Google+ Taller de Escritura Creativa de Sevilla: ¡La cuenta, por favor!, Marisol Herrera

¡La cuenta, por favor!, Marisol Herrera


            A la hora del café, llegaba todos los días con su bastón y su cartera de mano. Cuidadosamente, colocaba sobre la mesa una libreta, un bolígrafo plateado y un sobre. Se sentaba. Siempre solo, con su barba blanca y sus gafas pequeñas. Abría su cuaderno y comenzaba a escribir.
            Yo lo miraba tras la barra, mientras atendía a los clientes que iban llegando. A esa hora de la tarde, la cafetería no suele estar muy concurrida. La gente va llegando en cuentagotas, los conozco a casi todos, bueno, a los habituales, porque éste es un sitio de paso, céntrico y también entran y salen muchos desconocidos. Hay una hora culminante, en la que todos parecen querer pedir a la vez, y sus voces chocan unas con otras, pero después todo ese barullo se va disolviendo y vuelvo a la tranquilidad de alguna que otra copa o café, y la charla intrascendente de alguien que interrumpe su jornada laboral.
            Pero de todos los asiduos, el único que me interesa es el escritor. Desde hace un año viene por aquí todas las tardes, sobre las seis. Ahora en invierno, es al atardecer. En primavera y verano solía venir más tarde y se sentaba en los veladores de fuera. Con el frío, prefiere una mesita pequeña y redonda de madera oscura, junto al ventanal que da a la avenida. Yo diría que es un sitio diseñado a propósito, porque este bar y cafetería tiene su historia. Ha sido lugar de reunión y tertulia de escritores y poetas. ¿Se puede distinguir entre escritores y poetas? En todo caso artistas. También pintores y algún que otro charlatán.
            Eso me lo contó mi padre que trabajó aquí desde muy joven. Entonces, esto era un “café”, no una cafetería. Y se hablaba de cosas serias y, otras veces, por eso no se hablaba. Había un fondo de clandestinidad, de temas secretos, cuando de la política, me decía mi padre bajando la voz, como si aún viviera en aquellos tiempos, dependía la propia vida. Yo ocupé el puesto de mi padre cuando él murió. Ya había empezado a ayudarle algunos días a la semana para pagarme mis cosillas y parte de mis estudios. No es un trabajo al que quiera dedicarme toda la vida, pero ahora no puedo dejarlo. Y además, justo en este último año, sé que formo parte de algo importante.
            Acaba de entrar el escritor. Yo le llamo así. No es que sea el único escritor que viene por aquí. Otros, que suelen apoyarse en la barra me lo dicen: -Soy escritor. Estoy documentándome para una novela ambientada en el siglo XII. Otro se documenta sobre el siglo XVII, cada uno escoge un siglo. Pero todos están aquí. A veces charlan entre ellos, otras se ignoran. Los hay muy noctámbulos. Beben y riman, citan a autores y ríen entre dientes. Pero el único que se sienta a escribir es el escritor.
            Ahora se sienta, coge su pequeño cuaderno con esas manos finas que tiene y comienza a escribir: “Atardece. La luz no procede del cielo, sino de los edificios que conservan y multiplican en sus ventanas y placas metálicas el último resplandor. El alumbrado de neones está a punto de comenzar”. Quizás ha comenzado así, con un tono algo melancólico. Me da la sensación de que es un hombre solitario, que quizás vivió lo suyo, pero que ahora reflexiona sobre el tiempo vivido. A veces cruzamos la mirada cuando me pide un café cortado en taza con dos azucarillos y un vaso de agua. Manías de escritor. Igual que ese cigarrillo de plástico de los que venden en las farmacias, que siempre tiene a mano. Seguramente fue un fumador empedernido, quizás un trasnochador bohemio, bebedor y frecuentador de ambientes marginales. Aunque parece un señor muy sereno y es muy educado, tiene una vena roja que le atraviesa la gelatina blanca del ojo, como una cicatriz que le hubiera saltado de tanto mirar, de tanto observar. Debe captar dimensiones de la realidad que otros no logramos apreciar. Atenderá a lo que le rodea de manera penetrante. Y a las personas, las entenderá de verdad.
            Podría continuar escribiendo: “El día retrocede. Recuerdo cuando fui marino. El mar cortado por la proa como unas tijeras veloces y la espuma atizándome la cara. Nadie me creería. Pero yo tuve una vida. Hoy, mi proa es este café. El camarero me mira. Es un hombre joven, pero sus ojeras delatan noches de espanto. Su cara no tiene nada de extraordinario. Tan sólo su nariz sobresale y uno ya sabe a quién se va a dirigir antes de que le clave la mirada.” Esto último no lo debería escribir un escritor serio. Mi nariz no es tan grande, y se trata de un comentario cruel, innecesario. ¿Acaso este escritor es un poco cruel? ¿Y si tras su apariencia de sabio intelectual esconde a un energúmeno? No. Seguramente proseguirá diciendo: “El camarero es un hombre solícito, de maneras pausadas, pero en su mirada, cuando se cruza con la mía al servirme el café cortado en taza, con dos azucarillos y un vaso de agua, entreveo un pasado oscuro, misterioso”. Así son los personajes de las novelas, ¿no? Con un pasado turbio y una intriga por descubrir.
            Una señora me inoportuna, ahora que yo soy el protagonista y voy a entrar en escena. Me pide un Martini rojo. Se hace la excéntrica, me pregunta si sé hacer cócteles. Lleva los labios muy rojos, sin línea. Y un jersey a rayas. Son un grupo. Otros llevan también jerséis a rayas. El aire marinero, símbolo de libertad, perdura como residuo de una estética romántica. Porque los artistas que aquí vienen son más libres que otra mucha gente. Se toman su tiempo. Cambian dinero por tiempo. Yo no sé cómo se hace eso. Yo cambio mi tiempo por dinero. Me caen bien, parecen alegres, aunque siempre hay uno de aspecto más sombrío y de aire ausente. A veces, los otros le gastan bromas. Y él sonríe tímidamente. Algunos llevan pañuelos anudados al cuello, caídos como por descuido. Eso les da un aire informal. Los artistas son de por sí, me contaba mi padre, desordenados e inconformistas. Pero mi escritor parece conformarse con sus pocas rutinas de media tarde.
            Seguro que ha sabido percibir mi naturaleza confusa, mis dudas, mi ansiedad y mi deseo de dejar esta ciudad y viajar por el mundo. Quizá así pueda escribir una autobiografía; ¿qué se puede decir del camarero de un bar?, pero él lo sabe y va a embarcarme en su novela, en una intriga sin igual, donde conoceré a una mujer enigmática a la que tendré que seguir sin respiro capítulo a capítulo. Es mi única manera de salir de aquí. Seré un hombre valiente, sometido a circunstancias insospechadas y que me irán cambiando. Conoceré lugares lejanos, con palmeras gigantes y olor a coco. Navegaré desafiando a un mar salvaje. Ya sé que hay muchas historias de aventuras, pero en ésta el interés estará en el personaje principal, un camarero anónimo que, por algún asunto pendiente huye de la ciudad y se lanza a vagar por el mundo. Quizás se trate de una novela negra. Pero entonces, el arranque debería ser más punzante y desconcertante: “El camarero, de pronto, se desanudo el delantal, lo tiró al suelo, pasó por encima dejando la huella de su zapato en su blancura inmaculada y volviéndose a los que le miraban sorprendidos, se despidió teatralmente y caminó hacia el muelle, en busca de un barco.” ¿Podría escribirse un principio así? Mi escritor lo hará del mejor modo.
 Acaba de salir. Vaya, creo que se ha dejado su cuaderno. Lo voy a hacer. Desanudo mi uniforme, lo dejo caer, lo piso, saludo hacia atrás mientras mi jefe me mira atónito y me dirijo rumbo a su cuaderno, a su novela, mi futura biografía. La alegría contenida me atosiga, velas de barcos movidas por el viento soplan en mis pulmones. Me acerco, junto a la taza de café está su cuaderno. Nadie me ve y si no es así, me da igual. Me pertenece. Es mi vida. Lo abro con sumo cuidado, una vida se rompe con menos. Y leo. Leo. Leo cifras. Son números. Una primera página quizás de cálculos de distancias, una bitácora tiene que estar bien documentada. Paso otra hoja. Números, tablas. Busco una línea, una frase, angustiado, perdido. Me seco el sudor de las manos en el pantalón a falta de mi delantal. Es un libro de cuentas.

"Saber parar..." (Raul Nieto Guridi - guridi.blogspot.com)