Google+ Taller de Escritura Creativa de Sevilla: La última cerveza, Isabel Pérez

La última cerveza, Isabel Pérez


Me he cansado de escribir siempre lo mismo, con distintas palabras, para que nadie responda.
Acabo de abrir el último botellín de Heineken que quedaba en la nevera, y esta vez no voy a parar de escribir hasta que me haya bebido la última gota. El papel del bloc está rígido de mojarse y secarse una y otra vez y el bolígrafo ya está casi gastado. Probablemente esto sea lo último (y seguramente lo primero) que leas de mí.
Me llamo Richard Davis, aunque todo el mundo me llama Rick. Menos mi madre. Según ella yo iba a llamarme Thomas, como mi abuelo, pero el parto se le adelantó dos meses mientras estaba en el cine viendo Pretty Woman y ella se lo tomó como un presagio. Es la única que sigue empeñándose en llamarme por el nombre completo, muy a mi disgusto.
Seas quien seas, por favor, llámame Rick.
No sé cómo he podido llegar a esta situación. Yo me crié en Roseville, Minnesota, uno de esos lugares donde te podrías pasar la vida soñando cómo escapar y nunca hacerlo. Sólo estuve fuera cuatro años, estudiando Derecho en Minneapolis, y volví nada más terminar porque a mi padre le empezaba a fallar la vista y necesitaba gente de confianza en el bufete. La verdad es que lo tuve fácil, todo rodado: era cuestión de dejar correr el tiempo, de sentarse a esperar… no sé, a esperar lo de siempre. Ahorrar para la entrada de un Jaguar, por ejemplo. Casarme, buscar una casa con jardín no demasiado lejos de mis padres. Tener dos o tres críos a los que llevar al lago a patinar en invierno o a pescar en verano.
A Hugh lo conocía desde el instituto. Si yo tuve una vida fácil, a él se la masticaron antes de ponérsela en el plato y acabaron por dársela con un embudo. Nunca fue mal chico, sólo… problemático. Un niño de papá con mucho tiempo libre, con muy poca paciencia como para estar sentado seis horas de clase, con demasiado dinero que gastar en explosivos y soldaditos de plomo. Se graduó conmigo a duras penas aunque era dos años mayor, y estuvo saltando de universidad en universidad privada hasta que su padre lo dio por imposible y lo trajo de vuelta a casa antes de que acabara con cirrosis o sífilis. Fue lo más sensato que hizo con él en toda su vida.
Yo sabía que su familia estaba forrada, pero no me imaginaba que fuera para tanto. Éramos buenos amigos, probablemente yo era el mejor que Hugh tuvo nunca. No perdimos el contacto mientras estuvimos fuera de Roseville, y siempre estaba haciendo planes de llevarme a tal o a cual sitio, al apartamento de su primo en Los Angeles, a su casa de verano en una isla perdida en el Caribe, a recorrernos Europa de punta a punta… y yo siempre le sonreí aunque nunca me lo tomé en serio. Tenía una capacidad asombrosa de encontrar problemas donde parecía imposible que los hubiera. Yo prefería mantenerme al margen.
Y ahora Hugh está muerto. Y esta cerveza está ya media.
Nunca le habría hecho caso, ¿sabes? Nunca lo habría seguido, si no hubiese sido por Helen Nielsen. Tendría que haberlo visto venir. Mi madre me lo advirtió la primera vez que vino a casa por Acción de Gracias, pero yo no hice el menor caso. Helen… Helen estudiaba Bellas Artes en mi Universidad. Rubísima. Tóxica. Prácticamente todo lo contrario a la clase de chica con la que siempre me había imaginado que acabaría. Dejé mi colegio mayor para vivir con ella en su loft casi dos años, entre pintura acrílica y botellas de tequila vacías. Creo que todo el mundo sabía cómo iba a acabar excepto yo. Cuando volví a Roseville ella estaba en el último año de carrera, pero iba a visitarla cada fin de semana, hasta le había encontrado un local perfecto para montar su estudio cuando terminara.
Menudo gilipollas.
Ni siquiera se tomó la molestia de borrarme de su perfil de Facebook después de que su amiga Alice (casi tan víbora como ella) subiera “aquellas fotos” de la fiesta de su hermandad.
Después de todo lo que he pasado aquí, esa historia me parece una cosa de niños, y probablemente lo sea. Pero en ese momento… me hundió. Me encerré en mi cuarto en casa de mis padres, con los auriculares al máximo volumen, escuchando la discografía de los Red Hot Chili Peppers una y otra vez. No volví al trabajo, y a mi padre se le empezaron a acumular papeles y migrañas. Dejé casi de comer, a pesar de que mi madre, al borde de una crisis nerviosa, me subía religiosamente una bandeja con platos hasta arriba tres veces al día.
En ese estado me encontró Hugh cuando llamó al timbre y subió las escaleras hasta mi habitación. Y otra cosa no, pero era un tipo práctico. Me dijo: “Levántate de la cama, coge una maleta y llénala de ropa de verano. Te espero mañana a las diez en la puerta de mi casa”.
Si me hubiera pillado en cualquier otro momento, me habría reído y habríamos acabado jugando a algún videojuego de hacía años, por los viejos tiempos. Pero quería salir de allí. Olvidarme del mundo unas semanas, un par de meses, tres años, para siempre. Por eso le hice caso, por eso le estuve esperando en su porche hasta las once menos veinte de la mañana, por eso me subí en su coche y dejé que me llevara al aeropuerto. Adonde quisiera llevarme.
No era un mal chico, en absoluto. Los problemas lo buscaban a él casi tanto como él los buscaba a ellos: simplemente siempre estaba en el lugar equivocado, en el momento equivocado, de la peor manera posible. Podría echarle la culpa con toda la razón del mundo… pero realmente lo echo de menos.
Hace casi tres meses que estoy aquí solo, si no me fallan las cuentas. La nevera portátil está vacía y estoy más delgado incluso que cuando llegué. Las únicas palabras que puedo oír son las mías leyendo en voz alta estas líneas…. Desearía que Hugh estuviese aquí. Desearía que mi madre estuviese aquí, o mi padre, o mi hermano, o incluso Helen y aquellos tres jugadores de rugby. O tú. Alguien.
Y con esto, me termino el último sorbo. Es hora de ponerme serio y escribir lo importante, antes de que se acabe la tinta:
Me llamo Richard Davis. Mi amigo Hugh Larson y yo salimos el diecisiete de junio a dar un paseo en helicóptero desde su helipuerto privado en Fajardo, Puerto Rico. Hugh había tomado un par de copas y perdió el control cuando sobrevolábamos demasiado bajo un islote. Cuando desperté de la conmoción, él ya estaba muerto, aplastado por el panel de mandos. Intenté sacarlo de allí para enterrarlo como es debido pero me fue imposible separarlo del amasijo de hierros yo solo. No he querido volver allí desde entonces, sólo cogí lo que encontré de utilidad y busqué un lugar donde establecerme hasta que me encontraran. Espero que su familia pueda perdonármelo.
No sé qué isla es ésta ni tampoco he visto ningún accidente geográfico que pueda ser de utilidad para reconocerla, pero he montado mi campamento al sur, junto a una pequeña cala. Siempre dejo una hoguera encendida, debería verse bien al sobrevolarla por la noche.
Si encuentras y lees esto, por favor,  envía ayuda y sácame de aquí. Este es mi sexto y último mensaje en una botella de cerveza.

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