Google+ Taller de Escritura Creativa de Sevilla: Mi mundo es morado chill out, Rodolfo Garrotín

Mi mundo es morado chill out, Rodolfo Garrotín

Hola cursilería
Una labor como la de describir el espacio en el que desarrollo el proceso creativo, y la génesis del proceso mismo, me exige abandonar, aunque sólo sea en el comienzo, mi recurrente estilo frívolo para penetrar en las profundidades de lo sustancial. Si no lo hiciera, no podría afirmar seriamente que mi mundo es morado chill out.


Mi mundo sí, mi mundo. Cuando escribo, abandono el globo terráqueo y me encierro en mi pequeño planeta, que mide, aproximadamente, dieciocho metros cuadrados. Este mundo, como el de verdad, tiene también animales y plantas. Y tiene estrellas, sol y luna, la Virgen y San José y el Niño que está en la cuna. Lo tiene todo.
Mi mundo tiene dos paredes de pladur, una de ladrillo enfoscada con mortero y escayola y con tres ventanas muy grandes y otra de cristal. Las paredes de pladur y la de ladrillo enfoscada con mortero y escayola y con tres ventanas muy grandes están pintadas de un morado relajante. Por eso mi mundo es morado chill out.
En mi mundo soy dichoso. En este planeta me abandono a la imaginación y sueño despierto la prosa que a través de mis dedos índices queda plasmada para siempre en la memoria de mi fiel compañero, ese que casi nunca me falla y que, cuando lo hace, deseo ver muerto. Mi relación con el ordenador es bipolar. Casi siempre lo adoro aunque a veces le odie. Por cierto, se llama Dell.
Aquí, en el lugar en el que ahora estoy, tengo todo lo que necesito para ser feliz. Tengo agua y alimentos para el cuerpo y para el alma. Tengo a mi amor lo suficientemente cerca como para percibir su aroma a flores. Pero sobre todo, tengo paz. Mi alma está quieta y nada me perturba. Por eso pueden fluir mis pensamientos libremente, como la corriente del río cuando busca el mar y yo camino indiferente allí donde me quiera llevar.
¡Ah! Me encanta mi mundo.

Adiós cursilería. Hola (otra vez) frivolidad
Bien, volvamos a la ligereza de siempre. Yo escribo en el despacho del trabajo. Escribo aquí porque me he habituado a hacerlo justo al acabar la jornada mañanera cuando el teléfono deja de sonar y la gente cesa de entrar.
Lo cierto es que me resulta un lugar cómodo para escribir porque, a esta hora, no hay nada que me moleste. Es una gozada poder estar centrado en una actividad sin nada que la interrumpa. Una de las cosas que menos me gusta de los tiempos en que vivimos es que tenemos demasiados estímulos alrededor. El correo electrónico, el teléfono, los mensajes, el twitter, el whatsapp... Es difícil que con todas estas cosas pueda uno encontrar un rato al día para pensar y escribir.
Aquí, a esta hora, dichos estímulos desaparecen y puedo pensar y transcribir lo que pienso. Me gusta escribir aquí y a esta hora. Y es curioso pero puedo permanecer sentado hasta que no tenga nada más que decir aunque ello me lleve mucho tiempo. Digo curioso porque, por lo general, me cuesta estar sentado en esta mesa más de quince minutos seguidos. Salvo para escribir.
En mi mundo, hay dos estanterías frente a mí apoyadas sobre una de las paredes de pladur. Son estanterías de metal de color gris. En la de la derecha, más alta, tengo decenas de carpetas apiladas. Cualquiera diría que están desordenadas, pero no. Sé perfectamente dónde está cada cosa. En la de la izquierda, más baja que la otra, tengo libros y, sobre su techo, un calendario del año 2007, una ortofoto de Cádiz enrollada y lo que queda de mi bonsái.
Mi bonsái era un ficus enano que llegó a mi vida un mes de enero de hace varios años. En una de sus ramitas traía colgada una etiqueta.

INSTRUCCIONES PARA UNA PERFECTA CONSERVACIÓN: SUMERGIR LA MACETA EN OTRO RECIPIENTE MAYOR CON AGUA DOS VECES A LA SEMANA DURANTE CINCO MINUTOS. PULVERIZAR AGUA SOBRE SUS HOJAS UN DÍA A LA SEMANA. PROTEGER DE LA EXPOSICIÓN DIRECTA A LOS RAYOS DEL SOL Y A LAS FUENTES DE CALOR ARTIFICIAL


INSTRUCTIONS FOR OPTIMUM STORAGE: IMMERSION THE POT IN ANOTHER CONTAINER WITH WATER TWO TIMES A WEEK FOR FIVE MINUTES. SPRAY WATER ON ITS LEAVES ONE DAY A WEEK. PROTECT FROM EXPOSURE TO DIRECT SUNLIGHT AND ARTIFICIAL HEAT SOURCES


BONSÁIS CLEMENTE

VENTOSA DE PISUERGA (PALENCIA)

Se ve que el encargado de traducir el texto de la etiqueta al inglés usó Google.
De modo inmediato, le cogí cariño al bonsái. El arbolito formaba con sus hojas una especie de capuchón frondoso de color verde. Me inspiraba tanta ternura que procuraba aplicarle los más delicados cuidados.
Acudí a una tienda cercana, regentada por unos señores que parecían ser del muy lejano oriente, y compré una fiambrera de plástico, lo suficientemente grande como para que la maceta cupiese dentro, y un pulverizador, también de plástico. Gasté en ambas cosas casi dos euros. Una minucia comparado con lo que merecía mi arbolito. Todos los lunes y jueves, de modo invariable, sumergía el bonsái durante cinco minutos, cero segundos, cero centésimas y cero milésimas de segundo para hidratarlo. Adquirí una extraordinaria destreza en el manejo del cronómetro. Todos los miércoles rigurosamente aplicaba agua pulverizada sobre sus delicadas hojas.
A falta de otro ser vivo, concretamente de un mamífero que anda sobre dos piernas, tiene pensamientos insondables y que pertenece al sexo femenino, el bonsái se llevó todos mis mimos durante largos meses. La motivación principal para acudir al trabajo era él. Deseaba con todas las fuerzas que amaneciera el lunes para ir al encuentro de mi minúsculo árbol. Aquello era amor de verdad.
Estoy seguro de que cualquier mamífero que anda sobre dos piernas, tiene pensamientos insondables y que pertenece al sexo femenino hubiera deseado ser aquél bonsái. Cuando digo cualquier quiero decir cualquier. Nunca traté a nadie como a mi amada planta. Vivía por y para ella.
Llegó el día 31 de julio de aquel año y con él la despedida antes de las vacaciones.
—No te preocupes –le dije – sólo serán treinta días. Se me harán eternos, pero el tiempo pasa muy deprisa. Te dejo dentro de la fiambrera, que está repleta de agua, y ocúpate de absorber sólo la que necesites en cada momento. No te atragantes que después lo pasas mal. Prometo que lo primero que haré a la vuelta será pulverizar agua fresca en tus hojas. Vigila, mientras tanto, a todo el que entre de mi despacho y ya me contarás. Te quiero, ficus.
Él no me respondió, pero no lo observé quejoso ni indiferente. Derramé una lágrima y él una hojita verde. Cerré la puerta tras dirigir una última mirada y me marché.
El 1 de septiembre tocó reincorporarse al trabajo y, con ello, pasar por el duro trance de comprobar que mi bonsái, mi querido ficus, había dejado de existir. La vida en ocasiones nos coloca en trances verdaderamente trágicos que deben digerirse con la mayor entereza. Sin embargo, ante la estampa del esqueleto de lo que había sido un frondoso arbolito japonés me derrumbé completamente y de un solo golpe.
No pude mantener la compostura. Lloré por él amargamente durante varios días. Me sentí culpable porque aquél árbol no hubiera seguido mis instrucciones. Y más culpable todavía por no seguir yo las de Bonsáis Clemente. En efecto, el reverso de la etiqueta decía:

¡ATENCIÓN! SI VA A AUSENTARSE DURANTE UN PERÍODO PROLONGADO DE TIEMPO, NO DEJE SUMERGIDA LA PLANTA DURANTE LA AUSENCIA. SE PUDREN LAS RAÍCES

ATTENTION! IF YOU LEAVE FOR A PROLONGED PERIOD OF TIME, DO NOT LEAVE SUBMERGED PLANT DURING THE ABSENCE. ROOTS ROT

¡Malditos sean los reversos de las etiquetas y maldita sea la letra pequeña!
En honor a su memoria, y puesto que no he encontrado cementerios de bonsáis, decidí momificarlo y dejar expuestos sus restos ante mí.

A la izquierda de las estanterías, justo en la esquina que forma una de las paredes de pladur con la de ladrillo enfoscado con mortero y escayola y con tres ventanas muy grandes, hay un perchero donde hacen guardia de permanencia cuatro corbatas y tres americanas. Están siempre dispuestas para ser usadas cuando el momento lo requiere. Las corbatas son siempre las mismas. Las americanas las cambio según la época del año en la que estemos.
La mudanza de chaquetas , por cierto, constituye un acontecimiento siempre traumático, como todas las mudanzas. He vivido ya unos cuantos cambios de casa en mi vida y siempre pienso lo mismo: es una pena no ser rico para pagar a una empresa lo que tenga a bien pedirme, a cambio de encontrar en mi nuevo hogar todo tal y como estaba en el antiguo. Las mudanzas y traslados me generan, entre otras cosas, ansiedad, insomnio, pérdida de apetito, micropsia , irascibilidad, llantos incomprensibles y, sobre todas las cosas, una profunda incomodidad. Es la peor tarea del mundo junto con la de hacer la cama.
La mudanza de chaquetas de guardia no es diferente. Si tengo que cambiar las de verano por las invierno, cuando llega el frío, es obligado que realice una dolorosa combinación. Por las mañanas, salgo de casa en mangas de camisa y voy en moto al trabajo. A la hora de volver a casa, me enfundo la chaqueta de verano y cuando llego la cuelgo en su armario. Sólo cuando las tres americanas de verano están debidamente guardadas en casa comienzo a trasladar al despacho las de invierno a razón de una diaria. Como es evidente, cojo un monumental catarro por cada paseo en moto en mangas de camisa. Debido a que cada resfriado me dura una semana, completo la mudanza en tres semanas. Cualquier año de estos no podré contarlo.
Cuando he de cambiar las de invierno por las de verano, con los primeros calores voy cómodamente en mangas de camisa al trabajo y, a la vuelta, me coloco las gruesas chaquetas de pana, paño o lana para dejarlas en casa. Como la deshidratación extrema se cura antes que el catarro severo, sólo tardo semana y media en acabar el traslado.

Entre mi mesa de trabajo y las estanterías hay una mesa redonda con cuatro sillas tapizadas en rojo. La mesa redonda tiene una gran utilidad. Originariamente su destino era el de celebrar pequeñas reuniones. Sin embargo, odio las reuniones. Las de trabajo, claro.
Las reuniones no sirven para nada. Te sientas, preguntas por la familia de los interlocutores incluso aunque para ti carezca del más mínimo interés, los interlocutores te preguntan por tu familia incluso aunque para ellos carezca del más mínimo interés, se producen largas exposiciones teóricas sobre la naturaleza de cosas rarísimas, se intercambian expresiones corteses sobre la perspicacia, inteligencia y fineza de los sucesivos oradores y se concluye con un “seguiremos hablando”. Una reunión es el mismísimo paradigma de la ineficiencia.
Con el tiempo, he aprendido a desarrollar la habilidad de evitar la celebración de reuniones. Si son con la jerarquía, en sustitución de las reuniones pido órdenes claras. Si son con los iguales, sustituimos las reuniones en la mesa redonda con cuatro sillas tapizadas en rojo por la barra de un bar. ¡Qué frivolidad!
Por eso, la mesa redonda con cuatro sillas tapizadas en rojo sirve ahora para abandonar cosas de la más variada índole y para que los ácaros vivan cómodamente. Desde que murió el bonsái, me hacen compañía y yo a ellos.
Tras del lugar en que me siento, hay un armario apoyado sobre la otra pared de pladur. En ese armario hay cientos de cosas de ignorado propietario. Lo heredé del anterior ocupante del despacho y sólo lo he abierto para guardar en él el kit del tetero que compré por amor.
Yo por amor hago muchas cosas. Me encanta enamorarme y enamorar. Genera una sensación muy agradable. Me gustaría estar en permanente estado de idilio, pero las mujeres no saben enamorarse de mí ni se dejan amar como a mí me gusta. Llega un momento en que no sé qué les ocurre pero lo cierto es que cambian y dejo de admirarlas. Y en el fin de la admiración está el fin del amor. ¡Qué doloroso es el fin del amor!
Esta repetitiva circunstancia la vivo ya con resignación. Nunca encontraré una mujer que mantenga viva la llama de mi interés. La única mujer que podría conseguirlo, como alguna que otra antes, ni siquiera quiere ser amada por mí y se alejó en cuanto intuyó mi agrado por ella.
Tendré que arrancarme el corazón.

El kit del tetero que compré por amor se compone de
1. una taza;
2. té a granel de tres clases distintas: té verde, té especiado y té antigripal. El té antigripal no sé muy bien que hierba lleva pero la amable señora que me lo vendió aseguró que daba resultados. Será casualidad, pero lo cierto es que este invierno sólo me he resfriado las tres veces reglamentarias en la anual mudanza de chaquetas;
3. bolsitas de papel para hacer la infusión; y
4. una especie de cuchara pequeña, más honda de lo habitual, para introducir el té en las bolsitas. No sé que nombre tiene y por eso le llamo “especie de cuchara pequeña más honda de lo habitual”. La amable señora que me la vendió dijo que la medida exacta para cada infusión era de dos cucharadas rasuradas de té. ¡Qué manía la de establecer reglas hasta para preparar una infusión! El té es como el amor, no tiene reglas.
Desde que se fue el frío, y por estar guardado en el armario el kit del tetero que compré por amor, raro es el día en que me acuerdo de él y me preparo infusiones.
Una pena, porque están muy ricas.

Mi mesa de trabajo tiene cinco patas, que nadie pregunte la razón, y dos partes que forman un ángulo recto. La primera, de espaldas a la pared de ladrillo enfoscado con mortero y escayola y con tres ventanas muy grandes y frente a la pared de cristal, sirve para acumular papeles, agendas que nunca uso por no resignarme a la infidelidad de mi memoria (tengo agendas desde el año 2004 para acá) y libros con leyes varias. Debe haber también, debajo de todas esas cosas, una grapadora. Como nunca me molesto en buscarla, uso siempre la del compañero que habita el despacho contiguo.
Ahora que lo pienso, la pereza es la que me obliga acudir al vecino en vez de buscar la grapadora entre tanto caos y no sé si debería declararlo públicamente. Podría menoscabar mi buen nombre. Y ahora que pienso más, puede que cualquier día me diagnostiquen el Síndrome de Diógenes. Trataré de solventarlo.
La otra parte de la mesa de trabajo está en perpendicular a la anterior y de frente a una de las paredes de pladur, esa en la que están las dos estanterías de metal y el perchero. Su función en este mundo es la de sostener el ordenador con su teclado, su pantalla y su ratón, el teléfono, el cubilete de los bolígrafos, un aro de cinta de embalar y una botella de agua de litro y medio. Procuro beber dos botellas completas diariamente, una por la mañana y otra por la tarde.
Al otro lado de esta parte de la mesa, una silla tapizada en rojo sirve para descanso de mis piernas. El médico, en una de las pocas veces en que nos hemos visto cara a cara, me recomendó tener las piernas en alto para facilitar la circulación de la sangre debido a un pequeño problema que padecí. El problema se fue pero descubrí cuan a gusto estaba así y decidí mantener tan saludable costumbre.
El proceso creativo es muy breve, señal inequívoca de que estoy equivocado: alzo mis piernas sobre la silla tapizada en rojo, me dejo caer sobre el respaldo de la silla en la que me siento y abro dos ventanas en la pantalla del ordenador. Una, la del documento Word en el que escribo. La otra, la página de la Real Academia de la Lengua, que me permite acudir al diccionario y resolver dudas ortográficas.
A continuación, acudo imaginariamente al tema propuesto, miro fijamente a la pared de pladur y me sumerjo en mi mundo morado chill out para empezar a aporrear teclas y escribir palabras a discreción...