Google+ Taller de Escritura Creativa de Sevilla: Cuando el gusto deja de serlo, Rodolfo Garrotín

Cuando el gusto deja de serlo, Rodolfo Garrotín

Gusto es una palabra polisémica. Es la primera persona del singular del presente del indicativo del verbo gustar. Es, según el diccionario de la Real Academia de la Lengua (¡oh la Academia!), el placer o deleite que se experimenta con algún motivo, o se recibe de cualquier cosa. Es también la facultad de sentir o apreciar lo bello o lo feo, la manera de sentirse o ejecutarse la obra artística o literaria en país o tiempo determinado, es capricho, antojo, diversión. Qué palabra tan optimista, siempre vinculada a las cosas bellas.
Sin embargo, el gusto es, del mismo modo, el sentido corporal con el que se perciben sustancias químicas disueltas, como las de los alimentos. Qué pena. Esta acepción tiene la virtualidad de convertir una palabra tan maravillosa en otra capaz de ser relacionada con la repugnancia, el asco, las arcadas violentas o incluso el vómito.
El gusto, como sentido corporal, es voluble. Gracias al gusto disfrutamos con las ricas gambas (¡oh las ricas gambas!) o con el pringoso jamón de Jabugo (¡oh el pringoso jamón de Jabugo!).
El problema es que el gusto, como sentido corporal, puede también asomarnos al infierno. Cuando a nuestra boca acceden, voluntaria o involuntariamente, determinadas cosas que pertenecen al mundo exterior, al mundo exterior de nuestras bocas, el mismo gusto que nos hace disfrutar con las ricas gambas (¡oh las ricas gambas!) o con el pringoso jamón de Jabugo (¡oh el pringoso jamón de Jabugo!), nos hace desear la aparición de un rayo que, fulminante, caiga sobre nuestras cabezas o el advenimiento de esa luz que se ve al final del oscuro túnel y tras la cual aparece la otra vida (o no).
Amigos, el gusto es un felino perverso que puede llevarnos al deleite y, al momento, revolverse y arañarnos gravemente. Me referiré sólo a un ejemplo en el que el gusto deja de serlo porque hablar de más podría provocar que no terminara la encomienda debido a un súbito perecimiento.
Existe en el mundo una sustancia que me resulta irremediablemente desagradable. Parece inocente, todo ternura, todo candor. Hace gozar a niños y a mayores, resulta deseado como elemento lúdico e incluso se emplea como instrumento para la educación de los infantes.
Sé que lo que escribo me granjeará, en el mejor de los casos, la incomprensión del lector. En el peor, la antipatía y el desprecio. Qué le vamos a hacer. Son gajes del oficio que no me harán renunciar a mis principios.
Mi opinión sobre ella podría servir para completar el ejercicio fuera cual fuese el sentido corporal escogido. Quiero decir que odio verla, tocarla, olerla y oír siquiera su nombre. Y aunque no tiene por destino ser comida, odio saborearla.
Siempre fui un gran comilón y una persona con instinto. En la infancia, la combinación del instinto y el apetito me aproximaba a los animales de la sabana. Ahora que soy adulto trato de racionalizar esta conjunción para moderar mi comportamiento y adaptarlo al de un ser humano corriente capaz de vivir en sociedad sin sobresaltos para el resto de la humanidad.
Otra cosa es cuando era pequeño. Cuando era pequeño...
El instinto fallaba a veces. Desde que tengo uso de razón recuerdo haber ingerido todo aquello que me sugería deleite para el gusto. A veces, sin embargo, lo que por su aspecto exterior resultaba apetecible acababa siendo desagradable al paladar. Recuerdo, sin rencor de ningún tipo hacia esos objetos, haber comido pastillas de Avecrem, trozos de lápices de cera Manley y algún que otro pedazo de antipolillas blanco que descubrí envuelto en papel de periódico dentro un cajón.
La expectativa que me generaban aquellas cosas al mirarlas no se veía correspondida una vez degustada. Ello me llevaba a escupirlas, sin perjuicio de la inevitable ingestión de los restos, de la aparición de dichos restos en la parte final del proceso digestivo, para preocupación de mis padres ignorantes del origen de aquello, y del consabido mal sabor de boca que perduraba más de lo deseable a pesar de los necesarios enjuagues bucales con agua del grifo y dentífrico con sabor a menta.
Sin embargo, no les guardo desafecto. Aunque no uso Avecrem, es mejor el empleo de los caldos hechos en casa, puedo enfrentarme a él. Tampoco hay nada que me impida aceptar el contacto con los lápices de cera o el antipolillas. Puedo llegar incluso a comprarlos y usarlos sin descomponer el gesto.
Nada de ello ocurre con la protagonista de este relato. Por ella siento verdadero rencor. La odio profundamente. Deseo con todas mis fuerzas que desaparezca de la faz de la tierra.
Nunca he conseguido averiguar el origen de mi rechazo hacia ella. He acudido a terapias con los más prestigiosos psicólogos que habitan en el mundo. He cruzado la tierra en su búsqueda para someterme a diversos tratamientos que curaran mi padecimiento y consiguieran explicarme la causa de mi trauma.
Tras gastar mi inmensa fortuna en ello, ninguno de los profesionales consultados supo ofrecerme una respuesta convincente. Arruinado, tuvo que ser el párroco quien diera con la tecla. El párroco es el regente del bar que está bajo mi casa.
Tras mi último viaje en busca de la solución definitiva y frustrado por la falta de resultados óptimos, decidí tomar un vermut en la parroquia. Mi querido Gumersindo, Gumer para los parroquianos, me vio cabizbajo. Con esa prudencia que en él es característica y que le hace iniciar una conversación sólo cuando es verdaderamente necesario, me inquirió por mi pesadumbre.
Gumer le dije, no he conseguido conocer el origen de mi desgracia.
Me hizo varias preguntas y le conté toda la historia de que, cuando era un niño, me llevaba a la boca lo que parecía un manjar por mucha química que llevase. Gumer, tan perspicaz como siempre, me dijo:
Eso que te pasa se debe a que la sustancia que tanto odias no sólo tiene un sabor nauseabundo sino también una textura desagradable y de difícil deglución. Lo raro es que no fenecieras por causa de aquello.
¡Era verdad! En efecto, recordé que cuando me llevé aquello a la boca lo primero que hice fue masticarlo. Como consecuencia de ello, la incalificable sustancia quedó separada en múltiples pedacitos y, a pesar de tratar de expulsarlos, el trozo que tragué quedó en la glotis atrapado provocando una sensación de asfixia que quedó superada gracias a un último esfuerzo cuando mi rostro había adquirido color violeta.
Con todo, lo peor no fue estar tan cerca de la muerte. Lo peor fue, sin duda, que aquellos trocitos de la asquerosa sustancia que pululaban por mi boca al no poder ser expulsada quedaron incrustados en mis pequeñas muelas no obstante mis continuos enjuagues y frotamientos.
Tres días tardó en desaparecer de mi boca aquel pestilente sabor a química. Tres días en los que no paraba de pensar que, con un poco de suerte, ya estaría al menos en el limbo. Tres días interminables en los que los días no acababan y las noches eran eternas.
Tras de aquello, no volví a tener contacto con semejante cosa. Proclamé a mis padres que si volvía a ver aquello en casa mi determinación por marcharme era irrevocable. Tan firme convicción la mantuve en el colegio y, por consecuencia, no volvía a aprobar la asignatura de trabajos manuales.
[Hago un pequeño excurso (o más bien una verdadera excursión por mis recuerdos del colegio): obstinarme en mi determinación de no volver a usar esa cosa tan desagradable me costó sucesivos disgustos académicos. Llegó a emplearse tan grosero objeto, incluso, en alguna clase de geografía.
En lo que a los trabajos manuales respecta, no obstante, mi designio no cambiaba por tan insobornable decisión pues dada mi evidente falta de habilidad con el dibujo, los colores, los paneles de madera, el serrucho, el pegamento, la cartulina, el rotulador, el rotring punta fina, el compás y demás instrumentos análogos habría suspendido siempre y en todo caso la citada asignatura.]
Vuelvo al asunto que aquí me trae. He tenido conocimiento de que, por obra del ingenio humano, se ha inventado una nueva modalidad de esa cosa tan guarra: ahora la fabrican en versión comestible. Definitivamente, la humanidad no tiene arreglo.
Ni bajo la promesa de recuperar la fortuna gastada en psicólogos, ni ante la seguridad de conseguir el amor de mi musa (en el actual estado de cosas, pedirle amor es mucho; me conformaría con un minuto de su atención), ni ante la posibilidad de vivir cien años sería capaz de volver a pasar por tan horripilante experiencia.
Te desprecio, plastilina.

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