Google+ Taller de Escritura Creativa de Sevilla: El ensamblaje de la bicicleta roja, Isabel Pérez

El ensamblaje de la bicicleta roja, Isabel Pérez

Pablo inclinó ligeramente su 250 cc en una de las curvas de la autovía camino a la ciudad. Iba con algo de prisa. Aún había luz, pero su reloj de pulsera marcaba las 8 y 37. El cumpleaños de Tino era el sábado y se había pasado toda su tarde libre saltando de juguetería en juguetería del pueblo buscando una bicicleta roja para un niño de nueve años. Este año le había preguntado Susana:
—¿Qué vas a querer por tu cumple?
—Una moto como la de papá.
—Aún eres muy pequeño para tener una moto.
A Susana no le gustaban las motos. Era muy práctico para ir por la ciudad los dos, decía, pero con un niño ya crecido lo mejor era empezar a ahorrar para un monovolumen o algo así. A Pablo le encantaba ese trasto, lo compró de segunda mano en la universidad y lo seguía mimando como a un hijo. Ésa era una de las razones por las que a Susana no le gustara.
—Entonces una bici, una bici roja, muy grande, con marchas y que escupa fuego.
Pablo no estaba muy seguro de poder encontrar una bici con lanzallamas incorporado, pero no le costaba nada probar a buscar en unos grandes almacenes de la capital.
Pablo fue serpenteando por los carriles entre los coches y camiones. Las 8:41. Si se daba prisa, pensó, no tendría que volver al día siguiente y podría llevar al chico a entrenar. Se coló por delante de un simpático y redondo Citroën Picasso azul. Un camión que se incorporaba no lo vio venir y lo arrolló por un costado. Frenazos. Colapso. Luces parpadeando. Metal raspando alquitrán. Cráneo fracturado dentro del casco. Muerte clínica, dijeron los trabajadores del SAMUR cuando trasladaron a Pablo al hospital más cercano.
Al ser una víctima joven y sana, tras informar a su mujer, esperar a que fuera capaz de digerir la noticia y dar las sentidas condolencias, la jefa de la unidad de trasplantes le preguntó a Susana qué pensaba hacer con el cuerpo de su marido. Le habló sin decir nombres de varios casos conmovedores y pacientes en lista de espera que podrían salvarse si donaba sus órganos.
—Entiendo que esté en una situación muy difícil y lo último que pretendemos es importunarla, pero el tiempo apremia —susurró la doctora con toda la delicadeza que pudo—. No quiero que se sienta presionada, solo que sea consciente del bien que podría hacer.
Y así, con una firma temblorosa de la mano de Susana en un formulario estándar salpicado de lágrimas aquí y allá, fue como despedazaron cariñosamente el cuerpo de Pablo. Sus trozos viables se separaron del resto y se desperdigaron entre huéspedes que, protegidos por el anonimato de la lista de donantes, nunca supieron de esta historia.

El señor Rojas era un importante hombre de negocios, uno de esos individuos con traje y corbata que nunca parecen tener tiempo para descansar, gritan mucho al teléfono, tienen comidas con la empresa hasta las cuatro de la tarde y fuman a todas horas. Tan poco descansaba, tanto gritaba, tanto comía y tanto fumaba que un día su corazón dijo que ya no podía más y sufrió un infarto cataclísmico. Después de un triple bypass en el que casi se queda en la mesa de quirófano, los médicos dijeron que no aguantaría muchos meses y que necesitaba un transplante. La señora de Rojas, al borde de un ataque histérico, movió cielo y tierra para encontrar un cadáver con un corazón apto, pero la lista corre despacio.
Alberto Rojas tuvo suerte esta vez. Casi in extremis llegó un corazón sano y fuerte, lo suficientemente grande como para llenar su pecho de toro y mover sus litros y litros de sangre. Si dejaba el tabaco y las grasas saturadas, controlaba el estrés y empezaba con el ejercicio moderado pero continuo, viviría muchos años.
Vivió bastantes. Uno de esos inviernos, cuando volvía a casa paseando por una galería comercial, su corazón de segunda mano que tanta tranquilidad le había proporcionado, empezó a aletear como un ave de caza a la que hubieran disparado en pleno vuelo. Recordó la vez que se desplomó en la oficina y estuvo a punto de morir, y se sentó en el primer banco que encontró, pálido y empapado en sudor frío. No le dolía, solo notaba las palpitaciones por debajo de las costillas. Mientras hurgaba en su bolsillo con manos temblorosas, intentando dar con el bote de nitroglicerina, miró a su alrededor en busca de ayuda, y se encontró justo en frente con el brillante escaparate de una juguetería. Su corazón pareció calmarse un poco. En plena campaña de navidad, la tienda lucía sus mejores galas, sus colores más vivos, sus luces más epileptogenéticas. Una montaña de muñecas estaba perfectamente ordenada alrededor de un chalet de plástico en miniatura. Dos dinosaurios a escala parecían haber sido fosilizados mientras luchaban a muerte. Y en el centro del ventanal más grande, encima de una tarima negra… una bicicleta. Una bicicleta roja llena de faros y palancas resplandecientes.
El corazón prestado del señor Rojas dio un vuelco, de modo que se levantó para verla mejor. Él tuvo una bicicleta de pequeño, aunque no tenía nada que ver con ésta. Era apenas una barra oxidada unida a dos ruedas, y tenía que compartirla con sus dos hermanos; pero cuando bajaba por la cuesta un día de verano, con el sol y el viento de cara…
Su corazón se había calmado, sin necesidad de pastillas. Y al señor Rojas se le ocurrió entrar en la juguetería.
Al llegar a casa le contó a su esposa lo que le había pasado, pero ella le contestó:
—Ya sabes como son los niños de hoy en día. A Felipe no le va a hacer tanta ilusión como te hizo a ti.
Y en efecto, cuando llegó el día de Reyes y Felipe desenvolvió el papel de regalo de su bici nueva, lo primero que dijo fue:
—¿Y esto por dónde se enchufa a la Wii?
De modo que aquella bicicleta roja estuvo en el cuarto de Felipe unos meses, hasta final de verano. Después de las vacaciones, la señora de Rojas decidió que ocupaba demasiado espacio y fue trasladada al sótano, donde sus ruedas se deshincharon y su manillar acumuló polvo durante muchas primaveras.
Cuando Felipe fue lo suficientemente mayor como para ir a la Universidad, los Rojas pensaron que tal vez esa casona se les había quedado muy grande para ellos solos, y decidieron mudarse a un adosado a las afueras. Después de sacar todo lo útil que podrían necesitar, encargaron a Paco, transportista de profesión, que cogiera toda la chatarra inservible (el frigorífico viejo, la tabla de ejercicios, la mesa de ping pong rota, la bicicleta vieja del crío) para que se encargara de ella.
De camino al desguace, Paco tarareaba la canción de la radio, palmeando al ritmo sobre el volante de su camión. Hacía un buen día, tenía un buen puñado de cosas por el que podría sacar un buen precio y el tráfico estaba tranquilo. Probablemente llegaría temprano a casa. Pero, cuando se acercaba a una estación de servicio, su páncreas, que desde hacía años le había funcionado como un reloj, empezó a segregar insulina furiosamente al torrente sanguíneo de Paco. Le asaltó un hambre inesperadamente atroz sólo dos horas después de haber desayunado un bocadillo de carne con tomate. Tal fue la urgencia que, a pesar del buen ritmo de kilometraje que llevaba, se vio obligado a aparcar en la gasolinera y bajarse a pedir, casi a suplicar en la cafetería, un bocadillo de calamares.
Casi al mismo tiempo, Adela Solís, secretaria regional de la Asociación de Amigos del Transplante (AAT) iba en el asiento delantero del coche conducido por su marido, agarrada a la asita sobre la ventanilla. Llevaba en el regazo y en el asiento trasero varios montones de panfletos informativos para repartir en los hospitales de la zona, aunque Adela pensaba que era necesario informar a cualquier persona interesada, y que cualquier persona estaba interesada por el mero hecho de establecer contacto visual con ella.
Estaba mirando en el GPS la dirección del siguiente centro de salud, cuando el único riñón de Adela comenzó a hiperfuncionar. Dicen que un solo riñón humano puede hacer el trabajo de cuatro riñones, de modo que Adela Solís pasó de tener un riñón aletargado a cuatro riñones bombeando a pleno rendimiento, con lo que su vejiga se distendió hasta cuadruplicar su tamaño.
—Adolfo, para, tengo que ir al baño.
—¿Otra vez? ¡Si fuiste antes de salir!
—¡Pues tengo que ir otra vez! ¡Es una emergencia!
Adolfo suspiró, pero no dijo nada más. Se desvió al área de servicio y esperó pacientemente dentro del coche a que su mujer volviera. Adela caminó dando saltitos  desde el aparcamiento hasta el baño de mujeres de la cafetería; por suerte, a esa hora apenas había cola y pudo evacuar sin mayores incidencias. Mientras se lavaba las manos, se le ocurrió dejar un par de folletos por allí encima: sólo por la pinta que tenían las bandejas grasientas de las tapas, la mitad de la clientela tenía todas las papeletas para un cáncer de colon. De modo que se acercó a la barra y soltó un panfleto aquí, otro allí. Paco, con un calamar colgando de la comisura de la boca, le echó un vistazo rápido y se dirigió a la mujer:
—Oiga. ¿Usted trabaja en esto de los transplantes?
—Soy secretaria de la AAT, sí.
—Ah. Es que yo estoy transplantado, mire —Paco se levantó un poco la camiseta para que viera la cicatriz que tenía en la espalda—. De páncreas. Pero no estoy en ninguna organización ni grupo de ayuda ni nada de eso.
—Pues es una pena. Se puede ayudar muchísimo a otras personas como usted, o como yo. A mi me transplantaron un riñón hace ya unos años, pero otros no tienen tanta suerte de encontrar un donante a tiempo. Se necesitan muchas campañas de información, mucha colaboración ciudadana.
—Ya. ¿Y ustedes que hacen?
—Pues muchas cosas. A nivel local damos charlas, vamos voluntarios a hospitales, recaudamos fondos, hacemos colectas, rifas, cosas así.
El páncreas de Paco se removió en su sitio, incómodo. Y Paco se quedó pensando.
—Oiga. Yo soy transportista, y siempre llevo y traigo un montón de cosas que la gente ya no quiere pero que a lo mejor a ustedes les puede hacer un apaño. Si quiere le echo un ojo a ver qué tengo.
Sin dejar que Adela contestara, Paco se limpió la boca con una servilleta de papel y salió al aparcamiento para abrir su camión. Entró y empezó a remover trastos. ¿Qué podría servir?, se preguntó.
—Esto —sacó una bicicleta desvencijada, y empezó a sacudirle el polvo—. Está algo vieja y habría que hincharle las ruedas, pero es buena. No tengo hijos y mis sobrinas son ya mayores, a mí no me hace falta. A lo mejor ustedes pueden rifarla o algo así.
Adela observó aquel trasto polvoriento. Tenía pinta de cara y de no haber sido usada. Tal vez pudiera buscarle alguna utilidad.
—De acuerdo, muchas gracias. ¡Adolfo! Ven a meter esto en el maletero.

Doña Angustias se despertó un día con una quemazón en las tripas que no tenía desde que se había vuelto a la costa. Cuando le operaron del hígado y le pusieron uno nuevo, de vez en cuando la bilis le subía hasta la boca y sólo una cantidad ingente de sal de frutas podía calmarla. Un verano decidió cambiar de aires y pasar las vacaciones más cerca del mar, y desde entonces no había vuelto a darle problemas. Ahora vivía en un amplio apartamento, con una pareja y su hijo de inquilinos.
Aquel día doña Angustias se levantó enfurruñada al estante de la cocina donde guardaba la sal de frutas, pero no la encontró por ningún sitio. Tal vez se le gastara la última vez y no fue a comprar. Malhumorada, se vistió con su traje de luto (había terminado el luto años antes, pero conservaba el mismo vestuario) y salió a la calle. Normalmente era el matrimonio quien salía a hacer las compras, pero estaban fuera de la ciudad unas semanas.
Caminó unas calles, quejándose entre dientes de su artritis, cuando se encontró con María, la hija de Adela.
—¡Buenos días, doña Angustias! ¡Hace mucho que no sale de casa!
—Hola, Mariquilla. Qué grande que estás ya. ¿Cómo está tu madre?
—Bien, trabajando como una loca, que no da abasto. Ahora mismo iba para su edificio, que estoy vendiendo papeletas para la asociación, por si me quiere comprar alguna.
—Claro, claro —la señora rebuscó en su monedero en busca de suelto— Toma.
Cuando recibió aquel trozo de papel amarillo y lo prensó con su mano incipientemente artrítica, el flujo de bilis que salía de su hígado pareció calmarse, como un tipo de paz espiritual. Pero cuando fue a dar un paso para continuar su camino, la vesícula biliar se contrajo en una señal de amenaza.
—María, bonita, una cosa. Si vas a ir para mi casa, ¿te importa pasarte por la tienda de Guzmán y comprarme sal de frutas y dos barras de pan? Y te compro una papeleta más. Que estas semanas estoy sola y ya no soy una jovenzuela para andar por ahí trotando.
María se rió.
—Doña Angustias, cualquiera diría que es usted una anciana, si está más ágil que yo. Pero si quiere, ahora mismo voy a hacerle los recados.
Durante diez días, María fue a hacer la compra, a darle de comer a los canarios y a regar las plantas más altas.

Cuando volvió a casa, Tino se encontró con una caja grande en su dormitorio. Le preguntó a doña Angustias, pero ella sólo le dijo:
—Me lo trajeron el otro día. ¿Qué voy a hacer yo con esto? Si no tengo hijos ni nietos, y para mí es un estorbo más.
Tino se acercó y quitó la cinta adhesiva con un cuidado casi litúrgico. Desplegó las solapas de cartón y sacó a la luz lo que había dentro. Era una bicicleta de niño, completamente nueva. Tino pasó la mano por la pintura roja, por las palancas negras de las marchas, giró los pedales, los radios de las ruedas. Eva, su mujer, se acercó por detrás.
—¿Y eso?

—Una bici, ¿no es genial? Mi padre tenía una moto del mismo rojo que éste. Me encantaba —Tino se giró hacia Eva y cogió el balbuceante bulto que tenía ella en sus brazos—. Mira, Pablito. Esto va a ser tuyo.

"Bicicleta". Fuente: peligrosaspalabras.blogspot.com