Google+ Taller de Escritura Creativa de Sevilla: Kaspar sabe historias, Valentin Tritschler

Kaspar sabe historias, Valentin Tritschler


I

Kaspar sabe historias, ni uno de los niños aquí las entiende. Los adultos, de todos modos, no le visitan nunca, suelen esperar en algún sitio cercano y de vez en cuando levantan la vista – anteojos oscurecidos tras una revista multicolor – o interrumpen sus charlas por un instante para echar un vistazo a los niños como si desconfiaran de Kaspar.
            Y los niños no entienden las historias, ésas de los príncipes tan jóvenes y las doncellas tan bellas, de los lugares lejanos llenos de camellos parlantes, de los oasis que susurran y las estrellas tristes que alguien colocó algún día en la cortina de la noche para que su luz les alumbre el camino a los amanentes....
Todos los vientos de este mundo alguna vez pasan por aquel lugar donde está el buen Kaspar, y traen consigo todas las historias que jamás se ha contado. Él las conoce todas, los del sur, del norte, del este o del oeste, si soplan unos vientos sobre Kaspar y su pueblo, siempre dejan un cuento o dos y también él revela uno con placer, mandándolo al viaje.
            ¿Por qué no escuchan los niños?, se pregúnta Kaspar, ¿por qué no entienden? Había un tiempo maravilloso cuando incluso los adultos y ancianos me escuchaban atentamente como cautivados, contentos, así como si hubieran sido ellos los héroes y las heroínas de mis historias... Y de verdad, era así. Pero hoy Kaspar ya no sabe que decir sobre estos niños que se sientan a su lado, y aún menos se le ocurre algo sobre los padres. Y con cada grano que le tráen los vientos a Kaspar crece la comprensión de que les deberá pasar igual a todos los otros en el mundo que son como él.
Mientars soplan los vientos el mar le lame los pies a Kaspar, tritura las rocas, mola las piedras y cosquillea los granos; trabaja y juega, y a vezes, con un poco de suerte arroya una perla.


II

Los niños ya no entienden las historias, no escuchan cuando están sentados ahí con palita y excavadora en los manos perdidos, sin saber qué hacer con ellos. Donde antes, en la espalda gigantesca de Kaspar crecían mundos fabulosos, donde sus cuentos parecían hacerse realidad por medio día o a lo mejor un poco más, hasta que se los coma el viento, no les ocurre otra idea a los niños que a cavar unos agujeros horriblemente profundos o amontar unas colinas toscas y tan altos que se marea Kaspar. Y estas gargantas y serranías ya no desaparecen después de un rato como antes, llevados por el viento y el mar, no, a Kaspar le parece una eternidad que perseveran. Resistan hasta que vengan otros niños, perros, aplanadoras para finalmente derribarlo todo. El dolor de Kaspar. Heridas que se rompen otra y otra vez, llenas de la propia sangre coagulada...
            Por todo esto se pone inifinitamente triste Kaspar. Ya no son tan coloreados y alegres sus cuentos como antes, ya siempre gana el mal al final y desanimadamente murmulla para si mismo cuando le visitan los niños; da igual, de todas maneras no vienen por él o su farfulla estúpida.
            Quizás debería intentar escapar de aquí, se piensa Kaspar un día. Pero naturalmente sabe que sería imposible, no importa cuánto se esforzara. Además no tendría sentido porque en todos los otros lugares le esperaría lo mismo como aquí en este sitio al lado del mar donde hay muchísimos niños, sobre todo en verano, y donde en el fondo le gusta tanto estar a Kaspar.
            Aquí es allí es allá. No se puede huir Kaspar, su tarea es contar historias y él conoce el mundo de los cuentos y los cuentos del mundo, debe quedarse entonces, debe. Quiere luchar por la atención y el amor de los niños, igual cúanto dolor le causarán, él se quiere quedar. Pero, ¿qué hacer? Kaspar se controla: Investiga. A partir de ahora solo pide las historias más recientes y exitosas que se cuentan en el resto del mundo y así se forma una idea de la situación actual. ¿Qué es popular en las filas de los jóvenes?, ¿Cuáles temas les mueven?, y ¿cómo funcionan tensión y entretenimiento hoy en día?
            Tal vez tengo que dejar atrás mi estilo de contar, se dice Kaspar, pues, es verdad que se ha cambiado mucho en el mundo recientemente. Está claro que ya no apasiono a nadie con mis chismes seniles y románticos, ¿no?



III

Kaspar realmente es un buen cuentista, por eso después de un tiempo no le cuesta mucho transmitir estos Styles’n’Stories tan ajenos. Así que después de poco tiempo ya aparecen más y más niños para escucharle. Aunque al principio le pique un poco su concienca, el número creciente de oyentes se le hace imposible parar a Kaspar quien ahora está como achispado y orgulloso como nunca. Cada día vienen de visita más niños, ahora que cuenta de cosas explotandos, de los tíos que las volan y de las armas que utilizan los tíos para volarlas. Son numerosos los visitantes y más frequentemente que nunca se sientan al lado de Kaspar quien tan satisfecho de sí mismo se extasia ante las cosas que hace explotar, ya no sabe adónde con todos los escombros. Bajo la impresión de su teatro tampoco se da cuenta de que los niños solo le están escuchando con los ojos, impresionados, bañados en su virtuosidad, sin preocuparse qué hacer con los propios manos – ¡Hombre! Antes eran mejores las cosas, Kaspar. ¿No te enteras que ya no hacen nada? Nada de palacio de sueños, tortuga monstrua, bosque encantado y –
            ¡Basta! – Kaspar está rehabilitado, Kaspar sabe historias que gustan y a él le importa un pedo qué contar porque resplandecen los ojitos cuando los chiquillos están con él. Cada vez inventa más historias cuando le acarician las olas, nunca en la vida le hubiera occurido un plot cojonudo como éste y también lo que le trae el viento toma formas tan inesperadas...
Pues, ahora se le coge el gusto a contar de chicas con ropa ligera, chicas con las caras de strawberrydonots y con las tetas como sombretetes de fiesta de cumpleaños y con los culos como... – ¡DA IGUAL!, no importa  con sólo que sean culos y pechugasgordogigantes, bocas que se comen pollas, pollas que se buscan rendijas asustadas, perras chillandas y cojones cachondos, todo en color, en 3D a lo mejor y ojos de niños que podrían babosear si solo lo podrían, Kaspar, Kaspar, ¡por fin! ¡Por fin estás en el business otra vez! ¡Hombre,  qué tío eres! Cágate en tus príncipes jóvenes con su doncellas de cabra, los babosos camellos y los oasis de palique, naturalmente salvo que el príncipe sea

Obsequiado con una
PORRA DE POLLA DE CAMELLO
(fast-motion)

venido a barnizar los oasis lascivos de todas, todas, todas
TODAS las doncellas en el palacio,
¡hasta romperseles las caderas!


IV

Si, si, respira, querido Kaspar, lo lograste. Los niños otra vez vuelven a vivir tus historias, solo de manera un poco retrasada: No cuando están contigo, tus granos en las orejas, sino en su camino a casa, en el patio de la escuela, ahí se acuerdan de lo que tengan que hacer, si, de repente hace ¡bing! y otra vez crean mundos, hechos consumados como lo hacían antes, con manos y pies. Solo un poquitín diferentemente.
            Y los adultos, ¡también ellos vuelven a pasar su tiempo contigo! ¡Reunes familias enteras!, te escuchan otra vez, mientras que tu narras como loco. Se podría decir que te la pasas perfectamente, o ¿qué te parece a ti, Kasparcito?
            Bueno, no será tan malo, se piensa Kaspar... Y durante la noche el viento le rasca suavemente la espalda, granito a cambio de granito, y el mar le acaricia los pies...

V

Kaspar sabe historias, ninguno de los niños realmente los entiende pero son de suspense, eso si.
Bueno, claro, de vez en cuando Kaspar ansia de repente el tiempo aquel cuando él todavía contaba sus historietas abobadas y cuando todos los niños y adultos se sentaban a su lado para crear con unos mundos fascinantes con las historias en las orejas y los manos.
Pero casi no se recuerda de todo eso. ¿Como era entonces?, en estos tiempos tan pasados, cuando todo era mejor, como se suele decir. Más que estos tiempos nebulosos y irrecuperables desea reanimar solo una cosa: El dolor que, no hace mucho, se le hacía sufrir, cuando nadie entendía lo de que estaba hablando, pero cuando esta falta de comprensión todavía dejaba su testimonio furioso en su espalda: heridas de cráteres desgarrados y cadenas de colinas atormentandas.
Hoy se ha volvido adicto el pobre Kaspar. No anhela nada tanto como este poquito de dolor. ¡Qué sean tanques, bombas, navajas estos malditos críos de mierda!, pero ellos solo le miran tontamente cuando vienen para escucharle contar y no hasta se han largado estalla algo en sus cráneos...

Kaspar sabe historias y él siempre ha sido un reflejo de sus historias, ya no hoy. Nadie le da el dolor del cual narra, el que necesita tanto. Sin embargo. Sobrevivirá un poco más, para siempre; su obligación es contar historias.