Google+ Taller de Escritura Creativa de Sevilla: Tejados, razones y abejas, María Teresa Salcedo Aizcorbes

Tejados, razones y abejas, María Teresa Salcedo Aizcorbes


Sí, probablemente nunca fui capaz de decir la verdad. Tampoco la tenía en aquellos instantes. Nunca supe qué era la verdad. Hubieron de suceder mil acontecimientos en el año de las nieves para llegar donde estoy. Me costaba digerir los cambios, las soledades esparcidas bajo las farolas de la media noche. Aquella era una ciudad triste. Aún puedo sentirla a pesar de estar ya lejos de ella. Y entonces lo hice. A destiempo pero lo hice. Fueron mis razones. Empecé a  apartar telarañas de mi cabeza y me puse a ello. Llevaba demasiado tiempo en la oscuridad de esta habitación y poco o nada me motivaba para escribir. Nunca sabía qué me llevaba a ello.
Me he convertido en un animal solitario y puedo sacar fuera al fin aquellas razones que me torturaban y no tomaban forma.
Ahora sé que escribo para ordenarme por fuera y desbocarme por dentro, para transgredir barreras de la piel desconocida o saltar montañas más allá de las fronteras inventadas y absurdas. Sé que escribo para conjugar verbos y manchar madrugadas, para hacerme un hueco aquí o allá y derrotar a la muerte disfrazada. Tomo el papel en blanco y garabateo como una niña. Escribo para no olvidar, para coleccionar adjetivos y vestirme con ellos en la mediocridad de los días llenos de pleitos que suelo perder de antemano. Rozo la locura de un vacío que todo lo ocupa. Estoy perdida, he dejado todo en el camino y solo poseo esta vaga sensación de anidar en las palabras que no elijo.
A veces siento que todo está a punto de estallar. Siempre es así. Nada nuevo ahí afuera.
Si digo blanco, los demás entienden negro y se alejan. Si sonrío con sorna, se empeñan en ver tristeza eterna de Gioconda en mis ojos. Lo admito. No, no sé hacerlo. No supe nunca y por eso llegué hasta aquí gritando Norte cuando mis pies me arrastraron hasta este Sur pobre y estridente. Y de pronto observo cómo sigo sin soltar lastre ni cumplir condenas sin que llegue la hora precisa, ni la mano que derribe fachadas y desabroche los sueños. Por aquél entonces ya me obsesionaban los tejados. Ahora sólo observo, respiro. Estoy presente y miro desde aquí arriba. Y sobre todo respiro. No corrijo, suspiro y miro hacia mí. Me quiero. Ni un paso atrás. Adelante, siempre hacia adelante. Aún me gusta vivir en los tejados.
¿Por qué me gustan tanto? Porque aún es pronto para vaticinar mis derrotas y por suerte todavía no poseo la destreza de amar como un felino amenazado.
Porque desde mi tejado veo el mundo que disgusta. Porque aquí al atardecer me acompaña un espejo con el que juego a lanzar destellos de colores a las habitaciones vacías o los últimos perros que lamen sus heridas y no quiero parecerme a ellos.
Me gustan los tejados porque molesta a los otros, a quienes me molestan a mí y a veces, hasta consigo asustarlos. Me fascinan porque nadie percibe mi ausencia o me necesita hasta que me ven trepar por la buhardilla. Entonces todos gritan y se aterrorizan.
Menos mal que ya se aburrieron y me dejan en paz. Yo sé que en esta buhardilla gimen muchos miedos agazapados entre sus muebles de madera. Miedos heredados les llaman.
Por eso subo aquí, porque nadie se atreve a traspasar sus muros. Yo en cambio los reto a todos ellos en este metro cuadrado de tejas viejas y rotas.
Cuando es la hora, maquillo el último mal sueño de heridas de acero inoxidable e inolvidable, me pongo mis medias verdes y pinto mis labios rojos.
Este diminuto espacio es el único lugar del mundo que me recuerda que yo puedo, que sé pintar con mis ojos lo que quiera, que mi cuerpo es un lamento de violines que me incitan a saltar al vacío pero no lo haré sin ella. Pero sobre todo me recuerdan que sé luchar sin espadas, que las estrellas me devuelven la luz que merezco porque compartimos el mismo lenguaje. Por eso escribo esto. Porque sé que alguna tarde ella llegará lentamente y subirá conmigo al tejado. Pero habremos de pasar antes por la buhardilla. Yo sé que podremos y sabremos hacerlo sobre todo, porque a ella tampoco le gustan las espadas y en su cara siempre hay luz de luna y eso me gusta y me mantiene con vida. Allí estaré y saltaremos juntas a ese vacío porque ya no hay nada. No, no hay mucho más. No hay más que este hueco insalvable de mi buhardilla y la eterna espera con un puñado de razones insalvables.
Ya casi ha amanecido en las pestañas de muchos y las quimeras de unos pocos con labios de fresa.
Me siento en la mecedora a ver si llega. En ella invento otras historias, esas que me devuelven cada día el rostro de lo amargo y lo bello.
Desde aquí puedo divisar miles de formas geométricas que albergan pequeñas o grandes soledades vespertinas. Siempre llamó mi atención esta forma de organizarse para vivir del ser humano. Por mucho que intento buscar otro símil vuelvo siempre al que surgió en mí la primera vez que observé esta escena hace ya mucho tiempo:” los panales de abejas”. Solo que ellas se afanan continuamente por “ir todas a una” en su labor de almacenar la rica miel, no más. Y me temo que nuestros panales esconden menos dulzura que los suyos.
Es posible que en aquel bloque verde, semiderruído que está  junto a la catedral se escuche el llanto de un bebé que reclama abrigo porque los que se ocupan de él tengan a penas una manta para seis. Tres pisos más abajo podría vivir cualquier “Don Manuel viejito”, con corazón y vista cansados, mojando si acaso dos pedazos de pan duro en un tazón de leche desconchado y que formó parte en otros tiempos de una gran vajilla italiana.
Es probable que a estas horas, en medio de este silencio atronador y en cualquiera de los miles de bloques que conforman esta ciudad  una pareja se desperece entre arrumacos y polvos salvajes, mientras otras tantas están hastiadas de compartir cama después de tantas primaveras rotas; otros seres se despiden de la vida en una sala de hospital mientras, en la sexta planta se oye el grito feroz de los que acaban de nacer. Tres calles más abajo un grupo de jóvenes tararean una melodía machacona camino de los panales paternos, después de una noche intensa de alcohol y risas desmesuradas. A su vez los mismos chavales comparten acera con los primeros ejecutivos de maletín y botas brillantes camino de una oficina en la que, tal vez, solo tal vez, el jefe mire con ojos lascivos a su secretaria, mientras ésta con labios de silicona y perfectamente maquillada y aburrida lance besos furtivos al joven administrativo con el que comparte expedientes y algo más bajo esa mesa…
Cesa el balanceo de esta mecedora y nadie llama a la puerta. Escucho las últimas notas de la Quinta sinfonía de Mahler. Cierro los ojos y  pienso cómo sería la vida si como las abejas, fuéramos “todos a una” para construir un día a día más fácil, menos competitivo, más lleno de caricias blancas y sonrisas con sabor a mar. Un día a día en el que notáramos que vivir no tiene que convertirse en una proeza ni en un reto para salir ahí fuera como lobos esteparios en busca del valor cada vez más preciado del dinero.
Entra por mi ventana un suave olor a café. Parece que el vecino de abajo se ha desperezado ya. ¿Sobre qué reflexionará mientras paladea los primeros sorbos del día? Gracias a la música de fondo yo intento no quedarme con la tristeza que me produce la imagen de Aschenbach, el protagonista de  “Muerte en Venecia” de Tomas Mann. En la playa, el bello adolescente se regodea  ante Aschenbach, al que  se le escapan sus días y la misma vida en el tinte de su pelo derramado cruelmente por su cabeza y su traje blanco impecable. La belleza frente a la miseria. Y no sé por qué pero vuelvo a mirar a la puerta que no se abre e intuyo como Thomas Mann que en  la vida como en todo, “quien  ha contemplado la belleza está condenado a seducirla o morir”. Y yo, mientras invento historias desde este tejado sigo respirando y me miro. Espero…