Google+ Taller de Escritura Creativa de Sevilla: El cazador y la presa, Isabel Pérez

El cazador y la presa, Isabel Pérez


Estás respirando demasiado alto, demasiado fuerte. Lo intentas controlar, pero sólo consigues ahogarte. Se te ha olvidado cómo se respira sin pensar. Inspira, y luego espira. Escuchas tu corazón intentando salirse del pecho. Desearías que se callara de una vez antes de delatarte.
Te inclinas hacia delante lentamente, a oscuras, entre los abrigos de mamá. A tu madre no le gustaría que estuvieras allí dentro, ensuciando la ropa con tus zapatillas llenas de barro… pero ella no está aquí para decirte nada. Pones el ojo que no tienes vago en la cerradura del armario y miras a través: desde ese ángulo apenas ves el cabecero de la cama de tus padres. Agudizas el oído y no oyes nada, sólo un pitido continuo en tus oídos, la sangre fluyendo por tus sienes, el tic-tac del despertador en la mesilla de noche, un pájaro lastimero cantando fuera de la ventana. La habitación suena a vacía, y tu corazón se calma un poco dentro de tus costillas.  Piensas que a lo mejor ya se ha encontrado a uno de los otros, que tal vez no venga a por ti esta vez. Que a lo mejor todo ha acabado. El vestido de lino de tu madre te hace cosquillas en la nuca. Hace tanto, tanto tiempo que no se lo ves puesto…
Oyes los pasos acercarse por el pasillo, demasiado pesados para ser sólo de un niño. La puerta cruje al abrirse. Y luego silencio. Aguantas la respiración. A través de la cerradura ves una mano que levanta la colcha y vuelve a dejarla en su sitio. Otra vez silencio. Cruzas los dedos para que no se acerque a ti.
Los pasos se alejan, y cuando dejas de oírlos sales del armario sin hacer ruido. Cierras la puerta tras de ti y reptas por debajo de la cama. Hiciste bien en no meterte  antes, pero has aprendido a moverte para sobrevivir. Sabes que las plantas que esperan a que se las coman… se las comen. Sin más. Tienes una herida en la rodilla izquierda, y duele al arrastrarte.
Cuando apenas si has metido los pies debajo escuchas más pasos y se te congela el pulso. Pero son pasos cortos, pequeños, sigilosos pero torpes, que se paran junto a la puerta.
—Guille —susurras.
Y tu hermano pequeño se agacha para mirar por debajo, con esos ojos tan grandes que le hacen parecer siempre asustado.
—Soy yo, ven —dices y levantas para que entre—. ¿Dónde está Carlos?
—En el desván —contesta Guille demasiado alto, mientras acurruca su diminuto cuerpecito a tu lado entre pelusas.
—Ssssshhhh —empiezas a chistar.
Pero oyes otra vez los pasos. Largos. Tranquilos. Pasos de alguien a quien no le preocupa que le oigan desde lejos. Guille está respirando demasiado alto, demasiado fuerte. Le tapas la boca con la mano y no se queja. Piensas que alguien mayor debería taparte la boca a ti también.
Y los pasos se acercan a ti. Y rodean tu refugio. Y forman una discontinuidad en el hilo de luz que te llega de las ventanas bajo las mantas colgando. Y se detienen frente al armario.
Oyes los goznes metálicos chirriar y una mano que trastea entre telas. Sabes que has hecho bien, que esperando quieta sólo consigues que te coman.
Guille se aprieta contra ti. Te parece que intenta controlar su respiración pero no lo consigue. Apoyas su cabeza en tu hombro, sin soltarle la boca. Es tu forma de decirle que queda poco para que todo acabe.
Los pasos se alejan del armario, y rodean tu refugio, y se dirigen a la puerta. Olvidaste otra vez cómo se respira. Inspira, y luego espira.
Una mano se cuela debajo de la cama y te agarra del brazo. Y lo sabes. Todo ha terminado.
Tu primo Quique te saca dos cabezas y se cree muy listo por haberte pillado.
¡He encontrado a Paula, salid todos! —grita.
Tú refunfuñas y vas a la cocina a poner la cara contra la puerta del frigorífico. Empiezas a contar despacio: uno, siete, doce, diecinueve, veinticuatro. Y luego más rápido: treintiseiscuarentaydoscincuentaycuatroysesenta.
Te das la vuelta y chillas para que te oiga toda la casa:
¡Preparados o no, allá voy!

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