Google+ Taller de Escritura Creativa de Sevilla: Lo que comunican las historias

Lo que comunican las historias



Había una vez un hombre que murió y no fue al cielo, sino al infierno. Allí le dio la bienvenida un travesti con pinta de ejercer la prostitución. Asustado el hombre, que esperaba otro destino para la eternidad (sólo había engañado a su mujer una vez y tuvo la mala suerte de sufrir un infarto cuando ella lo descubrió), se dejó guiar por el travesti con la esperanza de entender mejor lo que le esperaba. Como lo hiciera un ama de llaves, el travesti mostró al hombre el infierno como si éste tuviera habitaciones. Señalaba el rincón de los drogadictos, el de los asesinos y estafadores, el de las mujeres y los hombres infieles, el de los pedófilos y zoofílicos y hasta el de los comunistas. El travesti le decía, palabras más, palabras menos: «Descuida, cariño. Estás en buenas manos. Yo te enseñaré a moverte entre esta chusma. Échame cuenta si no quieres agobiarte demasiado. ¿Cómo me ves? Estoy mona para llevar veinte años aquí, ¿verdad? —Se alisó la peluca y acomodó sus tetas falsas— Soy la prueba de que el infierno es llevadero. Júntate conmigo, te conviene. ¿Quieres saber cómo he conseguido mantenerme así?» El hombre, aturdido y triste pues no creyó que fuera él merecedor de tal destino, encogió los hombros y se dejó informar con resignación y vergüenza. «El rincón más lejano, ese que apenas se ve porque hasta aquí los mantienen a raya, es el rincón de los maricones. ¿Lo ves?», señaló el travesti. El hombre asintió con la cabeza y confirmó que no había visto aquel rincón. «A mí no me dejan estar allí porque no soy maricón, a mí sólo me gusta vestirme de mujer. Dicen que estoy loca. En realidad no me dejan estar en ningún sitio: ni en el infierno cabemos los travestis. Por eso me di a la portería, tú sabes a qué me refiero. Pero bueno, te decía, el rincón de los maricones es el mejor, son los más tranquilos, entre ellos hay hasta artistas. Son unidos y se defienden unos a otros. Por eso su rincón es el mejor. Pero ya sabes cómo son los maricones… y todo tiene un precio, así que no te sorprendas cuando te pidan que les hagas una mamada o que les des tú biberón, si tienes dotación podría irte mejor que a mí.»

Te sientes incómodo, ¿verdad? Quizá también te hayas ofendido. Puede que se te hayan quitado las ganas de seguir leyendo. También puede ser, aunque prefiero pensar lo contrario, que comulgues con las ideas y el mensaje implícito del relato que acabo de compartir. Elegí contarte esta historia porque lo más probable es que te haya pasado lo primero. A partir de ella quiero compartir algunas ideas sobre la finalidad del arte narrativo, así como de una de sus cualidades fundamentales: la comunicación. Imagínate la escena: había tres o cuatro alumnos más en el aula. El autor del relato leía en voz alta, esperaba que el grupo emitiera una opinión objetiva sobre su trabajo. Aún no terminaba de leer y ya estaba yo diciéndome: Ay, ¡la que se avecina! La historia es tan políticamente incorrecta, contiene tantos mitos y prejuicios, que sólo el espíritu de respeto y compañerismo, típico de un taller de escritura creativa, produjo la suficiente fuerza de voluntad en el grupo para terminar de leer el texto en voz alta. Lo que tú has leído es una reelaboración de la historia original, la he exagearado y parafraseado un poco con el fin de dejarte claro qué tan políticamente incorrecta era la historia en la que se inspira. No cito ni extraigo fragmento alguno del texto original escrito por mi alumno. Pero fue tan impactante la experiencia de trabajar con esta historia en clase, que puedo recordarla con facilidad y no he variado demasiado lo narrado.


Cuando el autor terminó de leer se hizo el silencio. Nadie se atrevía a decir nada. Quizá pensaban: ¿este tío va enserio?, ¿es una broma? Respiré profundo y pedí a los demás que se mojaran un poco. «Venga, vamos a revisar este texto. ¿Qué opinión les merece? Intentemos fijar nuestra atención en todos los aspectos posibles: forma, ritmo, uso del lenguaje, técnica narrativa», esperaba poder aterrizar suavemente en el fangoso territorio del mensaje, pero fue imposible desviar la atención de los demás. Otro de los alumnos se animó a participar. Su aportación fue reveladora y tierna. «No sé, para mí esta historia es una suerte de crítica sobre los prejuicios de la sociedad.» Se negaba a creer que su compañero quisiera comunicar disparates a través de su trabajo, por eso rompió las reglas del debate y, empujado por su necesidad de sentir empatía con el texto (obligándose a ello) preguntó al autor: «Eso es, ¿no? Una crítica…» Al autor se le llenó el rostro de rubor. Y antes de que pudiera responder, otro de los alumnos dijo: «Yo no creo que sea una crítica. Yo no quiero decir algo sobre el texto, sólo quiero pedir a todos —miró al autor de la historia recién leída—, de buen rollo, que seamos más respetuosos, yo he venido aquí a aprender, no a…» Se cortó cuando se dio cuenta de que el autor se removía nervioso en su asiento. ¿Te puedes imaginar el fandango que vino después? Nos enfrascamos en un debate que parecía más una reyerta. Y todo, ¿por qué? Simple: las historias tienen un poder inmenso para transmitir ideas, mensajes. Al consumir historias alcanzamos un grado de conocimiento específico sobre una realidad de la vida. Esa decodificación nos lleva a establecer una relación directa, emocional y hasta personal con la historia y su mensaje, establecemos también una relación directa con el emisor: o sea, con el autor. Esas relaciones son exactamente las mismas que establecemos diariamente con las personas con que hablamos. No hay mucha diferencia. La única diferencia es que, a través de una obra de arte el autor puede darse la libertad de decir lo que una persona no diría en un contexto regular donde imperan las normas de convivencia. Piénsalo, en tu día a día no vas diciendo a todos lo que piensas verdaderamente, sería imposible la convivencia en un mundo así. Y si te atreves a hacerlo, si le dices ¡mongolo! a ese tío del trabajo que te cae mal, seguro que te ganas una paliza, o al menos un insulto. Lo que busco poner de manifiesto es que, detrás del ejercicio literario hay un ejercicio comunicativo, intrínseco a su naturaleza. Si te gusta escribir y aspiras a conocer mejor el oficio, te invito a reflexionar en los siguientes aspectos de la comunicación a través de las historias. 

Una cosita antes: no soy yo ninguna eminencia. No te quedes con mis ideas. Ve a buscar otras perspectivas y opiniones. No obstante, discurro aquí basándome en la experiencia y, por supuesto, en mi formación profesional. No muchas personas saben que soy licenciado en comunicación. Sí, me dedico a la creación literaria y a la docencia en materia de creación, pero antes de especializarme en esto dediqué muchos años de mi vida al estudio de la comunicación y el periodismo. Digo, porque igual piensas: y éste qué va a saber. Lo cual me parece muy bien. Pero vamos, en caso de que sea estrictamente necesario puedo sacar el título. #IAmKidding.


Todas las historias transmiten un mensaje, aunque no seas consciente de ello
Es evidente que el autor de la historia con que empecé este artículo no era consciente del mensaje que transmitía. Si lo fuera, habría defendido su postura y nos habría recordado que, tratándose de un ejercicio artístico, él puede decir lo que le salga de los cojones, independientemente de que el lector sea capaz de sentir o no empatía con su mensaje. Contrario a ello, el autor de esta historia se enfadó mucho con todos los que nos atrevimos a comentar su texto, particularmente conmigo, quien representaba una figura de autoridad que no le defendió. Se sintió agredido. ¿Cómo puede ser eso posible? Pues bien. Hablaron los otros alumnos del grupo. Se confirmó la sensación de que la historia transmitía un mensaje negativo sobre diversas realidades humanas, pero se hizo evidente que, si se entraba en detalles, la discusión podía salirse de control. Evitaron ser específicos. El autor del texto se defendía y excusaba con fuerza, demostraba sentirse cada vez más incomprendido y asustado. Fue una situación muy incómoda. Y es que siempre nos sentimos incómodos cuando otras personas son capaces de ver en nuestro trabajo algo que nosotros mismos no hemos visto, o no vemos. Para sacar partido a la experiencia, para aprender algo de todo esto hacía falta precisión, por eso me atreví a decir, apelando a la madurez, contando con que todos allí éramos adultos, confiando en que seríamos capaces de entender y teniendo en cuenta que a un taller de escritura creativa, más que conseguir aplausos y reconocimiento, se va a aprender lo que uno mismo no ha aprendido por su cuenta. Mi afán era meramente didáctico: «El problema que encontramos frente a esta historia, más allá de los recursos técnicos que nadie ha querido observar, es que puede herir nuestra susceptibilidad. Podemos estar o no de acuerdo con las ideas que transmite, pero al consumir la historia hemos generado, automática e inevitablemente una postura frente al mensaje. Quizá este texto nos haya parecido homófobo y misógino: valores que parece tener el personaje protagonista y nuestra sociedad repudia. Y si nuestra manera de pensar dista de la perspectiva que transmite el texto, es lógico que reaccionemos de esta manera.» El autor del relato se cerró en banda. A partir de ese momento ya no fue capaz de escuchar a nadie, ni siquiera a sí mismo. ¿Por qué? Acababa de decirle, de un modo indirecto, que su texto era ofensivo. Y como es habitual en un alumno que desconoce los gajes del oficio, mezcló y confundió la naturaleza del texto con la del autor. O sea, que se lo tomó como si le hubiéramos dicho que él era homófobo y misógino. Se enfadó y obligó a mantenerse callado para que pudiera seguir el curso de la clase. Desgraciadamente esa fue la última vez que lo vi (aunque no la última vez que se puso en contacto conmigo, creo que me odia y sigue siendo incapaz de quitarse la venda de los ojos), decidió no volver a clase y lamentó mucho haberse topado de nuevo con un taller de escritura donde se le repudiaba. 

He pensado en varias ocasiones sobre esta experiencia desde entonces. Escribo ahora pensando en él, así como en todas las personas que aman contar historias, pero que se encuentran con este tipo de limitaciones. Por otro lado, al decirme que ya le había pasado esto mismo en otros talleres, me llevó a pensar que este obstáculo podría seguirle impidiendo mejorar sus habilidades literarias. Me gustaría hacer algo por él y por todas las personas que se reconozcan en su misma situación. Cuando un autor no sabe lo que su historia comunica, si comparte su obra con otras personas se topará constantemente con la incomprensión. Se sentirá solo y hasta rechazado. ¿Por qué? Pues, aunque nos cueste reconocerlo, escribimos porque buscamos establecer conexiones con otras personas. Vínculos comunicativos. No sólo por placer, que también. Nuestros ejercicios de creación terminan por ser como mensajes dentro de una botella echada al mar. No sabemos nunca quién los leerá, pero deseamos (lo reconozcas abiertamente o no) que lleguen a un destinatario, que se lean. Pero, ¿cómo no sorprenderse cuando los lectores entienden algo que nosotros no sabíamos que estábamos diciendo, sobre todo cuando no nos sentimos orgullosos del mensaje? Quiero creer que mi alumno no es homófobo o misógino. No lo pude comprobar y tampoco es que necesite hacerlo. Pero elijo pensar de este modo porque tengo fe en las personas. Lo haces tú también. Lo hacemos todos. Aunque no es difícil conseguir muestras de que las personas pueden llegar a ser terribles, en general nos gusta creer que el hombre persigue el bien. Mi teoría es que, como nos pasa a todos al principio, mi alumno no era consciente de lo que su historia estaba comunicando. Es más, creo que ni siquiera buscaba transmitir ese tipo de ideas y que la falta de pericia narrativa lo llevó a desarrollar un ejercicio extraño e impreciso. Lamentablemente no tuvo la suficiente paciencia y humildad como para llegar a debatir sobre ello. Y como quizá te haya pasado algo similar, me propondré hacerte ver qué debes hacer para concientizarte de los mensajes contenidos en tus historias, de modo que, al identificarlos puedas confirmar o no tus intenciones comunicativas. Quiero que te sientas orgulloso de lo que dices y cómo lo dices, que puedas compartir con tus lectores esa manera tan peculiar de comprender el mundo: con conocimiento de causa y confiando en que tu obra literaria se defiende a sí misma y no necesita de ti o de otra persona para defenderla con explicaciones.


¿Los sentimientos también son mensajes?
Frente a la narrativa, la poesía tiende a comunicar de un modo menos directo. Y eso es así por una simple razón: el sentido figurado de las palabras. Aunque puedes ser muy lírico o retórico escribiendo narrativa (donde se tiende más al uso del sentido literal), la poesía (incluso la poesía en prosa) tiende a configurar un tipo de discurso más abstracto: consecuencia del sentido figurado. Esto no excluye a la poesía, como a cualquier otra obra artística, de tener la capacidad de comunicar. Sin embargo, la poesía se caracteriza sobre todo por comunicar o transmitir emociones y sentimientos. Y aunque un sentimiento puede ser más impreciso que un argumento o un mensaje claro, es igualmente susceptible de ser transmitido.

O sea, si escribes poesía no puedes ni debes despreocuparte por lo que dices a través del poema. Y sí, también las abstracciones dicen algo. Intenta interpretar el cuadro “Mesa frente a la ventana” de Picasso. Comprenderás mejor lo que digo. ¿Qué habrá querido transmitir Picasso a través de esa pintura? Las conclusiones a las que llegues podrían acercarse a las intenciones del pintor, aunque ya se sabe que interpretaciones pueden hacerse muchas, también se sabe que la interpretación suele ser dirigida por el productor del mensaje. Picasso, como hacemos todos cuando codificamos un mensaje, eligió construir una obra con esas cualidades, formas, colores, tamaño, etc., pensando en que deseaba llevar al espectador a comprender algo específico, sea lo que sea. Y no importa que ese algo esté codificado en un lenguaje abstracto, como de hecho sucede. Piensa lo siguiente: ¿crees que el capital del Titanic, al notificar a otras embarcaciones del inminente naufragio que estaban por sufrir, deseaba que los receptores de su S.O.S. interpretaran lo que a ellos les apeteciera conveniente?



Mensaje y autorreconocimiento
Lo habitual, cuando has decidido quitarte la venda de los ojos, es que al mirar con escrúpulo en el espejo de tu propia creación descubras rasgos de ti mismo. Pero si eres una persona con mucha vida interior y una gran capacidad de introspección, quizá te resulte sencillo y hasta divertido reconocerte en las historias que escribes. El autorreconocimiento es una consecuencia inevitable muy satisfactoria y al mismo tiempo amenazante, del oficio del escritor. 

Lo primero que habría que entender es, por contradictorio que parezca: los mensajes de nuestras historias, generalmente, no se configuran por tu afán consciente de construir el mensaje. Aunque puedes haber acumulado experiencia suficiente como para contar una historia verosímil que comunique un mensaje determinado, lo más probable es que ese mensaje no haya existido con total claridad desde la premisa de tu obra, es decir, antes de que escribieras la historia. Los mensajes de las historias están regularmente ocultos en nuestro más profundo inconsciente, razón por la que muchas veces nos sorprendemos al descubrir que nuestra historia refleja una cualidad de nosotros mismos que sólo ha visto la luz a través de la expresión artística. A través de la creación literaria se hacen visibles y tangibles nuestros rasgos de personalidad más inconscientes, nuestra verdadera visión del mundo.

El autorreconocimiento a través del mensaje es satisfactorio para una persona que no tiene miedo de ser, que trabaja constantemente por mantener alta su autoestima y es capaz de aprender de sí mismo y su propio comportamiento. Es como cuando un padre empieza a reconocer en su propio hijo aquellos rasgos de su propia personalidad. Somos reflejo de lo que son nuestros padres. Pues igual, sólo que ahora el autorreconocimiento tiene lugar en la obra artística, que hace las veces de espejo.

Por otro lado, puede ser amenazante porque, si somos personas poco introspectivas, podríamos sentir que estamos sometiéndonos a un constante autoanálisis psicológico, llevándonos a descubrir aspectos sobre nosotros mismos que desestabilizan nuestro estado de ánimo y tiran por el suelo las máscaras que usamos con tanto empeño ante los demás, para arrebatarnos las ganas de escribir y disfrutar con ello.

Lo importante es que asumas el autorreconocimiento como una consecuencia inevitable del ejercicio de creación literaria. Sobre todo si quieres contar ese tipo de historias capaces de quitar el aliento a los lectores. En la medida en que pierdas el miedo a verte en un espejo, serás cada vez más capaz de autorreconocerte e identificar las ideas o el mensaje que comunica tu obra. Y luego trabajar con él, ajustarlo, medirlo, componerlo.


Cuando ignoras el mensaje no puedes generar auténtica intriga
¿Conoces a Robert McKee? Escribió un libro estupendo titulado El guión. Es un hacha. Asistir a uno de sus talleres de creación podría costar lo mismo que un coche nuevo, lo que habla del valor de sus conocimientos. Ese libro es para mí una especie de Biblia para la creación literaria contemporánea. Extraigo de McKee las ideas más fundamentales para llevarte a comprender cómo, a través de la identificación del mensaje que transmite tú historia, podrías generar auténtica intriga. La intriga es ese principio que lleva a los lectores a devorar página tras página. ¿Conseguirá el protagonista su cometido?, se pregunta el lector mientras avanza. Y sigue y sigue sin parar, hasta el final. Porque la intriga se mantiene a lo largo de toda la obra, sin caer ni una sola vez, alcanzando su grado más elevado en el clímax. O sea, la pregunta se mantiene abierta y con ella, viva la intriga. ¿Qué relación guarda esto con el mensaje de la historia?, te preguntarás. ¡La relación es total! Hace falta que eches un vistazo a los principios básicos de construcción dramática. Te recomiendo leer “Cómo hacer que una historia funcione”. Pero intentaré explicarlo de un modo abreviado: el mensaje es también conocido como la idea predominante de tu historia. McKee lo llama idea controladora. Esta idea se compone de un valor y una causa, y guarda una franca relación con el objeto de deseo del personaje protagonista. Rose, la protagonista de Titanic (la película de James Cameron): una vez que comprueba que no merece la pena desperdiciar su vida dejándose atrapar por el gandul con que la quiere casar su madre y, claro, después de conocer a Jack, el guapo y aventurero chico de tercera clase que ha salvado su vida y le ayudó a reconocer que no era feliz viviendo como lo hacía, va a por todas y le asegura a Jack que, al llegar a Nueva York se irá con él, aunque eso signifique renunciar a las comodidades que su prometido daba, así como distanciarse de su madre. De este modo Rose comunica, a través de sus actos, algo parecido a la siguiente idea: merece la pena ser tú mismo y atreverte a vivir tu propia vida para alcanzar lo que a ti te hace feliz, sobre todo cuando te impulsa el amor verdadero y no la conveniencia. Si la historia de Rose y Jack no se hubiera desarrollado en el primer trasatlántico hecho por el hombre, que tuvo el desafortunado destino de chocar contra un iceberg, Titanic habría sido una historia con final feliz en la que triunfa el amor. Aunque, en cierto modo es así, por más que haya muerto Jack al naufragar el barco y congelarse esperando un rescate. Todos estamos de acuerdo: ¡cabían los dos en esa puerta flotante que les hacía de balsa!, ¿verdad? En mi opinión sólo hacía falta que se esforzaran un poquito por mantener el equilibro, hasta que pudieran subirse ambos. De cualquier modo el mensaje que transmite Titanic sigue en pie. Si recuerdas bien, Rose consigue tener una vida plena, amorosa y libre. Se convierte en una mujer autónoma, capaz de tomar sus propias decisiones: hace todas aquellas cosas que no habría podido hacer, de haberse casado con su prometido ricachón, que era el típico machito controlador.

El mensaje de Titanic es bastante positivo. Y la mayor parte del filme se la pasa uno preguntándose: ¿elegirá a Jack o se quedará con su prometido?, ¿preferirá el dinero o la libertad?, ¿es valiente o se dejará llevar por la presión de la madre? Todo gira en torno a esa decisión. ¿Alcanzas a ver la relación entre el mensaje que transmite la historia y la pregunta que genera la intriga? Al margen de este planteamiento dramático se va desarrollando la subtrama sobre el barco, sus constructores y lo apestosa que podía llegar a ser la clase aristócrata de la Eupora de principios del siglo XX. Pero lo importante, al menos hasta que Rose toma la decisión de quedarse con Jack, no es si el barco se hunde o no, sino todo lo que tiene que ver con Rose y su conflicto.


Cómo descubrir lo que tu historia comunica
Basándote en los principios dramáticos de tu propia historia (esquema actancial), rastreando e interpretando las acciones y reacciones del personaje protagonista, en relación a su objeto de deseo, serás capaz de reconocer el mensaje que transmite. Al hacerlo sucederán dos cosas: 1) experimentarás el autorreconocimiento y 2) indentificarás el mensaje y podrás afinar el planteamiento del drama, si fuera necesario.

Como ya he discurrido sobre el autorreconocimiento, me concentraré ahora en el segundo punto. ¿Cómo afinar el planteamiento dramático a través del descubrimiento del mensaje?

Analizando las acciones y reacciones del personaje protagonista podrás elaborar tesis sobre las ideas que transmite la historia. Esas acciones son prueba contundente del modo en que estás haciendo el tratamiento del tema. Es decir, esas acciones y reacciones del protagonista (aunque también puedes encontrar información en las acciones y reacciones de otros personajes) argumentan tu visión del mundo con respecto a un tema determinado. Para conseguir esta perspectiva del relato hace falta que salgas de ti mismo, que te pongas en el lugar que asumiría cualquier otro lector frente a tu historia. Se dice fácil, pero no lo es. Por eso viene bien dejarse ayudar. Este tipo de trabajo es muy recurrente en el Curso avanzado de mi Taller de Escritura Creativa. La objetividad de los demás hace las veces de espejo. Da un poquito de nervios, se siente como si te quedaras en pelotas en medio de la calle, pero si no eres capaz de alcanzar el grado de objetividad suficiente para realizar este análisis, te convendría conocer el punto de vista de personas que sabrán hacerte ver eso que te cuesta tanto ver a ti solito.

Una vez reconocida la idea controladora o mensaje de nuestra historia podemos hacer una comparación: entre el resultado y la intención. ¿Las acciones del protagonista reflejan aquello que yo tenía en mente? ¿Son prueba de la visión que yo tengo sobre el tema que estoy tratando? ¿Transmiten el mensaje que yo intuía y que deseo compartir? ¿Me siento orgulloso de lo que dice mi historia? Responde a esas preguntas con total honestidad. Y en función de ello has todos los cambios necesarios. Sólo cuando un personaje protagonista tiene muy claro su objeto de deseo es posible generar intriga a lo largo de una obra, sin dejarla caer jamás. Y en gran medida esto depende de que hayas podido identificar el mensaje que transmite esa primera versión de la historia que has creado. Por supuesto, una vez hagas cambios, la historia comenzará a mutar y se acercará cada vez más a lo que tú quieres que sea. Afinarás el planteamiento dramático. No temas a los cambios. Nuestras primeras ideas no son siempre las mejores. Y no confundas una de tus ideas con toda tu personalidad. Aunque tus ideas pueden ser reflejo de tu inconsciente, tienes siempre la opción de aprender cosas y tomar decisiones al respecto cuando te miras en el espejo y reconoces tus cualidades. ¿A caso no recortas las uñas de tus pies o procuras mantener un aliento fresco? ¿No peinas tu cabello y vistes ropa que te sienta bien? Nos gusta sentirnos cómodos y procuramos que los demás se sientan cómodos con nosotros. Si algo no nos gusta de nosotros mismos, podemos cambiarlo. Y, por el contrario, cuando pensamos que uno de nuestros rasgos es maravilloso, ¿no nos sentimos orgullos de ello? Aún no conozco a una sola persona que se ejercite con regularidad y vaya a la playa sintiendo vergüenza de mostrar su atlética figura.


Diferencia entre tema y mensaje
Algo que te ayudará a identificar el mensaje de tu historia es que no lo confundas con el tema que trata. Titanic puede tratar el tema del matrimonio por conveniencia o el crecimiento personal de la mujer en una sociedad machista. Pero una cosa es el tema que trata y otra muy diferente lo que dice respecto a él. ¿Crees que Titanic habría ganado tantos adeptos si transmitiera un mensaje del tipo: las mujeres deben obedecer al hombre, no deberían tener libertad, da igual su realización personal o la autenticidad de sus sentimientos?


Hacerse responsable de lo que uno dice
Ahora bien. Si después de identificar el mensaje te tu historia reconoces que no es positivo, pero es ese y no otro el que deseas transmitir. ¡Adelante! El arte no tiene ni debería tener límites en ese sentido. Eres el autor: puedes decir lo que te de la gana. También fuera del arte las personas tenemos derecho a decir y opinar cualquier cosa. Pero, ¿cuándo se ha visto que una persona raje, es decir, suelte por la boquita todas las joyas que le apetezca, y que dicha acción no tenga consecuencias? Ya sea para bien o para mal, todos los discursos producen reacciones. Tenemos por un lado al emisor, en medio el mensaje y finalmente al receptor. El emisor tiene claro el mensaje y utiliza un medio para transmitirlo. A su vez el receptor, al compartir el mismo código de comunicación, decodifica el mensaje y lo interpreta. ¿Qué crees que pasaría si voy caminando por la calle y de pronto me pongo a repartir insultos y groserías a la gente? Quizá algunas personas me tachen de loco y no me hagan caso. Pero aquellas personas que reaccionen a mi mensaje podrían hacerlo de maneras diversas y no necesariamente dulces. No sería verosímil que una mujer me diera dos besos después de acusarla de maruja estrecha, ¿verdad?

Digas lo que digas, te conviene sentirte orgulloso de ello. Porque tarde o temprano alguien podría reaccionar frente al mensaje y, si lo desea (porque está en sus derecho, tal y como tú has ejercido el tuyo) podrá pedirte que rindas cuentas. Así como asumes con naturalidad el derecho de expresarte libremente, debes asumir con la misma naturalidad la obligación de hacerte responsable de lo que dices.


Lo que otros interpretan frente a lo que tú quieres decir
Volviendo a la historia del hombre que murió y fue al infierno… Quiero creer que mi alumno en realidad quería decir otra cosa. Pero desconozco por completo qué es lo que quería decir. Para un lector es fácil sacar conclusiones sobre lo que lee. Si asumimos el papel de lector, no dejaremos de interpretar: en eso consiste el juego de leer. Por eso no tenemos reparo alguno en explicar a nuestros amigos de qué va esa novela que nos tiene enganchados. Pero, evaluemos el siguiente caso hipotético: mi familia, que está compuesta por mis padres y mi hermano, ha ido al cine sin mí. Yo me quedé en casa escribiendo este artículo porque, al parecer, no puedo vivir sin decirle a los demás lo que deberían hacer #AwkwardMoment. Al volver les pegunto: «¿De qué iba la peli?» Mamá dice que no había visto una historia de amor tan científica y compleja, papá que en realidad trata sobre el verdadero valor del amor en el universo y, mi hermano, que es otro de esos bodrios que se hacen tolerables por los efectos especiales y las palomitas. Ahora pensemos: ¿no parecen dispares las apreciaciones? ¿A caso no han ido a ver la misma película?

Cada cabeza es un mundo. Puede que yo no interprete exactamente lo mismo que tú después de leer la misma novela. Pero si la obra está bien hecha (más allá del gusto subjetivo de quien lee), si los fundamentos de construcción son sólidos y el autor ha sabido manejar las herramientas de las que dispone, entonces no tendremos dificultades para coincidir tú y yo en lo que la historia cuenta y dice. Por el contrario, si el autor de la historia no ha sabido manipular sus recursos y, más aún, desconoce lo que significan las acciones que realizan sus personajes y, por tanto, el mensaje que transmite su historia, quienes la consuman tenderán a interpretar cosas muy disímiles entre sí. Cuando se escribe narrativa hay que guiar la interpretación del lector. Un buen narrador evita que el lector comprenda cualquier cosa y procura llevarlo de la mano, sin subestimar su inteligencia, por los caminos que él elige y diseña, hasta aterrizar en esa idea precisa que ha buscado compartir. Lo que me lleva a preguntarte: ¿qué es lo que realmente quieres decir a través de tu trabajo literario? ¿Lo sabes? ¿Has pensado sobre ello? Cada obra te puede llevar a obtener una respuesta diferente, pero tú eres el autor de todas. En conjunto, las obras de un autor también dicen algo, comparten su cosmogonía sobre la vida. Voy a dar un paso más allá, me voy a poner en plan filosófico: ¿preparado? Vale. Te has preguntado alguna vez, ¿tú por qué o para qué escribes? ¡Toma! Llévatelo de tarea. Intenta vincular tus razones personales con el tipo de ideas que sueles comunicar a través de tus historias. No veas el subidón y la seguridad que produce tener las cosas tan claras. Estarás amueblando tu cabeza, como suele decirse. Por otro lado:


Si no dices nada, ¿para qué escribes?
Si al hacer los ejercicios de análisis que te propongo llegas a concluir que tus obras no comunican, ni ideas ni sentimientos, entonces podrías necesitar detenerte un momento y buscar en otro lado. ¿Cuáles son las verdaderas razones por las que escribes? Si no te preocupa que otros comprendan las ideas de tus textos, si te da exactamente igual cuántas interpretaciones pueda hacer un lector sobre tu obra, o qué tan distintas puedan ser de lo que tú crees que estás diciendo, entonces, ¿qué esperas conseguir a través del ejercicio de creación literaria? 

Si no te importa lo que dices tampoco te importa conectar con otras personas. Vale, entonces, quizá sólo deseas conectar contigo mismo. Si prefieres no echar demasiada cuenta a lo que tus obras transmiten, está bien, pero entonces tampoco esperes ningún tipo de retroalimentación por parte de un lector. Es más, ni siquiera debería interesarte que otros lean lo que escribes. Así como escribes puedes guardar el resultado en un cajón o leerlo tú mismo y sacar de allí tanto jugo como seas capaz. 

Si por el contrario, has decidido quitarte la venda de los ojos y te sientes comprometido y apasionado por el oficio de narrar, considera esta última cuestión:


Las historias nos enseñan a vivir
Siendo productor de historias adquieres una responsabilidad interesante. Enseñas a otros a vivir. Pero no te agobies. Eso mismo hacemos todos en cierta medida, pero no nos damos cuenta. Los padres enseñan a sus hijos a vivir, lo mismo hacemos entre amigos. A través de las historias, propias y ajenas, enseñamos y aprendemos cosas sobre la vida. Tus historias son muestra de lo que piensas en el presente sobre un aspecto particular de la vida, del mundo tal y como tú lo entiendes. Pero las personas no pensamos del mismo modo siempre. Mañana quizá cambies de opinión sobre algún tema y construyas un mensaje diferente, acorde con esa visión renovada del tema. No pasa nada. Así es esta realidad en la que nos movemos: un cambio tras otro. Lo que importa en esta realidad en la que nos movemos, si asumimos la noble y maravillosa labor de narrar, es que nos quitemos la venda de los ojos y nos mantengamos siempre abiertos y receptivos, sin dejar de usar el sentido crítico, filtrando todo a través de nuestra muy personal y subjetiva manera de ver las cosas. Una de tus historias podría llegar a significar mucho para un lector. A través de ella podrías cambiar la vida de alguien, así como consiguió hacerlo tu libro favorito contigo mismo. Pretenderlo quizá no es bueno y resulta hasta pedante, pero ignorarlo es equivalente a vivir con una venda en los ojos. Esa ignorancia, en el peor de los casos, podría convertirse en un obstáculo que no te deje crecer como narrador. ¡Ala, que mañana será pechuga! #VivanLasFrasesDeAbuelo


Israel Pintor.