si las trompetas estornudan el mismo vaho gris haga lo que haga. Por entrar sin llamar en las catacumbas, el sumo inquisidor me mandó copiar setenta veces siete “No santificarás en vano a tu padre falso sobre todas las cosas”. Luego se echó a dormir en una hamaca, y sus orejas de Mickey de plástico, temerariamente cerca de los candelabros, empezaron a licuarse y fluctuar amorfas sobre la capucha de

seda.

2005

Aquí yace una oruga irascible

con serios problemas de claustrofobia. A medio transfigurar, en parte anátide, en parte hipopótamo rosa chicle con aspiraciones a maestro del camuflaje. Rumiando la dominación mundial a escala doméstica y quemando a base de flashes baterías de litio (guardándolas en el penúltimo cajón, por si algún día hacen falta para un guiso). A las autoridades locales no les debió de hacer ninguna gracia, pero ya sabes lo que dicen: “Cría cuervos y aprenderán física cuántica para tontos, cocina tailandesa o latín a nivel de usuario; y entonces tal vez ya no quieran volver nunca más a

casa”.

2008

Aquí yace una pirómana aficionada.

Por donde pasa no vuelve a crecer la hierba, arrasando los campos de centeno que pisa, y que luego baila y baila sobre las cenizas, mitad Charleston mitad danza de la lluvia. Y aunque apenas llueve, los periodos de barbecho ascético siempre acaban por alumbrar a una o dos amapolas, arrebatadoramente salvajes y fieras (las rosas no se mezclan con el vulgo, las margaritas son francamente memas y las violetas unas maníacas depresivas). Ellas no se dejan atar en manojos encorsetados, o exprimir por las últimas hojas de mi diccionario. Saben lo que les conviene y nunca llaman a mi

puerta.

2012

Aquí yace el brillo seco

en los ojos de una anatomista tras su turno de noche. Enfundada en un blanco impoluto, omnipotente: una tesis doctoral de quita y pon, lavable a mano o a máquina. Al trote y al galope, detrás de la sapiencia hecha carne, llenándome los bolsillos de mensajes cifrados de los soviéticos y llevándome en el dorso de las manos el tacto y aliento ajeno (destilado de alma humana que ninguna solución de base alcohólica puede arrastrar consigo). Si alguien pregunta, no hay gota de bilis que escape de mi visión ultrasónica. Qué irónico… descubrir mis dotes histriónicas al servicio de esta

charada.

¿?

Aquí yace para luego levantarse

la mano que mece la pluma; asesina, forense, juez y enterradora (no necesariamente en ese orden, ni necesariamente de la misma persona). Madre amantísima de sus hijas, incluso si le salen neuróticas, indescifrables, grotescas o regularmente cuadriculadas: todas tendrán un vestido bonito por Navidad y cumpleaños, aun a riesgo de malcriarlas. Aun a riesgo de hacerme la mártir, renuncio a cualquier poder sobre ellas, y me abandono al suplicio sin epidural de traerlas al mundo. A sabiendas de que ninguna va a volver bajo la lluvia hasta mi tumba para mimetizarse en mi

lápida.