Google+ Taller de Escritura Creativa de Sevilla: El sonido de la matraca, Antonio Martín Pradas

El sonido de la matraca, Antonio Martín Pradas

Las campanas de la parroquia mayor tocaban a muerto. El sonido lúgubre y entrecortado se acompañaba del volteo atronador de la matraca. Aviso inconfundible de que no era seguro estar en la calle, que Jesús había muerto.
Los vecinos de la localidad entornaban las puertas de entrada a sus casas en señal de duelo. De puertas para adentro todo era silencio. Estaba prohibido vivir. La matraca se encargaba de difundirlo a los cuatro vientos, siendo las primeras en percibirlo las cigüeñas que anidaban en la torre.
El país se había vuelto fúnebre por tres días. La radio sólo emitía noticias en las horas establecidas y música religiosa, adagios, pavanas, obras de órgano de Bach y del piano intimista de Chopin. 
Las mujeres acudían a las horas de misa debidamente recatadas en negro: falda por debajo de las rodillas, brazos cubiertos y velo acompañado de un rosario.
Volvió a sonar la matraca. Los niños que jugaban en la plaza corrieron despavoridos hacia sus casas. En ese instante, los curas se reunían en la sala capitular de Santa Cruz para consensuar el orden de las procesiones que salían la noche de la muerte de Cristo.
El Vicario llevaba la voz cantante, era el que se encargaba de conciliar los problemas entre feligresía, clero y el arzobispado de la capital. Sin lugar a dudas, la experiencia le servía para manejar a la perfección al resto de curas y beneficiados.
Como cada año saldría primero el Confalón de la Victoria, seguido de la Sangre de Santa Cruz, la Exaltación de la Merced, la Mortaja de los Descalzos, para concluir con San Juan a altas horas de la madrugada.
Todos estaban de acuerdo, era preciso seguir la tradición tal cual se había heredado, aunque el Consejo de cofradías y hermandades aún no había dicho la última palabra.
De fondo, en la sala contigua, Serafín, el sacristán y ayudante del Vicario, sintonizó en la radio las palabras que el caudillo estaba dirigiendo al país en un momento crucial para todos. Jesús había muerto. En las casas, varias generaciones se arremolinaban en torno al receptor para oír las palabras de su “salvador”. Todos callaban y asentían, aunque algunos creían que ya había muerto 1968 veces, que ya estaba bien de cristos, vírgenes, curas y dictadores.
­            —¿Qué?, Serafín, ¿algo nuevo? —preguntó don Rogelio.
—Nada señor Vicario, lo mismo que el año pasado. Que hay que guardar luto tres días por Nuestro Señor.
—¿Sólo eso? —balbuceó don Rogelio.
Como se anunciaba anualmente, los cines, bares y discotecas permanecerían cerrados. La televisión, emitiría con la pantalla de sintonización y música religiosa de fondo, como sucedía en la radio. Todo quedaba dentro de lo que las autoridades consideraban como diversión, y eso estaba totalmente prohibido.
—Sigue siendo duro el cabrón —replicó don Rogelio.
—¡Que no le oigan! —exclamó Serafín, a la vez que se acercaba a la puerta del despacho del vicario por si alguien los había oído.
—Don Rogelio, tiene que ser más prudente.
—Prudente ni prudente, esto va a estallar y nos va a coger en medio. Y cuidado con el concejillo de tontos de capirote de cofradías y hermandades que está minado de chivatos. Hay que decirles a todo que sí.
En ese instante don Rogelio gritó desde la puerta de su despacho.
—¡Niñoooo, Paquito! Sube a la torre con los monaguillos y da los cuartos con la matraca, que ya es hora —Paquito obedeció.
—Pero solo la matraca, las campanas que duerman en espera de  mejores tiempos.
De nuevo, la matraca inició su martilleo roto, coincidiendo con la entrada en el patio de la iglesia de un escuadrón de la Guardia Civil vestido de gala. Se acercaba la hora de la salida de la Sangre. Mientras en la ciudad comenzaron a cruzarse los toques de las distintas matracas de las torres parroquiales y conventuales, destacando como siempre la de la vicaría.
Por un momento don Rogelio pensó: otro año que no veo al Confalón salir, otro año que no la veo, ¿dónde estará?, ¿qué habrá sido de ella?.
—¿Dónde está Fernando?
—Calla, Serafín.
La pregunta del sacristán le sacó del recuerdo de algo que tenía escondido muy dentro y que nadie podía imaginar. En ese instante los dos se miraron fijamente aumentando la tensión y el nerviosismo calmado.
—Aquí viene el picoleto, seguro que pregunta si le hemos visto.
—¡Calla! —exclamó don Rogelio
—Buenas tardes señor Vicario, estamos preparados para iniciar el cortejo procesional. ¡Como todos los años!, la Sangre es la Sangre y la llevamos dentro desde muchas generaciones atrás.
Don Pablo, que así se llamaba el capitán de la Guardia Civil de la localidad, no dejaba de observar cada rincón del despacho, mientras se hacía el interesado en los cuadros y enseres religiosos que decoraban la estancia, llegando incluso a entrar en el archivo.
—¿Busca usted algo? —preguntó don Rogelio
—No, nada —contestó don Pablo—, pura curiosidad. Por cierto, ¿sabéis algo de Fernando?, el prófugo. ¿Le habéis visto? Tenemos información de que merodeaba anoche por las inmediaciones de la puerta trasera de esta iglesia.
—Rumores —intervino Serafín.
—Sí, solo rumores —replicó don Rogelio. Sabe que le habríamos avisado si tuviésemos noticias de él.
—Tengo algunas patrullas buscándole, para ello entran en las casas que todos sabemos, no son de fiar. Espero no tener que ir a la suya don Rogelio.
—Perdone, hemos de dejarle, hay que prepararse para iniciar la procesión, la hora se acerca —comentó el Vicario, evadiendo las preguntas y la tensión que se respiraba en el ambiente.
—Ya hablaremos, respondió don Pablo, y si os enteráis de algo avisadme.
Media hora después comenzó el desfile procesional. Lo iniciaban seis caballos cartujanos montados por guardia civiles de gala con lanzas. Les seguían la banda del Valle y la cruz de guía, desplegándose a continuación un manto de capirotes rojos con capas blancas que, poco a poco, iban ocupando las calles del barrio.
—Corre Fernando, ponte el costal y la faja y métete en el centro de la segunda travesera.
Don Rogelio suspiró para sus adentros, mientras Serafín ayudaba al prófugo a ataviarse, desapareciendo debajo de los faldones de terciopelo rojo del paso del Cristo de la Sangre.
Nadie de la cuadrilla se sorprendió ni le reconoció, ya que se trataba de una cuadrilla de pago integrada por estibadores del puerto de Sevilla. Allí estaría seguro por el momento, pensó el Vicario.
Fernando, acomodó la morcilla sobre su cuello y al toque del llamador unió sus fuerzas a una treintena de hombres recios, elevando el pesado paso del Cristo.
Paso a paso, chicotá a chicotá, revirá a revirá, fueron posesionando por las calles establecidas en el cortejo, hasta llegar a la calle Zamoranos. Se encontraban en el centro del barrio de los gitanos. Un barrio pobre y deprimido donde se apiñaba la gente en casas de vecinos, corrales y laberintos, entre los que se ubicaban algunas casas de citas donde acudía el rancio señorío.
En una de las paradas, don Rogelio, que iba detrás del paso del Cristo, justo entre las maniguetas, acercó su cara al respiradero y gritó: —¡Ahora!
En ese instante, Fernando comenzó a correr mezclándose con el gentío hasta alcanzar el lugar que le había indicado Serafín. En su huida se plantó en San Agustín, escondiéndose en las ruinas de la iglesia del convento exclaustrado el siglo anterior. Allí se creía seguro, debía permanecer solo unos días. Le enviarían alimentos y nuevas instrucciones con un feligrés adepto a la causa. Mientras tanto, la seguridad de las ruinas y del antiguo camarín del Cristo de la Sangre le parecía el mejor escondite que podía encontrarse en la ciudad. Este extremo de la población era poco frecuentado y menos los días en que Jesús está muerto. ¡Bien pensado, por parte de don Rogelio¡, pensó Fernando. En ese instante se alegró, sintiéndose fuera de peligro.
El domingo, sobre las tres de la tarde, se presentó don Pablo en el patio de Santa Cruz, frente al despacho del Vicario. Le acompañaban cuatro guardias civiles que portaban un maltrecho ataúd sobre un carromato. Al observarlos desde su mesa, don Rogelio se echó a temblar, no sabía qué hacer ni que pensar.
Don Pablo se acercó y le dijo
—Aquí traigo a un republicano para que le dé sepultura.
A don Rogelio no le salían las palabras del cuerpo, se le vinieron a la cabeza varias posibilidades. A duras penas contestó:
—Para eso estamos. ¿De quién se trata? —dijo forzando la voz.
—De un desgraciado que unos niños han encontrado en las ruinas de San Agustín.
—Pero ¿de quién se trata y por qué lo de republicano? replicó el Vicario con el vello erizado.
—No se sabe, una gran piedra del antiguo camarín le aplastó la cabeza y está irreconocible. Lo de republicano por la bandera que tenía en uno de sus bolsillos. Un pobre desdichado, uno menos.
—Por cierto,  ¿ha visto a Fernando Torres?, seguimos buscándole y creo que no debe de estar lejos, ¿en su casa tal vez?
Don Rogelio, mudo de dolor no pudo contestar.
De nuevo la matraca volvió a sonar indicando que se aproximaba la hora de la resurrección del prófugo, de su amigo el republicano.


Antonio Martín Pradas es alumno del Curso de iniciación.
Trabaja en el Instituto Andaluz del Patrimonio Histórico.