Google+ Taller de Escritura Creativa de Sevilla: Autorretrato incompleto, Rodolfo Garrotín

Autorretrato incompleto, Rodolfo Garrotín


Contemplé la fuerza del astro rey por primera vez un 14 de abril de hace ya varias primaveras. Había nacido cuatro días antes, pero mis párpados superiores no quedaron despegados de los inferiores hasta esa fecha.
Pertenezco a la estirpe Garrotín, que no es una estirpe cualquiera. Procedentes del reducto norteño que inició la Reconquista, extendimos nuestra sangre por el resto del mundo. Los Garrotín somos muy fogosos. Las Garrotín, muy fecundas. Hay garrotines censados en los cinco continentes y de razas muy diversas.
Según me dijo años después mi ama de cría, al nacer era un huevo duro recién pelado, blanco impoluto y casi redondo. Sin mucha cabellera, una pelusa amarilla mal cubría mi radiante cebollita tierna.
Aprendí a mascullar pronto, incluso antes de comenzar a sostenerme sobre mis, por entonces, ramitas de perejil, nada rígidas y muy delgadas. Repetía todo cuanto escuchaba cual cacatúa o como el eco producido en una habitación vacía.
También la televisión local repite muchas cosas en esta época del año, pero no pegaba decirlo.
Al crecer, alargué mi cuerpo por encima de la media convirtiéndome en un espárrago de Tudela, blanco como la cal que se usa para cocer las aceitunas y alto como las torretas que sostienen los cables de alta tensión.
Desde siempre tuve espíritu de lombriz, explorando caminos sin que nadie lo advirtiese. Opaco como el color negro, poca gente me conoce. Soy un crocanti de chocolate tres minutos después de salir del congelador: por fuera parezco frío aunque por dentro esté derretido.
Como dijo un profesional de la charla, soy lo que pienso en cada momento. Ayer era lo que ayer pensaba. Mañana, si llega, seré lo que piense mañana.
            Este es el resumen de mi trayectoria por esta senda maravillosa de paisajes coloridos que llamamos vida.

Lo anterior requiere una explicación.
            El ejercicio propone la redacción de una autobiografía que emplee el uso de figuras retóricas. Yo, que soy un alma pragmática y nada cursi, no podría, pues, cumplir el objetivo si no fuera diciendo sandeces.
En realidad, esto se ha convertido en un auténtico calvario. Además, tengo un catarro de colosales proporciones y el uso de la química me provoca aturdimiento. Escribir aturdido una sarta de tropos para trazar mi biografía me resulta desagradable y me provoca una cólera incontrolable. Si ahora mismo me cruzase con el ideólogo de este ejercicio probablemente no volvería a respirar y yo no volvería a ver la luz.
            Por eso, prefiero hacer ahora una declaración de principios.

Nací en el Sur de España (cada vez más cerca del Norte de África que del Sur de Europa) en plena primavera, justo cuando se celebraba la pasión y muerte de Cristo. Quizás por eso siempre he aceptado los contratiempos con deportividad y probablemente sea esa la causa de mis perennes simpatías por el débil.
            Tuve una infancia feliz y placentera y una adolescencia normal si no fuera porque nunca logré entender las inquietudes de mis congéneres. Todo me parecía absurdo y casi nada me parecía motivador.
            La salida de la adolescencia produjo en mí una liberación. Supuso el tránsito de vivir en una isla desierta a hacerlo en sociedad. Claro que ello tuvo también sus complicaciones; a veces me dio la sensación de ser como Tarzán en Nueva York.
            En el fondo, no tengo más premisa en el caminar vital que el de no molestar demasiado. Por eso me gusta tan poco que me molesten a mí. Es una postura egoísta, pues convivir genera inevitables roces y renunciar a ellos es abdicar de ciertos deberes. Soy consciente de que la expresión “yo soy así”, es frecuente excusa para dar la lata. Pero es que yo soy así, aunque procuro que ello no afecte negativamente a nadie.
            Sólo se vive una vez. Vivir es una actividad estrictamente individual. Por eso, freno en seco las injerencias sobre mi modo de conducirme. Lamento profundamente que ello incomode a los demás seres que en el universo habitan, pero no me dedicaré a vivir la vida que otros desean.
            Intelectualmente soy un ave migratoria. Hoy estoy pasando el frío invierno en una estación del sur y mañana partiré con el calor en busca de una fresca charca del norte. Siempre he pensado que los pensamientos inamovibles responden a la soberbia, característica arraigadísima en las personas que carecen de inteligencia. Acepto como normal que otro pueda estar en lo cierto. También que yo pueda estar equivocado.
            El trabajo sirve, casi exclusivamente, para poder vivir con tranquilidad. Aunque la jornada se extienda demasiadas horas en el día, lo bueno comienza al salir de la oficina.
            No tengo apego a casi nada de lo material. Sin embargo, la generosidad no la mido en términos económicos sino temporales. Se ha generalizado la idea de que el tiempo es oro. Por eso, regalo mi tiempo a cualquiera que me lo pida. El día tiene tantas horas como queramos y es mucho más enriquecedor compartir el tiempo que ganar dinero.
            Esto me hace ser indolente y desorganizado, que no irresponsable, cuando de cumplir deberes se trata. Me da lo mismo. Lo importante es cumplirlos; lo accesorio el cuándo y las circunstancias.
            Me da igual casi todo; creo que hay sólo un par de cosas que tienen entidad suficiente como para ascender a la categoría de problema. Lo demás son anécdotas.
            Sé que este modo de ver las cosas provoca a veces sufrimiento. Ante ello, debo decir dos cosas: la primera, que lo siento con toda mi alma; la segunda, que no haré nada por corregirlo.
            El mundo es muy grande y lo habitan muchas personas. No busco agradar ni hacer amigos. No hace falta. Con todos los que somos, siempre habrá alguien a quien mi levedad no le importe y que sea capaz de establecer conmigo una relación de complicidad y afecto.