Google+ Taller de Escritura Creativa de Sevilla: You Win, Álvaro Parrilla

You Win, Álvaro Parrilla


¿Cómo he llegado a este punto? Hace tres semanas cuando vi por primera vez la niebla, ni en la más increíble de las fabulaciones hubiera acertado con lo que más tarde sucedió. En este tiempo he perdido la confianza de mi familia, incrédula de mis teorías. Me han acosado en el trabajo, donde tampoco he encontrado apoyos. He estado sólo, luchando contra todos, intentando frenar la niebla y sus efectos. Como Mel Gibson, en aquella película donde hacía de un loco que inventaba teorías conspiratorias, hasta que un día acierta con una y es perseguido. Así me he sentido, perdido, sólo e incomprendido. Ahora que casi todo ha acabado he decidido escribirlo, para ordenar mis pensamientos, antes de dar el último paso.
©Getty Images

Todo empezó a torcerse con el cambio de turno, no es que antes fuera mejor, aún seguía triste con la ruptura, por si acaso lee esto algún amigo sé que ocho meses es tiempo suficiente para superar una ruptura pero no es mi caso.
Pues eso… no era el hombre más feliz del mundo pero no estaba en la triste situación que llegue a estar después. Además había conseguido mi primer trabajo, lo cual era positivo. No era el trabajo de mi vida, pero con 31 años empecé a ver que éste nunca aparecería, quizás como tantas otras cosas. Me cambiaron al turno de mañana, de seis y media a dos y media de la tarde. Hasta entonces había estado en el turno de tarde, un horario incómodo pero que me permitía levantarme tarde y hacer cosas por la mañana: jugar a la Play, ir algunos días al gimnasio o acompañar a mi madre a algún sitio. El cambio de turno se produjo por dos bajas: una maternal y otra por depresión, sin aparente relación entre ambas. Tras este cambio de horarios tenía que levantarme a las 5:30 de lunes a viernes y el último sábado de cada mes. Desde que había adoptado ese horario mi rendimiento laboral era nulo, todo mi esfuerzo se concentraba en permanecer con los ojos abiertos las ocho horas de la jornada, menos mal que la empresa no hacía seguimiento alguno del rendimiento. Luego volvía a casa de mis padres, dormía tres horas de siesta, me levantaba de mal humor y pasaba el resto de la tarde maldiciendo a la embarazada y al depresivo.
No recuerdo exactamente si fue la tercera o la cuarta mañana cuando vi por primera vez la niebla. Me dirigía al trabajo y ésta apenas me dejaba ver unos metros por delante del coche, las luces eran absorbidas por la niebla formando una pared blanca. Circulaba lentamente, pues no veía a los otros coches. Temía un posible accidente. La niebla era muy similar a la que vi en Londres dos inviernos atrás. De mis viajes a Londres, curiosamente, sólo recordaba la niebla, Tom Courtenay y un par de discusiones con María.
La niebla llamó mi atención, no le hubiera dado mayor importancia si no hubiera sido porque en la radio, mientras conducía, al dar el parte meteorológico hablaron de tráfico despejado y ligera bruma. Lo primero se cumplía pero lo segundo ni por asomo. Estos del tiempo no aciertan nunca. Pensé.
Al siguiente día se repitió el mismo suceso. Conduciendo camino del trabajo, vi alrededor una niebla de un blanco inmaculado cubriéndolo todo. En el parte de tráfico de las seis de la mañana avisaban de los atascos de siempre y una vez más hablaban de ligera bruma. Esto me hizo pensar que realmente no tenían información actualizada del tráfico, ni del tiempo, sino dos o tres grabaciones que ponían en antena de forma aleatoria. Al llegar al trabajo comenté con algunos compañeros el tema de la niebla, su espesura y que no dijeran nada de ella por la radio. Lo hice por romper un poco el hielo con ellos, era nuevo en ese turno y en los días que llevaba allí había hablado poco. A la mayoría los conocía de la cena de empresa del año anterior, aunque apenas recordaba sus nombres.
Alfredo, de contabilidad, replicó:
—Esos del tiempo siempre se equivocan.
La misma sentencia pronunciada por mí un día antes. Esto me demostró lo poco original de mis pensamientos y la poca credibilidad de los meteorólogos. Enrique y Esther, de ventas, no se habían fijado en ninguna niebla. El primero decía venir demasiado dormido para fijarse en nada y la segunda argumentó que su trayecto era diferente al mío. Bernardo, uno de los más viejos de la oficina, de logística, esperó a que el resto no prestara atención para ir hasta mi mesa, apoyarse en ella y susurrarme al oído:
—La niebla está aquí desde hace años, la invasión continúa, los cambios son inevitables.
Sus palabras sonaban con un pequeño eco, cómo si las hubiera ensayado durante mucho tiempo. Cuando reaccioné lo vi salir de la oficina, no volví a verlo por un tiempo. Aunque Bernardo me desconcertó, lo cierto es que aumentó mi interés por la niebla. Ese mismo día en mi casa, tras mi siesta de rigor, busqué en internet información sobre la niebla. Miré en páginas meteorológicas, de tráfico, en periódicos digitales e incluso puse “espesa niebla”, “niebla abundante”, “niebla misteriosa” en el buscador, y ningún resultado relacionado con la niebla que me interesaba. Obtuve miles de datos sobre la niebla: sus clases: de viento, de vapor, de valle, etc.; cómo afectaba a los aeropuertos; e incluso la existencia de varios pueblos llamados así. Miré varias fuentes, no de forma exhaustiva, sólo mientras cargaban los partidos del FIFA 12, pero sí lo suficiente para ver que no había ninguna información relevante sobre la niebla.
Las siguientes mañanas, durante el trayecto al trabajo, observé atentamente la niebla, como si fuera capaz de analizarla con la mirada y extraer alguna conclusión de su naturaleza. Está de más decir que en esos días, la información, o mejor dicho, la no información, sobre la niebla era la misma. Ya entonces me abstuve de volver a comentárselo a mis compañeros, el recuerdo de Bernardo susurrándome en el oído aún estaba muy vivo. Quizás hubiera quedado ahí mi interés por la niebla, si aquel mismo día no se hubieran producido los primeros cambios en mi casa.
Siempre había tenido por costumbre almorzar con mi madre, mi padre comía en el trabajo. Mi madre, de nombre Marisa aunque yo la llamo mama, había estado trabajando un tiempo como administrativa de una empresa que cerró y desde hacía tres años era ama de casa. Ese día al llegar a casa encontré a mi madre en el salón leyendo.
—Tienes la comida todavía caliente, cuando termines recoge el plato, cariño.
Me quedé paralizado, mi madre viendo mi cara pensó que tenía que dar alguna explicación más:
—Alberto he comido en horario inglés, además así termino antes de recoger la cocina.
Sorprendido no quise hacer drama de comer solo, así que comí, recogí la mesa y me acosté.
Si he apuntado este hecho, solamente es porque fue el preludio, del hecho extraordinario que sí me puso en alerta. Me levanté de la siesta, bajé hasta la cocina y busqué la cafetera. Mi madre siempre solía dejarme un poco de café para merendar. Miré por la cocina pero no encontré nada. Fui al salón para preguntarle por el café y allí estaba mi madre, con una gran taza humeante de té. Me quedé helado, paralizado, incluso me temblaron un poco las piernas. Mi madre siempre había sido una gran amante del café, su bebida preferida. Si la hubiera encontrado bebiendo directamente de una botella de whisky el impacto hubiera sido menor que encontrármela bebiendo té. Me acerqué y me ofreció una taza. Acepté, necesitaba beber algo para recuperarme del impacto. Le pregunté por el cambio y simplemente respondió.
—Ya estoy cansada del café, el té me relaja, me sienta mejor.
La miré fijamente y pensé en recordarle cuántas veces había defendido el café, incluso como remedio curativo, o la vez que hablando con mis tías dijo:
—El hombre del anuncio del café, aquel del bigote con el burro, es uno de mis mitos eróticos.
Pero no me sentí con la suficiente autoridad moral de recriminar nada a mi madre y tampoco con las fuerzas de reivindicar a Juan Valdés como mito erótico.
Los siguientes días la misma rutina: madrugaba, iba al trabajo y mi madre seguía tomando té y almorzando sin mí. En esos días la niebla era más espesa que antes, podía atraparla con las manos, como si fuera nieve. Alrededor de la niebla todo parecía estar suspendido unos centímetros por encima del suelo.  
Llegó el fin de semana. Desde que María se fue, no salía demasiado. Prefería pasar sábado y domingo viendo películas y sobre todo viendo fútbol con mi padre. Éste, de nombre Alfonso aunque yo le llamo papa, se había abonado a una plataforma digital. Esto supuso horas y horas de fútbol: liga inglesa, alemana, belga, croata, nos daba igual. La cuestión era sentarse allí, beber cerveza y pasar las horas del fin de semana. Mi padre y yo no cruzábamos muchas palabras, las suficientes para insultar y decidir quién estaba jugando bien o mal. Aquel sábado me levanté más tarde de lo acostumbrado justamente para la hora del almuerzo, el cual desde la última semana se había trasladado de las tres a la una y media, por eso del horario inglés. Sentados en la mesa, frente a grandes platos de arroz, mis padres hablaban sobre la celebración de su aniversario. Yo mientras hacía mentalmente la programación de partidos para el sábado. Tras el almuerzo, mi padre y yo, iniciamos el maratón. En primer lugar vimos terminar un partido de la liga belga, el nombre de los equipos no los recuerdo pero sí que las camisetas de ambos eran horribles. El siguiente era un partido de la liga alemana, entre Bayern y Borussia, jugándose el liderato. El partido era trepidante, con ocasiones para los dos equipos, pero sin goles. Quién ganara el partido prácticamente también ganaría la liga. En el descuento un fallo defensivo dejó sólo al delantero del Bayern, era la última jugada del partido, se disponía a chutar cuando fue arrollado por un jugador azul e inmediatamente otros azules se echaron encima del primero. Aquello no era futbol, mi padre había cambiado de canal y había puesto un partido de rugby. Le pregunté por qué había cambiado, en la última jugada del partido, y su contestación me dejó con la boca abierta:
—Era muy aburrido, no me estaba gustando nada.
No podía creer que esas palabras fueran pronunciadas por mi padre, el mismo hombre capaz de ver hasta seis partidos de la liga sueca sin pestañear. No contento con su contestación inicio un monólogo sobre la corrupción del mundo del futbol, su falta de valores y la poca ética de sus jugadores, rematándolo con:
—El rugby si es un deporte de hombres.
Aguanté un rato más de rugby, intentando entender de qué iba aquel deporte e intentado entender de qué iba mi padre, futbolero de toda la vida.
Mi madre tomando té, espesa niebla, mi padre viendo rugby, niebla de un blanco inmaculado, comer sólo, la niebla me envuelve, horario inglés, nadie sabe nada de la niebla. Esas ideas se agitaban en mi cabeza, las cosas cambiaban rápidamente sin explicación, en concreto mis padres. Se podría pensar que estos cambios eran leves, sin importancia, pero para mí sí la tenían. Mis padres habían llevado una vida de costumbres y rutina, siguiendo horarios y hábitos muy concretos durante años. Estos se habían desmoronado en apenas una semana, como si nada. La niebla está aquí desde hace años, la invasión continúa, los cambios son inevitables. Las palabras de Bernardo cruzaron mi mente de forma fugaz, dándole sentido a todo, uniendo los puntos inconexos. La niebla estaba influyendo en mis padres, en sus costumbres, no sé cómo, pero sí que se estaban produciendo cambios extraños. La niebla formaba parte de una colonización cultural inglesa: té, rugby, comidas a la una y media, eran cambios producidos por la influencia de la niebla. Una sutil invasión, invisible, absorbiéndonos poco a poco. La teoría tomaba cuerpo en mi cabeza y cada vez me resultaba más verosímil. Pese a esto, sabía que seguía siendo una locura, necesitaba datos para apoyarla, de otro modo nadie me creería. Primero busqué a Bernardo, él parecía saber qué estaba ocurriendo. Resulto imposible localizarlo, no iba al trabajo desde nuestro último encuentro y las veces que llamé a su casa siempre comunicaba. Investigué en internet: las academias de inglés, los viajes a Londres, las pruebas de idioma, la ventas de té y pastas, incluso las series de la BBC estrenadas en España, todo había aumentado en los últimos años. Ordené las ideas, y decidí esperar un tiempo para observar a mí alrededor. Ahora que conocía la verdad, debía ir con cautela.
            El período de observación duró menos de lo que me hubiera gustado, pues los acontecimientos se precipitaron. En primer lugar en el trabajo, Agustín de recursos humanos, un tipo simple pero simpático, me habló de la necesidad que tenían los trabajadores de la empresa de participar en cursos de reciclaje profesional. Pensé en una botella que después sería un cenicero, pero resultó más simple y aterrador que eso. Agustín me sugería, siempre con una amplia sonrisa, lo necesario que era saber un idioma como el inglés hoy en día, profetizaba:
—Es el futuro.
Pensé que la niebla había afectado primero a las mentes más simples, pobre Agustín.
            Bromeando, comenté en casa la sugerencia de recursos humanos. Mis padres lo aprovecharon para darme la noticia de que ellos también tenían la intención de tomar algunas clases de inglés, pues habían decidido ir a Liverpool, como viaje de treinta aniversario.
—Aprender un poco, lo básico para manejarnos por allí —dijo mi padre, con la sonrisa cómplice de mi madre.
Fue un tiro en el estómago.
Cuando descubrí la invasión inglesa a través de la niebla, nunca pensé que sus efectos fueran tan rápidos. Además me arrepentí de haber pensado que la niebla afectaba primero a las mentes más simples. Mis padres nunca habían viajado al extranjero y tampoco sin mí. Su límite estaba en vacaciones a la playa o cuando cumplieron veinte años de casados que viajaron a Granada unos días. Y ahora, de buenas a primeras, se marchaban a Inglaterra, aprendiendo inglés, dejándome sólo aquí. Esto sólo podía ser fruto de la niebla.
            Necesitaba una solución, las horas eran cruciales, cada minuto era una nueva victoria inglesa, una nueva víctima aprendiendo inglés o bebiendo té. Di mil vueltas al asunto pero no encontraba la fórmula de detener la niebla o sus efectos. La única solución lógica era descubrir la conspiración a mis padres, abrirles los ojos, mostrarles la niebla y cómo les afectaba de primera mano.
Los reuní en el salón y no sabiendo muy bien cómo empezar les hice preguntas acerca de sus nuevas costumbres, ¿Qué clase de té tomas Marisa?; ¿Alfonso tienes ya un equipo preferido de rugby?; ¿Por qué Liverpool y no Córdoba? Los llamaba por sus nombre para hacerlos conscientes de la seriedad de mis preguntas. Sus respuestas fueron vagas, sin dar mucha importancia a sus nuevos hábitos. Viendo que mi estrategia era errónea puse todas las cartas boca arriba y les conté la teoría sobre la invasión inglesa. Les hablé del cambio de turno, la niebla, Bernardo, los cambios en las personas y las rutinas, mis investigaciones, los datos de internet y por supuesto mi preocupación. Por último les advertí sobre sus nuevas costumbres, cómo eran influenciados por la niebla y de la necesidad de frenar esos cambios y volver a lo anterior. Mis padres me escucharon atentamente, como si aquello de verdad les resultara interesante: conocen mi carácter sensible. Al acabar mi alocución mantuvieron un breve silencio ceremonial, para así dar más peso a su respuesta, y en cierto modo no hacerme sentir que se tomaban el tema a la ligera. Mama rompió el silencio, yo estaba preparado para cualquier cosa, desde que me tomaran por loco hasta que me creyeran.
—Todo lo que nos has contado, no tendrá que ver con María, ¿no? ¿Habéis vuelto a hablar con ella? ¿Cómo está?
Preparado para todo, menos para esto. Esta respuesta me dejaba sin argumentos. Miré a mi padre que asentía ante las palabras de ella. Pensé una respuesta rápida, decir algo, intentar al menos salvar la situación o retomar el problema de la niebla, pero me quedé en blanco. Tendría que encontrar otra forma de convencer a mis padres sobre la necesidad de evitar los cambios inducidos por la niebla.
La charla con mis padres había sido un completo fracaso pero al menos me había desvelado una pista, hasta ese momento no contemplada: la posibilidad de que María estuviera detrás de la niebla y sus poderes nefastos, como venganza o forma de volver a mí, incluso de presionarme. Era retorcido pero ella a veces podía ser así.
La reacción de mis padres sirvió también para descartar contárselo a alguien más, ya tenía bastante con que mis padres dudaran de mi cordura. La forma de obtener la credibilidad de mis padres pasaba por convencerlos a través de una autoridad superior, alguien en quien pudieran confiar o al menos de quien no pudieran dudar. Tomé los datos recopilados y mejoré el informe, hice algunas gráficas y esquemas. Por primera vez en mi vida sentí que habían servido de algo los años estudiando empresariales en la universidad. Los mande a la Guardia Civil, al Centro Nacional de Inteligencia (CNI) y a la policía. Los primeros no me respondieron, quizás no entendieron los esquemas. Mejor así, tampoco estaba seguro que mi padre fuera a creerlos. Del CNI no recibí ninguna contestación. Por último, la policía mando una carta. En ella pedían los datos de la niebla: domicilio, nombre, aspecto físico, etc. para poder tramitar la denuncia. El intento de recurrir a instancias superiores fue tan desolador como había sido hablar con mis padres. Para colmo a la semana de enviar estas cartas, noté que un tipo con gabardina me seguía. Supuse que el tipo era la respuesta del CNI a mi extraña teoría. Como si no tuviera suficientes problemas ahora me sentía vigilado en todo momento.
La influencia de la niebla cada vez era más inevitable, como vaticinó el desaparecido Bernardo. En primer lugar, la presión crecía en mi trabajo. Agustín, con la misma sonrisa que antes sugirió el reciclaje profesional, ahora lo exigía.
—Cuestiones de empresa, es por tu bien, con el inglés progresamos todos.
Me excusé por falta de tiempo pero Agustín y su sonrisa eran incansables y cada excusa mía parecía animarle a seguir presionando más. Me hubiera gustado sincerarme con él y haberle contado de María y mis problemas con el inglés, pero estaba seguro que si conocía la niebla también la conocía a ella.
En segundo lugar, la transformación de mis padres se producía a un ritmo increíble. Después del fracaso de mi charla con ellos esperaba que me miraran como a un loco o pusieran un pestillo en su cuarto por las noches. Pero no ocurrió eso y su trato siguió siendo el mismo. Parece que la explicación ofrecida por mi madre, les sirvió a ambos para estar tranquilos. Supongo que es más fácil escudarse en eso que admitir que tu hijo se ha vuelto loco. Por mi parte intenté revertir los cambios producidos en casa o al menos mitigarlos. Por la tardes preparé café para mi madre, nunca antes lo había hecho, pero ella siguió prefiriendo tomar té.
—Es más saludable deberías probarlo.
Realmente comprendí su rechazo, el café que preparé tenía la facultad de permanecer a la misma temperatura durante horas, y sólo podía ser tomado por personas con la garganta de aluminio. A mi padre le ofrecí ir a ver un par de partidos de fútbol al estadio, pero rechazo mi oferta, pues ya no le gustaba el futbol, añadiendo:
—No quiero participar directamente de ese circo.
Si actué así fue porque la situación en mi casa se había hecho del todo insostenible. Mis padres cumplieron con su amenaza y se apuntaron a un curso básico de inglés, ocho clases para aprender lo imprescindible para el viaje. Esto se tradujo en que mis padres, siguiendo el consejo de su profesora, practicaban inglés a todas horas. El almuerzo paso a ser lunch, la cena dinner, el fin de semana weekend, se acabaron las gracias ahora era thank you, y lo más estremecedor de todo fue cuando mi madre empezó a llamarme Albert.
El nulo éxito de mis intentos de poner en guardia a mi familia, avisándolos de forma directa y mediante los organismos oficiales, me llevo a recurrir a mí última baza. Desde que surgió todo el misterio de la niebla no había querido llegar hasta donde estaba a punto de hacerlo. Me había resistido a utilizar esa posibilidad, pero ahora sabía, que posiblemente fuera mi última opción de ser creído, los programas de sucesos paranormales.
Nunca me habían gustado esos programas pero quizás eran el único espacio donde mi teoría de la invasión podría tener alguna repercusión y donde podía encontrar un público interesado en algo así. Les envié un email con mi teoría, con los datos recopilados y añadí unas cuantas fotos de la niebla. Les pedía mantenerme en el anonimato y para hacer mi historia más humana les conté mis sospechas de que mi Ex, María, estaba detrás de todo.  Me contestaron a los dos días, mi caso iba a ser tratado en el siguiente programa.
En esta confesión escrita no me gustaría ser mentiroso, por eso reconozco que horas antes de la emisión del programa, fantaseé con una reacción similar a la ocurrida con la Guerra de los mundos de Welles. Imaginé a mis padres pidiéndome perdón, entre lágrimas, por no haberme creído, a María rindiéndose, e incluso vi como Agustín, sin su gran sonrisa, me decía:
—Esto es mejor que el reciclaje profesional.
Ese domingo por la noche hice todo lo posible para ver con mis padres el programa paranormal. No fue tarea fácil, pues a mi madre le daban miedo esos programas y a mi padre le aburrían profundamente. El programa empezó con un monólogo del presentador. En vez de hacer chistes sobre la actualidad, comentaba con pasmosa frialdad la aparición de las primeras pruebas fehacientes de la existencia del Yeti. El programa siguió con el extraño caso de la desaparición de un ave del zoológico de Madrid. Un grupo de cuatro expertos y el presentador lanzaban hipótesis, a cual más descabellada, en torno al pájaro desaparecido.
—Se habrá ido volando —sentenció mi padre, resolviendo el misterio de un plumazo.
El tiempo se acababa, a mi madre se le cerraban los ojos de sueño y mi padre bostezaba, cuando el presentador se levantó de su silla. Emplazó a los expertos, por la complejidad del caso, a continuar la semana próxima con la desaparición del ave del zoo. Ahora sí era mi turno. El presentador hizo un excelente resumen de mi teoría de la niebla al presentar mi caso: invasión, cambio de costumbres, Inglaterra nos conquista, cambios, el peligro nos acecha. Mis padres miraban atentamente la televisión, por fin había captado su atención. El presentador terminó el resumen y dijo:
—Para hablar de este tema hemos traído el mayor experto mundial en invasiones, el doctor Tristan Charles, un fuerte aplauso.
 Entre una nube de humo a contraluz, recortando la silueta, en una patética imitación del Exorcista, apareció lentamente el reputado Doctor. En cuanto se definió la figura en el humo tuve un pequeño escalofrío, temí que el doctor fuera un personaje ya conocido. Puse todas mis esperanzas en que no fuera él. Me derrumbé, la última oportunidad para ser creído por mis padres se volatilizó, en ese momento supe de mi derrota, de mi incapacidad para vencer a la niebla, de detener la invasión. El doctor Tristan Charles no era otro que Bernardo, experto en logística, bajas por depresión y comportamiento bipolar, según me contaron al día siguiente mis compañeros del turno de mañana. Si hasta ese momento tuve la esperanza de que mis padres creyeran mi historia a través del programa de televisión, Bernardo o Tristan Charles como prefiráis, lo echó por tierra en su primera frase:
—La niebla está aquí desde hace años, la invasión continúa, los cambios son inevitables.
Empezando con su mantra repitió punto por punto las ideas y teorías que yo había mandado al programa, pero que en boca de Bernardo sonaban a locura total. Por último sugirió que detrás de la invasión podía estar una ex novia buscando venganza. Esta frase fue el colofón para convertir mi elaborada teoría en uno de los mayores despropósitos escuchados en televisión. Hasta el presentador sostenía una ligera sonrisa, pensando en cómo Tristan Charles iba a ser la nueva estrella de los programas de zapping y de YouTube. Mis padres ni siquiera aguantaron hasta el final del programa. Mi madre, cansada, se fue a dormir nada más entrar Bernardo en antena. Mi padre la siguió a los diez minutos. Antes de irse hizo el gesto de hablarme, pero por algún motivo se detuvo, me miró con ternura y se fue a la cama. Mi derrota estaba consumada.
Tras el último tropiezo poco más podía hacer contra la niebla. Ésta se hizo más liviana esos días, incluso permitía alguna visibilidad, dándome una tregua después de tantos fracasos. El tipo de la gabardina desapareció de la misma forma que había aparecido. Supongo que tras el pésimo espectáculo ofrecido por mi teoría en televisión ya no se me consideraba una amenaza. Bernardo se convirtió en una efímera estrella de televisión, era indudable su atractivo como personaje cómico, y no volví a verlo por la oficina. Mis padres hicieron su viaje a Londres y quedaron encantados, tanto que piensan repetir pronto. Su inglés no ha mejorado mucho, pese a llevar tiempo bajo la influencia de la niebla.
En cuanto a mí, hice lo único sensato dadas las circunstancias, me dejé atrapar por la niebla. Acepté el curso de reciclaje profesional ofrecido por la empresa, la sonrisa de Agustín nunca había sido tan grande, y volví a las clases de inglés. También acepté los cambios en casa, sigo sin entender el rugby y el té no me sabe a nada, pero compongo una gran sonrisa para que piensen que estoy con ellos de nuevo. El único punto innegociable fue que mi madre tendría que dejarme de llamar Albert.
Todos estos cambios fueron sencillos comparados con el acto final. Ahora era el momento de reconocer la derrota, de rendirme ante el enemigo más astuto que yo. Como buen perdedor reconocía que la niebla había sido una jugada maestra. Ensayé mi rendición. Escribí algunas frases con el inglés recién aprendido. I give up you win; i missed you; you were right. La rendición tenía que ser certera, contundente, por eso me decidí finalmente por una frase en español: Tú ganas. Todo estaba dispuesto, no había vuelta atrás. Llamé a María, la creadora de la niebla. No hablábamos desde la ruptura. El teléfono hacía llamada, lo descolgó.
Hi, María Speaking.
You Win.

Publicado en la Primera antología de narrativa del Taller de Escritura Creativa de Sevilla (R.E.C. Vol. 3), Ultramarina Cartonera, 2011.