Google+ Taller de Escritura Creativa de Sevilla: La cuenta, Alfonso Pino

La cuenta, Alfonso Pino

Siete de la tarde y entro al café. Ocupo la primera mesa que encuentro disponible.  Me siento con la espalda apoyada en la pared y en cuanto el mozo se acerca ordeno lo de siempre.
Mientras espero que el mozo me traiga el pedido observo a mi alrededor.  En la mesa a mi derecha, un par de señoras, que habían pasado no hace mucho los sesenta años, conversan alegres, animadamente y me de gusto ver como disfrutan la vida.  A mi izquierda, mesa por medio, una pareja de jóvenes, de no más de veinticinco años, dejan que se enfríe el café que tienen al frente, mientras con ambas manos entrelazadas a través de la mesa, sólo tienen tiempo para enamorarse sin importar lo que sucede a su alrededor. Parecen como tantas otras parejas que se juntan a conversar de diversos temas: la película que van a ir a ver, el libro que están leyendo, lo que van a hacer el fin de semana, detalles del próximo viaje para el cual ya tienen los pasajes comprados, de los arreglos que deben hacer en su hogar o de los hijos.
Al frente, algo en diagonal y a una distancia de dos a tres metros, una pareja de entre treinta y cinco y cuarenta años, están consumiendo cada uno un café. Ella, a la que veo de perfil come un trozo de pie de limón, del cual se ha servido un par de bocados.  Él, sentado en el lado opuesto, a quien puedo ver casi de frente, acompaña el café con una porción de torta de chocolate que está intacta. A la primera mirada esta pareja no llama mi atención. La distancia y el ruido ambiente, típico de un restaurante, me impiden escuchar lo que conversan. Él habla sin parar, como diciendo un monólogo, ella lo escucha atenta, sin interrumpirlo, con los brazos a veces cruzados o bien puestos sobre la mesa y en algunas ocasiones baja la mano izquierda para rascarse las rodillas y alisarse un poco el vestido. El rostro de él que, al observarlo con más atención, me parece el de una persona molesta, quizás muy molesta con quien tiene al frente.  Comienzo a sentirme incómodo cuando él se da cuenta de que los estoy observando.  Para disimular saco un lápiz y mi libreta de apuntes, comienzo a tomar notas de lo que observo, mientras que de reojo sigo curioseando lo que pasa con ellos.  Me siento como un intruso que tiene pegada la oreja a la puerta de sus vecinos, me cuesta separar la vista de esta pareja. Él tiene los pies cruzados;  agita el derecho en señal de nerviosismo. El movimiento de ese pie parece conectado con sus manos: mientras más rápido lo mueve, más rápido señala a la mujer con el dedo índice de la mano derecha.  Ella está tensa, tiene la espalda recta, apenas rozando el respaldo de la silla, el mentón levantado.  Cuando él, con el torso del cuerpo inclinado sobre la mesa, la señala con el índice acusador, ella responde señalándose a sí misma con ambas manos como  preguntando ¿entonces la culpable soy yo?—, a lo cual él reacciona asintiendo con la cabeza y agitando aún más rápido el pie derecho.
No se cuántas veces él la acusó, pienso que todas por situaciones distintas y a todas, ella responde de la misma forma pidiendo que le confirme que es la responsable, hasta que llega un momento en que no quiere escuchar nada más y, ante un nuevo dedo índice acusador que la señala como culpable, se cubre los oídos con las manos, próxima a estallar en llanto, como con deseos de arrancarse de ese lugar.
Él, al percatarse de que ella se va a retirar, se aleja de la mesa, agita sus manos como indicándole que están conversando en paz, trata de contenerla.  Ha perdido el control de la situación, ahora lo tiene la mujer. El hombre pide urgente la cuenta mientras busca en los bolsillos de la chaqueta su billetera, palpa los bolsillos de su pantalón, vuelve a revisar la chaqueta y se da cuenta de que no la tiene. Encoje los hombros y le muestra las manos vacías.
La mujer, que ahora se encuentra sentada de lado, por lo que puedo ver mejor su rostro: tiene la frente fruncida, niega con la cabeza y aprieta los labios.  Con esfuerzo comienza a sacarse un anillo del dedo anular de la mano izquierda y, con el índice de su mano derecha, le indica a él que ponga también el suyo sobre la mesa. Una vez que se quita el anillo se pone de pie, toma la cartera, el celular y unos lentes, le muestra el dedo despojado del anillo como diciendo:
De esto, yo no soy culpable.
Y se va hasta donde se encuentra el mozo, a quien algo le dice y le entrega el anillo.

Alfonso Pino es chileno y actualmente cursa un ciclo de Coaching Literario en línea.
Este cuento fue resultado de sus esfuerzos por dominar el género. A que es bueno...
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