Google+ Taller de Escritura Creativa de Sevilla: El guardapelo de la reina, Ana Llorca

El guardapelo de la reina, Ana Llorca

Sentada en su trono de grisolita, la reina Margot respira al fin tranquila. Durante la semana anterior, todo han sido prisas y carrerones en el Palacio real de Sedrilandia, todo han sido subidas y bajadas del gallinero a los desvanes y del palomar a las cocinas; todo ha sido un bullir de fregonas y lavanderas, pinches y cocineros, maestresalas y chambelanes;  todo ha sido, en fin,  un cúmulo de idas y venidas de un ejército de servidores, afanados en que  suelos, muebles, cortinas, vajillas y demás elementos del regio ajuar estuvieran dispuestos para el gran momento. Hasta la propia reina ha supervisado cuidadosamente la preparación de la fiesta que se avecina. Y es que esta misma noche se celebrará en palacio la Gran Pucherjá, la recepción ofrecida por la monarca al  Muy Honorable Duque de Puchol, su eterno y apuesto pretendiente, que vuelve victorioso de su campaña por tierras transedrinas. Desde que enviudó, hace ya largos años, la reina se ha mantenido firme en su decisión de no volver a contraer matrimonio para poder dedicarse por entero al gobierno del reino, y, sobre todo, para dejar firmemente asegurado el futuro de su progenie: los príncipes gemelos Petrus y Paulus y la dulce princesita Perla. Pero ahora, los príncipes, apodados cariñosamente en todo el reino “los apóstoles”, han sido proclamados oficialmente herederos “ax equo” al trono de Sedrilandia, y la princesita, que hace quince días cumplió los quince años, ha sido prometida, como la tradición manda, con un vástago de la noble estirpe de los Rubiopersé, de la cual su marido fue el más digno descendiente, con lo que la reina considera que ha llegado el momento de dejar de vivir exclusivamente para los demás, y dedicarse al fin a su propia persona. Así que esta misma noche, en el momento álgido de la recepión, después de anunciar el compromiso de su hija, piensa sorprender al Honorable Duque, y con él a toda la corte, otorgándole su mano, cediendo así tanto a los continuos requerimientos de su enamorado, como a las amorosas exigencias que desde hace tiempo su propio corazón le reclama.
Pensando feliz en estas consideraciones, a la reina se le adivina una sonrisilla de medio lado que escapa por debajo de la cañita por la que sorbe el acuanelán, el famoso refresco de canela elaborado en exclusiva para ella con agua purísima recogida en el marmolamello real. Lástima que tal estado de bienaventurado ensimismamiento se vea sacudido por la llegada del Conserjara Real, que entra en el salón del trono con aire preocupado, pero sin perder la compostura que a su dignidad conviene.
         —¡Majestad! —saluda respetuosamente inclinando la cabeza enturbantada—. Con el permiso de Vuestra Majestad, le informo de que, al ir a buscar la Sedrina al Guardarropa Real  para ser ventilada y cepillada con vistas a la ceremonia de esta noche, como Vuestra Majestad dispuso hace unas horas, me he hallado en la desagradable sorpresa de no encontrar dicha prenda, por más que he buscado por todos los rincones posibles.
          —¿Cómo? ¡No puede ser! Vos mismo me asegurasteis que quedó  guardada bajo llave en el Guardarropa tras el último acto real!
         —Así fue, Majestad, pero parece que la cerradura ha sido forzada, y el hecho es que la Sedrina no aparece.
         —¡Pues tiene que aparecer! La tradición manda que la Sedrina, símbolo del poder de la casa real de Sedrilandia, sea portada por el monarca reinante en todo acto protocolario del reino. Sin ella no podré anunciar esta noche el compromiso de la princesa, y por consiguiente, tampoco podré... —Calla de pronto la reina, que por un momento ha estado a punto de desvelar su secreto. Sólo ella sabe que el Duque, harto ya de recibir largas, le dio un ultimátum antes de partir a la campaña: o le daba el sí la misma noche de la Pucherjá, o se iría del reino para siempre. De pronto, una luz de inspiración ilumina su rostro—¿Habéis registrado los aposentos de los príncipes?
         —Precisamente venía a solicitar vuestro real permiso para hacerlo, Majestad —contesta ceremonioso el interpelado.
         —Id, id en seguida, y traedme pronto la feliz noticia del hallazgo del real manto.
         El Conserjara se retira haciendo reverencias, y, apenas la reina ha tenido tiempo de lanzar dos suspiros de preocupación, se presenta de nuevo en la sala. Esta vez su porte es menos solemne, y se observa que el color del rostro es más pálido, a la vez que muestra ladeado el turbante. La reina, que sumida en sus recelos no repara en las descritos signos, lo recibe con un destello de esperanza en los ojos.
         —¿La habéis encontrado ya?
         —Lo siento mucho, Majestad, pero no he podido ni siquiera llegar a los aposentos principescos. Resulta que la pareja de comirenas australianos que adquiríó Vuestra Majestad a precio de riñón real, dicho sea con perdón, para regalar al Muy Honorable Duque con motivo de su exitosa campaña en...
         —¡Abreviad, Conserjara, mirad que no está el horno para bollos! —se impacienta la reina, que cuando la ocasión lo requiere sabe mostrarse castiza.
         —Decía, con permiso de Vuestra Majestad, que los comirenas se escaparon al parecer anoche de su jaula, y han estado desde entones  poniendo huevos, con perdón, en el suelo del Comedor Real, donde se celebrará dentro de dos horas la Cena de Gala. Y conociendo la proverbial fecundidad de estos animales, Vuestra Majestad se hará una idea...
         —¡Pues que los recojan inmediatamente! Y que los lleven a la cocina, tal vez el Cocinero Real nos deleite con alguna exótica receta... —contesta Su Majestad, siempre práctica.
         —Pero es que ...no acaba ahí la cosa, Majestad. Con el permiso de Vuestra Majestad, me atrevo a informarle de que esta mañana los príncipes, vuestros hijos, han entrado en el Comedor montados en sus Rolumines y han entablado una competición a ver cuál de los dos atropellaba más huevos, con perdón, y con los salpicones han dejado el suelo y las cortinas perdidos, como puede Vuestra Majestad suponer.
         —¿Los príncipes pedaleando en los Rolumines que les regaló su augusto padre cuando nacieron? ¡Pero si tienen dieciséis años cada uno!
         —Vuestra Majestad me permitirá decirle que ya sabe que son como niños.
         —¡Lo que son es unos gamberros! —grita la reina Margot, perdido ya el real decoro—. ¡Que los traigan inmediatamente a mi presencia! ¡Y haced el favor  de ordenar que limpien concienzudamente el comedor y pongan cortinas limpias!
         El Consejara se retira con el respeto acostumbrado, y se dirige con premura a cumplir los encargos de la reina, con tan excelentes resultados que, antes de que a esta le hubiera dado tiempo de soltar dos resoplidos de desesperación, se presentan los príncipes ante su madre con aire compungido.
         La reina se dirige a ellos con firmeza no exenta de cariño, y los gemelos, que adoran a su madre y además tienen nobles corazones, acaban confesando que han sido ellos los que, además de organizar la zapatiesta del comedor de gala, se han apoderado de la Sedrina para entregársela al prometido de la princesa Perla, a cambio de tres buenos ejemplares de melones que aquel poseía, ideales para enmelhornar.
         —¿Qué habéis hecho? —solloza la reina, deshecha en llanto— ¿Habéis puesto en peligro la continuidad del reino, sólo por tres medidas de palomitas de melón?  ¡A saber con qué oscuras intenciones el que ha de ser vuestro cuñado desea poseer el manto que inviste nuestra dignidad real! ¡Ay, si vuestro pobre padre levantara la cabeza!
         —No lloréis, madre —dicen los dos, conmovidos, a coro—, nosotros somos los responsables de esta situación, y nosotros la resolveremos. Le daremos los melones al joven Rubiopersé, y el nos devolverá la Sedrina.
         —¡Pero deprisa! La hora de la recepción se acerca —gime la soberana, que cada vez ve más lejana la posibilidad de su deseado himeneo—. Y vos, Conserjara, haced venid al prometido de la princesa enseguida, de grado... o por la fuerza!
         —A ver cómo nos las arreglamos ahora —cuchichea Petrus a Paulus mientras salen del salón—, supongo que el Rubiopersé no querrá deshacer el trato.
         —Máxime teniendo en cuenta que los melones los enmelhornamos hace un rato y de las palomitas no hemos dejado ni rastro —contesta Paulus—. ¡Vaya lío! ¡Como no nos inspire el Espíritu Santo!
         —¡Exacto! Vayamos a la Cantina Real y echemos un traguito de bocardiente. Si a los Apóstoles les ayudó a recibir su inspiración en forma de lengua de fuego, ¡no veo por qué no nos puede ayudar a nosotros que somos apóstoles también!
         Y los dos hermanos se dirigen alegremente hacia la cantina de los guardias, olvidados ya sus nobles propósitos.
         Mientras tanto la reina ha abandonado el trono y ha empezado a pasear nerviosamente de una punta a otra del salón. Dirige su vista a la entrada cuando oye pasos, y halla que se acerca su hija, la princesa Perla. Apenas han tenido tiempo para saludarse cuando entra  el Conserjara, esta vez en tal estado de agitación, que ni la misma reina puede dejar de percibirlo.
         —¿Qué os sucede, mi buen Conserjara? ¿Por qué teneís el rostro tan encendido? ¿Y por qué usáis el extremo de vuestro turbante de uniforme para enjugaros el sudor?— le pregunta, obsequiosa.
         —Majestad mía, digo Vuestra, vengo deprisa para comunicaros que tanto la Sedrina como el joven Rubiopersé han sido hallados
         —¡Bendito sea San Sedrín, patrón del reino! Al fin se aclaran mis temores y mis dudas. ¿Y cómo y dónde han sido hallados?
         —Eso es lo espinoso del tema, Majestad, si se me permite decirlo. Unos mozos de cuadra, al entrar en el último establo, vieron un extremo de la Sedrina sobresalir de  un montón de paja, lo cual constituiría una buena noticia, si no fuera porque al tirar de la manta, digo del manto...hallaron al Rubiopersé bajo el palafrenero real, ambos sin calzones, y en actitud, ¿cómo diría? —Mira azorado el Conserjera a la princesita, que asiste a la conversación con mirada cándida.
         —¿Mi prometido con el palafrenero? ¡No puede ser! —estalla ésta asombrada— ¡Qué traidor!
         —¡Pobre niña! —se apresura la reina a abrazar a su hija.
         —¡Pero si ayer mismo le juró amor eterno al sobrino del Primer Chambelán! —concluye la princesa meneando su linda cabecita.
         —Pero, hija ¿tú sabías que tu prometido...?
         —¡Lo sabe todo el reino, madre!
         —Pero entonces, no puedes casarte con él!
         —¡No sabes cuánto me alegro! —contesta Perla—. Yo no puedo soportarlo a él, ni él a mí —Y añade reprimiendo una sonrisa cómplice—. ¡No me extrañaría que haya intentado esconder la Sedrina para evitar el compromiso!
         —¡Pues lo ha conseguido! ¡Nos quedamos sin boda! —lamenta Margot al borde de las lágrimas.
         —No te preocupes, mami! Tal vez no haya que suspender la boda, sino sólo sustituir al novio... —deja entonces caer la princesa.
         —Ah, ladina. ¡Tú quieres a otro! ¿Quién es?
         —Es el capitán de la guardia del Duque. No tiene fortuna, pero es valiente, guapo y bueno.
         —¿No es ese el que obtuvo el título de mejor monclavero en las últimas fiestas patrias? —dice la reina, que según dicen siempre ha tenido buen ojo para clasificar pantalones.
         —El mismo, mami querida
         —Pero, ¿es Rubiopersé? —pregunta la reina sin muchas esperanzas.
         —Aunque no lleve el apellido debe de serlo, porque tiene una bonita cabellera rubia, y ya sabemos que los únicos rubios del reino son los que pertenecen a ese linaje.
         —Bien, todo resuelto entonces. Démonos prisa en ataviarnos. Esta misma noche se anunciará el compro...
         —Permítaseme terciar —tercia el Conserjara—, pero Vuestra Majestad sabe que el pretendiente  a casarse con la princesa debe ser autentificado como rubio per se, mediante la prueba del Rubitén.
         —¡Maldito Conserjara! —Piensa la reina—. Con tanto rigor protocolario, nos va a dejar a mí y a mi hija para vestir santos—. Bien, en cuanto llegue el Capitán que le corten un mechón del cabello y ¡ya veremos si el Rubitén cambia de color a su contacto, como sucede siempre ante los rubios de bote! Pero mientras, vayámonos preparando para la recepción, pues ya falta menos de media hora, y no sé por qué, pero a mí me dice el corazón que el capitán pasará la prueba—añade mientras se lleva la mano al guardapelo de oro que luce en el pecho desde que murió su marido.

Atrás ha quedado la Cena de Gala, donde ha triunfado la ingeniosa conversación de los inspiradísimos “apóstoles”. El gran salón del reino brilla ahora con la luz de miles de velas a medio consumir. Entre ellas, los rostros de Perla y Margot relucen más que  ninguna, iluminados por el arrobo del amor y el ejercicio del baile. Declarados ya ante la corte sus respectivos compromisos, distinguen a sus prometidos con  gestos cariñosos. La reina muestra orgullosa  en una mano el abanico de pedrería que como prenda de amor le ha regalado el Duque.
         Con  la otra, aprieta contra su pecho el guardapelo donde ha vuelto a guardar el mechón de cabello que cortó hace tantos años a su marido muerto, el mechón más rubio que haya podido verse jamás en un Rubiopersé.