Google+ Taller de Escritura Creativa de Sevilla: La vida de la señora Valhondo, por Bego Gerrero

La vida de la señora Valhondo, por Bego Gerrero

Nunca he pretendido regalar sabios o necios consejos a ningún alma que no los requiriera, bien a través de las palabras, bien haciendo hablar una mirada; que muchas son las ocasiones en las que el corazón se sirve de una delatora caída de ojos si tiene necesidad de hacerse escuchar. Pero hoy, querida Sofía, hoy voy a obsequiarte con un regalo que no has pedido y si así hubiera sido, disculpa entonces mis años que, a la fuerza, pierden reflejos por más atención que quiera poner a la felicidad de mi única y adorada nieta.

Muchas veces me has oído, no sé si escuchado, predicar mis creencias que, si bien no son abundantes en número, si lo son en peso para el alma. Me has oído, Sofía, tantas veces alabar la bondad del que humilde, aunque rico en monedas, no olvida y más aun, se enorgullece de un pasado privado de todo aquello que no fuera la más absoluta pobreza. Y sabes, Sofía, bien sabes que aunque ahora repose este cuerpo ajado sobre sábanas delicadas bordadas en seda, hubo un tiempo en el que mis frágiles huesos de niña, se tumbaban cada noche sobre el austero lecho que me proporcionaba la caridad de las hermanas carmelitas.
Pero como a ti, Sofía, como a ti la Naturaleza me otorgó el don de la belleza y como a ti, Sofía, como a ti me hizo mujer de amplias entendederas y buen corazón. Y fue gracias a ello que la Madre Ángeles me entregó su plena confianza, me permitió leer y formarme a través de la Ascética de Fray Luis, de la Mística de Santa Teresa y luego miraba hacia otro lado cuando veía que eran María de Zayas o el joven Galdós los que me acompañaban a la cama.
Es a ella, Sofía, a ella a quien debo el haberme enseñado a planchar trajes y camisas, a bordar sedas y a remendar zurcidos. El haberse pasado horas haciéndome oler las especias para nunca equivocarme a la hora de engrandecer un guiso. El haberme hablado siempre en el mismo tono de voz suave y respetuoso, utilizando la palabra adecuada y obviando las blasfemias que salieran por mi boca si alguna hermana había descubierto y quemado mis libros prohibidos. Ella me enseñó a ser persona y después, a ser una persona que pudiera hacer algo en el Mundo.
Y fue ella, Sofía, fue ella la que me acompañó de la mano a casa de la Señora Nerias, la casa en la que entré a realizar las tareas del hogar al son de las más bellas sonatas que construían los dedos de Jesús, el pequeño de los hijos de la Señora de la casa. Pasaron tres años hasta que pude verlo la noche en que me olvidé de poner el cerrojo de mi diminuto cuarto. Y allí, a la luz de la vela bajo la que me encontró rezando el segundo rosario, me leyó el más bello poema de amor jamás escrito. Dobló el papel y lo guardó en mi mano. Y después se fue dejando inconcluso para siempre, aquel segundo rosario.
Jesús continuó cultivando aquellas notas que parecían susurradas en su oído por algún ángel del cielo y aquella música dejó de envolver solo cada estancia de la casa y pasó a sonar rotunda en los grandes teatros del país, y aún así, cada noche, interrumpía mis oraciones para enviarme a los brazos de Morfeo con la más placentera sensación de cohibida felicidad. Noche tras noche, Sofía, noche tras noche durante siete años de mi vida.
Pero entonces, Sofía, entonces llegó el coche negro a la puerta de la casa aquella mañana y de él se bajó la futura y nueva Señora Nerias, hija de un adinerado marchante de arte y prometida, desde hacía cuatro años, del Señor Jesús.
Y no pienses, Sofía, no pienses que no sufrí y que no se retorció mi alma herida de muerte aquella mañana y todas las mañanas del resto de mi vida, porque sí lo hizo y lo sigue haciendo porque Sofía, cuatro años habían pasado desde el día en que él hizo entrega del anillo de su abuela a otra mujer que no era yo. Y sin embargo, sin embargo no me hizo llegar las cartas que tu abuelo, su amigo de la infancia, me escribía cada noche desde el primer día en que me vio, cogida de la mano de la Madre Ángeles, la mañana en la que me despedí de ella y del convento para siempre.
Pero nunca permitió mi corazón que me viera derramar una lágrima ni mis manos permitieron que volviera a interrumpir mis oraciones, pues ni una noche más olvidé pasar aquel cerrojo que jamás dudó ante las súplicas quedas del falso enamorado.
Y pasaron los fastos del festejo por el nuevo matrimonio y con ellos las sonatas y los poemas por debajo de la puerta que se tornaron en cartas de amor que cada día puntual, me hacía llegar el cartero. Poemas cuyo sentido yo no acertaba a comprender pues era tan distinto el tono, Sofía, tan distinto que mi pobre alma desgarrada no reconocía más que mentiras entre ornamentados cultismos y retóricas metáforas. Mas siempre firmaba con su primera inicial y una incansable pregunta: “¿Cuándo querrás ser el agua que reanime a este muerto de sed?”
Pero la vida es justa, es justa y quiso por ello el destino que la Señora Nerias abandonase este mundo en pos de uno mejor para mí, y fue ella misma la que recomendó mis servicios en casa de la Señora Valhondo, tu bisabuela Sofía, la primera Sofía y más sabia, si me lo permites decir.
Y quiso el destino que volvieran a mí cada noche los poemas de amor que interrumpían mis antiguos rosarios porque voy a confesarte, a confesarte que el Señor Jesús era diestro en el piano, más no con la pluma ni tampoco de espíritu, pues afanaba sin piedad las palabras que con tanto amor me escribía cada noche tu abuelo, quien además de maestro de las letras, lo fue también en discreción y paciencia, callando sus sospechas si con ello conseguía su amigo la felicidad que anhelaba. 
Y ya sabes el final, porque de hecho, tú estás aquí como digna heredera de tu abuelo, el más grande de los poetas que ha dado esta tierra. De modo, Sofía que no olvides nunca tus orígenes, que aunque repletos de bondad y de afectos, lo están también de humildad y trabajo; por ello Sofía, obliga a tu corazón a decidir, no entretengas al poeta mientras te decides por el boticario porque, Sofía, con todo mi amor te diré las únicas palabras que le dirigí al Señor Jesús en la única carta que le envié: “Agua que no has de beber, déjala correr”.

Fuente: http://arteantiguedades.blogspot.com.es