Google+ Taller de Escritura Creativa de Sevilla: Sangre, Juan Jesús Garrido

Sangre, Juan Jesús Garrido

“¿Qué sucede? ¿Dónde estoy?”
Intento moverme, noto una fuerte presión en los brazos y las piernas. Estoy atada
Intento ver, no puedo abrir los ojos. Estoy vendada.
Intento escuchar algo, pero ningún sonido llega hasta mis oídos.
"¡Tengo que escapar de aquí!" me dije a mi misma, empezando a ceder mi calma a una terrible tempestad. "Pero ¿cómo?"
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No puedo ni ver, ni oír, ni sentir. Trato de saborear algo que me de indicios de donde me encuentro, pero solo doy con mi boca reseca. La intranquilidad me embarga como un manto negro de oscuridad. Me propongo calmarme respirando hondo, pues mi mente está sintiendo una serie de emociones y a la vez ninguna las cuales me están empezando a turbar la mente. Aspiro, con el único sentido aun funcionando en mí, y noto un desagradable olor metálico entrando por mis vías respiratorias impregnando mis pulmones. Sangre.
El pánico cada vez hace más honor en mi interior, no entiendo nada, no sé nada.
El olor metálico solo puede ser sangre, y la sangre simboliza algo terrible.
Abro la boca para intentar gritar y que algún alma caritativa viniera a socorrerme, pero tengo la boca tan seca que apenas sale una diminuta mariposa, anhelando desesperadamente por encontrar una flor con la que saciar su apetito. El olor a sangre es cada vez más intenso, más fuerte, como si un río de aguas torrenciales se estuviera aproximando a cada segundo, arrasando con todo aquello que estuviera a su paso.
No podía más, mi corazón latía desesperado buscando una salida hacia aquella situación que él mismo desconocía, pero que sabía que no podía presagiar nada bueno.
Entonces, como si de un interruptor se tratase, mi oído se activó y empecé a oír unas voces que gritaban. Siento pánico, pues esas voces solo pueden ser de aquellos de los cuales era aquella sangre. Me dispuse a escuchar con atención para al menos descifrar lo que estaba sucediendo a mi alrededor. Me sorprendió oír que las voces no emitían sonidos de dolor, ni de súplica, sino todo lo contrario; eran llantos de felicidad.
                "¿Amarán estar siendo asesinados?", me pregunté, ya no asustada sino tremendamente confusa.
Un minuto más tarde un segundo interruptor se acciona. La pesada venda se ha esfumado, empiezo a abrir los ojos y veo todo borroso cual nube de primavera se posa en el cielo amenazante. Cuando recobro un poco mi vista, veo a un extraño hombre vestido con una bata azul pasándome un diminuto ser a mis brazos. Pude comprobar que el tercer y último interruptor se accionó al notar como mis brazos, por pura intuición se extendieron para coger a la criatura.
¡Felicitaciones señora Elena! -me sonríe el señor embatado. ¡Es una niña!