Google+ Taller de Escritura Creativa de Sevilla: Allá donde las ideas fluyen, Cecilia Parra

Allá donde las ideas fluyen, Cecilia Parra

El aire huele a flores blancas, la mesa tiene la altura adecuada y la silla es la más cómoda que
se puede desear. No existen ruidos inapropiados, sino cantos de pájaros y repiques de
campanas lejanas. Todo está en orden. Incluso Pelusa parece que respeta mi espacio y se
tumba tranquila junto a mí, esperando a que lea en voz alta mi último escrito.
La luz entra por la izquierda. Hasta la luna cambia su movimiento, con tal de que yo me sienta
cómoda. La copa de vino a la mitad –me gusta verla medio llena-, y nunca faltan unas pipas
saladas que llevarme a la boca.
Tengo una rutina que no me parece automatismo, sino rito. Mi rito sagrado para invocar a las
musas (que sé que no existen pero me gusta llamarlas así). Todos los días escribo, no importa
en qué, ni sobre qué. Las ideas fluyen en mi cabeza y siento la necesidad de vomitarlas.
Algunas veces enciendo el equipo de música y sale jazz. Justo el sonido que quiero. Puedo
aguantar el cigarrillo en la boca mientras con las dos manos me manejo perfectamente al
escribir en el teclado.
Es un piso dentro de un panal de pisos, en pleno centro de la ciudad. Parece que ese panal estuviera en medio del campo, en la calma más absoluta…
Cuando termino de pensar en ello, aterrizo en la realidad. Renazco en mi salón, en mi piso de 60 metros, que forma parte del panal de pisos en medio de la ciudad ruidosa, con su enjambre de personas chillonas y coches humeantes y alborotadores. Mi vecina de arriba anda de acá
para allá –no sé si es peor que se deje los tacones o que vaya descalza-. Él pone a Phil Collins a
toda voz, su “melodiosa voz de rata” me retumba en los oídos. Para tranquilizarme enciendo
un cigarrillo que se consume en el cenicero si tengo la suerte de concentrarme y escribir.
Me cuesta, sí. Me obligo, pero me cuesta escribir en ese caos. Mi rutina se limita a dos días a la
semana, obligándome a pensar en algo que tenga sentido.
La silla no es incómoda, debo comprar varias de una vez por todas–que llevo un año aquí-,
pero tampoco es suficientemente alta para la mesa nueva. Los dos focos del techo regulables
no alcanzan la intensidad de luz que necesito. Le he dado ya cien vueltas a la mesa, buscando
el lugar adecuado. El vino se acaba y me muero de hambre (es difícil escribir antes de la cena).
La paloma no deja el gorjeo, se me mete en los oídos. Tanto inflar la garganta... A ver si
explota.
¡Se jodió! La puñetera gata tiene la manía de subirse al teclado y tocar con sus patas la tecla
necesaria para que todo se borre. Se escapa el escrito. De nuevo a empezar. Me invade un olor
a flores….Será el ambientador.