Google+ Taller de Escritura Creativa de Sevilla: No salga nadie, por Francisco Argüelles

No salga nadie, por Francisco Argüelles

Francisco Argüelles no sale en esta foto, pero estos dos camaradas podrían haberlo inspirado a escribir
"No salga nadie", uno de los cuentos que escribió durante su paso por el Coaching Literario.
Es madrugada. Ernesto se levanta de la silla del pórtico donde está sentado y se mete a la casa mientras Oliverio se prepara otra cuba y lo espera sentado en el pórtico. Ernesto se detiene detrás de la puerta, en el interior de la casa saca su celular y revisa las fotos: Oliverio y la novia de Ernesto cogen. Se le hace un nudo en la garganta. No le ha dicho nada a Oliverio. Va al baño. De pronto, escucha el frenazo de un auto. Se tambalea al orinar. Se asoma por la ventanilla y ve a cuatro tipos armados que invaden el jardín.
—Ahora sí, hijos de su puta madre, vamos a ver si muy machos—dice uno. Ernesto reconoce la voz de durón Durón.  Se apresura a abrocharse el pantalón y corre hacia la sala oscura.
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—Hey, gallo,  tráeme a esa vieja pa’ca —dijo Ernesto al mozo y señaló hacia otra mesa junto a la rockola, donde una mujer reposaba, sentada sobre las piernas de un hombre.
—Es Perla, señor. Está ocupada —Ernesto sacó un billete de mil pesos y lo ofreció al mesero.
—Pues hazla que se desocupe —El mesero se acercó al oído de Ernesto y murmuró:
—No me atrevo, señor. Está con el Durón. Y si me deja darle un consejo, no se meta con él, dicen que es peligroso.
—Elige a otra vieja, Ernesto, yo te la pago —intervino Oliverio, que estaba sentado junto a él, mientras agitaba su ron en las rocas.
Ernesto clavó la vista en los pechos de Perla y luego la vio a los ojos. Ella, abrazada del cuello de Durón, le correspondió con una mirada lasciva. Ernesto, pensativo y serio, le dio un trago a su cuba y buscó la mirada de Oliverio, que le respondía la mirada como quien intenta apaciguar una cabra.
—Me vale madres si es Rambo, quiero esa vieja para mí solo.
Oliverio se puso alerta. Ernesto se acercó a Perla, le susurró algo al oído y la tomó del brazo. Sorprendido por el atrevimiento, Durón le tiró un manotazo a Ernesto. Este le respondió arrojándole un vaso de cerveza en la cara. Durón se irguió e intentó golpear a Ernesto, pero falló porque tenía cubierta la cara de cerveza. Sintió entonces un golpe. Oliverio le había pateado, luego, lo machacó a puñetazos hasta que los meseros lo impidieron.
—A Ernesto no lo tocas, cabrón —dijo Oliverio a Durón.
Durón se quedó callado y miró detenidamente a Ernesto mientras se limpiaba la sangre de la boca, le sonrió y le guñó un ojo. Enrnesto se puso colorado y los ojos se le incendiaron como puntas de cerillo.
—Ya vámonos. Te metes en problemas y siempre tengo que dar la cara por ti— dijo Oliverio.
Δ
Ernesto mira a través de un hueco de la cortina que cubre una ventana de la sala oscura. Se aprieta y jala los labios. Suda. Escucha el grito valiente de Oliverio: «No salga nadie». Los cuatro tipos rodean a Oliverio que, bragado, se lanza contra Durón,  pero un balazo en la pierna lo hace perder el equilibrio. Ernesto oye unos pasos desesperados que provienen del segundo piso de la casa. Con la boca abierta y grandes ojos, mira por unos segundos a la esposa de Oliverio, que se apresura hacia la puerta. Ernesto la alcanza, le dice que no puede salir y la desmaya de un golpe en la quijada. Ernesto regresa a mirar por la ventana. Uno de los tipos se impulsa para dar un cadenazo a los muslos de Oliverio, que yace boca abajo, mientras otro lo patea en las costillas. Un tercero le levanta la cara para que Durón le parta los dientes con una manopla. A Ernesto se le salen unas lágrimas. Parece quebrarse. Oliverio expulsa sangre por la boca. Los ojos están a punto de salírsele debido a la descarga de madrazos que recibe en la espalda.
Por un momento, Ernesto piensa pedir a Durón y a los otros que se detengan. No lo hace. Se cubre los ojos. Se va de nuevo al baño. Siente que se ha arrancado un pedazo del alma, pero también que ese pedazo es pequeño en comparación con el que Oliverio le arrancó. Ernesto saca su celular y observa a detalle las fotografías.
Afuera ya casi no hay ruidos. Los tipos dejan de golpear a Oliverio cuando éste ya casi no responde. Olvierio ya es solo un organismo que se va apagando.  
—¡Vámonos! —ordena Durón.


Un silencio sepulcral invade el jardín. Ernesto se vuelve a asomar a la ventanilla y ve el cuerpo inmóvil, sangriento y desecho de Oliverio. Entonces se golpea la cabeza fuertemente contra la pared hasta que logra llorar a chorros. Apurado salta de un brinco a la esposa de Oliverio, que yace como obstáculo en el suelo, abre la puerta de la casa y sale gritando que unos desconocidos han matado a su hermano, mientras recibe en su celular nuevas fotografías. En ellas Durón se coge a la novia de Ernesto. Las fotos se acompañan de un breve mensaje: “Me cobré por adelantado, quedamos a mano, pinche Caín.”

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