Google+ Taller de Escritura Creativa de Sevilla: La merienda, Marianela Castilla

La merienda, Marianela Castilla


Se esforzó más y más, hasta que finalmente, logró colarse entre dos barrotes que se le habían resistido desde que decidió entrar en aquél lugar.

Su empeño tenía que ver con entrar en una casa abandonada: la que habitaba la protagonista de una antigua historia de un antiguo amor.

Anduvo obsesionado con la idea de encontrar sus cartas allí. Si tan poco le importó él al final, poco le importarían aquellas cartas. Estarán allí, pensó.

Aquél lugar se le había resistido desde que ella, después de unos cuantos años juntos le había dicho que no quería verle más. Así, sin más. Justo en el momento más dulce para él. Cuando el amor que, primero no sentía por ella, se transformó en amor que sí sentía y se juntó con el amor que se le acumulaba cada día que pasaba sin verla.

Así, iba haciendo acopio de cantidades ingentes de amor dulce que se le salía a borbotones por los ojos, por los poros... por todo el cuerpo se le salía el amor sumado de un día más otro y otro sin verla, mientras la esperaba para regalárselo todo. Pero el día en que la vio, ella, Clara, le dijo adiós.

Tuvo que quedarse todo el amor, entero para él, porque ella no lo quiso más. Juan tuvo que arrancarse los restos de amor que tenía desparramados por todo el cuerpo. Tuvo que comérselo con el orgullo y con todo lo que tenía de valor. Tal fue la indigestión que aquello le provocó que estuvo ausente de esta vida por mucho tiempo.

Recuperado, repuesto y bien, como no podía ser de otra manera —ya se lo decía su abuela--  comprobó, con la primera sonrisa que esbozó y con la que notó su vuelta al mundo terrenal, que algo había cambiado, le faltaba, había perdido y se preguntaba si no se lo habría comido para siempre con el amor....

La idea de atravesar aquellos barrotes empezó a obsesionarle desde que supo que ella había abandonado la casa. Desde entonces acudía cada día ante ella.

Habían sido fuertes en otros siglos esos barrotes, pero el tiempo les había llovido, abrasado, gritado y friccionado tanto que ahora presentaban un aspecto menos gallardo, más humilde, más relajado, como resignado. 

Descubrió, como en todo, el punto más débil y atacó por ahí. A paciente no le ganaba nadie. Después de morirse por morirse, sin morirse, desarrolló una paciencia impropia de nadie de este mundo, proporcional a su obcecación. 

Limó, cada día un poco, los barrotes por la base hasta que los notó bailar. Aflojó la voluntad del hierro y del hermetismo de aquél lugar. Hirió un poco el orgullo de los barrotes y de aquella fachada que siempre se le antojó soberbia y altiva.

“Si entra la cabeza, entra el resto del cuerpo”. Recordaba Juan la frase que siempre decía su amigo de la infancia. Una regla, cierta y básica, pensó.

Se esforzó y se coló, primero la cabeza y luego el cuerpo. Entró al jardín. A uno de los lados, donde estaba la puerta principal, vio la hilera de diez leones morados del tamaño real de un gato, que él regaló a Clara en uno de los aniversarios, cuando tan ilusionada estaba con la casa a la que se acababa de mudar. Entonces, él no la amaba tanto --recordaba ahora con desdén-- pero cuánto habían disfrutado luego mirando aquellos leones horteras desde la ventana, confiando en que un día de lluvia aliviara un poco aquél chillido morado que exhalaba la cerámica de los animales.

Ahora parecían querer ir tras él. “No os querría tanto ella cuando os dejó ahí”, pensó mirándolos fijamente, mientras sintió un rasguño leve de nostalgia.

Se dirigió a ventana de la cocina, que nunca logró arreglarse. Sin mucho esfuerzo logró colarse y accedió a la casa.

La cocina, el salón, el cuartito de papel pintado..todo estaba como lo recordaba, aunque sin los pocos muebles de ella y cubierto con una espesa capa de polvo que Juan no tuvo ningún interés en quitar de ninguna superficie... ni de ningún interior.

Subió las escaleras de barandilla blanca de madera, sobre la que tantas veces se besaron cuando tampoco lo que sentía por ella era para tanto...subía lentamente, mientras el arañazo de la nostalgia volvió a atacarle, esta vez, con más fuerza.

Al llegar arriba se mareó. Se agarró a la puerta del dormitorio principal que tantas noches agotaron, cuando tampoco la amaba tanto...donde él lo dio todo sin importarle que un mordisco de ella lo matara.

Buscó entre los pocos muebles que quedaban. En una cómoda que dejaba ver bajo el polvo la pintura a rayazos desiguales de un beige decadente y madera oscura encontró la caja de sus cartas. Las que durante cinco años había dirigido a Clara. Algunas tomando la iniciativa, otras como respuesta a las palabras escritas de su amada. Allí estaban años de amor, comunicación, conversación, incomprensión, desasosiegos, anhelos...¿cómo era posible encontrar allí todo aquello, ahora ausente?

Allí estaban sus cartas, apiladas, sin orden y sin cuidado, como esperando aún ser clasificadas atendiendo a algún criterio. Algunas fuera de sus sobres, otras en sobres que no les correspondían.

Su cuerpo tembló. Se recordó allí, en un inicio incierto y luego desvelado en un fin que le volvió a horrorizar de la misma manera, como si no hubieran pasado los años que desgranaban las cartas.

Tuvo la tentación de leerlas todas. Las miró por encima. Su mente jugaba a relativizar el tiempo y su vida atrás. Se preguntaba si habría cambiado la realidad haber elegido otro comienzo para la carta que tenía delante, o haber elegido otra palabra para el saludo. ¿Habría sido otro el destino si no hubiera puesto ese final? ¿Habría sido distinto de haber citado otro poema?

Tuvo la tentación de leer más, pero paró. Una parte de élestaba ahí. Se sentó sobre el colchón que estaba en el suelo, desamparado de toda noción acogedora. Arrugó la cara y la carta que tenía entre las manos, abrió la boca y empezó a comérsela lentamente, masticando cada letra, cada palabra. Cada una le arañaba el cuerpo y el alma al entrar. Repitió esta operación con las cartas que había en la caja. Las engulló todas. Sin discriminar. Se tragó más de una factura de la luz...y no paró hasta comerse entero su pasado.

Exhausto y extrañamente saciado de sentimiento, de pasión, de azúcar y amargura, de risas de vaguedades, de hastíos, de dudas existenciales, de tinta y de papel... cerró los ojos. Estaba completo.

Vio bajar a Clara y acercarse. La vio acariciarle el rostro, le vio derrochándole una ternura jamás experimentada antes ni con Clara ni con nadie, la vio mirarle con unos ojos conmocionados y eternos, la vio besarle primero en las mejillas y luego en los labios. La vio irse derretida en el calor del fuego del beso. Y la escuchó decirle “no pudo estirarse más, pero existió”.

Juan dejó morir esa parte allí. Se levantó y se fue más ligero de cuerpo y alma, tan incompleto como entró. Pero existió.