Google+ Taller de Escritura Creativa de Sevilla: A veces me bailo en la mañana, Raimundo Lion

A veces me bailo en la mañana, Raimundo Lion

Para Nélida Chubascos
 A veces me bailo en la mañana. Muy temprano.

Creo que no lo has entendido... Que no, que no. Que no es que baile para mí... ¡Quiero decir que me bailo!... O sea como cuando me duermo, o como cuando me sonrojo, porque entra sueño, porque me da vergüenza... pues eso, que me bailo, porque me entra baile, porque me da baile, sin que yo me lo haya buscado. Simplemente me ocurre... eso... que se me hace baile el cuerpo.
            Como sólo ha ocurrido tres veces en toda mi vida tengo claro que se trata de un prodigio. La última, esta mañana. Ahora son las nueve y media, y acabo de parar de bailar. Escribo esto jadeando.
            Empieza sin darme cuenta, a la hora en que algunos vecinos están saliendo a trabajar. Ocurre que me pongo a bailar, con una alegría que adoro, por cómo me hace moverme, muy bien, casi sin equivocarme. La noche la he pasado despierto. Leyendo, estudiando, comiendo, velando el pasillo y los cuartos, la vela de las bombillas, y el silencio con anemia del motor de la nevera. Amanezco despeinado como si hubiera dormido, pero no, han sido los libros, y un racimo de larvas de delirio, pegados en mi cabeza, que me han aplastado el pelo. He pasado la noche moviéndome por el salón, vestido como si fuera a hacer fotocopias. Sin que haya cambiado nada decido que ya es de día. Hago café. No lo tomo. Andorreo aún más por la casa convencido de que hago algo. Mi preciosa mañana está vacía. Pero mi cuerpo se está hinchando de ilusión. Mi cuerpo va por libre, como si supiera algo que yo no, o, ahora que lo pienso mejor... sin enterarse de nada. Mis pasos se hacen rítmicos, y al pasar junto a la mesa doy un espléndido giro sobre mi pie izquierdo, y ya me quedo allí a bailar por el salón. No pongo la radio, y las sillas no me estorban. Bailo muy vital, y mi ritmo y movimientos se van haciendo más ambiciosos, hasta ser ejemplares. Yo mismo voy poniendo con mi boca sonidos muy bien adaptados a lo que mi cuerpo quiere bailar. Me entra el baile primero como un susurro, sin coscarme. Después ya me doy cuenta. Sigo bailando. Y me digo:
            ―¡Coño, qué bien!
            Y ya bailo a vida o muerte, con todas las consecuencias.
            Adoro saber que los niños, muy cerquita de mí, al otro lado de los muros, se empiezan a ir al colegio. Los oigo en sus casas, abrir y cerrar las puertas, bajar las escaleras cabreados, pero eso no me desconcentra y sigo bailando muy bien. Es mi salón a las ocho de esa mañana un lugar en el Mundo que me pone a bailar.
            Me gustaría bailar siempre así, tan bien, con tanta coherencia, tan al pie del ritmo, con tanta alegría en serio. En ese momento es cuando empieza a entrar el Sol por la gran ventana de mi salón. Me apuesto lo que quieras a que si me vieras en ese momento querrías bailar conmigo, como estoy bailando yo. Ni siquiera te miraría, y tú te pondrías a bailar.
            Cuando se me ocurre poner música ya estoy cansado y no quiero seguir. Y busco con eficacia algo que hacer con mi mañana.
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