Google+ Taller de Escritura Creativa de Sevilla: Lucero, Raimundo Lion

Lucero, Raimundo Lion


Hola Mario,
¡Qué alegría lo que me cuentas! Me he emocionado tanto que te contesto justo después de leer tu email. Da un beso a María José. Ya tengo ganas de que nazca mi nuevo sobrino.
            Todo por aquí va bien, y ahora aún mejor después de la noticia. Estoy deseando que Adela llegue a casa para contárselo.
            Estaba escribiendo cuando me ha llegado tu correo, como puedes imaginar. Me gusta más trabajar por la mañana, pero últimamente también escribo algunas horas por la tarde. No es que tenga más ganas de trabajar que antes, es que estoy deseando terminar este libro y decirle adiós por fin. Estoy cansado de escribir siempre lo mismo. Pero Ballester no lo entiende. Dice que es lo mío, que se me da genial y se vende todo enseguida. Es quizá lo único de lo que puedo quejarme, pero es que realmente estoy harto. ¿Por qué no me dejará escribir ya otras cosas? Fíjate en el Paulito Auster. Está arrasando con historias blancas, llenas de gente corriente y buena de esa a la que no le da vergüenza estar contenta; que quiere ser feliz y lo consigue. ¡Joder, eso es justo lo que me apetece escribir! ¡Ese es el tipo de historias que me pide el cuerpo! Te juro que yo podría escribir un Brooklyn Follies español. Pero no me dejan. Tengo que seguir con lo de siempre... ya sabes, gente cabreada o súper-puteada, nihilistas que terminan jodiéndose a ellos mismos porque son demasiado buenos para joder a los malos... ¿qué te voy a contar? Tú ya has leído alguno de mis libros... No es que reniegue de ellos. ¿Cómo voy a renegar? Son mis libros; los he escrito yo. Pero no quiero pasarme toda la vida escribiendo lo mismo. Y eso que para mí es fácil. Después de cuatro libros ese tipo de historias las escribo ya con la punta del pito si quiero. Me salen fácil, pero es que yo ya no soy así. Y empiezo a pensar, además, que no me conviene, que me sienta mal incluso, porque yo ya no soy un tío encabronado como antes. ¿Te acuerdas? Antes, cuando joven, yo estaba completamente encabronado. Por eso Lucero con parche me salió de puta madre. Pero ahora estoy bien, Mario. Me van bien las cosas. Fíjate en lo que te digo: creo que soy feliz. Y así no tengo ganas de escribir los libros de siempre. Y claro, la única forma de que me salgan bien es metiéndome a la fuerza en el papel de encabronado, esforzándome en sentirme igual que antes. Y eso durante cinco o seis horas al día. Mira que cosa más ridícula. Toda la vida queriendo ser feliz, como todos, digo yo, y ahora que lo soy resulta que mi trabajo consiste precisamente en convencerme de que el mundo va de puta pena y yo soy tan desgraciado como antes.
            El otro día se lo dije a Ballester, que cómo era posible que mis lectores no se cansaran de lo mismo. ¿Pues sabes qué me dijo? Que no era posible, que era segurísimo que mis lectores sí se cansaban, pero que el tenderete nuestro ―así llama ella a nuestro contrato― funciona precisamente porque mis lectores no son siempre los mismos, sino que se van regenerando. “Tus libros no van a ser clásicos, Paquito ―la tía, para que veas, me hace ir de hampón con montblanc por las teles, y luego ella me llama Paquito―. No te enfades, Paquito, pero no te imagines al lado de Montaigne o de Steinbeck. Eres listo... no te enfadas ¿no? Tus libros no van a ser clásicos porque son como la manteca con chicharrones, que te gusta mucho cuando la pruebas pero ya estás lleno antes de terminarte la tostada. Te leen sólo universitarios y demás adultitos pedantones que se apuntan al royo existencialista y underground de tus personajes. Entérate. Y cuando cumplen cerca de cuarenta ya no quieren más de eso, la mayoría. Pero no pasa nada, porque detrás vienen siempre más que cogen las plazas que se van quedando libres. Y por eso todos los años vendes lo mismo. Ya quisieran muchos. ¿O crees que firmé contigo sólo porque eres guapo... si ni siquiera has intentado meterme mano ni una vez, tío soso?” Encima tiene gracia, la tía. O sea, ya ves, que el único aquí que no avanza soy yo. Tengo que quedarme siempre haciendo el mismo papel. Pero un día me va a costar un disgusto. Adela no es tonta. Ella entiende que es sólo trabajo, pero, por mucho que lo entienda, puedes imaginar que le jode que yo tenga que aparecer cada dos por tres en un sarao acompañado de alguna amiguita nueva, ya sabes, para mantener el tipo en los carteles. Antes me encantaba, porque además eran ligues de verdad. Pero ahora no me apetece nada... estoy enamorado de Adela. Lo que quiero es ir con ella a todas partes. Ballester dice que haga lo que quiera, pero que en el momento en que la peña empiece a verme como un tío familiar, contento, enamorado, y vamos, sin ganas de cagarme en todo, pues que voy a vender una mierda. Así que nada de afeitarme, aunque esté ya hasta los cojones de la media barba. Y nada de hablar bien de nadie que esté vivo. “Si no tienes nada malo que decir de un pez gordo vivo en las entrevistas mejor ni lo menciones. Si tienes ganas de hablar bien de alguien elige a uno que esté muerto”, me dice la tipa. Y, por supuesto, nada de tener hijos, que los puedo tener si quiero, pero que calcula unos tres mil libros menos vendidos al año por cada hijo que tenga. Fíjate, con la alegría tan grande que acabas de darme. Y Adela se muere de ganas de tener uno, y ella es mayor que María José, y yo también mayor que tú, así que con más razón.
            Lo último fue el mes pasado. No te lo vas a creer. Tenía la entrevista en televisión. La que me hizo Villagrán. Me encanta cómo trabaja ese tipo. Me trató genial. Una entrevista que no sé cómo pagarle. Con el tiempo que hacía que nadie me llamaba de televisión para una entrevista como dios manda, de esas sin prisa, que te preguntan con sentido, cosas de tus libros, no de tus ligues ni de las provocaciones que alguna vez he actuado en otros programas, y te dejan hablar de verdad, sin clavarte las espuelas si te pones un poco lento. Pues Ballester me llamó unas horas antes de la entrevista. Que qué me parecía si me tomaba unas copas antes de entrar en el plató, y que pidiera que me pusieran una más cuando estuviera allí y me asegurara de que se viera que la estaba bebiendo. “No digo que parezcas borracho, pero... ya sabes... todo eso de beber para olvidar y demás. Te dará un puntito de amargura... en sintonía con tus libros. A tus lectores les encanta, y esas cosas hacen que la gente vaya al día siguiente a preguntar por ti en las librerías”, me dice. No se lo tengo en cuenta. Sé bien que cuando ella gana dos duros yo gano muchos más. Pero es que no me apetece nada. Me hace gracia cuando veo que no me conoce ni un poquito, después de nueve años. Ni siquiera antes me gustaba beber. Vale, que lo hacía porque quería, pero ya entonces era una pose, Mario; te lo digo por si no lo sabes.
            Estoy pensando en casarme. A Adela le da igual lo de la boda, pero es que yo quiero que ella quiera casarse conmigo. Borraría todos mis libros de todos los catálogos, de las hemerotecas, de Amazon, como si nunca hubieran existido, Mario, si hiciera falta para que ella me siga queriendo. Y estoy pensando en tener hijos, y en comprarme un piso, o una casa, sí, ¡qué pasa? Y en dar las gracias a no sé quién por este contento tan tonto que siento hasta durmiendo. Te lo juro, no me conozco, Mario. Y la buena de Ballester me pide que salga pedo en la tele, y que me haga una vez más el atormentado, y que dé a entender que le besaría las pelotas a Jean Genet pero que me cago en los muertos de Rajoy. Ya ves tú, Rajoy, el pobre. Como si yo pensara alguna vez en Rajoy. ¿Sabes, de verdad, en qué pienso yo todo el tiempo, Mario? En pasar los minutos del día cerquita de Adela. Me parecen pocos siempre. En irme con ella a la cama en cuanto terminamos de recoger la mesa. Y en poder veros más. En el sobrino maravilloso que me vais a traer. Y en qué lucero relucía el día que nací yo ―¿te acuerdas, que lo cantaba mamá?―, que en esta vida mía da por fin el sol a todas horas.

Besos y abrazos enormes para Pablo, para María José y para ti, Mario... que os quiero tanto, de tu hermano
Paco
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