Google+ Taller de Escritura Creativa de Sevilla: Carta para un crítico, Noemí Vallecillos

Carta para un crítico, Noemí Vallecillos

Precisamente fue en el Hércules donde leí su artículo. La revista cultural y gratuita Bombilla estaba en el revistero junto a la máquina de tabaco  como una bomba sin desactivar. Pasé las páginas distraída mientras esperaba mi desayuno y tarareaba Les Feullies Mortes de la Greco, hasta que reparé en su columna sobre mi novela.
No he tenido el dudoso placer de conocerle en persona, Don Justo. El editor no adjuntó una fotografía a su artículo de la revista. Si hubiera tenido la oportunidad de mirar su rostro, quizá, la decisión que he tomado, y que a continuación le detallaré, no se hubiera producido. Quizá en sus facciones, o en la desproporción entre ellas, hubiera encontrado algo grotesco que me hiciera infravalorarle. Quizá tuviera usted bolsas oscuras bajo los ojos, de esas que se forman de tanto asumir responsabilidades. O puede, que tuviera los labios finos y apretados de esos hombres impermeables, que si les hablas muy de cerca, o con gran sinceridad, se tensan y huyen acobardados de su permeabilidad. Esta otra posibilidad, me hubiera enternecido. ¿Y si por el contrario, el supuesto retrato hubiera mostrado uno de esos hombres de ojos separados, dispersos, y mirada viciosa? Sí, de esos que dan oportunidades laborales o económicas a las nenas si se dejan agarrar por el pelo para arrodillarlas y hacerles engullir su pequeño apéndice de viejo verde. No me hubiera asqueado, más bien, hubiera sido una explicación creíble a la dura crítica que escribió usted para mi novela. Pienso que un hombre que ejerce su dominación follando, puede también hacerlo humillando a secas. Sobre todo si no se le somete ninguna mujer de forma voluntaria. Ojalá fuera así, ojalá no llevara razón. Una putada que me haya convencido. Pero mejor me dejo de especulaciones, demasiada literatura para alguien como usted. La cuestión es que mi enemigo, mejor dicho, mi verdugo, no tiene rostro. Se parece al miedo abstracto de la ansiedad. ¿Le parece, Don Justo, todo esto demasiado histriónico y dramático? Normal, es su trabajo.
Tampoco tiene usted  la culpa de todo, aunque sí es cierto que me da un familiar placer  eso de conseguir que se sienta culpable.
Le contaré lo que pasó antes de que yo leyera su artículo. Pero por favor, recuéstese en el sillón setentero de su anticuado despacho y, con perdón, permítame que me lo imagine así. En mi situación sería despiadado negarme el capricho. Relájese y lea sin intención crítica. Si no es mucho pedir, Don Justo.
Me enamoré por primera vez con treinta y tres años, posiblemente usted no sepa todavía qué es eso. Fue un amor violento, como una tromba de agua que deja los coches rotos  y apilados al final de una cuesta, y a las vecinas y tenderos  achicando agua durante días y peleando con sus aseguradoras. Una tromba que descuartizó las calles de un pueblo del sur, poco preparado para estos fenómenos de la naturaleza. Un amor húmedo, que arrastró todo lo que no estaba bien anclado, que se llevó consigo capas y capas de pisadas dejando el cemento tan desnudo, que el suelo daba vértigo. Aquí empezó todo y acabó (casi) todo.
Cuando ese amor terminó, experimenté algo así como “la pérdida del presente”. Mi cabeza y mis sentidos nunca más fueron capaces de estar donde físicamente se encontraban. Se hallaban ocupados versionando una y otra vez la misma historia, removiendo el mismo potaje aunque ya oliera a quemado. Mi atención no vivía el ahora. Tenga usted en cuenta, Don Justo, que la carencia de presente es la ausencia de pasión. O la pasión por la muerte.
Mi falta de atención, mi tristeza y mi abandono de por aquel entonces me trajo otras desastrosas consecuencias. Perdí mi trabajo de vendedora de Gas Natural a puerta fría. Los pocos días que iba a trabajar y llamaba a la puerta de un posible cliente, mi cara desencajada a través de la mirilla debía asustarles, y no me abrían. Las puertas se habían transformado en muros. Y después de haber subido a ese puto quinto sin ascensor bajaba derrotada para volverme a casa. Tufo de buzones llenos de publicidad. Volvía con una pequeña ilusión de que el sofá, los porros y la catatonia de la telebasura me distrajeran o me acabaran adormilando. Pero luego llegaba a mi casa, y ese escozor de no estar bien en ningún lugar del mundo y en ningún momento del tiempo infinito, me hacía recurrir a los somníferos.
El sueño tampoco era un descanso. Mi cerebro dormido era como los supermercados cuando se van los clientes y se quedan los empleados limpiando y reordenando las estanterías. Mis sueños eran reestructuraciones de la memoria, estanterías que se vaciaban y se llenaban constantemente de él. Aparecía de pronto, peleábamos, ganaba él, ganaba yo, perdíamos, follábamos, nos reconciliábamos, las explicaciones eran válidas sin lógica. Pero cuando llegaba el momento en que él me daba la mano, o yo apoyaba mi cabeza en su hombro, y el tacto invalidaba  todas las posibles palabras, entonces, yo despertaba. Y amanecía la pesadilla otra vez.
Cuando abría los ojos toda mi casa me acorralaba. La humedad se comía las paredes y la ropa sucia y limpia andaba por el suelo. Sobre la mesa del salón había clínex sucios de meses, bolsas del chino, el portátil mordisqueado de impaciencia, restos de comida prefabricada, ceniceros llenos de colillas, papeles de fumar,  pequeñas piedras de hachís dispersas, vasos pegajosos, tallitos de marihuana, tabletas de orfidal vacías, libros y libretas, cáscaras de pipas,  botellas de aquarios rellenas de agua ya caliente… Sobre la mesa estaba yo, esperando que todo se fuera de una puta vez al carajo.
Sin embargo, un día, garabateando en una de mis libretas, escribí una cosa casi sin darme cuenta. Lo escribí con un pilot azul en letras mayúsculas: ESCRIBE, ENTIERRA, VIVE. Tres palabras, un compás de tres por cuatro, y de repente, el ritmo volvió a florecerme entre las teclas. ¿Recuerda usted la tragedia de Chernóbil, Don Justo? Los valientes operarios de aquél holocausto fabricaron una especie de bunker bajo tierra para los residuos radiactivos. Los sepultaron bajo cemento y tierra, y allí, se quedaron aletargados. Pocos días después muchos de esos trabajadores murieron carcomidos por el cáncer, aunque este último dato es innecesario para lo que quiero contarle. El caso, es que yo, aprendí a hacer lo mismo que los operarios muertos. Escribí para enterrar. Fabriqué un bunker de palabras para que todos los residuos dañinos se quedaran allí. Volví a ser yo, porque siempre fui así. O lo fui antes de él.
Desde chica, cuando no entendía algo, recogía, una tras otra, las palabras esparcidas  a mis pies, y las conformaba en frases. Si después de esto, seguía sin comprender, volvía a mezclar las palabras  y las ordenaba otra vez dándoles una forma distinta. Tras repetir varias veces el mismo proceso, al final, era capaz de pensar como el resto de los mortales. Por eso escribir, nunca me pareció duro o pesado. Igual que los otros niños coleccionaban estampas de la Pandilla Basura o calcomanías de los Phosquitos, yo, escribía una frase tras otra como quien respira. Y pensaba.
Quizá pueda usted creer que seguir todo este proceso cada vez que se piensa, además de una pérdida de tiempo, es muy lento para llegar a una conclusión. Pues tiene razón, la gente se preguntaba incluso si yo no sería retrasada. Era incapaz de seguir el ritmo de los demás niños de la clase. Esta especie de conciencia de inadaptación que me provocaba este desfase, casi se difuminó al terminar la EGB. Había aprendido, entre comillas, a adaptarme a lo que me rodeaba. Pero aquel desfase permaneció en mi interior para siempre. Como una pantera sin voz entre la maleza. Y aquí viene mi tesis provisional, Don Justo. A menudo, tomo conciencia de mi identidad en forma de palabras. ¿Sí? ¡Pues sí!
Pero cuando lo conocí a él, tuve que dejar de escribir. Para seguirle tuve que aligerar al máximo mi equipaje. Incluso el acto básico de pensar, se convirtió en una carga demasiado pesada.
Creo que me he distraído un poco del tema, Don Justo, no se lo vaya a anotar en su libretita, por favor. ¿Por dónde íbamos? ¡Ah, sí! Le estaba relatando que empecé a enterrar escribiendo para poder vivir.
Al principio no fue tan fácil. Tenía la cabeza atiborrada de todo los residuos radiactivos que tenía que escribir. Imágenes, escenas, gritos, besos, despedidas, llantos, piel, olores… Estaban vivos en mi cabeza, lanzando destellos cegadores. Podía oír cómo gritaban: “¡Escríbeme!” No era capaz de separar lo relevante de lo innecesario. Cada gesto tenía gran importancia, cada frase que nos habíamos dicho podría haber sido una clave del puzzle. Además, cuando me sentaba ante la pantalla de mi ordenador e intentaba traducir todo aquello en palabras, me daba cuenta de que se perdía algo vital. La historia no cristalizaba, quedaba reducida a pedruscos. Y yo, no llegaba a ninguna parte.
Pero poco a poco, aquel intermitente golpecito de teclas, con el paso de los días, y una insistencia inusual en mí, (inconstante por naturaleza), dio paso a un  rápido e ininterrumpido galope. El sonido era el de un caballo que no paraba de correr. Libre. Y yo iba montada en él, desnuda, dibujando una sonrisa luminosa con el pasar de cada página escrita.
Y la terminé. Terminé gloriosamente mi primera novela. Mi primer logro, únicamente mío. Trescientas tres páginas. Nueve meses a horcajadas sobre el caballo de mi historia. Mi primera novela. Mi bunker. Yo.
Mi casa se había vuelto limpia y luminosa. Olía a incienso de vainilla. Sonaba a Juliette Greco, Tom waits, Rubinstein. Sabía a piel salada propia. Y luego, vino lo del premio en aquel concurso local de novela corta,  y el brillo sustituyó al mate. Aquella sensación de muerte, de tufo de buzones llenos de publicidad, había desaparecido. Paseaba por la calle Feria, compraba fruta, me paraban los amigos de los que me aislé para una cerveza. Reía. Abrazaba. El chino de la tienda me regalaba caramelos. Notaba cada modulación del aire en mis brazos.

Con el dinero del premio pude ponerme al corriente de mis rentas atrasadas. Ya no temía las llamadas a la puerta por la mañana. Ni miraba a un lado u otro del portal por si venía mi casera. Me levantaba, me duchaba en mi limpio cuarto de baño, encendía la vainilla, me ponía rímel. Sonreía. Salía a la calle con las primeras brisas vírgenes. Caminaba sobre los adoquines de la Alameda hasta llegar al Café Hércules. Pedía zumo de naranja, café y tostadas. Abría el libro de turno y leía. Alguien me interrumpía para saludarme, se sentaba conmigo, pequeñas conversaciones sin retaguardias. Lo que me rodeaba también brillaba. Fue increíble, Don Justo. Todavía sonrío al recordar esa etapa tan feliz que acabó hace menos de tres semanas. Sonrío al recodarlo, a pesar de este sueño eterno que me está entrando.
Su crítica era breve y tajante: “De lágrima demasiado fácil, esta novela digna de salones de peluquería y aptas para dependientas de El Corte Inglés, convierte a Corín Tellado en Joyce, por agravio comparativo. Encantadora señorita Mara Cartier, mejor dedíquese a los post de Facebook”. Bunker destruido, peligro.

Tengo mucho sueño, Don Justo, siento acelerar así el final. Con esta cantidad de lormatazepam y orfidal no pued


Fuente: http://cuadrivio.net