Google+ Taller de Escritura Creativa de Sevilla: El poder de la palabra escrita, Eduardo Parody

El poder de la palabra escrita, Eduardo Parody


El poder de la palabra escrita. Me llamó la atención esa frase, que era el título de una tesis que estaba preparando la amiga de un amigo. Lo que dejas en un papel, una idea impresa en un folio, es más rotunda que una palabra dicha. Es más fuerte, y además te da la posibilidad de regresar a ella una y otra vez, si es tu deseo, o regresar al cabo de mucho tiempo, y recordar lo que pensabas, cuáles eran tus preocupaciones, cuáles tus entretenimientos. Te da la posibilidad, con el tiempo, de analizar si aquello que pensabas que era un problema, lo era realmente, o si aquello a lo que no diste importancia en su día hoy te ha influido de algún modo. Te da la posibilidad de volver a vivir la vida varias veces, y, si tienes imaginación, te da la oportunidad de crear otras vidas, reales o inventadas, y luego revivirlas.
Seguramente, sin saberlo, ese fue el motivo por el que yo empecé a escribir. Las palabras, como decía la canción, se me quedaban cortas. Había que hacer un esfuerzo demasiado grande en muchas ocasiones para hacerse oír, requiere de una lucha constante a la cual no he estado dispuesto en casi ningún momento de mi vida. A la gente le gusta mucho hablar, pero poco escuchar. En general la mayoría de la  gente habla y, cuando no habla, parece que está pensando más en lo que va a decir después que en atender a lo que le está diciendo su interlocutor. Y a mí no me parece interesante hablarle a gente que no tiene interés en escuchar. Hablar siempre me ha parecido algo bastante complicado, sobre todo en grupos grandes, eso me ha llevado, la mayor parte de mi vida y en múltiples situaciones, a optar por escuchar, a fijarme en lo que dicen los demás y cómo lo dicen, crearme un espíritu crítico, y trasladar mis pensamientos al papel. Porque claro, yo también tenía, como ser humano, la necesidad de “echar afuera” los pensamientos que tenía sobre los diferentes aspectos de la vida, y el papel y el boli se convirtieron, poco a poco, en mi escuchante y medio transmisor, respectivamente.
La acción comenzó cuando era joven, en forma de diario que siempre dejaba a medias, con un buen comienzo y ningún final. A medida que crecía, me iba creyendo cronista de mis primeros viajes, aquellos realizados a lugares cercanos, y de las aventuras que creía que iba viviendo allí. Y, en la actualidad, mi máxima actividad creativa se da principalmente en los veranos, cuando voy a esos sitios lejanos en el espacio y en el tiempo, que me agudizan la necesidad de escribir y contar lo que veo, lo que huelo, lo que oigo, lo que toco y lo que saboreo, y de reflexionar. Y de guardar esos pensamientos en un cuaderno que quizás sea abierto algún día.
Probablemente mis padres tengan mucho que ver en todo esto. Mi madre por ser una empedernida lectora y mi padre por ser un gran cronista de sus viajes, lo cual me hacía soñar, primero con las historias que debían ser fascinantes para mantener a mi madre tan enganchada a un libro durante tanto tiempo, y luego con vivir experiencias parecidas a las que vivió mi padre. También cuando leí el primer libro que escribió mi abuelo, y pude comprobar que los escritores existen realmente, que son de carne y hueso, que sería posible ser uno de ellos. Soñaba con, algún día, dejar de ser espectador de vidas ajenas y convertirme por fin en protagonista de la mía propia. Y la manera de dejar constancia de ese nuevo papel en el guión que resulta ser la vida de cada uno, resultaba que era escribiéndolo.
Por tanto tenemos que, por una parte, el interés por leer procede de la genética y de lo aprendido, de lo que veía que se hacía en casa, procede también del ambiente, de la oportunidad que te ofrece la escritura como medio de comunicación en el cual tienes un espacio y tiempo para explicarte, para exponer tus ideas sin interrupciones; y por otra parte está el interés por guardar recuerdos, la escritura como un almacén de vida al que poder recurrir como el que acude a las fotografías.
Paralelamente a esto se une la capacidad a veces ilimitada que tengo de pensar cosas extrañas, fantásticas, absurdas, ficticias por supuesto, que en muchos casos me encantaría que fuesen reales, en las situaciones más inverosímiles, desde la barra de un bar con amigos hasta un entierro. Esas cosas pasan por mi cabeza, y a veces resultan tan absurdas que es complicado decírselas a alguien de manera directa, pues seguramente no se entenderían, y pocas personas sabrían encajarlo sin pensar “este tío está loco”.
El boli y el papel, o ya en los últimos años el ordenador, me ayuda a dar rienda suelta a esa imaginación, la mayoría de las veces sin ningún objetivo concreto, sin publicarlo en ninguna parte, escondidos en cuadernos antiguos o en archivos de word. Otras  veces atreviéndome a enviarlas en forma de email a algún amigo o familia.
Escribo en tiempos muertos de aquí y de allá, escribo principalmente en los viajes, escribo en días tristes, ya sean porque yo esté triste o porque lo esté el tiempo. Escribo para construirme un mundo que me gusta, para huir de lo que no me gusta.
Considero la escritura como una manera de conocer y de conocerse más profundamente, es un momento de soledad elegido, un momento de reflexión que te ayuda a centrar tus ideas. Es un momento de silencio en toda la maraña ruidosa en la que nos vemos inmersos cada día, un ratito de tranquilidad, un espacio de tu contigo, una vía de escape. La considero mi vía de escape del miedo probablemente más grande que tengo: la monotonía.

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