Google+ Taller de Escritura Creativa de Sevilla: Don Aquilino y los jíbaros, Manolo Martínez

Don Aquilino y los jíbaros, Manolo Martínez


Todas las mañanas, antes de entrar a clase, rezábamos, repitiendo, como loros fervorosos, cada frase de la plegaria del señor director.
Allí  arriba, al final de una escalinata de mármol, don Aquilino era Dios. Su voz nos llegaba con profunda claridad hasta los últimos de la fila. No es que Dios (don Aquilino) tuviese una voz portentosa, más bien la tenía aflautada, pero la asociación de padres (los pelotas de don Aquilino), le habían regalado un megáfono. Prodigioso invento, salvo que alguna que otra vez, justo cuando el director iba terminando el mantra cristiano con él: … mas líbranos del mal …, aquel artefacto soltaba un pitido infernal que nos impedía entender el final de la oración. De inmediato desaparecía el chiflido y escuchábamos con claridad: ... esta mierda…. será de las pilas …, frase que, nosotros, repetíamos fervorósamente: ...esta mierda… será de las pilas … amén, como punto final de la oración, entre risitas contenidas. A primera hora, siempre teníamos lenguaje, y a última, Educación Física. Entre ambas, un infierno. Tantos teólogos intentando explicar  tratados ininteligibles sobre la eternidad y yo la había descubierto en tan corto espacio de tiempo. La eternidad era, con toda seguridad, el intervalo de horas que transcurrían desde la clase de Lenguaje hasta la clase de Educación Física. A punto estuve de comunicarle mi descubrimiento a don Aquilino, pero ¡qué cojones¡ con lo que me había costado dilucidar aquel dogma, y se lo iba yo a ofrecer gratis... já. Si alguna vez tuviese necesidad de un gran favor por su parte, intercambiaríamos mercedes.
Don Aquilino, era el típico profesor que me preguntaba, sólo, cuando yo no me sabía la respuesta. Me tenía estudiado y siempre me cazaba. Y eso que yo (al menos en materia religiosa) intentaba comprender las enseñanzas de don Aquilino sobre los misterios cristianos. Lo hacía, llevándome los milagros a mi terreno. Así, el tan apasionante milagro de Lázaro, era facilísimo de entender. Se producía este milagro al sonar el timbre que indicaba el final de la última clase. El timbre me murmullaba al oído: Levántate y anda...y vete ya a tu casa, Juanito.

Y así todo ¿La Resurrección? Chupado. Cada vez  que mi compañero de comedor me intercambiaba por debajo de la mesa mi plato de macarrones con tomate por su postre de chocolate, yo resucitaba. La verdad, tampoco es tan difícil entender la religión y a los curas si pones un poco de interés, coño. Bueno, sin coño, si no es imposible. Además, las madres ayudaban bastante en la pedagogía religiosa.
La mía, me implantó el hábito de rezar de forma sutil, con sugerencias como:
Reza para que esta mancha salga de la alfombra, y otras parecidas. Lo que sí era un auténtico misterio para mí, era comprender como sobrevivió mi generación a tantas horas de ayuno. Los días que comulgábamos (que eran los tres ó cuatro días por semana que teníamos misa) debíamos permanecer sin probar bocado desde que nos levantábamos hasta que nos ofrecían el cuerpo de Cristo en forma de una oblea (ahora entiendo porque mamá acabó aficionándose a las misas, eran un plan de dietas rápido y barato). Luego los días de baño había que guardar otras dos horas de ayuno antes del remojo.Y como colofón, el comedor, lugar al que le tuve verdadero pánico por aquellos olores indefinibles, y donde mis ayunos eran más frecuentes que mis comidas. Una tarde, don Aquilino, nos anunció la visita de unos misioneros procedentes de lejanos países, que nos darían charlas sobre sus experiencias en la evangelización de otros mundos. Además, para hacer más comprensible y ameno su mensaje, habían traído consigo una exposición sobre las costumbres de los pueblos indígenas. Estupendo, al menos romperíamos la rutina diaria. Algo interesante habría en esa exposición. Y lo había. Al día siguiente lo descubriría.
Al entrar en la sala de exposiciones, pensé que aquello iba a ser un latazo.
Ví cabezas de muñecas, feísimas por cierto, metidas en unas urnas de cristal. Pero, cuando el misionero empezó a explicar que aquellas cabezas eran humanas y no muñecos como pensábamos, todo cambió. Nos explicó que los jíbaros eran unos indios del altiplano ecuatoriano que reducían las cabezas de sus enemigos al tamaño de una naranja. No he vuelto, a día de hoy, a comerme una naranja. Al parecer, estas cabezas reducidas, les libraba de los espíritus malignos.¡Cómo para no librarlos! De los malignos y de los benignos.

Pero lo peor vino cuando nos deleitó con la receta para achicar los cráneos. Había que pelar la cabeza (supuse que primero había que haber matado al dueño, mas que nada, para no oír las quejas). Pues bien, tras condimentarlas con  secretas pócimas, la introducían en una olla. La ahuecaban sacándole todo (Dios mío, llegados a este punto, tuve una horrible náusea y un temblor recorrió mi cuerpo desde los dedos de los pies hasta mis  pestañas). Luego, nos explicó con detalle (había que ser morboso), como le cosían el cuello y le introducían arena caliente por la boca. Aquel día pusieron en el comedor macarrones con tomate. Pueden ustedes imaginarse la cantidad de macarrones que comí. Al parecer, esa arena, era la causante de la reducción. Durante años, cada vez que íbamos a la playa, mantenía la boca cerrada y los dientes bien apretados, no fuera a ser que alguien se hubiese olvidado algunos granos de aquellas pócimas por allí y  me encogiese la cabeza en un plis-plas. Por último la cubrían con tierra y piedras. Al cabo de un tiempo la desenterraban, et voila ... ya teníamos la carita reducida. Nunca más salió el miedo de mi. No sé por qué regla de tres, saqué la conclusión de que aquello le ocurría a los que no se portaban bien, y en un trimestre, pasé a ser el número uno de la clase, pero de largo. Me convertí en el empollón, pelota, no sucumbí a lo de chivato por poco. No olvidaré el día que sorprendí a mi madre metiendo y sacando algo de una olla hirviendo. Parecía sujetarlo por unos flecos que parecían pelos. Yo tuve el presentimiento, de que aquello era la cabeza de mi padre, que mi madre estaba hirviendo,  como parte del proceso para achicarla como los jíbaros y luego exponerla encima del televisor, junto al toro de fieltro (como a mi padre siempre le gustaron mucho los toros). Mi madre discutía mucho con mi padre, y aquella hipótesis no me pareció descabellada. Bueno, descabellada sí que era.
Eran casi las 10 de la noche y papá, que solía ser puntual, no había llegado a casa. Yo siempre pasaba mucho miedo hasta que volvía papá. Mi padre tenía que sobrevivir a un seiscientos sin cinturón de seguridad, sin airbag, y con más ocupantes de los permitidos por la Dirección General de Franco (perdón de Tráfico) Claro, que los niños de entonces también nos arriesgábamos de lo lindo, montándonos en aquellas BH sin casco, o chupando agua sin embotellar de cualquier grifo, o columpiándonos en una simple cuerda que colgábamos de cualquier árbol, qué horror, cada vez que lo pienso se me eriza el vello, hoy que le esterilizamos el chupete a nuestros hijos si le rozamos la mano.
Lo mismo que ocurre con la educación maternal. Estamos a años luz de nuestras madres, por ejemplo, cuando nos enseñaban lenguaje encriptado.
No me... no me..., que te... que te...
O aquellas  diarias clases de odontología: Si me vuelves a contestar así, te estampo los dientes contra la pared.
¿Y de las clases de ginecología avanzada?, cuando decían:
Tenía que haber cerrado las piernas cuando naciste.
Impagable. No hay color con la nueva metodología.  Pero claro, así nos va, que  podemos poner en el futuro una granja de  gilipollas  y no de hombres hechos y derechos. ¿Como nosotros?
Bueno volviendo a lo mío, como papá no llegaba, mamá insistía en que nos acostáramos ya. Seguro que era para finalizar el endiablado procedimiento y dejar la cabeza de mi progenitor del tamaño de una naranja. No pude más y se lo conté a mi hermana. La muy ... se echó a reír a carcajadas. Hasta lloró de la risa. ¿Tanto rencor le guardaba a papá por dejarla sin salir el fin de semana? No hay nada más cruel que un niño, pensé. Y me acosté. No conseguía dormirme. Estuve escuchando ruidos de cacerolas y artilugios metálicos mucho rato .El proceso (pensé), justo cuando tenía pensado descubrir a mi madre en plena faena, alguien encendió la luz de mi habitación y me dio un beso. ¡Era mi padre¡ Mamá no había podido con él. La verdad es que la cabeza de papá no era cualquier cosa, y reducir aquel tremendo cráneo no era tarea baladí. El domingo a mediodía mi madre nos explicaba (mientras comíamos) lo costoso que le había sido preparar aquel pulpo a la gallega, introduciéndolo y sacándolo mil veces de una olla tan pequeña para aquel pedazo de animal. Mi padre y yo, de tácito acuerdo, la escuchábamos como si la estuviésemos creyendo. Fue un secreto  entre él y yo, del que,  aún hoy,  no hemos hablado. Los problemas de la pareja son para la pareja, por muy padres de uno que sean.
Eso sí, lo que nunca permití, es que mi madre tuviera una olla lo suficientemente grande  como para que cupiese la cabeza de papá.

Cuando por fin se fueron los misioneros, don Aquilino siguió con su metodología, sacada de un antiguo manual de la cristiandad (supongo que del medievo): La primera virtud que se ha de practicar al levantarse es la diligencia, saltando presurósamente de la cama en cuanto llegue la hora, nos aconsejaba a golpe de megáfono. Yo, que  no tenía un vocabulario extenso, interpreté que la diligencia era ese carro de cuatro ruedas tirado por caballos que utilizaban en las películas del oeste. Así que yo me imaginaba que la cama, era la diligencia  que yo tenía que abandonar saltando, literalmente, para no despeñarme por algún desfiladero hacía el que corrían 4 caballos desbocados. Yo era Johnn Wayne  jibarizado,  con mis patitas arqueadas y mi mirada, tierna, y dura a la vez. Aún hoy, cuando dan las siete de la mañana, asusto a mi mujer cuando abandono la cama como disparado por un potente resorte, y es que el jodido de don Aquilino, cuando enseñaba algo, era para toda la vida, no como hoy.
Otra definición  de nuestro libro de cabecera me tuvo en vela muchas noches. Era la definición de demonio, que decía así: el demonio tiene miedo de la gente alegre que le dio cuerpo a mis sospechas, don Aquilino era el demonio con sotana. Tan sólo le vi sonreír  una vez. Era una sonrisa  a la que habría que haberle hecho la prueba del carbono 14 , para detectar  en que año comenzaron los músculos de la boca a desplazarse , hasta conseguir aquel esbozo de sutil alegría. Luego, un verano, de repente, se acabó el colegio. Después de muchos años compartiendo, amenazas, y algunas risas, un puñado de indecisos aterrizamos en el bachillerato.
Más libros pero menos control. Más chicas y menos miedos. Libertad a sorbitos... la adolescencia irrumpió como un trueno, iluminándolo todo. Y yo me convertí en pura fantasía. Creí que nunca pasaría. Y que si pasaba, vendría una segunda juventud y una tercera. Y no fue así. Tras la adolescencia, me asustó la vida. Llegó sin avisar, ese ente intangible, con el que me amenazaba siempre mi padre: Ya te enterarás…
Y vaya si me enteré, si me estoy enterando. La he conocido en una de sus menos apetitosas formas, como doña rutina, cuando los días son una interminable sucesión de minutos preñados de segundos. También la he catado como quitadogmas, arrebatándome las verdades que me cubrían como capas de cebollas. Ni los más listos eran los más ricos, ni los más buenos los más felices, ni los malos iban al infierno..., joder, habían estado engañándome durante 14 años.
En fin, a estas alturas de mi vida, puedo asegurarles que mi infancia, como la de muchos niños de mi generación fue inolvidable, por mucho que se empeñe el terapeuta en borrarla del sistema límbico. Yo, como otros, intenté exorcizarla  con mucho yoga, ejercicio físico, una alimentación a base de mucha soja (para el tránsito intestinal) y  omega 3, y la escritura (para el tránsito cerebral). La escritura  le regaló  una tabla de salvación a mi autoestima. Y empecé a convivir conmigo mismo, pero no podía pagar ni la omega 3, ni la soja. No había talento no sé si por mi parte o por parte de quienes me leían, o por quienes ni siquiera me leían, que eran los más.
El caso es que yo no podía llevar comida a mi nido, y  me entregué a ese horror de trabajar 8 horas diarias, de lunes a viernes, en la cárcel de una oficina, sentado y estoico, como un Bartleby cualquiera. Yo, como el personaje de Boris Vian  de La Espuma de los días, trabajaba sólo y exclusívamente para poder regalarle flores a mi amada (aparte de pagarme la soja y el omega).
Para mi necesitaba bien poco. Pero a mi amada y a mis polluelos no podía faltarles de nada. Y trabajé. Y dejé de escribir.  Pero antes de hacerlo, decidí apurar mis dos últimos cartuchos y presenté mis dos últimas novelas, a un concurso de reconocido prestigio. Las bases dejaban bien claro, que sólo se permitía una obra por autor.
Yo, que tenía claro que no volvería a escribir, hice trampas y presenté las dos. Una la inscribí con los datos de mi mejor amigo, que por cierto, me aconsejó no presentar esa novela por que le resultaba pésima. Pero gané. Me llevé el primer premio .Tan bien dotado económicamente, como para escribir con desahogo los próximos veinte años. Sólo había un pequeño problema la novela que ganó fue la que presenté con la firma de mi amigo: MEMORIAS DE UN VAINA. El título lo decía todo. Gané sin ganar. La foto de mi camarada inundó todos los periódicos especializados de la prensa nacional. Mi socio se paseo por todos los platos de televisión. Y le propusieron un contrato de por vida, con una importantísima editorial. Estaba condenado a escribirle a mi amigote  el resto de mi vida. Nadie supo nunca la verdad, sólo mi aliado y yo. Ahora bien, pude vivir de lo que amé toda mi vida, de escribir.

                                                                                                          A don Aquilino,
                                                                             por sus hostias y sus ostias,
que casi logró hacer de mi un ser infeliz,
 y,  por ello, escritor.