Google+ Taller de Escritura Creativa de Sevilla: ¿Hubiera pedido Flaubert, si hubiera vivido en nuestros tiempos, un cambio de sexo para ser finalmente Madame Bovary?, Anar Reina

¿Hubiera pedido Flaubert, si hubiera vivido en nuestros tiempos, un cambio de sexo para ser finalmente Madame Bovary?, Anar Reina

Preguntábase en ese momento si la laca fijadora de su bigote sería suficiente en eficiencia como para no desentonar entre tanta hombría ¡Qué petulancia! Ocupaba tiempo entre sus pensamientos la armonía en el estar, especialmente, entre todos los médicos que a su alrededor se encontraban. A fin de cuentas, aún era un gentleman, y así iba a trabajarlo hasta el último momento. Estaba preparado para comenzar a ser mujer, Emma ya vivía en él desde hacía mucho. Se habían esbozado en un solo corazón a fuerza de entrelazarse y alborozarse en confindencias. Allí, sobre aquella camilla, bajo la observación de médicos residentes que no querían perderse la ocasión, tendría lugar la conjunción de almas en un mismo cuerpo. Bisturí, anestesia lista, camilla XXL. Invaginación procurada. Esos doctores habrían de hacer una verdadera descojonización.
Emma siempre había pensado que Gustave, ese mismo que ahora estaba sobre la camilla, era el hombre más especial de la tierra. Jamás ni un indicio de la virilidad que ostentan muchos hombres, ni eludir si quiera a ese poderío del que presumen algunos, de tan dudoso origen. Un hombre increíble a sus ojos bovarianos. Tal vez su mamá, siendo aún él bebé, jamás le hubiere dicho eso de: ¡qué cojones más grandes tiene mi niño! Y es que esas frasecitas pueden dejar impronta mayúscula, más de uno hay acomplejado…..Y eso que dicen que la memoria del niño es limitada.
Gustave gustaba de la justa palabra……tout a la medida….Él mismo se fascinaba de su egocentrismo, le daba continuas patadas a la medida aúrea. Sólo de pensar en cómo sería ser mujer, físicamente una mujer, se estresaba. Temía que al mirarse las tetas, mientras caminaba, pudiera ponerse bizco, bueno después de tanta operación, bizca. Y es que quería caminar hacia la perfección.
La entrega, el sacrificio eran sus principales armas, como una gran Madame. Desde pequeño ayudaba a su madre en la hora del té, a untar los panecillos con mermelada de albaricoque. Ella siempre le hablaba entre tanto, de los miles de sufrimientos que le hacía pasar su marido, su aburridísimo marido. Vamos, el padre de Gustave. Él siempre oía con las orejas sordas la parte que correspondía a su padre. Lo cierto es que no recordaba haber cruzado más de una veintena de palabras con él. Pero su madre, su discurso almibarado, su entrega al sufrimiento y la desdicha, le hacían disfrutar con prohibitivo gozo aquellos momentos en que ella ni se percataba de su pequeño interlocutor. Un interlocutor al que se le cruzaban los hilos ya fríos y cortantes del almíbar que quedaba en suspenso. Gustave acabó comiéndose a mamá. La llamó Bovary y se convirtió al bovarismo con todo su cuerpo y alma.