Google+ Taller de Escritura Creativa de Sevilla: El adiós, Rosa Salinas

El adiós, Rosa Salinas


Sólo escuchó un sonido. Era aire que aspiraba de su interior. El frío metal entre sus piernas empujaba y debería doler, pero apenas sentía nada. Estaba oscuro tras sus párpados. El silencio interrumpido por un incesante goteo. Entonces, recordó. El olor aséptico del quirófano, la grave y distante voz del doctor:
                -Todo ha terminado. Dormirá por unos minutos, y luego a casa.
                Y voló, voló alto, alto. Desprendiéndose de su cuerpo que quedaba allí abajo, cansado, inerte.
                Un muelle suelto en la espalda la rescató a ese nuevo lugar. Era más cálido, aunque persistía ese olor. Continuaba en la clínica. Ahora estaba en la habitación del principio. Donde se quitó minutos antes el pantalón y la ropa interior para ponerse la bata verde de papel que  llevaba. Sintió una punzada de dolor en el vientre. Ahora sí apretaba, a pesar de estar hueco ya por dentro. De nuevo los párpados se le hicieron pesados y su cuerpo ausente. No tenía brazos, ni piernas... Volaba con su mente a otro lugar, a la calle oscura y de noche.
               
                El frío calaba los huesos por las rendijas que no cubrían las solapas del abrigo y de las mangas que no alcanzaban a las manos huéspedes de los bolsillos. Andaba apresurada, nunca le había gustado caminar sola de noche pero tuvo que hacerlo ese día, había trabajado hasta tarde. El sonido de sus tacones era hueco por la acera mientras sus ojos exploraban otros que le hicieran compañía en el camino. De repente sintió que había alguien más, la impresión de ser observada en la distancia. Apresuró los pasos, ya escuchaba a los del cazador. El bello se erizó en señal de defensa. La saliva apenas pasaba por su garganta. La sensación de sequedad en los labios.
                Más cerca, los volvió a escuchar. Fuertes, enérgicos, más rápidos que los suyos, intentaban huir y no ser atrapados. Pero los de él, insistían. La cogió por la cintura, con dureza y rabia. Una mano en la boca para acallar el  auxilio. Contra el suelo, notó el crujido de su pómulo y la barbilla contra el asfalto. Era pesado y olía a alcohol. Su garganta estaba seca, sólo capaz de pronunciar el más inútil de los  silencios. Forcejeó durante minutos, horas le parecieron, pero ya estaba dentro. Intrépido, palpitante, asqueroso. Se vació en su interior y el calor le recorrió todo el cuerpo; su lengua ahora gustaba al salado de las lágrimas que caían de sus mejillas. Entonces, se relajó y fue cuando lo vio. Alto, rubio, joven.
                Él se marchó.
                El sudor seco la hizo temblar de frío y tiritó. Le dolían las piernas, la cara le palpitaba por los golpes y allí, donde ahora sentía vergüenza.
                -Señorita, ¿está despierta?-
                Lo estaba pero ya no le dolía la cara, ni los dedos tras las uñas, ni la espalda... Su cuerpo no se sentía dolorido ni amoratado como hacía semanas. Ahora sólo sentía ese dolor constante en el pecho. Abrió los ojos y reconoció a la enfermera.
                -Ha dormido una hora tras la intervención. Tome el informe y está dada de alta. Puede vestirse.
                El tacto del papel era como cualquier otro pero en él podía leer el adiós. “Intervención Voluntaria del Embarazo IVE. Posología próximos días... “ Bla bla bla... Dejó de leer. Ya lo sabía, el dolor sería cada vez más intenso. Empezaba a notarlo, sentía un flujo caer de su interior . Sería sangre, estaba caliente, los restos de lo que él le dejó.
                Como a cámara lenta, se vistió mientras veía su imagen reflejada en el espejo. Se sentía espectadora de una película que no había elegido, pero el reflejo del cristal le hacía entender que era la actriz protagonista. Se observó igual que siempre, los mismos ojos, la misma piel... pero con recuerdos nuevos. Ya en la calle notó que por sus mejillas caían sin gobierno las lágrimas de la vergüenza, las lágrimas del adiós.