Google+ Taller de Escritura Creativa de Sevilla: Se llama Brenna, Álvaro Gil de la Calle

Se llama Brenna, Álvaro Gil de la Calle

Tres de la mañana. El agua se deslizaba por la fuente con una suavidad hipnótica. Era una noche muy fría la de aquel otoño, demasiado fría como para caminar por callejones estrechos y oscuros a altas horas de la madrugada, donde las sombras parecían cobrar vida, pero eso hice, andaba. Mis pasos resonaban con fuerza. A medida que avanzaba las luces de las farolas del puente cegaban mis ojos y el tosco asfalto de piedra resquebrajaba mis talones. Sentía un dolor punzante, como si me hubieran clavado algo. Un pequeño gato negro de apenas semanas de vida maullaba sin cesar bajo un coche. Su madre yacía moribunda al otro lado de la calle. El instinto de supervivencia del joven felino hizo que, tras un alarido entrecortado por la fuerte ventisca, saliera a mi acecho como si de una valerosa pantera de la selva se tratara y, seguidamente, se tiró a mis brazos buscando mi calor. En ese instante comenzó a llover con violencia. No tuve más remedio que guarecerme bajo un árbol de ramas sinuosas. Decidí adoptar al gato y llamarlo Brenna, que significa pequeña gota de lluvia. Aún quedaba una distancia prudencial hasta llegar a casa. Esperé a que escampara y cuando amainó levemente me apresuré despavorido hasta la techumbre del portalón principal de mi viejo apartamento en el centro de la ciudad.

Ya en casa pude comprobar cómo Brenna, a pesar de su corta edad, gozaba de una inteligencia asombrosa. Sus pupilas estaban dilatadas. Pude apreciar que tenía unos ojos amarillos, tan deslumbrantes como la luz de las farolas del puente donde lo encontré. Le puse un recipiente con agua tibia y otro con una lata de atún que traté de desmenuzar para que pudiera ingerirlo. Cuando acabé de ducharme el gato ya se lo había comido todo. Tenía la barriga hinchada, dormía sobre un cojín que se había caído al suelo.
Le puse una caja de arena junto a la chimenea. Hacía pocos días que Sophie me regaló una vasija que contenía esa arena. Aquel regalo intentaba evocar la idea de que el mundo es para el universo como un minúsculo grano de arena; había sido un milagro conocernos.

A la mañana siguiente Sophie entró por la puerta junto con los primeros rayos de sol. Tenía aspecto de haber llorado. Brenna dormía apaciblemente en el hueco que se formaba entre mi cuerpo y el borde sobrante del sofá. No me percaté en qué momento de la noche trepó y se acomodó allí. Sophie nos sobresaltó:
—Llevo llamándote toda la noche, tu móvil no está disponible.
—No me he dado cuenta, mi teléfono se quedó sin batería —me incorporé un poco sin la intención de levantarme.
—¿Y ese gato?
—Se llama Brenna. Anoche fui a buscarte al trabajo para darte las gracias por el regalo. Al llegar no te vi, supuse que al final no trabajabas ese día pero antes de marcharme escuché tu voz. Te vi. Te vi con ese amigo tuyo de la infancia. Ese con el que, según tú, nunca habías tenido nada más que amistad. Encontré a Brenna de vuelta. ¿Quieres explicarme qué haces aquí?  

No respondió. Se quedó obnubilada mirando cómo se apagaban las últimas llamas de la chimenea y la arena mojada junto a la vasija que me regaló. Dejó las llaves sobre la mesa, salió apresurada sin despedirse. Esbocé media sonrisa al comprobar cómo Brenna pegó un salto desde el sofá y volvió a orinar en un montículo de arena que se había formado sobre la caja que le preparé, al tiempo sonó un fuerte portazo, Sophie salió del edificio.

Álvaro Gil de la Calle es abogado, músico y letrista.
Ha sido alumno del Curso intensivo de iniciación
y  en 2017 comienza a trabajar en un proyecto musical y
narrativo a través del Coaching literario.