Google+ Taller de Escritura Creativa de Sevilla: Marisopsas en el epigastrio, Isabel Pérez

Marisopsas en el epigastrio, Isabel Pérez


Yo no soy, ni mucho menos, un hombre de estómago.
Hay personas que pueden aguantar estoicamente la mirada cuando el carnicero les desmiembra el conejo para el arroz, pero yo no soy de esos. Cuando nació mi hijo Carlos duré dentro del paritorio treinta y cinco segundos contados, y si por pocas no me tienen que poner la epidural a mí.
Se entiende entonces que cuando mi médico de confianza y amigo de la mili, el doctor Federico Acosta, me dijo que ese bultito que tenía en el cuello había que quitármelo, lo primero que hice como ente racional fue acojonarme y preguntar cuántas horas me quedaban de vida.
—¡No, hombre! —Fede siempre ha sido muy de mover las manos al hablar como una vieja napolitana—. Si esto te lo quitan en un rato, con anestesia local, sin dormirte ni nada. Mira, te voy a mandar recomendado a un amigo mío, a ver si te puede buscar un hueco…
 Pero por muy tranquilizador que intentara sonar, después de firmar cuatro papeles en los que a grandes rasgos se lee “No nos hacemos responsables en caso de mutilación o muerte dolorosa” uno llega a casa y hace lo que cualquier otro ente racional: buscar fotos de la operación en Google para acojonarse el doble. Y vaya si me acojoné. Por suerte yo a Fede lo quiero como a un hermano, y si me jura y perjura por su madre que voy a salir del quirófano de una pieza, yo le creo, que para eso tiene estudios.
Total, que llegué con más pena que vergüenza al hospital en horario de tarde, donde fui despojado de mi dignidad y mi ropa para enfundarme en un batín ridículamente corto y tumbarme en una mesa de operaciones fría como el infierno en enero.  Una enfermera diminuta me estaba embadurnando con Betadine a brochazos  cuando el anestesista se acercó con una aguja del tamaño de una jabalina olímpica homologada.
—Dígame que eso lo utilizan para montar las brochetas de pollo.
—No me preocupe, sólo es un pinchacito —mintió aquel sádico mientras me apuñalaba tres veces—. Ya está, yo estaré allí dentro, si empieza a molestarle algo dígalo y vendré enseguida.
…Y se fue. Con el iPad debajo del brazo. Y yo con media cara que me empezaba a ARDER, acordándome de todos sus muertos hasta la quinta generación. Menos mal que la enfermera volvió a darme una capita de antisépticos, y parecía tener ganas de charla… y una voz de ratilla que se me clavaba en el cerebro.
—¿Es la primera vez que se opera?
Ji —la mitad de la mandíbula me empezaba a responder regular. Buena señal. No habría que interrumpir al anestesista en mitad de su café, de momento.
—Oh, pues no se preocupe por nada. Es una operación sencillísima, y el doctor Gutiérrez es… bueno, ya lo verá. Un artista.
Fui a contestarle pero lo único que me salió fue un chorro de baba, así que dejé a la muchacha que siguiera a lo suyo, sacando y metiendo tubos, colocando los instrumentos de tortura que (a Dios gracias) quedaban fuera de mi campo visual.
Al rato llegó el tal Gutiérrez, y la verdad es que a primera vista se le veía un tipo muy competente. Alto, con las patillas bien recortadas, la mascarilla perfectamente centrada. Con buena planta. Claro que después de todas las cañas que me he tomado con mi amigo Fede, no iba a mandarme operar por cualquier mamarracho. El cirujano se acercó a la enfermera para ponerse los guantes, y cuando ella se dio la vuelta pegó un respingo.
—¡Macarena! ¿Cómo es que estás aquí, no te habían pasado a ginecología?
A la chica le faltaba dar saltos en el sitio.
—Sí, pero he pedido que me volvieran a mandar aquí. Y bueno, hoy no me tocaba estar de tarde, pero me enteré que usted estaba de guardia y le cambié el turno a Claudia.
—Pues una alegría que me das, el servicio no era lo mismo sin ti…
No me gusta interrumpir a dos profesionales en mitad de su trabajo, pero es que de verdad que se me fue la saliva para donde no debía y empecé a toser como un descosido.
—Bueno… Joaquín —dijo Gutiérrez mirando por encima mi ficha mientras se ajustaba los guantes—. Usted es amigo de Acosta, ¿verdad? No, no hace falta que responda ¿Le molesta esto?  —se me acercó para toquetearme el cuello, y yo negué con la cabeza—. Muy bien, terminaremos enseguida. Macarena, bisturí frí…
Pero Macarena ya tenía preparada aquella cuchilla de cercenar gargantas.
—Vaya, qué eficiencia. No es que tenga nada en contra de Claudia o de Javier, ya sabes, pero no tengo que decirte quién es mi instrumentista favorita —y no sé si fui yo, que con los focos en la cara empezaba a ver borroso, pero para mí que le había guiñado un ojo.
“Esto no está pasando”.
La enfermera saltimbanqui, feliz como una perdiz, acercó el aspirador y empezó a salir mi sangre por el tubo translúcido.
—Si se marea no mire —me dijo el cirujano sin apartar la vista de lo suyo—. Y dime, Macarena, ¿cómo te va todo? ¿Qué tal con ese… Joshua, Jonathan, como se llame?
—Johnny. No, lo dejamos la semana pasada.
—Uy, no me digas. Bisturí eléctrico.
—Pues sí —dijo la muchacha acercando algo parecido a un bolígrafo con cordel, como los que hay en los bancos para que ningún desaprensivo se lo lleve—. Estaba harta de darle una oportunidad tras otra. Es el tío más inmaduro que ha pisado la tierra.
—¿Te lo dije o no te lo dije?
En ese momento empecé a escuchar un zumbido y ver por el rabillo del ojo una columnita de humo que me salía de debajo de la mandíbula. Cerré los ojos, pero el olor a mi propia carne quemada me llegó hasta la nariz y tuve que volver a abrirlos. Si me marcaban como a una vaca, por lo menos quería supervisar el trabajo.
—Ay, ya lo sé, doctor, que me lo ha dicho mil veces. Pero es que… —empezó a decir la enfermera.
—Que me llames Julio, y no me trates de usted, que no soy tan mayor. Gasa —el zumbido paró y pude dejar de aguantar la respiración—. Te dije que ese tipo era un sinvergüenza y que tú merecías mucho más. Después de todo lo que me contaste que te hizo, no sé ni cómo no lo mandaste con su puñetera madre hace ya tiempo. Es que me lo encuentro por la calle y le parto la cara a hostias. Tijeras.
—No te pongas así, si la culpa es mía, por ser tan tonta.
—Tonta no, mujer. Errores cometemos todos, y si no mírame a mí.
—Es verdad, ¿cómo va lo del divorcio?
—Pues imagínate. La muy zorra no se ha conformado con quedarse con el apartamento y con la custodia de la niña —el cirujano empezó a dramatizar gestualmente con unas tijeras abiertas en la mano, justo encima de mi cuello expuesto—. Ahora dice que la mitad del chalet de la playa es suyo, y atrévete a decirle que no a la Margaret Tatcher y a la sanguijuela que se ha buscado de abogado.
Aunque prefería con mucho que continuaran la conversación cuando no hubiera instrumentos cortantes cerca de mi piel, opté por no moverme ni gesticular, no fuera que se le escapara un tajo donde no debiera.
—Aquí no se la conocía precisamente por sus buenas maneras. Lo cierto es que nunca me cayó muy bien. Ni yo a ella.
—Envidia insana, es lo que te tenía. A ti y a cualquiera que no le rindiera pleitesía o que no estuviera tan amargada como ella. Mosquito sin dientes —yo esperaba que la enfermera le acercara un bote lleno de bichos, pero en lugar de eso sacó unas tenacitas diminutas—. La verdad es que me está costando mucho tirar para adelante, pero creo que ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida.
—Eso te iba a decir, que a pesar de todo… se te ve como más vivo, más contento, qué se yo.
—Vivo por primera vez en años, Macarena. Estoy deseando acabar todo el papeleo y pasar página de otra vez. Pinza con dientes.
—Dicho así, es que suena tan fácil… Ojalá yo pudiese tomármelo con tanta filosofía, y olvidarme de todo, y salir, y empezar de nuevo…
—¿Y por qué no lo haces? —el doctor paró un momento de hacer lo que dios quiera que estuviese haciendo con mi piel y se quedó mirando a la enfermera.
La chica, ruborizada desde el borde de la mascarilla al gorro de quirófano, se quedó congelada aspirándome la sangre con un ruido desagradabilísimo. Yo miré a la puerta por si aparecía el anestesista, para pedirle que por favor me durmiera del todo y no tuviera que tragarme el culebrón entero mientras me estaban mutilando. Pero no cayó esa breva.
—Pero… ¿el qué?
—Pues eso mismo, que ya basta de lamentarse. Si quieres salir, sal. Por ejemplo, ¿haces algo esta noche?
—N-no. Bueno, tenía que planchar la ropa y llamar a mi madre, pero no tengo por qué hacerlo hoy.
—Pues déjalo para otro día porque ya tienes plan —Gutiérrez se aclaró la voz y levantó las manos con el instrumental, como si fuera un director de orquesta, con un pedazo de piel asqueroso colgando—. Pon esto en formol para Anatomía Patológica. Y ponme una sutura del 2, vamos a cerrar ya —luego se dirigió a mí, hablando muy alto y despacio—. YA CASI HEMOS ACABADO. TODO HA IDO PERFECTAMENTE.
“No, si lo que es oír, te llevo oyendo una hora estupendamente”, pensé, pero no me atreví a intentar siquiera decirlo en voz alta. Sólo moví ligeramente la cabeza para indicar que sí, que me había enterado y todo era gozo y felicidad.
Empezó a coserme la herida, pero yo sólo podía ver la aguja por aquí y el hilo por allá. Estaba bastante hasta las narices de ese señor, pero había que reconocer que se daba su maña (aunque lo mismo era mi impresión, que no sé ni coserme un botón y todavía me parece magia lo que hace mi madre con el dobladillo de los pantalones).
—Corta —dijo el cirujano tirando del hilo.
—No, corta tú —le respondió la enfermera, muerta de risa.
—Noooo, corta tú —le contestó el otro siguiéndole el juego.
“¿Es que aquí nadie tiene ganas de irse a su casa?”
Después de un rato así, al final quedaron en cortar cada uno un extremo y aquí paz y luego gloria.
—Bueno, ya está —me dijo Gutiérrez quitándose los guantes, desde la puerta—. Ya le avisarán con los resultados de los análisis. Los puntos se los quitarán en su centro de salud de aquí a una semana, buenas tardes. Y hasta luego… Macarena.
—Hasta luego, Julio —canturreó la muchacha guardando todos los cachivaches.
Yo estuve allí tumbado hasta que vino el anestesista a rescatarme, sacudiéndose las migas de la merienda.
—¿Qué, cómo ha ido todo?
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