Google+ Taller de Escritura Creativa de Sevilla: Mi lugar, Marianela Castilla

Mi lugar, Marianela Castilla


Una habitación cuadrada. El espacio vacío se calcula peor que lleno y, a juzgar por todo lo que alberga mi cuarto, no está nada mal de tamaño.

Vivo ahí apretada, he vuelto hace casi un año y ya me gusta, se me ha vuelto a hacer cómodo este espacio vital del que disfruto. Mi reino, ahora que me encuentro a gusto en él. Lo prefiero al salón, donde pierdo intimidad y concentración.

Mi cuarto está lleno de recuerdos de mi vida primera aquí y completado con los que se dejó mi hermana tras su paso por él y lo que ha traído mi prima porque no le cabe en el suyo. Así que, entre las cosas que guarda, hay aún pocas cosas nuevas que sean mías. Las que hay están tan apretadas como las demás, se han tenido que adaptar: es lo que hay le dicen los demás objetos. No nos pensamos ir de aquí.

Bueno así lo asumí yo al llegar, pero ahora quiero mejorar este espacio. Quiero sentirlo más mío. Ponerlo a mi gusto y comodidad, porque ahora he dejado de invernar y estoy empezando a pensar que debo vivir.

Pero la labor se resiste. Nadie quiere llevarse sus objetos. Éstos parecen haber adquirido aquí un sitio propio por derecho. Si decido mover una carpeta con apuntes viejos que de poco sirven a su dueña, mi hermana, y, por tanto menos a mi, se me vuelve una labor, si no imposible, bastante ardua y casi eterna en el tiempo. A saber: entre la decisión de quitar torres de papeles de las estanterías y la comisión del hecho, median entre tres y cinco meses.

Además hay manuales sobre una materia que no interesó a mi hermana, más allá del año en que estuvo estudiando peluquería y estética, por causas que el resto de la familia desconoce. Por volumen, vistosidad, y lugar de privilegio en la biblioteca, parecen definir con claridad que, como poco, quien habita esta casa o quien duerme en este dormitorio, tiene una gran afición por peinados, imagen, técnicas de maquillaje y tonos de tinte. Nada más lejos de la realidad, hay elementos que confunden, apariencias que engañan y un escaso interés por rectificar este hecho.

Tan férrea es la voluntad de su dueña en no hacerse cargo de estas cosas –como si quisiera olvidar su pasado diría yo-- que los objetos parecen haberse imbuido de la misma, se resisten a ser quitados de las estanterías, mesas y bajos de cama y cuando me pongo firme y lo hago, me encuentro, como dibujado, bien marcado, el lugar que ocupaban cada una de esas cosas en la superficie sobre las que estaban. A veces, ni la más dura sesión de limpieza con productos específicos ha logrado borrar del todo alguna que otra huella de la permanencia, durante una década, de una carpeta en una estantería.

Sigo apretadísima. Para desalojar hacen falta una cantidad de horas que me da vértigo de calcular y un esfuerzo considerable, que me fatiga de sólo imaginarlo. A veces pienso que la que se resiste soy yo. No sé, quizá por esos miedos al cambio, a romper inercias, estas cosas que funcionan a nivel inconsciente.

Pero quizá nunca le he dado tanta importancia al espacio vital. Ahora, como paso algo más de tiempo en él, empieza a preocuparme...y lo tengo que arreglar. De todos modos me encuentro a gusto aquí. Me gusta como huele, porque ya no se fuma aquí dentro, y se mezcla el olor del suavizante de la ropa que apilo sobre la cama antes de guardarla, con el de mi crema de coco.

La estantería es de madera oscura, fuerte, irrompible. Pero su tono me transmite emociones lúgubres a veces...menos mal que el cuarto es alegre y las colchas de las dos camas, de un verde manzana vivo, hacen lo suyo, como el blanco de las paredes y el tono miel de la madera del armario empotrado y la ventana con tapaluces. Sí, en general yo diría que es un cuarto alegre.

En el armario hay ropa que se manifiesta ocho meses después de haberla buscado por todo su interior, y haber abandonado la búsqueda a pesar de mi absoluto convencimiento de que estaba dentro. Para qué quiero yo ahora la camiseta gris de rayas de maga corta que busqué como una loca para ponérmela un día de marzo de esos en los que descubrirse los brazos bajo el sol resulta tan placentero. Pues viene a aparecérseme ahora la camiseta.

Esta convivencia de ropa de invierno y verano, así como un pequeño zapatero metido en el armario me genera también más gastos. Tuve que ir a comprar unas zapatillas de invierno nuevas porque las mías, no aparecían...hasta que compré las nuevas, claro. Eso ocurre por una teoría que inventó un tal Murphy y siempre se cumple.

Escribo por igual en la cama y sobre el escritorio. Últimamente lo hago más en la cama. Es más tarde cuando me pongo a escribir y el regalo de mi cumpleaños fue una especie de mesita portátil, pequeña, ideada para colocar el ordenador o un cuaderno mientras una está tranquilamente recostada en la cama o el sofá. Para mi es un buen invento, además de que está decorada con una tela que tiene dibujos de perritos de diferentes razas. Muy tiernos, eso me ablanda un poco, me invita a ponerme cómoda, digamos que es ya un artilugio de esos a los que tanto cariño se le cogen por sencillos, hogareños y confortables. Le estoy dando uso. A esta mesita portátil, le acompañaba, también como regalo, una mantita azul mar intenso, de un tacto muy suave, que uso a la par que la mesita decorada con perros.

Si voy a la cama con la mesa, voy con la manta y si me muevo al sofá, la manta viene también. Como ambas cosas me las regalaron juntas, yo, de momento, las uso juntas. La manta es otra de esas cosas a las que se le coge un aprecio especial, sin las que la vida en el hogar no sería lo mismo.

Escribir en la cama es un placer, aunque el sueño aparece antes, claro, con todos los elementos facilitando el sueño...hay que ser muy tozuda para resistirse.

Cuando escribo sobre el escritorio, tengo menos distracciones, pero más prolongadas. Hay un espejo enfrente, sobre la pared, con el que me encuentro sólo con levantar un poco la mirada y alzar el cuello. Ahí me quedo un rato colcándome el flequillo una y otra vez hacia un lado y hacia otro, tiempo perdido del todo, porque nunca consigo tener claro hacia dónde me resulta más favorecedor. Cuando llego a esta conclusión, me he perdido del hilo de la historia o ejercicio que escribía.

A veces, sentada frente al escritorio, lo que me distrae es mirar hacia la derecha. A unos centímetros está la estantería, atestada. Me llaman la atención esquinas de fotos, papelitos y tarjetas que sobresalen desde el fondo de las pilas de libros, entre sus huecos...desde el lugar en el que se colocaron con el convencimiento de que allí serían encontradas nada más apareciera la necesidad de rescatarlas...

¡Ja!¡Años! han podido pasar ahí en un lugar impensable de la estantería, bajo libros, encima de ellos, entre ellos!, hasta que yo las he descubierto...algunas esquinas de esas tarjetas son postales antiguas de distribución gratuita que yo cogía de cafeterías y bares sin saber ahora por qué, quiero decir, sin encontrar ahora el significado de porqué las recogí y decidí guardarlas, o quizá no fui yo quien las cogió...al tirar de otras esquinas aparecían fotos antiguas, que recuerdan una etapa bonita de mi vida, pero que, por las pintas, tanto mía como de la la compañía retratada, hubiera sido mejor no sacar más a la luz. Otras descubrían post-it antiguos con notas que dicen: “te ha llamado tu madre. Que dice que no le has dicho si te gustó la carne que te hizo. Y que te compres el hierro”.

Iba a hacer ahora un inventario de todas las cosas que hay en mi cuarto, pero temo que la lista se asemeje tanto a la de un bazar que eso amenace el concepto de confort que tengo ahora de mi lugar preferido en este momento, se vuelva feo y hostil y eso me obligue a irme a dormir al sofá.