Google+ Taller de Escritura Creativa de Sevilla: Ruido, Cecilia Parra

Ruido, Cecilia Parra

¡¡¡Boomm!!!
Un petardazo en los oídos. Como si hubieran prendido la mecha justo detrás de las orejas y hubiera estallado el
mundo lentamente...Y de repente: el silencio. La oscuridad.
Me alejo.
Los ruidos de sirena se confunden con este pitido insolente. Tomo conciencia de mí. Creo que estoy debajo de agua.
Buceando. Buscándome.
Las voces a mi alrededor van y vienen, como si fueran tan gruesas que no consiguieran atravesar el aire.
Mis oídos se apagan, se cierran. Nada.
-Es un milagro que aun respire- Dice una voz de mujer.
Alguien llora a mi lado.
Un ruido metálico –el pomo de una puerta que gira-. Ésta que choca contra algo, y entra un silbido de viento.
-Aun hay que hacerle más pruebas, pero os puedo adelantar que el resultado no va a ser positivo- Dice la voz de un
hombre. Una voz con prisas, como si deseara salir de aquella estancia.
- ¡¡¡Shiiii!!! Puede oírnos.
-No. No puede.
- ¿Cómo lo sabe? ¡No la conoce!
Empiezo a darme cuenta de lo que está ocurriendo. Un flash y otro, y otro. Imágenes que vienen y desaparecen a
mucha velocidad, para acabar en un estallido...
Quiero gritar. No puedo. Quiero moverme y salir de allí. Tampoco puedo. Por más que peleo no gano ni una batalla...
¡Me esfuerzo tanto...y consigo...nada!
Pero un momento: ¿quién está inflando algo a mi derecha? ¡Que pare ya! ¡No estamos para jueguecitos...! ¡Oh, no!
Ahora caigo: ¡es el respirador artificial...! Sube y baja. Sube y baja...
La puerta. Un escalofrío. Oigo mis vellos que se erizan. Gente que pasa. Un carrito es empujado...debe llevar algo de
cristal (platos, o vasos...). Un niño que se escapa de su madre “Jhonny, por ahí no”. Se vuelve a cerrar, esta vez con
estrépito. El cristal de la ventana tiembla. También lo hace cuando en la calle pasa un autobús, o un camión.
- ¡Mírala! No debió conducir con este tiempo. Me parece la voz de mi padre.
- Ya no importa. Dice alguien.
- Señora, nos tenemos que llevar a su hija, vamos a hacerle más pruebas, a ver si responde a estímulos...-Anuncia una
voz de mujer, probablemente una enfermera-.
Otra vez ruedas por el suelo, pero esta vez no llevan cristal. Las sábanas crujen. Oigo un deslizar de un peso muerto
(¡Ah, seré yo!, me estarán cambiando de camilla para llevarme a otra habitación).
-¡Cuidado! Así, bien. Poco a poco. Ya está, dice una voz femenina. Debe tener unos cincuenta años. Suena a experiencia. A templanza.
El pomo. La puerta que cruje, el silbido del aire. El traqueteo metálico de ruedas que tropiezan una y otra vez con las
rendijas de las losetas. Alguien pregunta por la habitación 213. Nos paramos. Debe estar cansada, porque su
respiración se ha vuelto más rápida. CLINK! Ah, puertas que se abren. Puertas correderas. El ascensor.
Vuelvo a escuchar el clink y el sonido de las ruedas girando. De nuevo me lleva mi tren...
- ¡Adela!, le dice alguien a mi maquinista particular.
Adela se para y comenta algo imperceptible con un hombre. La voz de él me hace pensar en alguien que ha dormido
poco y fumado mucho la noche anterior.
- Venga, princesa, te vamos a meter en un tubito que nos va a decir cómo te funciona el coco....no vayas a moverte,
eh. Jejeje.
- Imbécil. Pienso.
- Hombre, por dios. Un poco más de respeto...Le espeta Adela.
Adela, no me dejes con este tío, que seguro que va fumao. Con la suerte que tengo, fijo que muevo un dedo y el idiota
este no se da ni cuenta...Quiero gritarle, pero no sale nada.
Me han movido de sitio. Suena a silencio. De repente un leve pitido intermitente. Algo se cierra. Un motor empieza a
girar. Tac, tac, tac, tac....- es el mismo sonido que hace el láser cuando me depilan...- tac, tac, tac... Es un “tac”
metálico y con eco....Las turbinas se paran.
El imbécil hace algún tipo de esfuerzo. Suspira. De nuevo, las ruedas. Reconozco la voz de Adela: “Ya está?”, y la
del imbécil “Ya te la puedes llevar. Cuando esté el informe yo mismo lo bajo. ¿Cómo está tu hijo? ¿Volvió ya del
viaje de novios?” “Siii, me trajo....- la voz de Adela se vuelve tierna-...bla, bla, bla”.
Mi mente está tan cansada que quiero desconectar. ¡No me interesan vuestras vidas! ¡Llevadme de nuevo con mi
familia! ¡Sacadme de aquí!. A alguien se le cae un fajo de papeles. Risas.
Vuelvo a oír el “clink”, las puertas correderas y el traqueteo de mi tren sobre losas con baches.
“Eres mi vidaaaaa y mi muerteeeee....”. Adela está contenta.
La voz de mi madre viene hacia mí. Pero no habla conmigo. Esas voces me resultan familiares (y tanto).
- ¿Cómo ha ido? ¿Ha respondido a esos estímulos?
Sonrisa exhalada de Adela. Pero ni una palabra.
- Aún deben traer los informes y vendrá el doctor a hablar con ustedes. La dejo aquí. Esperen.
- ¡No le pellizques!, lo mismo le haces daño... Y tú ¿Qué miras tanto?
- A ver si mueve un dedo, o algo...Se han visto casos...
- ¡Qué va a mover!.
De nuevo la puerta. El aire que entra y no sé a dónde va. La voz que saluda del hombre ocupado, esta vez más
pausada. Alguien que pregunta. Silencio. Alguien que llora.
Imagino que el doctor sólo ha movido la cabeza de un lado a otro, con una mueca de compasión en los labios.
Eso no lo puedo oír.
Eso no hace ruido.